Cimas de la danza en Cuba

Toni Piñera • La Habana, Cuba
Imágenes de Archivo

Los efluvios que deja a su paso la danza en Cuba, cada año, son incontables. En la escena disímiles estrenos, y obras de envergadura cruzan cada semana de la mano de decenas de agrupaciones de ballet clásico, danza contemporánea, folclórica, española, popular, que conforman un arcoíris multicolor y harían la lista interminable. Pero siempre quedan huellas, unas más profundas que otras. Esas son las que marcan el tiempo de memorias entrañables para el recuerdo. El año 2014 no ha sido menos, y por él han cruzado momentos muy importantes que dejaron una impronta.

Entre ellos rescatamos la presencia en Cuba, y particularmente en Holguín, de uno de los más célebres bailarines del orbe: Vladimir Malakhov. Fue en el noveno mes del año donde el artista de origen ucraniano hizo realidad su sueño: realizar el primer Concurso de Danza Atlántico Norte-Grand Prix Vladimir Malakhov.

Imagen: La Jiribilla

En una ocasión, Teophile Gautier sentenció que entre las principales virtudes de un gran bailarín estaban: “la pasión, la sensibilidad, el alma demasiado prodigada, el entusiasmo…”. El reconocido escritor francés acertaba con esa frase de ímpetu romántico. El “elan” —comentaba— es virtud primordial de todos los grandes de la danza. Y no hay dudas de que Malakhov lleva consigo esa aura misteriosa, ese hálito inconfundible, ese algo más muy difícil de definir. Pero no solamente sobre las tablas donde todos han tenido la oportunidad de confirmarlo; sino también alejado de los escenarios posee el impulso y el garbo que maravillaba al buen parnasiano. Después de todo, no por azar es uno de los más grandes bailarines del mundo.

Haciendo un poco de historia de cómo apareció el importante evento en Cuba, podemos decir que durante el 22do. Festival Internacional de Ballet de La Habana (2010), Vladimir Malakhov dialogaba por vez primera con el público cubano, aunque, por supuesto, el destacado bailarín no era un extraño en la escena nuestra. Mucho antes, hacia 1997 en ocasión de la Gala con la que el American Ballet Theater celebraba el aniversario 50 del ballet Tema y Variaciones, creado por Balanchine para la Alonso e Igor Youskevitch, Malakhov compartió la escena con Alicia Alonso en El espectro de la rosa, en el Metropolitan Opera House de Nueva York. Era una figura emblemática de la célebre compañía estadounidense, y además tenía muchos amigos cubanos en el campo de la danza: José Manuel Carreño, Carlos Acosta, Viengsay Valdés… También bailó Bahiana y El Güije, que Alberto Alonso creó para él, además de compartir el escenario con otra grande: Aurora Bosch. De su actuación aquí, en ese 2010 quedaron unas palabras, dedicadas por este crítico al artista, en el diario Granma: “… En la jornada de la Gala de Lezama Lima brilló particularmente Vladimir Malakhov (del Ballet de la Ópera de Berlín), con una versión de La muerte de un cisne, de Mauro Di Candia, donde el bailarín ofreció, con una gran pureza de movimientos, una eficaz combinación de pericia técnica y sensibilidad interpretativa”.

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La suerte estaba echada. Aquel primer contacto lo motivó mucho para regresar a Cuba cargado de iniciativas y amor. Pues comprendió que era una Isla danzante y que sus habitantes respiraban… con el movimiento. Bailarines y público lo sedujeron en su empeño.

La suerte estaba echada. Aquel primer contacto lo motivó mucho para regresar a Cuba cargado de iniciativas y amor. Pues comprendió que era una Isla danzante y que sus habitantes respiraban… con el movimiento. Bailarines y público lo sedujeron en su empeño.

En el mismo avión en que regresaba a Berlín surgieron ideas conjuntas con Paul Seaquist, ejecutivo fundador de Seaquist Dance Marketing, empresa que representa a bailarines reconocidos de este tiempo. Se concretaron las bases para volver con propuestas tentadoras.

El reconocido artista, Premio Benois de la Danza y considerado en cinco ocasiones como el mejor bailarín del mundo por la célebre revista Dance Magazine, estaba impresionado con el movimiento danzario en Cuba y con la precariedad con que se llevaba a cabo. Se le ocurrió traer un regalo para el pueblo cubano, surgiendo así el concepto de “Un regalo de Malakhov”, que sería para público y danzantes.

Aparece la pregunta: ¿Por qué Holguín? Cuando pensaron en “Un regalo…”, ellos tenían pensado que fuera un proyecto con el Ballet Nacional de Cuba, no era solo por el prestigio de la agrupación y la calidad de los bailarines, ni por querer asociarnos con ella, simplemente porque de manera estética se acercaba al estilo de Vladimir Malakhov. Pero no fue acogida la propuesta, que además de beneficiar al BNC, quería incentivar a esos espectadores que tanto nos emocionaron en la primera visita. Se tocaron las puertas de otras compañías… y nadie las abrió aquí en La Habana.

Más tarde apareció en el camino Maricel Godoy, la directora de Codanza, en un encuentro fortuito en el Gran Teatro de La Habana. Luego de un fructífero diálogo comenzó a tomar cuerpo el sueño, había aparecido un lugar donde anidar la idea, y hacer realidad el proyecto del lauro que lleva su nombre, amén de sembrar el regalo de Malakhov en tierra cubana. Y con ello aportar un poco de amor/amistad a esa antigua manifestación  que despertó con el mismo hombre sobre la Tierra. En aquella oportunidad (2013) visitó la ciudad, bailó y dejó la semilla que germinó en este 2014.

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Holguín, puente de amistad

El amor y la danza se adueñaron de Holguín. La hermosa ciudad oriental de los parques amaneció en este septiembre anegada en… danza. Al paisaje habitual se le sumaron por estos días, esos seres que ven la vida desde el movimiento. Ellos, llegados de diversas provincias del país, representantes de disímiles agrupaciones, vinieron atraídos por el primer Concurso de Danza Atlántico Norte-Grand Prix Vladimir Malakhov.

Los primeros días, diversas compañías cubanas tomaron por asalto el teatro Eddy Suñol —sede principal del evento— que cumplió, en junio, su aniversario 75: Danza Espiral (Matanzas), Danza del Alma (Villa Clara) con las anfitrionas Codanza y el Ballet de Cámara de Holguín. Fue el preámbulo del certamen que tuvo lugar entre el 15 y 18 de septiembre. En esas cuatro jornadas de competencia,  participaron 55 concursantes, representando diez compañías de Ciudad Habana, Guantánamo, Camagüey, Villa Clara, Santiago de Cuba, Holguín y Matanzas, así como bailarines del Ballet de la Televisión Cubana, recién graduados de la Escuela Nacional de Ballet, estudiantes del ISA y otros bailarines independientes. El jurado estuvo presidido por Vladimir Malakhov, e integrado por Maricel Godoy (Cuba) y Paul Seaquist (Chile). La idea del concurso resultó interesante, principalmente por las facilidades de crecimiento artístico que permite a los creadores de toda la Isla y más allá de sus fronteras, y en las búsquedas coreográficas de los jóvenes bailarines…

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¿Laureados? El jurado presidido por el destacado bailarín ucraniano Vladimir Malakhov e integrado por Maricel Godoy (Cuba) y Paul Seaquist (Chile) decidió, por unanimidad otorgar dos Premios Vladimir Malakhov en interpretación a: los bailarines Carlos Alberto Carbonell y Yeison Ortiz (CODANZA) —compartido— por Pasajera la lluvia, y el otro, a una de las intérpretes más aplaudidas del certamen Lisbet Saad Godoy (DCC) por Non, pieza firmada por ella y Osnel Delgado. Asimismo, en el hermoso y remozado teatro Eddy Suñol que este año arriba a su aniversario 75, se entregó el Gran Premio Coreografía Codanza a la pieza Estáticos, de Yoel González, interpretada por el propio autor y Aurelio Planes (Danza Fragmentada) de Guantánamo.

Para todos los participantes, ya sean artistas, maîtres, coreógrafos, especialistas, periodistas, el evento acercó momentos de  suma importancia. Pues, además de regalar a sus habitantes y a la Isla, la oportunidad de alcanzar sobre la escena a bailarines/creaciones de variados estilos danzarios; para otros, el instante propicio de poder dialogar con el quehacer de muchas compañías que, por diversos motivos, no llegan a la capital, ni se promueven como es debido, y donde aflora la creatividad/profesionalismo a granel. Porque la calidad de muchas de las obras vistas y sus intérpretes dejaron una estela de buen gusto y alegría en el púbico y los críticos que pudieron reconocer lo válido de muchas de las propuestas.

Desempolvando recuerdos, bailando realidades

Los festivales internacionales de Ballet de La Habana constituyen un alto momento desde donde se puede divisar, sentados en las butacas de los teatros, la diversidad creadora de lo que se hace en estos tiempos en cuestiones de danza, pero también, como en un potente lente se abarca mucho de lo que ha quedado en el camino en años de tradiciones, amén del rescate ¿del olvido? y hasta se desempolvan recuerdos del movimiento, para que algunos de los espectadores los conozcan y otros vuelvan a vivirlos…

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La 24. edición del encuentro, como es costumbre, acercó a las tablas algunas de esas obras que dormían un largo sueño, para el disfrute de todos.

Entre ellas Hamlet, de Iván Tenorio.  El célebre coreógrafo, bailarín, actor y director escénico (Premio Nacional de Danza 2007), quien falleció durante la celebración del Festival, dejó disímiles piezas, en las que se regodeaba en la estrecha relación entre danza/teatro, como esa tragedia lorquiana que exhala intensidad escénica: La casa de Bernarda Alba, o en la que apostó por el diálogo fascinante entre la tradición clásica y los ritmos afrocubanos: Rítmicas, así como Estudios para cuatro, La corona sangrienta, Los amantes de Verona, Cantata (pieza cumbre de su quehacer…) y Virgiliando (su último trabajo).

En esta ocasión aparecieron escenas de su Hamlet, una obra basada en el clásico shakesperiano que, dentro de una traslación bastante literal, resulta un espectáculo que logra eficacia comunicativa a partir del uso de términos no convencionales del llamado ballet moderno. Y fue recibido con la carga de profesionalismo que lo anima y el aprovechamiento de las dotes técnico-interpretativas de las figuras utilizadas, en primer lugar, Javier Torres quien pleno de recursos permeó, con su sensibilidad histriónica, el personaje de Hamlet, así como Anette Delgado (Ofelia) y Camilo Ramos (Laertes). Un grato instante que recordó a un creador esencial cubano que seguirá habitando nuestros escenarios.

Homenaje al Bicentenario de Tula

La poetisa y escritora Gertrudis Gómez de Avellaneda, una de las más subyugantes personalidades femeninas del siglo XIX y cuyo bicentenario se cumplió en este 2014, volvió a vivir en la sala que lleva su nombre en el Teatro Nacional, durante una Gala del 24. Festival Internacional de Ballet de La Habana.

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En ese interés muy específico de Alicia Alonso por llevar a la escena figuras históricas femeninas, en 1998 enfocó su prisma creativo hacia la Avellaneda “que como escritora y como ser humano constituye una gloria que compartimos los cubanos y los españoles…”, al decir de la coreógrafa, quien creó el ballet Tula, diminutivo  con el que familiarmente se le nombraba, bailado por vez primera el 29 de octubre de ese año, en una Gala del 16. Festival.

En una de las noches del encuentro y rememorando su aniversario 200, las tablas de la sala Avellaneda se poblaron de recuerdos cuando reapareció luego de muchos años este singular ballet.

En esta obra en dos actos y ocho escenas, inspirado en su vida y obra, emergen muchas aristas de la creadora de sutil talento y avanzados conceptos en temas que todavía hoy tienen vigencia, y sobre todo se pone en evidencia su expresión temperamental, que para Lezama Lima era “rica, sincera, apasionada y exuberante”. Muchos recuerdos cobran vida en las tablas…

Todo comienza cuando Gertrudis Gómez de Avellaneda (Tula) nace a la creación artística y es guiada simbólicamente por José María Heredia (Víctor Estévez), escritor a quien ella admira enormemente. A partir de ahí, en el primer acto, los personajes literarios o teatrales de la Avellaneda llenan la escena conjugando diversas obras de su quehacer, mientras que en el segundo pasean instantes de su vida.

Tula resulta una obra neorromántica que pone a bailar-actuar a toda la compañía, en la que debe celebrarse la inteligencia y el talento a la hora de organizar tantos factores de disímil filiación, muy bien alcanzados también en el libreto de José Ramón Neyra para llevar a la danza una vida-obra tan intensa.

Con un lenguaje bastante tradicional, junto a acentos expresivos que hacen descansar la proyección de la pieza en el vigor de sus intérpretes, en el primer acto pasan cuadros muy bien logrados como el de Leoncia, en el que brilló particularmente Ginett Moncho y La hija de las flores, donde se borda un fino humor que tuvo intérpretes idóneos conjugado con el baile en las pieles de: Regina Hernández, Lissi Báez, Serafín Castro y Roberto Vega.

En otras escenas, es necesario “limar” ciertos aspectos de la dramaturgia, como en la de Baltasar (muy rica en cuanto a proyección visual), no obstante resaltar personajes como el de Elda, donde destacó particularmente  Gabriela Mesa —bailarina de enormes condiciones—, Nitocris ( Carolina García), y Rubén, el joven guerrero de la mano del ágil bailarín Alejandro Silva. Así como en los pas de deux del segundo acto de Tula (encarnada por Amaya Rodríguez, muy convincente en el papel —una suerte que se haya seleccionado para el mismo—,  le impregnó los diversos matices de su temperamento con una sensibilidad interpretativa fuera de serie, y apoyada por una impecable técnica en el baile), primero con Ignacio de Cepeda (Adrián Masvidal) y Gabriel García de Tassara (muy bien interpretado por Arián Molina), para concluir con Domingo Verdugo (Alfredo Ibáñez). Resaltó en la obra, también como protagonista, la excelente y hermosa música de Juan Piñera, creada especialmente para el ballet, (una lástima que se utilizara una grabación), con momentos cumbres  como la contradanza y la habanera, por solo citar estas. Al éxito de la obra se suman los diseños de escenografía y vestuario de Salvador Fernández que impregnan de un tinte de autenticidad, lirismo y colorido al ballet, que concluye precisamente con una escena en el Gran Teatro de La Habana, otrora teatro Tacón, cuando la Avellaneda recibe allí el más alto homenaje de su Patria en 1860.

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Fernando Alonso in memoriam

No se puede pasar este 2014 sin resaltar dentro de él a una figura emblemática del ballet clásico en Cuba: el maestro Fernando Alonso, quien con Alicia y Alberto Alonso fundaron en 1948 la compañía que es hoy orgullo de la Isla: el Ballet Nacional de Cuba. Bailarín, coreógrafo, director, maestro… hubiera cumplido este año su centenario. Por eso, durante el 24. Festival Internacional de Ballet de La Habana se abrieron anchas las puertas de la Escuela Nacional de Ballet a un grupo de clases magistrales que, en su homenaje como máximo exponente de la enseñanza de danza en Cuba, entregaron estrellas cubanas y de otros países. En estos días del último mes, su nombre se ha hecho eco en disímiles actividades que lo recuerdan como el padre de la danza en Cuba.

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