Modernismo: De Heredia-Sierra-Nájera

Dainerys Machado Vento • San Luis Potosi, México

¿Los cubanos que publicaron en la Revista Moderna de México representan en realidad el 5,6 por cientode los colaboradores hispanoamericanos como consigna el libro Revista Moderna de México (1903-1911). Índices, coordinación y estudio introductorio?[1] Vale la pena sospechar de la estadística, aunque la lista luzca breve si la comparamos con la de españoles (66.1%), argentinos (12.5%) y venezolanos (8.4%) presentes en la publicación.

Esparcidos en 12 números, alejados entre sí, aparecen los nombres de siete autores nacidos en Cuba. Sus creaciones muestran tendencias temáticas como la impronta del arte por el arte, el ejemplo poético de Rubén Darío y la encarnación del alba y la naturaleza como símbolos de esperanza y representación poética. Mas a la vista saltan la disparidad estética de sus propuestas y sus heterogéneas influencias en el canon literario cubano.

“Cada día se desvanece más la tesis [de] que [Revista Moderna de México] asimila el modernismo mexicano al decadentismo y ambos, movimiento y tendencia, a la exclusiva poesía; siendo que se advierten distintos rumbos del modernismo”.[2] Durante los casi ocho años de existencia de la publicación, vieron la luz 508 poesías, 378 artículos y ensayos, 269 notas, 155 relatos, 77 crónicas, 54 recensiones, 52 discursos, 41 epístolas y 15 obras de teatro. Y aunque es cierto que la diferencia entre la cantidad de poesías y artículos/ensayos no es suficientemente amplia para sostener el prejuicio de que los modernistas solo se interesaban por la lírica, en el caso de las obras marcadas como cubanas, la balanza se inclina definitivamente con 19 poesías, tres ensayos, dos relatos y una epístola.

Imagen: La Jiribilla

Entre los isleños hallamos a Manuel Serafín Pichardo y Peralta (1863-1937). En el número correspondiente a mayo de 1907, apareció un soneto suyo duodecasílabo, titulado “A Rubén Darío”. Pichardo y Peralta es reconocido como periodista y diplomático, uno de los directores fundadores de la destacada revista habanera El Fígaro. Resultó un “versificador con marcado tono de época”.[3] que no llega a ser modernista, según Raimundo Lazo en su manual La literatura cubana, aunque hace “esporádicas concesiones al movimiento renovador”.[4]

De Manuel Serafín sabemos que “dio forma y nombre personal a un tipo de poema breve entonces muy abundante en España e Hispanoamérica”.[5] Lazo asegura que “lo mejor de su obra son algunos poemas breves y sonetos de evocación y descripción sintéticas y moderadamente sentimentales”,[6] tal como el que aparece en la Revista Moderna de México dedicado al poeta nicaragüense. Se publican además, en marzo de 1909, sus versos de “Metempsícosis”, un cuestionamiento sobre el sentido de la vida y de la función del arte.

En julio de 1907, aparece el relato de Alfonso Hernández Catá (1855-1940), titulado “Un milagro”. Fue escrito especialmente “Para la Revista Moderna de México”, según consta en la dedicatoria. Ese mismo año Hernández Catá había publicado su primer libro, Cuentos pasionales, en La Habana, y dos años después alternaría su carrera como escritor con la de diplomático.

El número de abril de 1909 trae el manuscrito de una carta del primer y destacado poeta modernista cubano Julián del Casal (1836-1893) y un ensayo de Luis Rodríguez Embil (1879-1954), con el nombre de “Fantasías psicológicas. La muerte de Judas”. De Embil fue la última obra con firma cubana que apareció en la revista, cuando en diciembre de 1910, varias páginas se dedicaron a otra disertación suya titulada “Las Ideas Literarias de Nietzche”. Desde 1903, el escritor había ingresado en el Cuerpo Consular cubano, para ocupar el cargo de canciller en Génova, que se multiplicaría hasta 1935 por otras ciudades europeas. En 1905 había ganado el Primer premio en el concurso de la revista Mundial Magazine, dirigida por Rubén Darío, con una narración titulada “Córdoba triste”. Sin duda, el suceso lo ubicó en la mira de los modernistas del continente.

Del periodista y diplomático Francisco García Cisneros (1877-19¿?) vio la luz, en la Revista Moderna de México de julio de 1907, “La beatificación de Jeanne D’Arc”. El autor firmó en esa oportunidad con un cambio gramatical (o idiomático) en su nombre: “Francois de Cisneros”. Era común que utilizara además otros seudónimos como “Lohengrin” y “Raoul François”, que dicen mucho de la influencia francesa en su escritura. En noviembre de 1910, con su onomástico en español, publica el ensayo “Rubén Darío”. En dicho artículo dialoga sobre ciertas corrientes poéticas que marcaban desde el siglo XIX las relaciones literarias entre el modernismo mexicano y el cubano:

Simultáneamente Casal y Martí en Cuba, Gutiérrez Nájera en México, presentían el movimiento que iniciaba, la revolución que venía como un claro de luz en la indiferencia asumida en los poetas americanos ocupados aún en aplaudir á Lamartine, á Gallegos y á Musset; ignorando que á Lecomte de Lisle se le erigía en el maestro del parnasianismo y que Verlaine tremolaba la bandera del decadentismo […][7]

La faceta de diplomático que todos comparten en sus vidas probablemente contribuyó a la publicación de sus trabajos en Revista Moderna de México, donde había un marcado interés editorial por definir y estimular la figura del poeta diplomático.[8] Todos ellos también tienen en común haber sido colaboradores de la revista El Fígaro. El magazín ilustrado, fundado en 1885 en La Habana y vivo hasta 1929, acogió trabajos de algunos de los más destacados modernistas mexicanos, incluyendo a los hermanos dominicanos Max y Pedro Henríquez Ureña. Es probable que, a través de este semanario, de larga data y presencia relativamente importante en Latinoamérica, se tejieran algunos de los vínculos de Cuba con las publicaciones del continente.

Otro de los poetas de la Isla que aparecen en Revista Moderna de México es Bonifacio Byrne (1861-1936). En septiembre de 1909, se publicaron tres de sus sonetos, titulados “Idílica”, “El Alba” y “El Arte”. Byrne es reconocido como el último modernista de la época colonial cubana. Representa a los cultivadores de una lírica profundamente patriótica. Sin embargo, como lo sugieren los títulos de sus versos, estos son un canto a la libertad que el ser humano halla en la belleza de la naturaleza, y a la creación artística como espacio que el autor califica de “radiosa lámpara”, “montaña de Ideas”, “¡Único amigo!”.

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Es de José María de Heredia, nacido en Santiago de Cuba en noviembre de 1842, de quien más poesías se publicaron en Revista Moderna de México: 11 sonetos en total. O sea, de las 19 composiciones que los estudiosos endilgan a autores cubanos, en realidad 11 (todas las de Heredia) fueron escritas en francés y traducidas al español. “With a French mother in a Spanish environment, the little ‘Pepillo’ was completely bilingual in his childhood. But he passedtheyears 1851-59 at school in France”[9], lo que determinó su inclinación por el idioma galo.

Es de José María de Heredia, nacido en Santiago de Cuba en noviembre de 1842, de quien más poesías se publicaron en Revista Moderna de México: 11 sonetos en total.Esta particular característica de su escritura, y su inclusión en el canon de la literatura francesa, ponen en jaque la estadística que otorga el 5,6 por ciento de las colaboraciones hispanoamericanas a autores cubanos. Aunque para Max Henríquez Ureña “podría aplicarse a Heredia, con entera exactitud, la ingeniosa frase que se atribuye a Castelar sobre Víctor Hugo: «Es el más grande de los poetas españoles de lengua francesa».”[10] Ni cubano, ni francés. O cubano y francés, José María de Heredia reúne, en la rara dualidad de su escritura, un auténtico afrancesamiento caribeño que lo coloca en el centro de las admiradas miradas de los modernistas y decadentistas.

En el primer número de 1904 de la Revista Moderna de México fueron publicados sus poemas “A una estatua rota” y “La Fuente”. Es curioso que de ambos se reprodujeron tanto los versos originales en francés (“Sur un marbre brisé” y “La source”), como sendas traducciones firmadas por Joaquín D. Casaús. Mientras, en la edición correspondiente al mes de julio de ese mismo año, apareció su soneto “Medalla antigua”, traducido por Fernando Rivas en homenaje a José Joaquín Tablada. En marzo de 1905, se publicaron las versiones que Enrique González Martínez hizo de “La siesta” y “El joyero anciano”. En octubre de ese mismo año, se presentaron “Los Conquistadores”, “En las montañas divinas” y “Banco de coral”, tres sonetos del libro Los trofeos (París, 1893), traducidos por Justo Sierra. Y en junio de 1907, Revista Moderna de México retomó otras creaciones de ese volumen: “Esmalte”, “Fuga de Centauros” y “Antonio y Cleopatra”, vertidos al español por Rafael López.

En medio de estas sucesivas publicaciones, probablemente pasaron desapercibidos varios de los elementos que particularizaron las traducciones de octubre de 1905. Sin notas aclaratorias ni llamados editoriales, con las traducciones de Justo Sierra, en realidad se rendía homenaje a la muerte del poeta.

Algunos «trofeos»

José María de Heredia falleció en Francia el 2 de octubre de 1905. A los 63 años de edad, dejó una obra reconocida como muy breve, pero valiosa. La publicación de las traducciones de Justo Sierra, como póstumo homenaje al autor de Los trofeos, contaba con un particular artículo de presentación de Manuel Gutiérrez Nájera, donde se valoraba el trabajo de creación poética y, en menor medida, el de las versiones en español.

“Los tres admirables sonetos de Heredia, soberbiamente vertidos al ánfora del idioma castellano por Justo Sierra, fueron hurtados por nosotros. No destinaba Justo á la publicidad esas versiones; no está contento con ellas”,[11] aclaraba El Duque Job, desde las primeras líneas de su artículo. Pero Gutiérrez Nájera había fallecido en 1895. Por lo que el hallazgo de este conjunto literario, diez años después de su muerte, exige rastrear el verdadero origen de las traducciones. Una tímida línea, debajo de la firma del periodista, conduce a las primeras pistas. Encerrado entre paréntesis, como breve epílogo, se lee “Revista Azul”.

La Revista Moderna de México, fundada y dirigida por Jesús E. Valenzuela desde 1903, estaba reproduciendo en realidad un curioso grupo de textos, publicado el 24 de junio de 1894, en el número 8 de su antecesora modernista. “Los tres admirables sonetos de Heredia, soberbiamente vertidos al ánfora del idioma castellano por Justo Sierra y que aparecen hoy en la Revista Azul, fueron hurtados por nosotros”, dice la nota original, rastreada hacia 1894. Precisado ese dato, sobresale el hecho de que un año escaso separa a las traducciones de Sierra de la presentación en Europa de Los trofeos. La marcada cercanía entre ambas fechas, más el auge modernista en el que estaban envueltos los dos continentes, justifican el tono entusiasta del ensayo de Gutiérrez Nájera, titulado sencillamente “José María de Heredia-Justo Sierra”. Tanto en la versión primera, como en el rescate casi íntegro del texto que hace la Revista Moderna de México, dice:

¡Traducir á Heredia!... ¡Qué exasperante, qué improba labor! Pero nosotros —si la justicia nos pena, el arte nos absuelve— logramos apoderarnos de esas joyas… y ahí está el oro que acendran las minas de Cipango; ahí el coral, el nácar; ahí el lapislázuli de las montañas divinas… Fuimos á la casa de Justo Sierra como los gerifaltes ó neblíes del soneto, y en ella vimos aparecer “estrellas nuevas.”[12]

El acto de (re)publicar a Manuel Gutiérrez Nájera y a un conjunto de obras legitimadas por él, confirma que es considerado ya para la fecha “un escritor magnífico, acaso nuestro primer prosista moderno, del representante mayor de la moral porfiriana, de su ciudad y de su tiempo”.[13] En realidad, esta admiración de los modernistas mexicanos por la obra del periodista y escritor databa del siglo XIX. La creación poética de José María de Heredia, la traducción de Sierra y el análisis de Nájera habían sido republicados por primera vez el 15 de noviembre de 1898, entre las páginas 113 y 115 de la Revista Moderna. El suceso no es extraño cuando se sabe que fue en esa publicación donde se gestó el nacimiento de la Revista Moderna de México, que heredó desde la dirección de Jesús E. Valenzuela hasta el nombre.[14]

Imagen: La Jiribilla

Desde la primera aparición del triángulo Heredia-Sierra-Nájera hasta sus sucesivas presentaciones, las traducciones se conservan con total fidelidad y solo se cruzan pequeñas diferencias en el ordenamiento de los textos: En la Revista Azul el artículo de Nájera sirvió como pórtico a los sonetos, mientras que en las posteriores fue colocado como epílogo. Lo interesante detrás de la recurrencia de esta breve cronología, desde finales del siglo XIX hasta principios del XX, es que acompaña, sin demasiada algarabía, los momentos de mayor auge del modernismo en México. Y sirve como pretexto para develar algunas de las características más sobresalientes de la Revista Moderna, hasta su desaparición.[15]

Presentar traducciones de Sierra, por ejemplo, se inserta de forma orgánica en ese interés manifiesto del magazín por mostrar la labor artística de las figuras políticas del momento. Porque cuando vuelven a salir estas versiones, ya llevaba Sierra tres meses al frente de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes del gobierno de Porfirio Díaz. Sobre la responsabilidad que sostuvo hasta 1911 se ha dicho que “trasciende el régimen del cual surge y ofrece uno de los elementos constructivos de la Revolución Mexicana”.[16]

La recurrente presencia de la obra de José María de Heredia en Revista Moderna sí se debe a motivos estrictamente literarios. Para 1894, Nájera lo presentaba como un creador que “ya ha conquistado el mundo de la poesía y colgado en el altar de Grecia sus Trofeos” (p. 103). “Le llaman el BenvenutoCellini de la Poesía Moderna” (p. 103), cuando aún el poeta cubano-francés prometía otros volúmenes, otros sonetos. Pero la frase de Nájera funcionó como exquisito presagio de la historia de Heredia. Si Cellini fue uno de los más destacados artistas del renacimiento italiano, su obra quedó medio olvidada, reconocida como valioso testimonio estético de una época concreta. Mientras Heredia, por su parte, “no buscó el aplauso de las masas; no quiso que su poesía rodara de boca en boca y de cuerda en cuerda, como romance de ciego” (p. 104), ni tampoco publicó más libros en toda su vida que Los trofeos.

Nájera aseguraba que era “casi imposible” traducir a José María porque “el poeta ha tenido que hacer con el idioma el trabajo de naturalista, de químico y de físico, clasificando voces, organizando vocabularios, acumulando nomenclaturas, huyendo del sinónimo, y dando a la palabra un valor fijo, un empleo concreto é invariable”. (p. 104).

El Duque Job lo llamaba “incomparable é insuperable sonetistas”, y consideraba que había alcanzado el perfeccionamiento total de la expresión. Y más adelante se preguntaba “¿Cómo dar en castellanos estos primores, exquisiteces, sutilísimos toques? ¡En castellano, idioma descuidado de su heredad, cual pródigo infanzón y retumbante y fastuoso! ¡En castellano, lengua que viste siempre de gran cola!”. (p. 104)

Es esta la titánica tarea literaria que enfrenta Justo Sierra con su traducción de “Los conquistadores”, “En las montañas divinas” y “Banco de coral”. La investigadora Eva Cruz Yáñez, con una mirada contemporánea sobre el ejercicio de la traducción, afirma:

la poesía es intraducible. Es cierto que desde una perspectiva absolutista la traducción es imposible […]. En lo que se refiere a la poesía es necesario aceptar que ésta se deja traducir de distintas maneras en distintas épocas. El traductor utiliza en un momento dado los recursos y estrategias de que dispone según la época y la tradición literaria en que se inscribe. No hay traducción total como tampoco hay lectura total. La pérdida es consustancial a la traducción.[17]

Para la especialista, es un mito la versión del traductor invisible. “A final de cuentas toda traducción está sujeta a un principio de individualidad traslaticia”,[18] asegura WolframWills.

Gracias a Nájera, conocemos esos principios de individualidad que mediaron la traducción de Sierra: “en Heredia hay de más español, como Brunetiére dijo en una conferencia, [respecto a eso] se propone hacer detenido estudio Justo Sierra. Para ello, acaso ha probado á traducir algunos de los «trofeos»” (p. 104). En esta presentación parece anunciarse un proyecto de investigación de Sierra sobre los 118 sonetos de Los trofeos. Los primeros acercamientos fueron, sin duda, las experimentaciones a través de las tres traducciones presentadas y posteriormente reproducidas.

El trabajo de Justo Sierra posee el indiscutible valor de ser un temprano acercamiento idiomático y creativo al gran y en definitiva único libro del más joven de los Heredia. Posee los méritos de haberse producido en el mismo tiempo de la creación original y de haber rolado la poesía herediana en importantes publicaciones mexicanas de un siglo a otro. La historia de sus traducciones adquiere más valor cuando se sabe que, en 1938, Max Enríquez Ureña tradujo, de manera íntegra, Los trofeos, en la versión más legitimada y completa que se ha dado a conocer en nuestro idioma. “Su ejemplar traducción de Los trofeos (sonetos), de José María Heredia y Girard, el poeta cubano-francés, publicada en Santiago de Chile, en 1938, le consagran como traductor y prologador de alta calidad crítica, estética y lingüística”.[19]

Tanto Henríquez Ureña como Justo Sierra son nombres indisolublemente ligados al modernismo mexicano. Sus acercamientos respectivos a la obra de este Heredia bien traducen la fascinación ejercida por esa figura sobre los modernistas latinoamericanos, y específicamente sobre los nucleados alrededor de laRevista Moderna de México.

 
[1] Belem Clark y Fernando Curiel, Coord.: Revista Moderna de México (1903-1911). Índices, coordinación y estudio introductorio. UNAM, 2002.
[2] Ídem: 47.
[3] Raimundo Lazo: La literatura cubana. Manuales Universitarios. Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1965: 138
[4] Ídem: 137.
[5] Ídem: 138.
[6] Ídem.
[7] Francisco de Cisneros: “Rubén Darío”. En: Revista Moderna de México, noviembre de 1910: 174.
[8] Este interés de la publicación por acercarse a los políticos también desde sus creaciones artísticas es reafirmada en 1909, cuando en la página 35 del número de septiembre, se publica un artículo titulado “Los diplomáticos poetas”. En él Amado Nervo escribe:
El poeta verdadero vive de su propia meditación, y la persecución de lo absoluto es causa de inenarrables angustias. Hay que hacerse un alma de notario ó de sportman, para librarse de las malas consecuencias que traen las incursiones y exploraciones dentro del propio espíritu. La diplomacia también es bastante útil para el caso.
[9] Harry Goldgar: “Three Spanish Sonnets of José-Maria de Heredia”. En: ComparativeLiterature, Vol. 15, No. 1, Invierno de 1963: 25.
[10] Max Henríquez Ureña: “Poetas cubanos de expresión francesa”. Disponible en: http://revista-iberoamericana.pitt.edu/ojs/index.php/Iberoamericana/article/viewFile/1031/1265?origin=publication_detail. Consultado: 10 de noviembre de 2014.
[11] Salvo se indique, todas las citas del artículo de Manuel Gutiérrez Nájera son tomadas de su publicación en la Revista Moderna de México, en 1905. Manuel Gutiérrez Nájera: “José María de Heredia-Justo Sierra”, Revista Moderna de México, octubre de 1905: 103-105. 103.
[12] Manuel Gutiérrez Nájera: Ob. Cit.: 103.
[13] Rafael Pérez Gay: “Prólogo”. En: Rafael Pérez Gay (Sel. y prólogo): Manuel Gutiérrez Nájera. Cal y Arena, 1998: VIII.
En 1907, dos años después esta muestra de estrecha relación del magazín con la obra de Nájera, otro suceso viene a confirmar la admiración de los modernistas mexicanos por El Duque Job: Cuando Manuel Caballero anunció la fundación de una segunda Revista Azul, y negó la herencia de su primera etapa decimonónica, atacó a los escritores de la Revista Moderna de México llamándolos “neuróticos” representantes de una corriente en decadencia. Los agredidos fueron defendidos por los jóvenes ateneístas como “brillantes continuadores reconocidos y juzgados” de la obra de Nájera.
El estudio introductorio que acompaña los índices de la Revista Moderna de México asegura que ante este ataque, los escritores “se abstuvieron de recoger el guante lanzado por el exhumador de Gutiérrez Nájera”.  Pero la afirmación no es cierta. En mayo de 1907 —un mes después de la mencionada polémica— hallamos en el magazín ofendido un breve artículo titulado “Modernismo”, firmado por Jesús E. Valenzuela. En menos de dos páginas, el poeta defiende contundentemente la presencia del modernismo en la historia de la literatura con el pretexto de la publicación de El Nuevo Mercurio. Valenzuela señala la perdurabilidad de una forma de expresión, más allá de fechas determinadas: “El modernismo no es, en una palabra, más que la tendencia, ascendente, humana, sin más arma que el Yo, único origen verdadero de todo progreso”, escribió. Su trabajo funciona como respuesta a los comentarios de la nueva Revista Azul, y es también una reafirmación de la alianza de la publicación con esa expresión literaria, con enorme carga simbólica en la figura de Gutiérrez Nájera.
[14] En la última página de Revista Moderna, fechada el 15 de agosto de 1903, aparece un pequeño editorial titulado “Nueva faz de nuestra publicación”, donde se explica:
Realizando añejas aspiraciones por las cuales ha trabajado sin descanso, La Revista Moderna se metamorfoseará por completo desde el mes de Septiembre próximo, en el cual aparecerá bajo la forma de un magazín mensual, de numerosas páginas, ilustrado, y con variadísimas seciones científicas, literarias, artísticas, sociales, informativas, etc.
La historia de esta transformación está contenida en el volumen Revista Moderna de México (1903-1911). Índices, coordinación y estudio introductorio, publicado por la Universidad Autónoma de México en 2002, bajo la coordinación de Belém Clark y Fernando Curiel. Según esta investigación sabemos que la gestación de una publicación desde la otra transcurrió sin traumas, por cuanto se mantuvieron los liderazgos y objetivos literarios del grupo, tanto como sus admiraciones por Nájera. Como expresa el breve editorial —única declaración explícita de este (re)nacimiento—la Revista Moderna de México perseguía sobre todo ampliar los contenidos, aprovechando el apoyo económico que el Porfiriato otorgaba al grupo nucleado alrededor de ella. Jesús E. Valenzuela poseía gran influencia en sectores como educación, cultura y política.
[15] La revista deja de salir después de que muere su fundador. Esto coincide con un año de cambios políticos radicales en el país. Pero hacia el interior de la publicación, los principales cambios comenzaron a producirse en 1906, aunque no variaron sustancialmente su concepción. En ese año, Emilio Valenzuela sustituye a Manuel del Castillo como secretario de redacción, y adquiere el 50 por ciento de los títulos de la revista, los que poseía hasta ese momento su padre. Amado Nervo, co-director de la Revista Moderna de México desde su fundación, dejó el cargo para responder a su estancia como secretario de la Legislación de México en España, aunque conserva la copropiedad del magazín. En 1907, muere Julio Ruelas. En 1909, Jesús Urueta dejó su cargo como Jefe de Redacción, probablemente por sus diferencias con el Porfiriato.
[16] Leopoldo Zea: “Un Sierra singular. Don Justo Sierra, su vida, sus ideas y su obra by Agustín Yáñez”. En: Historia Mexicana. Publishedby: El Colegio De MexicoStable URL: http://www.jstor.org/stable/25134201. Consultado el 10 de noviembre de 2014.
[17] Eva Cruz Yáñez: “Las paradojas de la traducción”. En: INTI, Revista de literatura hispánica. No. 42, otoño 1995: 254.
[18] WolframWills citado por Eva Cruz Yáñez: Ídem:254.
[19] Zenaida Gutiérrez-Vega: “Max Enríquez Ureña. Cartas de un maestro”. En: Cuadernos hispanoamericanos. Núm. 380, Madrid, febrero de 1982:297-304, 298.

 

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