Un caso comparativo entre Cuba y México:

La Revolución y la novela policiaca

Xalbador García • San Luis Potosi, México

Parafraseemos a Graham Greene: puede asegurarse que, en el siglo XX, las revoluciones triunfantes, por más idealistas que fueran, acabaron traicionando sus ideales y a muchos de sus protagonistas; las revoluciones del siglo XX, excepto la mexicana, que fue una farsa desde el principio.La Revolución de 1910 y su halo de desencanto es aún hoy, con el regreso del PRI (el partido emanado del conflicto armado) a la residencia oficial deLos Pinos, el punto cardinal de la narrativa mexicana moderna. En la última centuria, diversas obras retrataron a los protagonistas de la lucha, así como las consecuencias, tan positivas como desoladoras, que trajo consigo la pugna por el poder que, durante casi tres décadas, nubló el horizonte del país. Carlos Fuentes, Juan Rulfo y Martín Luis Guzmán son apenas tres escritores destacados de los múltiples novelistas que hicieron y hacenliteratura bajo los efectos que provocó, en todos los ámbitos de la vida nacional, la guerra civil encaminada alderrocamiento de la dictadura de Porfirio Díaz.

Imagen: La Jiribilla

La encarnación del contaminado sistema revolucionario mexicano en la novela policiaca tiene un nombre y un apellido que se han convertido en hito de la tradición literaria nacional: “Filiberto García”, protagonista de El complot mongol (1969), la obra maestra del género en México, escrita por Rafael Bernal. Lejos de los héroes míticos, de las figuras de Zapata y Villa, Madero y Carranza; lejos de los caudillos forjadores de un evangelio propio (Plan de Ayala, Plan de San Luis, Constitución de 1917); lejos de la esperanza de establecer la igualdad social tras el régimen porfirista, el agente (¿agente?) García se define a sí mismo como un“fabricante de muertos”. Su momento, el de la violencia de la Revolución, ha pasado. La narración se desarrolla en la década de los 60, en plena Guerra Fría, cuando en la sociedad mexicana empieza a forjarse una clase media ilustrada, cuyos hijos tienen el privilegio de acceder a estudios universitarios y, desde ahí, insertarse en las atmósferas de poder que, años antes, eran exclusivas de militares. Matón revolucionario, Filiberto ve con desprecio los cambios en el país: 

Y ahora todo se hace con la ley. De mucho licenciado para acá y licenciado para allá. Y yo ya no cuento. Quítese viejo pendejo. ¿En qué universidad estudió? ¿A qué promoción pertenece? No, para hacer esto se necesita título. Antes se necesitaban huevos y ora se necesita título. Y se necesita estar bien parado con el grupo y andar de cobero. Sin toda la experiencia vale una pura y dos con sal. Nosotros estamos edificando México y los viejos para el hoyo. Usted sólo sirve para hacer muertos, muertos pinches, de segunda. Y mientras, México progresa.[1]

La Revolución retratada en El complot mongol es una Revolución pútrida desde sus entrañas. Ningún aspecto positivo puede ostentar. Se trata de una maquinaría bien aceitada donde los hombres como Filiberto García sirven tan sólo para llevar a cabo el trabajo que los civiles aún no se atrevían a realizar nítidamente: el asesinato de rivales políticos, pero también de amigos próximos, o la investigación —como en el caso de la novela— de hechos que exigían discreción absoluta: Nos ha llegado una información, interceptada en Mongolia exterior, donde se destaca que se prepara un atentado en contra del presidente de EE.UU. en su próxima visita a México. Usted es el encargado de investigar la fidelidad de los datos y, si lo cree oportuno, desarticular la intriga. Trabajará con los rusos y con los gringos. Son órdenes. ¡Pinches órdenes!Pieza fiel de la Revolución institucionalizada, García no puede rechazar el caso. En sus pesquisas se va empapando del acontecer internacional que no deja fuera el involucramiento de agentes cubanos.

Con un narrador que combina de manera magistral la primera y la tercera persona, la narración construye un personaje que adecua los cánones del policía/investigador a la realidad mexicana. Bernal comprendió que era imposible retratar a un policía honesto en México,sobre todo en un momento álgido para el país que terminaría con la matanza de estudiantes de la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, en el año axial de 1968.Por ello, fue delineando un personaje humano, crítico agudo del sistema al que sirve, con un discurso que no teme expresar el cauce de corruptelas en el que terminó convirtiéndose el mejor de los sueños de quienes lucharon por hacer de México un mejor país.

Filiberto García es un extremista. No hay matices en su mirada.Como tampoco hay matices en la perspectiva de Héctor Román, el detective que protagoniza El cuarto círculo(1976), novela de los cubanos Luis Rogelio Nogueras y Guillermo Rodríguez Rivera. El agente tiene que esclarecer el asesinato del vigilante de un almacén perteneciente a una empresa estatal. Los criminales, en consecuencia, representan a individuos que laceran el proceso revolucionario iniciado en Cuba a partir del derrocamiento de la dictadura de Batista.

Al igual que El complot mongol, la obra de Nogueras y Rodríguez es fiel reflejo del momento en el que se desarrolla. Si en la mexicana, la desilusión por el movimiento armado y sus secuelasson el matiz de la narración, en El cuarto círculo, lo que predomina es el tono a favor del nuevo sistema y sus políticas sociales. Desde esta perspectiva, sólo quienes no lograban insertarse o entenderaquella nueva realidad cubana podrían cometer actos en perjuicio de la sociedad.

Con un formato de diario, la historia arranca el 19 de diciembre de 1973; fecha reveladora para ubicar el contexto en el que se presentan los hechos. La novela es de esta manera hija del llamado “Quinquenio Gris” (1971-1976), lapso de endurecimiento de la censura oficial,cuyos efectos padeció la producción culturalcubana.Una de las aristas fue la elaboración de un discurso literario basado en el realismo socialista que, sin ser tan extremo como el que se daba en la Unión Soviética, permeó gran parte de las obras que vieron la luz desde los 60 y hasta los albores de la década de los 80.

Imagen: La Jiribilla

El proceso era más complejo por cuanto no se trataba sólo de que alguien obligara a escribir obras que agradarana las autoridades cubanas, sino que muchos de los autores, como el propio Rodríguez Rivera lo ha mencionado, estaban comprometidos con los cambios estructurales que proponía la Revolución.[2] Sus textos iban encaminados a reforzar esos cambios, llevando a otras fronteras la novela policiaca. Uno de los recursos que abonan a la reinterpretación del género en El cuarto círculo es la inclusión de un detective colectivo. La narración rompe con la figura central del policía que resolverá el misterio que sostiene la historia, como sucede en El complot mongol, para erigir a una comunidad entera en contra de los maleantes. Héctor Román y su equipo no podrían haber resuelto el caso sin la ayuda de los miembros de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR).

La asistencia de los ciudadanos se tensa hasta el extremo en la obra de Nogueras y Rodríguez porque justo a la mitad de la misma el sargento Cabada, segundo de Román, se entrevista con el doctor Augusto del Pino, presidente de uno de los CDR donde vive el principal sospechoso del asesinato, y quien resulta ser experto en novelas policiacas. Durante el encuentro se hace un recorrido por el género, se critican las obras meramente lógicas o aquellas que intentan ser un espejo del momento que retratan y se presenta una nómina que va de ConanDoyle a Leroux, y de Agatha Christie a S. S. Van Dine, sin dejar de lado a Stanley Gardner.

Apasionado de la novela policiaca Del Pino menciona:

Cierto escritor […] ha dividido la población de la tierra en cuatro grupos diferentes: los criminales, las víctimas de los criminales, los detectives y los lectores de literatura detectivesca. Y añade que el cuarto grupoincluye a la mayoría de la humanidad y que ese grupo es responsable de la existencia de los otros tres.[3]

El cuatro grupo, que es la mayoría de la población mundial, será un guiño al “cuarto círculo” de la narración, pieza faltante que Román develará para dar con el último de los responsables del homicidio. Asimismo, la clave para resolver el caso que plantea la novela se encuentra en este diálogo que cae en el tópico del delincuente que regresa a la escena del crimen y que es descrito por el presidente del CDR.

El mismo personaje explica que el crimen es lo que sustenta a las novelas policiacas. Las transgresión del orden y luego el descubrimiento del misterio —el hallazgo del asesino—, a fin de restituir ese orden lacerado. Sin embargo, aquí hace una diferencia radical para entender el tipo de crimen que deben exponer las novelas socialistas de las capitalistas, debido principalmente a que en el primero de los contextos no hay presencias que contaminen a los individuos. Del Pino explica:

Los hombres no son malos por naturaleza. Las teorías de Lombroso, que tú seguro conoces, han sido desechadas hace tiempo: no hay criminales natos. […] Los criminales lo son por razones que forzosamente tenemos que categorizar como sociales  […] y ahí se incluye, claro, toda una gama de complejos y muy sutiles factores que pueden pervertir enteramente la personalidad. A veces resulta extremadamente difícil detectarlos. Y a veces, el proceso de perversión es irreversible. Factores que pueden remontarse a la más temprana infancia, al medio familiar, al ambiente en general. Pero la criminalidad es adquirida. La genera la sociedad. […] basta comprobar que la criminalidad aumenta por años en los países capitalistas. Se multiplican los asesinatos, los robos, los delitos de toda índole. Y es obvio que estas sociedades conviertan a muchos hombres en criminales. Pero esto no quiere decir que abolido el capitalismo, esos sutiles, complejísimos factores que son su fruto y que engendran la criminalidad, desaparezcan de un tirón. Van desapareciendo. A medida que la sociedad se hace mejor el hombre se hace mejor. Pero el camino es largo.[4]

Este argumento sobre la criminalidad apuntala elenfoqueque El cuarto círculo expone sobre la Revolución. Si en El complot mongol la Revolución es un cáncer que sembró de muertos a México y, posteriormente, en el momento de la narración, es un sistema corrupto, para la obra de Nogueras y Rodríguez la Revolución es el único camino para derrocar completamente el crimen de la sociedad. Se trata de dos perspectivas literarias que buscaban ser fieles almomento en el que se desarrollan sus historias, pero igualmente pretendían que sus personajes reflejaran lo que uno y otro país vivíacon tan sólo algunos años de diferencia.

Imagen: La Jiribilla

Como bien lo establece Del Pino en El cuarto círculo sería ingenuo pensar que las novelas policiacas son el rasero con el que se han de medir los fenómenos sociales. No son estudios antropológicos, sino productos artísticos que intentan acercarse a esa realidadficcionalizada que sus autores procuran mostrar. En los casos tratados, la visión de una u otra obra no es indiscutible, sino sólo verosímil y sus diferencias nos permiten conocer algunos de los discursos sobre el concepto de “Revolución”que se gestaban en ambos países.  

Es cierto lo que menciona el presidente del CDR respecto a que el crimen no es el mismo en los regímenes capitalistas y socialistas o, por lo menos, en estos dos ejemplos se encuentran en polos opuestos. Mientras que El cuarto círculo aborda un caso local y sus alcances son meramente citadinos, el crimen al que tiene que enfrentarse Filiberto García conlleva una estela internacional. Sin embargo, finalmente con la revelación del misterio, tanto la novela cubana como la mexicana,defienden metafóricamente el régimen al que sirven los detectives.

Es obvio que Héctor Román y sus colaboradores, entre ellos también los miembros de los CDR, luchan no sólo en contra de un grupo de maleantes, sino en contra de opositores al proceso revolucionario. El desenlace implica una moraleja en la que la novela pinta maniqueamente a quienes estaban con la Revolución y a quienes por el contrario, con su actuar,lastimaban el proceso político social de la Isla. Posiblemente de manera ingenua pero a final de cuentas la resolución del problema es visto como una medida a favor del país.

En el mismo sentido, Filiberto García descubrirá un plan para matar al presidente de México, especie de emperador en turno de esa maquinaria priísta que, en su primera administración, gobernó al país durante 70 años. La defensa del jefe de Estado es paradójicamente la defensa de un régimen en el que no cree el propio detective, pero que es necesario proteger porque él se sabe tan sólo una pieza de un juego político que debe seguir funcionando.

El comploto mongol y El cuarto círculo son dos novelas donde ese gran concepto del siglo XX conocido como “Revolución” es abordada desde el género policiaco. Las dos narraciones reflejan la visión que los autores percibían respecto al proceso revolucionario tanto en México como en Cuba. Sus distancias son extremas, pero también sus consonancias permiten dibujar lo que le significó al género entrar a debatir los cambios sociales que se vivían en ambos países con apenas ocho años de diferencia. Las revoluciones latinoamericanas también fueron hechas por detectives.

 
[1] Rafael Bernal, El complot mongol, Booket, México, 2003, p.11.
[2] En el artículo titulado “Padura, la literatura, el compromiso”, Guillermo Rodríguez Rivera explica su posición al respecto: “Yo, que no he sido militante de ningún partido y ya no lo seré nunca, no seré tampoco quien sostenga que para defender sus ideas, el escritor, el artista esté obligado a figurar en la membresía de alguno. Pero tan intolerante como resultaría exigir esa militancia, me parece que lo es el hecho de descalificar al escritor porque su conciencia lo haya llevado a ello”. [En línea:<< http://www.cubadebate.cu/opinion/2014/05/12/padura-la-literatura-el-compromiso/#.VKI_0UAA>>]
[3] Luis Rogelio Nogueras y Guillermo Rodríguez Rivera, El cuarto círculo, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1976, p.103.
[4] Ibid, p.108.

 

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