Entre laberintos y cañonazos (I)

David López Ximeno • La Habana, Cuba
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I

Como de costumbre por los días de diciembre en que un escuálido invierno se apodera de las calles habaneras, salgo a contemplar cómo rompen las olas contra el muro del Malecón. Una y otra vez estallan con desmesura, se pulverizan, esparciendo un salobre spray sobre los autos que aminoran su marcha. Salpican los altos edificios que al otro lado de la calle no parecen estructuras de concreto, sino cortinas de sal que la luz interrumpe con su filo herrumbroso. El dinámico espectáculo atrae a mucha gente. No importa ser salpicado o correr a empaparse de pies a cabeza cuando se trata de disfrutar al compás del rompiente. Para observar con más detenimiento, prefiero colocarme frente al Torreón de La Chorrera, desde allí se divisa un panorama espectacular. El oleaje irrumpe contra el muro con frenética danza, que culmina cuando un abrazo de agua y restos de algas muertas se deshacen sobre la acera y el pavimento. Con la marejada, también llega basura arrastrada por el río. Todo el conjunto de rancia materia que los fondos contaminan, en un santiamén queda depositada sobre el área urbana. Junto a los desechos pasan los muchachos jugando a resbalarse hasta caer al suelo e impregnar sus cuerpos del limo verde de la acera. Así como el mar arremete contra las rocas y el muro, también castiga las faldas del Torreón de la Chorrera. Hace siglos que intenta doblegar sus bloques de piedra, pero solo ha conseguido pintarlos de un verde grisáceo que renace con la entrada de los nortes.  

Imagen: La Jiribilla
 

El Torreón de La Chorrera al igual que los de Marianao, San Lázaro,  Cojímar y Bacuranao, mudos testigos de tiempos terribles en que la tea incendiaria y la pólvora de los cañones enemigos asolaron a La Habana, formaba parte de la línea defensiva del litoral norte. De entre todas las ciudades del Caribe, La Habana sobresale por su rico patrimonio militar. Estas fortificaciones, junto a los castillos casi inexpugnables que protegen el puerto y la bahía, perfilan su litoral, conformando la red defensiva más importante de esta extensa porción insular. Desde los primeros tiempos de la conquista española, los gobernantes de Cuba, así como sus Majestades, manifestaron su preocupación por el infinito riesgo al que se sometían las poblaciones costeras de la Isla, y en especial la villa asentada en el Puerto Carenas.

Los daños enormes que causaban las frecuentes incursiones, asaltos y saqueos de piratas y corsarios, no encontraban obstáculo alguno, pues la topografía de los parajes aledaños a la villa, facilitaban el acceso desde diferentes puntos de la costa hacia tierra adentro. Eran pues aquellos sitios abundantes en bosques y malezas, caminos intrincados sobre el diente de perro y tupidos manglares. A pesar de la grave situación a que se exponía La Habana, las medidas para precaverse de estos daños tardaron mucho tiempo en hacerse efectivas. En las primeras décadas del siglo XVI, por iniciativa de las autoridades y vecinos, fueron construidas primitivas empalizadas y trincheras que custodiaban día y noche patrullas de soldados y algunos lugareños. Después de los desastrosos ataques, quema y saqueos de La Habana en los años 1537 y 1538, la Corona se vio obligada a tomar providencia y el 20 de marzo de 1538, desde Madrid le fue encomendado al adelantado Hernando de Soto, por entonces Gobernador de la Isla, la construcción de una fortaleza que protegiera la ciudad.  Después de su construcción, algún tiempo lograron sobrevivir a las amenazas provenientes del mar, hasta que en el año 1555 el corsario francés Jacques de Sores, devastó el asentamiento, poniendo en crisis la defensa de la villa y su primitiva fortificación.

Han transcurrido casi cinco siglos desde que Juan de Lobera, alcaide del fortín, después de una férrea resistencia fuera obligado a capitular ante las armas extranjeras. Mas si algo positivo legó este sangriento acontecimiento, fue la convicción de resguardar a La Habana  con un sistema defensivo nunca antes diseñado para asumir las necesidades de custodia de una ciudad del Nuevo Mundo.

Imagen: La Jiribilla

Una de las fortalezas más notables de este cinturón castelar, tanto por su estratégica ubicación como por la belleza de su arquitectura es el Castillo de los Tres Reyes Magos de El Morro. A pesar del paso de los siglos todavía se encuentra apertrechado con añejos cañones que aún aguardan la llegada de remotos piratas. Haciendo caso omiso del paso del tiempo, sobre su atalaya de rocas, yergue su majestad. Símbolo perpetuo de nuestra identidad habanera, El Morro comenzó a edificarse junto con el Castillo de San Salvador de La Punta en el año de 1590. Su creador fue el ingeniero militar Juan Bautista Antonelli, quién bajo el gobierno de Juan de Texeda logró dar gran impulso a las obras. La posición estratégica del peñón del Morro, fue advertida antes de que La Habana se instituyera en escala regular de las flotas de Su Majestad. No se comprende por qué no comenzó antes su fortificación, si este peñón que se levanta en el extremo exterior del canal de la bahía, justo frente a la ciudad, permite dominar el horizonte a muchas millas de distancia sobre la amplitud del mar. Aunque ya antes de 1538 fuera reconocida la importancia del baluarte rocoso para la vigilancia y protección de la villa, bien entrado el siglo XVI, el 30 de abril de 1551 a ordenanza del Cabildo solo fueron colocadas en su cima un conjunto de velas según costumbre de la época, pues había información de sondeo de naves francesas. El propio Cabildo habanero dispuso en abril de 1553 que en el sitio se apostasen dos hombres que sirvieran de centinelas, y que para su protección fuera levantada una caseta con techo de tejas. Diez años más tarde en el mismo lugar el Gobernador Mazariegos construyó una torre de calicanto con una altura de 12 metros, para hacer de vigía, cuyo costo aproximado fue de 200 pesos.

La historia no precisa por qué a pesar de correr tanto riesgo la Villa de San Cristóbal de La Habana, y ser evidente su necesidad de protección, no fue hasta el 20 de junio de 1588 que en la Junta de Puerto Rico, al ser presentadas las plantas y diseños elaborados por el binomio Antonelli-Texeda, para las fortificaciones que se proyectaban construir en distintos puertos de las Indias, se toma la decisión de elevar al Rey un memorando, que en cuanto a La Habana “conviene se guarde bien y para ello se haga un fuerte en el Morro, en la parte que está designado…; y que al otro lado se haga un fuertecillo como también está designado y la trinchera que va a rematarse en el bosque…; el cual era tan denso que no se podía pasar por él ni ser talado ni quemado sino en mucho tiempo y con harta gente". [1]

Imagen: La Jiribilla

En mañanas como esta, donde la sal se transforma en la doncella que subyuga al litoral, El Morro y su faro parecen arroparse con un velo plateado que a veces se interrumpe cuando alguna ola acude a desmembrarse junto al risco. El fenómeno meteorológico convierte al castillo en el protagonista de uno de los espectáculos más anhelados por transeúntes y turistas, que en la explanada de La Punta, cámara en mano, atrapan el mágico instante en que fenecen las olas.

Después de captar la imagen, me resulta imprescindible subir a la fortaleza para desde allí contemplar la ciudad sumida en su baño salitrero. Al rebasar el puente levadizo y el imponente foso cavado en la roca, tomo la senda del largo corredor abovedado que conduce al majestuoso portón donde antaño se realizaba la ceremonia del cambio de la guardia. Entonces, frente a él me poseen las leyendas, porque tal parece que el tiempo ha retrocedido para hacerme su cautivo. La traza del Morro está concebida como un polígono irregular que se ajusta simétricamente a cada palmo del risco sobre el que se levanta. Por tal razón es normal que presente en su interior numerosos desniveles e irregularidades que responden al asiento topográfico. Antonelli había comprendido que estos accidentes del terreno constituían una ventaja formidable para su defensa. También resulta inaccesible por tener más de 60 pies de alto, y lo escarpado del risco hace invulnerables sus murallas.

El Morro se proyecta sobre el mar en ángulo agudo. Tras los gruesos muros, toma forma una ciudadela de calles angostas y curvas cerradas, concebidas de esta manera para provocar el extravío de los agresores, en caso de que llegaran a apoderarse de la fortaleza. Para el visitante, misteriosos resultan sus laberintos, baluartes, nichos, polvorines y troneras cuando entre tanta soledad solo se escucha el silbido del viento. Como El Morro poseía un amplio poder de fuego en el lado norte de sus murallas, para no dejar desguarnecida la entrada del canal de la bahía, allí donde el peñasco suaviza su pendiente, y en el lecho rocoso se asienta una franja boscosa, se decidió construir la Batería de Los Doce Apóstoles. Al apoyar con su potencia defensiva a las baterías de cañones del Castillo de La  Punta, se creaba un fuego cruzado que imposibilitaba las incursiones de los navíos enemigos dentro del canal de la bahía. La fortaleza constituyó la principal defensa del puerto habanero hasta la construcción de San Carlos de La Cabaña en el siglo XVIII.

Imagen: La Jiribilla

II

Para un explorador deseoso de recorrer palmo a palmo el recinto amurallado en busca de posibles vestigios de ya lejanos combates, no resultaron obstáculos la ventisca y el salitre asperjado. Atesora mi memoria cada una de las imágenes del lujoso álbum con antiguos grabados referidos a la toma de La Habana a manos de la escuadra inglesa, documento que de niño solía hojear sentado en un rinconcito de una sala de lectura de la Biblioteca Nacional.  De forma silente el álbum narraba la historia del acontecimiento militar más importante del siglo XVIII ocurrido en Cuba y Las Antillas españolas, es decir, la batalla naval ejecutada por la Armada Británica, comandada por el Conde Albemarle, en su empeño por apoderarse de La Habana. En este combate El Morro jugó un papel imprescindible pues albergó uno de los focos de resistencia que retardaron la toma de la ciudad. Si bien la edificación fue reconstruida en 1763, durante el período gubernativo del Conde Ricla, y encargadas estas obras a los ingenieros Silvestre Abarca, Agustín Grame y Antonio Trebejo, aún hoy es posible observar en sus muros exteriores profundas huellas de la beligerancia.

¿Cómo llegaron los ingleses a posesionarse sorpresivamente del horizonte habanero? En el mes de agosto de 1761, la monarquía española realizó una alianza con la monarquía francesa. Este pacto se conoce bajo el nombre de III Pacto de Familia y determinó la entrada de España en la guerra que desde 1756 sostenían Francia e Inglaterra. La osadía española fue aprovechada por el monarca británico que anhelaba desde antaño sumar a La Habana a su lista de posesiones antillanas. Pero para sumergirnos más en aquellos acontecimientos, disfrutemos pues de este antiguo relato que narra las peripecias de Don Martín de Arana, vecino de la Villa de San Cristóbal de La Habana por aquellos tiempos. La narración despeja por si sola todas las dudas al respecto.

“Quince días antes de presentarse delante de La Habana la escuadra inglesa con 175 velas de guerra, y de transporte para su conquista, este tremendo día (el 6 de junio de 1762) para el Gobernador el Mariscal de Campo D. Juan del Prado, fue el único que convino, (bien a su costa) cuán importante le hubiera sido dirigirse por los consejos de su auditor de guerra, D. Martín de Ulloa, y no por los de su secretario D. José García Gayó. Pero se había dejado dominar de él por la debilidad o suma abstracción de los negocios de guerra. En los días 20 ó 21 de mayo, llegó a La Habana por medios y caminos extraordinarios una noticia muy segura de la armada, tempestad que por instantes iba a caer sobre ella. El Gobernador apenas la quiso oír, el Secretario la despreció hasta el punto de declararse enemigo del que la llevó a su costa. El auditor de guerra, le sostuvo, le citó a su casa, tomó de él las más seguras noticias pero no pudo conseguir nada más que no verle encerrado en un calabozo. Este era un individuo vecino de la ciudad de Cuba, llamado Don Martín de Arana, hombre distinguido, que solía hacer algunos viajes furtivos, aprovechando el corto paso del mar que divide las costas de Cuba, de las de Jamaica, para hacer empleo de algunas ropas: introducirlas por alto (como otros muchos de aquel país) a pesar de los continuos riesgos del mar, de los desembarcos en la costa desierta y de las acechanzas que padecen en tierra.

“Llegó pues por la costa a la capital Kingston, cuando hervía toda aquella plaza en disposiciones las más activas, para el formidable armamento contra La Habana. Tomada la Martinica por los ingleses, llegaban a Kingston las tropas victoriosas, y los navíos sobrantes de su escuadra, reunidos los esfuerzos de sus respectivos generales sobre el punto de acelerar la pronta salida de la expedición; nada se omitía; disciplinar las tropas, carenar y recorrer las embarcaciones, acopiar y embarcar víveres, aguadas, pólvora, artillería, pertrechos de guerra y completar las tripulaciones, juntas de guerra, acuerdos gubernativos, bandos para prohibir la salida de persona alguna, así de Kingston como de toda la Isla, por cualquiera de sus costas, bajo de gravísimas penas, e intervención de toda correspondencia. Este honrado español absorto al ver tanta máquina movida e instruido por algunos mercaderes judíos, de su amistad, tomó de ellos cuantas noticias pudo, para aprovecharlas: negoció las últimas gacetas de aquella plaza, las mejores noticias del número de los navíos de guerra que había en el puerto: de las embarcaciones de transporte, y de las tropas que se preparaban para el embarque…

 

[1] Weiss E. Joaquín, en La Arquitectura Colonial Cubana, página  38, Tomo I. Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, año 1979.

Comentarios

DAVICITO: Leí tu crónica Entre laberintos y cañonazos. Me gustó, las fotos bellas. Cuanto siento se hayan mudado. Sabes que siempre he sentido un cariño especial por Uds. debido a la clase de personas que son. Te deseo todo lo mejor. Un abrazo y mucha salud para tí y Marta. Ojalá puedas leer estas líneas. Normita

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