Orquesta Aragón

Los 75 del futuro

Antonio López Sánchez • La Habana, Cuba
Fotos: Archivo de la EGREM y K & K

 
Para Gladys Egϋes.
Porque este cumpleaños también es suyo
.
 

Corría el movido inicio de la década de los 80, del pasado siglo XX. Un Oscar de León casi imparable, moderno y fogoso, venía a bailar, más bien a sonar, en casa del trompo. Contaba este escriba con unos arrobados diez años cuando nos visitó el carismático artista venezolano y, por supuesto, jamás había visto nada semejante sobre un escenario o en un televisor. Pero, más que las actuaciones del músico, no olvidaré nunca la expresión tranquila de mi padre ante la pantalla hogareña. A la vez que compartía mi justa admiración, también le ponía sencillas riendas a mi exceso de entusiasmo. Un calmado afirmar, “ah sí, esa canción es cubana”, seguía a no pocas de las interpretaciones del sonero foráneo. Sosegado y seguro navegaba su saber, a pesar de la incredulidad del por entonces bisoño y dudoso escucha que lo encaraba: “¡Qué va a ser eso cubano, mira cómo suena!”. Una sonrisa condescendiente, medio compasiva pienso ahora, era toda la respuesta a mi ignorancia.
Unos cuantos años más tarde, ya con algo más de sentido común y de saber, descubrí un par de verdades, gigantes como mares, en la anécdota. Por un lado, sin haber logrado tener muchos estudios en su vida, mi padre evaluó la visita del artista como incluso no pudieron hacer algunos críticos de la época, tan excesivamente entusiastas y poco certeros como aquel niño de diez años. Era bueno sí, muy bueno, el músico invitado. Pero tampoco nos había descubierto el agua tibia, tal como algunos afirmaron por entonces. Más bien, el venezolano mostró otro modo de calentarla, que habíamos olvidado, o hasta perdido.

Imagen: La Jiribilla

La otra parte del descubrimiento me la regalaría la Orquesta Aragón. Por el recuerdo de mi infancia, por la admiración y el gusto que mis progenitores me legaron y que hice míos, y hasta por hallar desde oído propio las verdades, durante años perseguí un buen disco de la agrupación. Al fin, gracias a uno de esos inefables y terribles personajes que son los quemadores callejeros de discos, encontré una suerte de grandes éxitos de la veterana charanga, que nunca he confirmado si es oficial o armado a voluntad. Entonces, con una sonrisa agradecida, le hice homenaje a mi padre por su enseñanza cuando pude constatar, ya sin excesos infantiles, que varios de los números que Oscar de León tocara en Cuba, pertenecían al repertorio de la Orquesta Aragón. Incluso, los arreglos que usara el venezolano, modernizados y adecuados a la época, excelentes en una palabra, eran no más que la copia actualizada de los mismos originales que usaran los aragones en sus versiones. Óigase si no “El baile suavito”; “Ven, morena”; “Calculadora” o “Los tamalitos de Olga”, para sólo citar algunos.

Ahora la decana agrupación está celebrando sus 75 primeros compases de vida. Sonando como nunca, o como siempre, para demostrar que la buena música no envejece. De hecho, mientras imagina uno cuánto durarán en la memoria algunos de esos dudosos y pregonados “éxitos” y “pegaos” de hoy, los clásicos de la Aragón todavía parecen acabados de hacer.Y si alguien lo duda, además de repasar sus grabaciones, ojalá pueda volver a ver el concierto que trasmitiera hace poco la televisión nacional. La multitud que bailaba en directo con la orquesta en la Plaza de San Francisco de Asís, mezcladas en el delirio las edades de la veteranía y del descubrimiento, es prueba más que fehaciente.

Otro regalo a saborear, quizá algo menos difundido y que puede ser resaltado en esta fiesta cumpleañera, son los aportes de la orquesta a uno de nuestros géneros musicales más importantes, el danzón. Desde la flauta inolvidable de Richard Egϋes, como inconfundible proa sonora, los danzones que nos legara la Aragón son un manjar exquisito para todo buen gusto musical. Las obras de Electo Rosell (Chepín), de Enrique Jorrín, las propias composiciones de Egϋes o de Rafael Lay, entre otros muchos autores, recorren un espectro digno de conocer y disfrutar y que la orquesta siempre ha defendido con todas las de la ley. Sería muy propicio impulsar más la transmisión de las muchísimas piezas, de la Aragón y de otras agrupaciones, que en magníficos danzones posee nuestro patrimonio sonoro. Más hoy, donde en tiempos venideros necesitaremos afianzar mejor y más profundo esa cubanía que la Orquesta Aragón, de apenas escucharla, reafirma y regala desde sus inicios hasta el presente.

Hace poco, en una encomienda de trabajo, un adolescente de secundaria me confesó, con ese brillo en los ojos que propicia la novedad, que le gustaba la Aragón. Gracias a su abuela, el muchacho había podido degustar los sonidos de la insigne nave musical. Fue el mismo chico que después me cantó un par de estribillos reguetoneros. Sin embargo, hay ya una semilla sembrada en su saber, en sus sentires raigales. Conseguir abrir esas breves puertas en la juventud de hoy, para que entren y se hagan sitio los más legítimos ecos de nuestra música de ayer y de ahora, es una tarea vital. Domados ya los excesos, cuando llegue ese tiempo donde le sepa mejor lo asentado antes que las nuevas modas sonoras, en ese adulto de mañana crecerán mayores espacios para el gusto, quedará lo verdaderamente válido. No los hits que apenas duran unos meses y que no alcanzan para fundar nostalgias. Si se les proporciona la oportunidad de escoger, esa que sólo se avala con el conocimiento de la mayor cantidad de opciones posibles, son muchos los que van a apostar por lo bueno, más tarde o más temprano.

Imagen: La Jiribilla

De seguro, hasta el próximo cumpleaños 75 de la cubanísima charanga, este joven tendrá algunos regalos que vivir sobre los acordes aragoneros. Podrá seguir saboreando los tamalitos de cualquier Olga del barrio, podrá piropear alguna sabrosona belleza criolla, felicitar a cualquiera de las Gladys que se encuentre en su camino o regalarle cuatro vidas amorosas. Y hasta, en algún enorme mercado futurista, repitiendo un contagioso estribillo ante un sabroso chocolate, sabrá contarle a sus nietos cómo eran antes los bodegueros.

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