Literatura

Nota a Cosas peores

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

El jurado del Premio Literario Casa de las Américas del año 2013, integrado por la mexicana Rosa Beltrán, la dominicana Ángela Hernández, la chilena Alejandra Costamagna, el panameño Carlos Wynter y el cubano Emerio Medina, determinó que el libro de relatos Cosas peores obtuviera el premio ese año. Publicado en noviembre de 2014 por el Fondo Editorial de Casa de las Américas, el volumen de la autoría de la colombiana Margarita García Robayo, consta de siete cuentos, uno de los cuales da título al libro.

Si bien es de reconocerse la limpieza y la impecabilidad en la escritura de este libro, también hay que señalar la altísima dosis de infelicidad que transpiran las historias recogidas, de modo que casi no queda espacio para que ocurran cosas peores que las que aquí se narran. Una desdicha descomunal planea por encima de cada título (“Un punto rojo sobre un fondo negro”; “Como ser un paria”; “Cosas peores”; “Algo mejor que yo”; “Sopa de pescado”; “Lo que nunca fuimos”; “Los álamos y el cielo de frente”), y sin embargo, no existe violencia explícita, no hay ni una descripción de rudeza elocuente, ni tampoco sentimos repulsión ante la falta de gracia, de energía o de optimismo que padecen todos los personajes. Creo que debido a la sutileza en el tratamiento de la sordidez, el jurado hizo sobresalir Cosas peores del resto de los libros que ese año concursaron en el Premio Casa, en la categoría Cuento.

Otra peculiaridad que me permito observar es la carencia absoluta de toma de partido, en términos de ideología, de identidad sexual, de posicionamiento de género o de contextualización en sentido general. Estas historias pueden desarrollarse en cualquier latitud, pueden estar (lo están) narradas desde la perspectiva del apoliticismo rotundo, y sin que nada indique cuál es la postura  de género de quien nos cuenta, a pesar de que las relaciones de pareja constituyen el esqueleto argumental sobre el cual descansan la mayoría de los cuentos. Al final, es la soledad quien gana la partida, como si la autora rindiera homenaje a Fito Páez (“La soledad es la ecuación de la época moderna”).

Un excelente dominio de la técnica narrativa puede constatarse en la lectura de Cosas peores: el oficio de alguien entrenado, de una escritora experimentada se nota, sobre todo en el ahorro de vocablos que algunos consideran puramente ornamentales, y otros lectores y críticos echarán de menos. Me refiero a la vilipendiada costumbre de utilizar adjetivos y gerundios, ausentes en este volumen. Cada acción es narrada en presente, con marcada economía de recursos, de modo que el lector, la lectora, tendrán que aportar mucho de su imaginación en aras de visualizar las escenas. Muchos diálogos quedan reducidos a preguntas y respuestas monosilábicas y no hay pasión, desborde ni exaltaciones en las casi cien páginas del libro. Esa contención mantenida resulta, sin duda, admirable. Para un narrador(a) debe resultar difícil limitarse a la descripción de una peripecia sin adornarla, sin matizarla. Contar cómo se desenvuelve una familia disfuncional sin arrimarse a uno de los miembros, y evitar posicionarse en un sentido o en otro, todo el tiempo.

Cosas peores, un libro inusual, con difícil capacidad para generar empatía, encontrará un público especializado, que sabrá apreciar la profunda denuncia de la desdicha que amenaza con perpetuarse en estos tiempos que mal vivimos, cínicos, egoístas y tendientes a obligarnos a encerrarnos en cuevas solitarias. Al menos, ese parece ser el mensaje que recibimos.

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