Tiempo de cambio, tiempo de títeres

Rubén Darío Salazar • La Habana, Cuba

El teatro de títeres se pasea felicísimo en la actualidad en medio de una celebración popular, lo hallamos en plan protagonista dentro del espectáculo inaugural de una olimpiada deportiva o se inserta en una ópera con elementos de declarada modernidad. El desarrollo artístico de esta profesión va a la par de la palabra cambio, vocablo que se ha convertido en la estrella del momento. No saber, conocer, entender y defender esta privilegiada ubicación es asumir la posición ingenua del avestruz. Muchas preguntas sobrevuelan la atmósfera vertiginosa en que interactuamos desde los títeres con la cultura, la política o la ciencia. Las imágenes fotográficas y fílmicas se adueñan de los retablos como un atractivo añadido que exhala su añejo aliento sobre nuestras vidas, ebrias de virtualidad y globalización.

No estar al tanto del pasado y presente del universo titeril, es desaprovechar las bondades de la investigación para el imprescindible conocimiento, conformarnos con lo archisabido del género, es vivir en una obsolescencia y simplicidad  innecesarias, provocar esos cortes que han hundido en el olvido a la manifestación por lapsos de tiempo. Pienso insistentemente en la obra cubanísima e inconmensurable de los hermanos Camejo y Carril, en mi modesta opinión aún no lo suficientemente conocida y promocionada a nivel nacional e internacional. Ellos forman parte de esa vanguardia titiritera mundial, de la que solo nos llegan mayoritariamente nombres europeos de grandes maestros.

Imagen: La Jiribilla

Poner en Google el nombre de Laurent Mourguet, los títeres de Java, el mamulengo brasilero o de Duda Paiva, Ilka Schombeig o los hermanos Oligor es adentrarnos con facilidad inaudita en los entresijos de los más conocidos creadores del retablo mundial, tanto en el antes de los muñecos, como en su imparable después. Entrar en sus webs es tener la posibilidad de asombrarnos con las atrayentes imágenes de sus trabajos con figuras u objetos, conocer de cerca el concepto autoral de sus espectáculos, pero ¿cómo acceder a ellos si somos ignorantes de sus vidas y aportaciones? 

Decir hoy teatro de títeres va dejando de ser una mueca solapada en el rostro de los adultos. El analfabetismo sobre el teatro de figuras comienza a ser una laguna de conocimiento para los que intentan estar a tono con los avances creativos de la contemporaneidad. Apostar por esa inquietud artística que no respeta poderes o atenciones mediáticas porque se sabe rica en herencia, en diálogos nutrientes con la literatura, la plástica, la danza, la música, el audiovisual, es aportarle nuevas miradas a nuestro amado quehacer, engrandecer las capacidades de los que nos situamos antes o detrás del retablo, o sin retablo alguno, con un ser inanimado en las manos, semilla de la robótica y los androides más sofisticados.

¿Ser distintos o ser iguales a todos? Es una pregunta que mortifica y preocupa a muchos titiriteros en estos tiempos de cambios. Vivimos en un período en que se habla de darle una vuelta a las rutinas de la cotidianidad que han quedado en desuso. Ir en busca de nuevos aires para una sociedad que se mueve todavía entre formas y comportamientos de los siglos XIX y XX. De toda esa necesidad de canje deberíamos quedarnos para los títeres y para la vida con lo mejor.

¿Tendrán que parecerse nuestros resultados escénicos a lo más avanzado que se produce a nivel mundial o conservar con celo las formas tradicionales que signan al títere? ¿El desarrollo científico matará el arte del muñeco de tela, papel y cartón o lo convertirá en una exclusividad en medio de  chips, máquinas inteligentes y sistemas automatizados? A muchas sorpresas se aboca nuestra manifestación en estos tiempos de mutaciones. En mi opinión, pasar de un extremo a otro no quiere decir que nos volvamos peores seres humanos, ni  que se aplaste el derecho de quienes todavía creemos en la utopía de soñar un mundo mejor. Trabajar con amor y conciencia respecto a las debilidades y fortalezas del arte titiritero nos hará, si no indestructibles ante lo desconocido, al menos más fuertes para el combate justo en un tiempo inminente de cambios, que debiéramos convertir en el tiempo infinito de los títeres.

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