Las Antillas

Cira Romero • La Habana, Cuba

Entre 1920 y 1922 circuló en La Habana una revista con ese título, dedicada a publicar trabajos sobre la zona geográfica donde vivimos.  La iniciativa se debió a Sergio Cuevas Zequeira (1863-1926), natural de Puerto Rico, pero asentado en la capital de Cuba desde finales del siglo xix. Dedicado al periodismo, fue también profesor de la Universidad de La Habana, pero su mayor entusiasmo lo colocó en el teatro: fue miembro de la Sociedad Teatro Cubano, de la sección dedicada a ese género del Club Cubano de Bellas Artes y dirigió La Gaceta de Bellas Artes.  En su libro Mis primeros pasos (1925) dio cuenta de ese interés suyo por la escena.

Las Antillas recogió las firmas de importantes figuras de las letras cubanas: Elías Entralgo, Enrique José Varona, Juan Miguel Dihigo, Salvador Salazar, Juan Marinello, Rubén Martínez Villena, Regino E. Boti y Andrés Núñez Olano, entre otros. Aparecieron estudios críticos, poemas, cuentos, reseñas de actos, crítica literaria y, sobre todo, trabajos relacionados con la historia de Cuba y Puerto Rico.

Regino E. Boti dio a conocer en esta revista algunos poemas que posteriormente incluyó en El mar y la montaña (1921), como los titulados “En el promontorio” y “El fósil”:

“En el promontorio”
Desgrana al viento su collar de sones;
sinfoniza la mar sus convulsiones
bajo la batuta de la marea;
el nublado la bahía taracea de verde y de pizarra; el aguacero
tiñe el horizonte de azul de acero.

Emprorael canal un velero.
Su vela latina, su gálibo vano,
despiertan la rota del triunvirio romano;
y una visión de amores y de orgía
hechiza esta mañana de verano:
Cleopatra desnuda bajo la pedrería,
eltrioclinio, el espasmo, la falsía
del beso…
   Y el beso del áspid.
                       La agonía.
 

                El fósil

Paseo por el cayo madrepórico.
Siento besos de luz en las pupilas,
nupcias de quimeras en el alma.
Me inclino en oblación hacia la tierra.
Una valva fósil. La contemplo. Oh, la muda
que sabe tantas cosas!
en su sueño inconsútil de milenios—
secretos de la Vida y del Planeta—
conoció el pitecántropo erecto
que la admiró tal vez, y no supo idealizarla
en versos de libre estética.

Un sentido homenaje a Manuel Sanguily rindió Rubén Martínez Villena en las páginas de Las Antillas, cuando ya el fogoso tribuno se encontraba retirado de la vida pública tras muchos años de incansable brega. En sus palabras,  quien sería pocos años después el máximo impulsor de la Protesta de los Trece (1923), primera expresión pública de una juventud decidida a enrumbar los destinos de su país por mejores derroteros, expresaba:

Militar en la guerra; ciudadano en la paz; coronel en la manigua; senador en la República; forjador heroico en la hora gloriosa del pasado y contemplador melancólico en el desventurado momento actual, Manuel Sanguily mostró a la historia una vida resplandeciente y recta como una espada.

Juventud valiente, virilidad fecunda, vejes venerable. Su alma tuvo todas las excelencias en el pensamiento y en la acción.

[…]

Su oratoria llameante, no chisporroteó jamás en verbalismos vanos. El torbellino de sus párrafos tenía un orden. En sus discursos, como en los antiguos torneos de la Grecia, tras la cuadriga desbocada se ve —se adivina, mejor— entre el polvo de oro y el estrépito del carro, al guiador experto dominado, a un tiempo, con un puño la brida cautelosa y con el otro el látigo impulsor.

[…] Honrado y culto, fue, por ende, funcionario modelo en la República. Y cuando creyó su sinceridad incompatible con la farsa de la vida pública, refugió su fiera inconformidad en el hogar. Se fue a su casa, a sufrir la espantosa impotencia del creador que ya sobraba; a mirar, con desolados ojos de padre paralítico, la ruindad fratricida de los hijos; a ver, en un tremendo destierro espiritual, la obra honrada de la abnegación en ambiciosas manos de pillos. Desde allí, espectador emocionado, lanzó sobre el desastre sus ironía y sus anatemas; porque rara vez convivieron más armónicamente en un espíritu el humorismo y la cólera.

Y concluía:

¡Juventud valiente, virilidad fecunda, vejes venerable! ¿Podemos esperar que esta vida sea algo más que un motivo de justos panegíricos?... Que sea gloria de todos: paradigma ante los débiles claudicantes; norma para los soñadores incorruptibles.

Numerosos escritores puertorriqueños y dominicanos colaboraron en Las Antillas. Entre los segundos tuvo especial participación Max Henríquez Ureña, asentado en Cuba durante muchos años, quien contribuyó a nuestras letras con una obra todavía de obligada consulta: Panorama histórico de la literatura cubana, cuya primera edición data de 1963. En esta revista dio a conocer algunos trabajos acerca de la necesidad de liberar a la República Dominicana, su tierra de nacimiento, de la presencia norteamericana.

Las Antillas mantuvo a lo largo de su existencia una profunda vocación antillana, como su propio título, y sirvió como escudo de defensa frente a intereses foráneos que pretendían, “con esa fuerza más”, como diría José Martí, aplastar la soberanía de este arco insular fuertemente unido. 

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