Un caimán en el ombligo de la luna

Daine M. Vento • La Habana, Cuba
Ilustración: Hugo Ortiz, Cuernavaca, México (especial para La Jiribilla)

México no es el país inseguro y desangrado que aparece a diario en las noticias de muchas trasnacionales mediáticas. Cuba no es el país en ruinas y hambriento que aparece a diario en muchas trasnacionales mediáticas. Como la gente que los habita y deshabita, México y Cuba crecen en sus múltiples historias.

Imagen: La Jiribilla

Es cierto que en muchas zonas de México campea la violencia del narco, que los índices de feminicidios alarman y lastiman. Es cierto que es un país atravesado de norte a sur por el dolor de un tren, apodado “La Bestia”, que es sueño y pesadilla de muchos emigrantes latinoamericanos que anhelan alcanzar el norte. Pero también es cierto que ese mismo México es patria fértil de escritores, poetas y ensayistas. Una región que ha probado la miel de su vientre dando a luz hombres como Juan Rulfo, José Revueltas, Efraín Huerta o Alfonso Reyes y mujeres como Elena Garro y Josefina Vincens, o, mucho antes que ellas, la gran Sor Juana Inés de la Cruz, autora de cientos de los versos que aún hoy más estremecen y agitan (“Óyeme con los ojos, / ya que están tan distantes los oídos”). México es el país que Octavio Paz diseccionó desde su poesía, el país donde Octavio Paz también diseccionó a la poesía, y al amor, al humor, a la vida. El mismo Paz que, a manera de eterna premonición, afirmó que “el hombre, al enfrentarse con la realidad, la sojuzga, la mutila y la somete a un orden de lenguaje, que no es el orden de la naturaleza [...] sino el del pensamiento".1

Sojuzgada a ese aberrado orden también ha navegado la imagen de Cuba en las últimas décadas. El caimán dormido de las Antillas ha sido víctima y victimario de la palabra. Dificultades económicas, incomprensiones ideológicas y el dolor de la emigración han marcado su destino. A pesar de eso —o quizá por eso— también, de la inspiración que regala a su prole, han florecido escrituras como las de José María Heredia o Gertrudis Gómez de Avellaneda. Anotar una lista canónica luce imposible ante la brevedad de la tierra y el alcance de sus retoños. No es nacionalismo barato. Reconozcamos que podríamos comenzar mencionando a José Martí o a Luisa Pérez de Zambrana, a Plácido o a José Jacinto Milanés, y continuar en una estela que se bifurca en muchos caminos con nombres como los de José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Guillermo Cabrera Infante, Fina García Marruz, y otros, muchos, probablemente miles.

Tan cercanos y diferentes, Cuba y México se han mirado a los ojos siempre con sinceridad, desde el dolor de sus múltiples historias, pero sobre todo desde la lírica contenida en sus verdades. La identidad de ambos países se cruza en el amor entre una cubana y un mexicano; también en los bailes de rumba de la hermosa Ninón Sevilla, grabados en incontables películas del cine de oro de la década de 1950.

En México dicen: Quienes viven en Yucatán parecen cubanos. Usan guayabera, toman ron, aspiran las “s” al final de las palabras y les gusta el café fuerte. En Cuba, el final de toda fiesta que se respete lleva de fondo alguna canción de José Alfredo Jiménez, con la que la gente rueda y rueda con las piedras del camino. En México se escucha por todos lados la música de Buena Vista Social Club. En Cuba, México es el país que acogió a Heredia y a Martí en sus años de emigrantes. Pero es también el lugar donde se organizó la expedición del yate Granma en 1956.

El tejido de admiraciones, diálogos y desacuerdos luce infinito desde ambos lados del golfo. Como corriente subterránea: la literatura, la música… el arte. En la primavera de 1947, la revista Orígenes dedicó su número 13 a la cuna de Moctezuma. Entonces los editores elogiaban que “a través de una labor que su continuidad en el tiempo ha hecho evidente y ejemplar, México traza una dirección y un sentido para la expresión y la sensibilidad”.2 En ella publicaron textos los ya mentados Reyes, Huerta, Paz, pero también otros como Ermilo Abreu Gómez, Alí Chumacero, Clemente López, Gilberto Owen.

Más de un siglo antes, José María Heredia había dejado su impronta en la historia literaria y periodística de México. Fue uno de los fundadores, en 1826, de la primera revista ilustrada, El Iris y muy citados son los elogios contenidos en su poema “En el Teocalli de Cholula” (“¡Cuánto es bella la tierra que habitaban, / los aztecas valientes!”). Mientras, a partir de 1894 la firma de José Martí prestigió a la Revista Azul, iniciadora del modernismo mexicano, desde donde estrechó vínculos con otro imprescindible: Manuel Gutiérrez Nájera.En México, más de una generación toca, en la guitarra de sus abuelos, las canciones de Silvio Rodríguez.

En México, más de una generación toca, en la guitarra de sus abuelos, las canciones de Silvio Rodríguez. En Cuba, más de una generación de mujeres quiso ser María Félix. Entre el amor y la preocupación por el destino de uno y otro pueblo, no es raro que muchas investigaciones mexicanas hayan mirado por más de un siglo a la literatura cubana con la misma curiosidad e interés con que cubanas y cubanos leen y estudian la lírica y la prosa que les llega desde tierra azteca. Por eso los nombres que firman los trabajos del dosier que hoy publica La Jiribilla podrían variar tanto como las perspectivas críticas que contienen. Podrían variar tanto como los nuevos diálogos que trazan. Comparten el riesgo que es siempre vivir desde la literatura.

En idioma Náhuatl, México significa "el ombligo de la Luna" ("Metztli", luna y "xictli", ombligo). En arahuaco, kuba-annakan significa “tierra que está en medio”. Aunque, en ese caso, la imposibilidad de los colonizadores españoles para comprender el dialecto de los aborígenes, redujo la expresión a Cuba.

En 1977, Samuel Feijóo publicó en la revista Signos un ensayo titulado “Cuba no es un caimán”, donde escribió: “Si Francia tiene a Marianne, los yanquis al rapaz hipócrita Uncle Sam e Inglaterra a su ventrudo John Bull, España tiene a su fiera, el León rampante [...], México tiene el Águila y la Serpiente.”3 Todo para aclarar que la responsabilidad de que Cuba se representara como un caimán se debía a los primeros textos académicos de Geografía. Pero otra vez la poesía fue la verdadera responsable de popularizar la imagen ya en el siglo XX. Aunque Feijóo diga que no, así queremos vernos aquí, en estas páginas, sondeando al caimán de la literatura que vive en el ombligo de esa luna inmensa que es México.

[1] Octavio Paz, “Sobre la poesía. Poesía de soledad y poesía de comunión”. En: Las palabras y los días. Una antología introductoria. (Ricardo Cayuela, ed. y pról.), CONACULTA y Fondo de Cultura Económica, México, 2008:93.
[2] Los Editores, “Homenaje a México”. En: revista Orígenes, número 13, La Habana, primavera de 1947:4.
[3] El artículo fue republicado en revista Signos. Nueva época. Número 62, 2011 115. Disponible en: http://www.revistasignos.com/wp-content/uploads/pdf-files/SIGNOS_62.pdf

 

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