Por la danza hecha magia

Pedro Ángel • La Habana, Cuba

De las entregas habituales del Ballet Nacional de Cuba, una de las menos conocidas por el gran público es La magia de la Danza, espectáculo que acaba de transitar por las tablas de la sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba.

La magia…, un mural integrado por fragmentos de las grandes obras de repertorio de la compañía cubana consta de siete visiones ordenadas en dos secciones.

Es frecuente encontrar espectáculos de ballet con formato de revista tanto en agrupaciones profesionales, como en el ámbito de las escuelas. Las razones que llevan a los directores a decidirse por una opción panorámica son las más disímiles, desde elevadas intenciones artísticas hasta la carestía de recursos económicos o humanos para vérselas con las obras grandes a plenitud.

Pero el encanto de La magia de la danza estriba en un conjunto de motivos que resulta conveniente razonar a propósito de su paso por la escena habanera.

En feliz ordenamiento del material, la precisa selección de los fragmentos, el buen tramado de la obra y la cabal comprensión de sus aspectos dramatúrgicos, incluida la curva de interés que expone su clímax principal en el pas de deux de Don Quijote para luego dejarse llevar suavemente por la zona de distensión que propicia parte del acto de El lago de los cisnes hasta llegar a un delicioso desenlace con Sinfonía de Gottschalk, cuyo basamento musical se refiere al trópico y al Caribe.

Es el desfile armonioso de Giselle y Albrecht, Aurora y el príncipe Desiré, el Hada Garapiñada y Su caballero; de Swanilda y Franz, Basilio y Quiteria, de Odette y Sigfrido.

El buen gusto y mesura de La magia de la danza, una obra hecha para todo tipo de público, fácil de disfrutar, cualesquiera que sean los niveles de lectura de los espectadores.

Se trata de una obra en la que actúan grandes grupos de bailarines y es ahí donde el Ballet Nacional nos muestra una de sus cartas más fuertes: el cuerpo de baile, que se desempeña todo el tiempo con el profesionalismo que le caracteriza.

La capacidad que exhiben los bailarines de la compañía para dar respuesta a las exigencias de obras tan distintas y, a la vez, resolver los requerimientos estilísticos más complejos que ante ellos presenta una obra como la que acaban de presentar.

El comienzo del nuevo año —tras las giras que llevó al Ballet Nacional a Italia y Canadá— parece momento oportuno para echarle una mirada a ciertas realidades que se muestran en la escena.

Junto a un grupo de figuras bien establecidas como Viengsay Valdés, Anette Delgado y Sadaise Arencibia, brillan con mérito propio Amaya Rodríguez, Dayesi Torriente y Dani Hernández. Mas es preciso tomar en cuenta a un conjunto  de bailarines que se desenvuelven en el grupo de los solistas y que, con acceso o no a los protagónicos, muestran un elevado nivel de excelencia en sus actuaciones.

Mencionar es correr el riego de ser injusto cuando se trata de un colectivo, pero no puedo dejar de dedicarles un momento a Lissi Báez, Grettel Morejón y Serafín Castro, su impetuoso partenaire, y Analucía Prado: brillantes en cada ocasión.  Me impresionan por su labor, pero también atisbo que sobre estos excelentes bailarines y otros muchos recae el peso de la gran compañía de Alicia Alonso que, a pesar de múltiples avatares, da fe de encontrase en un  buen momento, con los relevos adecuados y tiene como soporte poderoso a esa gran cantera que es la Escuela Nacional de Ballet y el sistema nacional de escuelas.  Por la magia hecha danza parece versar la idea del ballet cubano y, todo parece indicar que sí, que siempre lo consiguen.

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