Literatura

Regresan Jorge y Eladio, aún sin haberse ido

Hugo Luis Sánchez • La Habana, Cuba

Este es el libro que vamos a tener en la mesa de noche, al lado de la cama, y que cuando pensamos salir de casa, le echamos una ojeada, en la página que nos habíamos quedado o en la que necesitamos releer en la ocasión, según el rumbo que tomemos por La Habana, a manera de antídoto o conjuro o de ambos, para enfrentar con la pupila clara lo que nos vamos a encontrar en la calle y, al regresar, con más certeza al regresar, haremos lo mismo y nos consideraremos afortunados por tenerlo.

Este es el libro que subrayamos, por lo que advierto es menester siempre tener a mano un marcador, en la parte que Jorge dice “… las misteriosas aguas solitarias detrás del Morro, tienen una sugestión de aventura, de inexorable geografía” o en esta otra que Eladio escribe “Pero nunca llegaremos a ser Nueva York. Porque llevamos la voluntad a media asta”.

Este es el libro que, al tropezarnos con un párrafo, con una idea, incluso con una sola palabra, se la comentaremos a nuestra pareja, le acariciaremos el hombro, le diremos 'Escucha esto'… y empezaremos a leer en voz alta eso de Jorge al explicar que “La 'guagua' es un medio de locomoción urbana que no llega revestirse de pleno prestigio” o llamaremos a alguien por teléfono para compartir la parte en que Eladio habla de que “El 'chuchero' tiene algo de ñañigo de buen corazón que ha tirado la puñalada a relajo. En vez de matar, vacila. En vez de pelear, se tanguea”.

Este es el libro del que compramos varios ejemplares para llevarlos con nosotros en la mochila, en la guantera del auto, enviarlo a los que viven lejos de la Isla… y regalarlo a esas muchas personas que lo necesitan, aquellas que piensan, con nosotros, que “no todo está perdido” o que “la ciudad se derrumba y yo…” entregando fragmentos de crónicas a domicilio.

También, este es libro que destapa de a porque sí, montones de recuerdos que estaban por ahí casi olvidados. Para mí fueron los del sobrín, aquel muchachito acabado cada día de llegar de la península, con alpargatas y boina negra, que se sonrojaba cuando un criadita del barrio, con labios de trole, venía por un kilo de azúcar a sabiendas que si se ponía zalamera le darían un medio, si el dueño de bigotes de manubrio, tío del muchacho, se quería hacer el bobo. ¡A que el parrafito me quedó a lo Eladio con un tín de Jorge, va!

Y este es el libro, La Habana en dos tiempos, que nos ha dado Laidi Fernández de Juan, escrito con muchas horas de estudio, una enorme cantidad de trabajo —no hay que tener demasiado oficio para darse cuenta— y la devoción que tiene aquel o aquella que mucho ama una ciudad que no tiene apóstatas entre los nacidos en ella pero, en los otros, los de afuera sí, muchos y muy notorios, por advenedizos, envidiosos, comidos por la roña o lo que fuera y que, cada uno de ellos, pasa por hacedor de la desidia en la que han alcanzado diploma de oro y máster.

Se trata, pues, de una recopilación de crónicas de Jorge y Eladio, dos cubanos que, como Laidi también, amaron y aman mucho a La Habana pero (¡qué adversativa!), en el caso de ellos, tuvieron que morir lejos de la ciudad, en el San Juan de Puerto Rico de 1961 o la Caracas de 1976, en ese orden. Eladio lo dijo así: “Y de súbito dan ganas de volver a La Habana”.

Al lector que se llegue a La Habana en dos tiempos, quiero darle un consejo. Está en el prólogo. Suele ocurrir, con demasiada frecuencia, que se puede prescindir de él. Es más, de algunos prólogos hay que prescindir dado que empañan de tonterías el texto que presentan. Es este el caso contrario, porque para disfrutar bien de la obra hay que leer las palabras introductorias de la autora. Por igual pasa con el corto y sustancial epílogo en el que la autora confiesa que le “… resultó muy gratificante el itinerario sentimental que conforman estas crónicas, porque ayudan a despertar la conciencia de nuestras tradiciones…”.

Nos explica Laidi y luego comprobamos, que estos fragmentos de crónicas están casados entre sí, los de Jorge y los de Eladio, y pienso que aquí está parte de la magia y mucho del encanto de estas únicas 83 páginas que no queremos que se terminen, son pocas: el libro trae implícita la contradicción de que uno quiere leer y leer y a la vez no desea que las páginas se le acaben: como pasa con los dulces y las novelas que nos gustan; las tartaletas de guayaba y Desayuno en Tifany´s.

Es decir, que Jorge y Eladio aquí se complementan al punto en que, Laidi se percató de ello antes que nosotros, son el uno para el otro. Qué dijo uno de El Malecón, allá vamos corriendo donde el otro a ver qué escribió. Así pasa con las cuatros partes en que se divide el volumen: Panorámica, Construcciones, Calles, Barrios. Y, luego, ¡qué de hoy son todas estas crónicas!

La pregunta que me hago ahora, al final será otra más, y la respuesta que me invento —este es el ejercicio que yo prefiero, el de inventar—, consiste en cómo se leían ambos. Necesariamente fue así: debieron cazar sus crónicas según iban saliendo en el Diario de la Marina, en Alerta o Bohemia. Compraban el periódico al empezar el día, cuando los pregones están frescos, o la revista el fin de semana, caminaban con él o ella debajo del brazo, se sentaban en un café, de esos que tenían tazas con un franja azul alrededor; lo desplegaban e iban directo a la crónica y puede que lo demás sobrara o por lo menos hoy es así: en nuestra prensa sobra mucho y falta demasiado.

También hay un enorme deleite en la lectura entrelíneas pero, advierto, se deben abrir las entendederas porque, de lo contrario, hay momentos que nos van a pasar por delante sin que nos percatemos. Como el lector va estar solo, virtud de la lectura a voz baja, que no le dé pena consigo mismo volver sobre el párrafo tantas veces como sea necesario.

La Habana en dos tiempos tiene un valor añadido, el de las imágenes. ¡Dios mío, qué ciudad tuvimos! La autora se batió para que sin las fotos, el libro no saliera. Sacrificó la urgencia que tenemos de ver publicado lo que hicimos. Desde que la obra estuvo terminada y luego de ir de imprenta en imprenta llegara a Ediciones Holguín, pasaron tres años.

El título correcto de estas letras debería ser Regresan Mañach y Secades… pero preferí sólo los nombres propios —antes se decía ¿Cuál es su gracia?—porque a Jorge (Mañach) nos lo encontramos paseando por El Cerro; a Eladio (Secades) en la bodega de la esquina… Están en La Habana, no han podido, ellos tampoco, salir de ella. Lo dice mejor Mañach: “Solo nos une (…) este hondo amor que le tenemos a San Cristóbal de La Habana”.

Quizá las crónicas de Mañach están más cerca de las de Emilio Roig de Leuchsenring —que la revista Opus Habana nos hace llegar en cada número y que mucho se agradecen como todo en esa publicación— y las de Secades, pienso yo, de mayor proximidad a los textos de Miguel de Marcos.

Aunque en verdad, y lo veo ahora en La Habana en dos tiempos, constituyen partes de un todo. De Marcos, creo, ya viene necesitando una Lady (Laidi) que lo rescate del olvido como hizo con Secades en Estampas (1941-1958). Con este libro me ocurre lo mismo que con la Bohemia de antes: yo la abría por la página final para ver los muñequitos y en este de las crónicas siempre voy directo a “La cubana que estuvo en el Norte”, en la página 252. Usted debe anotar este número.

En cuanto a lo demás, en este hacer crónicas, tenemos hoy a Ciro Bianchi, en esa misma ruta y con estilo propio.

Defecto o virtud, el chovinismo no me permite definirme en público, lo cierto es que este libro sólo lo logran disfrutar plenamente los habaneros.

La Habana en dos tiempos se lanzó pocas horas antes de que la ciudad celebrara su 495 aniversario. No resultó casual, fue un regalo de cumpleaños de Laidi.

Ahora, al terminar por primera vez de leer el libro y sin atreverme aún a cerrarlo, me hago la segunda y última pregunta, ¿cuándo fue que empezó el pasado?

 

 

P.D.: Yo no voy a dejar ver mi ejemplar, no sea que descubran el origen de mis futuros plagios en los subrayados que hice.

Comentarios

Laidi, esto me ha hecho llorar dos veces. La primera, porque vi con gusto que mi papa, HL, esta feliz. Eso se nota en como ha escrito. Luego re-leo y vuelvo a llorar -como un tonto- de orgullo de La Habana. Debes estar muy complacida de haber logrado hacer algo tan sencillo y genial. Es precisamente mi papa quien con frecuencia me recuerda que las mejores cosas en la vida son las sencillas, pero tambien las mas dificiles de lograr. Te felicito aun antes de leer el libro y gracias por adelantado, por haberlo hecho.

Si el libro está tan bien escrito como este comentario será un placer leerlo.

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