Notas a la poesía de Delfín Prats

Caridad Atencio • La Habana, Cuba

Pese a cualquier evidencia, no habría sospechado que el poeta Delfín Prats (Holguín, 1945)  no estuviera incluido en el Diccionario de la Literatura Cubana, conformado por el Instituto de Literatura y Lingüística, y publicado por la Editorial Letras Cubanas en 1984. Lo pude comprobar cuando indagaba por el autor a propósito de escribir las siguientes líneas sobre su obra donde se busca lo trascendente en la belleza de lo efímero. Esta esencia, y no tanto su tan traído y llevado cultivo del tema homoerótico —remarcado por lectores y críticos—, me parece definitoria de su poesía como para haber sido incluido en el volumen aludido y divulgado hace más de 30 años. En ella canta a la inexplicable y eterna fe humana, que es inevitablemente impulsada por el destello de lo físico, a pesar de que el hombre se deja vencer en ocasiones por un empuje o universo natural del que somos parte y del que pocas veces nos podemos sustraer, el cual ennoblece el error y los peligros del instinto, a un esplendor telúrico que nos deshabita y nos permite  “ser”, o  a un rapto que vuelve permanente la extinción.[1]

El hombre de monte se posesiona de sus tesoros, los que ofrece la vibración de la naturaleza, como tropos jugosos con los que la existencia se confunde o se enmascara, que persiguen repoblar nuestras horas con la belleza de lo efímero, realzando lo que la inocencia y la fe tienen de descubrimiento. Porque hasta el encuentro amoroso o el placer tiene una sombra de filosofía, de paisajes que guardan el estremecimiento de lo efímero. De ahí el viaje en círculo de la sensualidad. Así se convierten en asuntos de su lírica la evocación jovial del tiempo ido, la nostalgia por los que ya no existen, el espíritu vital, ferviente y fecundo de la juventud, la personificación del amor como duende moderno y citadino que huye como un ave en un marco de amarga ironía. Entona para el amor un canto quedo.  Sus poemas no cantan a alguien o algo impreciso, cantan a la fragilidad de la vida, “a la inercia brutal de lo imprevisto”, donde lo efímero se convierte en concepto desde el cual se teje un pensamiento, en conmoción central que permite todas las eclosiones, todos los sacrificios en los que la vida se acomoda, y se lee esta máxima: que tus actos los decida el templo de la espiritualidad. Por tanto se convierten en formas de despliegue la evocación trenzada a la intensidad, la sugestión confundida con la sugerencia. Hay poemas en que el misterio viene uncido al temblor, al gesto perecedero que se clava sin fin en la memoria, y  no hay placer más fuerte que la contemplación: el carácter efímero del mundo define su belleza, o lo que es lo mismo, y el autor incluye en su obra: “la realidad imita al arte”,[2] “el poeta no imita a la naturaleza: lo cierto es que ella habla dentro de él y se sirve de su boca”.[3]  El esplendor no es otro, como dice el poeta que la” fiesta del recordar”[4] donde “Hay tiempo aún para tornar al paraíso/ acogiéndonos al cálido rescoldo / de las cosas que entonces nos pertenecieron/ pero no es de nosotros sin embargo”.[5] Entre el misterio contradictorio de la existencia y la extinción, demonio es desencuentro, y nacen pequeñas viñetas de lo efímero como éstas: “es grande la felicidad del amante / cuando el amado pregunta (fugacidad de toda dicha),”[6]  “Pero las venas del amado no conducen a Ítaca,”[7] “pasa la dicha/ vive el instante/ pero nada de él se irá contigo”,[8] “como un gorrión eres lo pasajero permanente”.[9]

En los mejores poemas del autor el prescindir de coma y punto se vuelve  un recurso que da un molde peculiar al discurso, pues hace parecer a una imagen, a una afirmación lo que es, y las deja abiertas a nuevas asociaciones o fundamentos. Aunque pertenece, según Jorge Luis Arcos, a la segunda generación de la Revolución, y se le cataloga como un poeta de calidad lírica, deudor de Orígenes,[10] dentro de la expresión conversacional, y ya con cierta marginalidad en relación con el conversacionalismo ortodoxo, hay un guiño profundo en este escritor a la lírica clásica, apreciable en poemas en que ex profeso se imita con  belleza las maneras de los antiguos. Las metáforas más sugerentes las teje con la noche, cual refulgente vestigio romántico: “mientras la noche tiende su exilio transitorio”,[11] “marchamos libres bajo la noche de flancos impenetrables”[12], “extraviado en medio de la noche / no puedes recordar”,[13] “reconozco que he vuelto por la noche/ agrupada,”[14] pero nos era grato / (a ambos) /  abrazarnos bajo la noche/  y beber vino”,[15] “tu verso es un árbol/ alzado en mitad de la sabana / contra el que se cierne/ la apretada soledad de la noche” [16], “La trascendencia está en la pulpa de la noche”.[17] En tal sentido el poeta ha afirmado: “Y convencido estoy de que no hay dos patrias, aunque con Martí, nos complace encontrar en la noche una patria más entrañable y secreta, que complementa a la otra, ríspida y crispada a veces. La noche, madre de todas las cosas, es la patria del sueño y de los sueños, de las germinaciones sucesivas que constituyen la esencia, el fondo último de lo únicamente nuestro, la noche, que unifica en milagros de demiurgos benévolos y en latencias y expectativas de florecimiento.”[18]

El valor de su lírica puede intuirse si se le contempla el cuerpo como materia maravillada, aun cuando vaya “desasido del valor real de las cosas”[19], ser con “el privilegio de la condenación / esa gran llama de fervor/ que alienta el corazón de los que huyen”,[20] cantor de la piedra de lo efímero, que desata sus círculos sobre el río.


[1] Su poesía, como afirma Ronel González, representa la comunión de su espíritu con la dimensión real de la tierra.”
[2]  Frase de Oscar Wilde incluida por el autor en “La huerta de Cándido II”, La Gaceta de Cuba (3), mayo – junio, 2006, La Habana,  p. 29.
[3] Afirmación de Giacomo Leopardi.
[4] “Para festejar el ascenso de Icaro”, en Delfín Prats. Aguas, Ediciones Holguín, Holguín, 2010, p. 31.
[5] “Hay un tiempo para tornar al paraíso”, Ob. Cit, p. 32.
[6] “Inocentes prados de noviembre”, Ob. Cit, p. 61.
[7] “Tres variaciones sobre el tema del pez”, Ob. Cit, p.63.
[8] “De catulo de verona”, Ob. Cit, p. 41.
[9] “Lento y difuso”, Ob. Cit, p. 94.
[10] El poema “Litografía” – “Un animal extraño me visita, / Sin anunciar su inesperado arribo / abre la puerta callado se desliza…, p. 11. Ob. Cit. _ en donde asistimos al ontológico y antológico desdoblamiento del “yo”, guarda cierta relación con los poemas VIII y XI de los Versos sencillos de Martí: “Yo tengo un amigo muerto / Que suele venirme a ver; “Yo tengo un paje  ejemplar/ Que no come  que no duerme […] / Salgo y el vil se desliza…
[11] “Entrega”, Ob. Cit, p. 10.
[12] “Discurso entre dedos”. Ob. Cit, p. 19
[13] “No vuelvas a los lugares donde fuiste feliz”,  Ob. Cit, p. 27.
[14] “Por el aire feroz de los ocujes”, Ob. Cit, p. 29.
[15] “Jardín”, Ob. Cit,  p. 47.
[16] “Abrirse las constelaciones”, Ob. Cit,  p. 50.
[17] “El esplendor y el caos, Ob. Cit., p. 58.
[18] Delfín Prats. “(El jardín de las deudas). La huerta de Cándido (Páginas de un dietario lírico)”, Revista Unión, (10) (34): 1999, La Habana,  p.61.
[19] Aguas”, Ob. Cit, p. 55.
[20] “El privilegio de la condenación”, Ob. Cit. 35.

 

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