El siglo de las luces y La expresión americana en El mundo alucinante

Dayna Díaz Uribe • México

El mundo alucinante de Reinaldo Arenas es una reescritura de la vida de Fray Servando Teresa de Mier a partir de sus Memorias. A esta novela se le ha asociado con Orlando, de Virginia Woolf; Fray Servando, de Artemio de Valle Arizpe; “Pierre Menard”, de Jorge Luis Borges; El siglo de las luces, de Alejo Carpentiery La expresión americana, de José Lezama Lima. La presencia de las obras de estos dos autores cubanos en El mundo alucinante se da de manera polarizada. Por un lado, Reinaldo Arenas entra en contradicción con la personalidad y a la poética de Alejo Carpentier y por el otro, se identifica con las ideas y la figura de José Lezama Lima.

Alejo Carpentier fue jurado del concurso Cirilo Villaverdede la UNEAC en dos ocasiones consecutivas en las que participó Reinaldo Arenas, primero, en 1965, con Celestino antes del alba y posteriormente, en 1966, con El mundo alucinante. Según Arenas,[1]Virgilio Piñera le cuenta que no ganó el segundo certamen porque Carpentier se opuso a galardonarlo. A partir de ese incidente, se generó una enemistad entre ambos autores. Reinaldo Arenas recuerda en Antes que anochezca:

[…] un día que iba cargando un tablón inmenso, Alejo Carpentier estaba dando una conferencia en la calle subido a una tribuna. Interrumpí su conferencia atravesándome con mi enorme tablón en el hombro entre el público y el escritor; me detuve allí y le comenté a alguien del público cómo aquel hombre ya no hablaba español, sino producía un sonido gutural con un acento francés tan marcado que parecía rana; la persona se echó a reír y yo también, y el extremo de mi viga golpeó la mesa donde Alejo daba su conferencia.[2]

Imagen: La Jiribilla

Reinaldo Arenas no se sintió atraído por la personalidadde Alejo Carpentier ni por su obra, misma que también cuestionó en su autobiografía: “¿Qué fue de la obra de Alejo Carpentier, luego de haber escrito El siglo de las luces? Churros espantosos, imposibles de leer hasta el final”.[3] Estos desencuentros se verán reflejados en El mundo alucinante. Varios autores han reflexionado sobre el tema.[4] Todos coinciden en que existe una semejanza contradictoria entre estas dos novelas. Arenas declaró al respecto:

Indiscutiblemente en El mundo alucinante y en todo lo que yo he escrito hay un poco de reconstrucción, aunque lo reconstruyo todo a mi manera y dándole una visión personal. Ahora, nunca pretendo ser fiel a un personaje histórico o a los detalles de la época. Yo tomo algunas cosas que me resultan interesantes y útiles y las llevo todas al plano de la ficción. Cuando yo leí, por ejemplo, El siglo de las luces, me irritó que Carpentier ni siquiera tratara de evitar el uso de vocabulario de aquella época. Eso me parece una gran labor de lexicografía, de erudición, pero eso no tiene nada que ver con la imaginación creadora. En las novelas de Carpentier llega un momento en que los personajes están tan connotados por la historia […]. Carpentier es un gran escritor, en el sentido de que fabrica o reconstruye unas armazones monumentales, es un gran artesano que va buscando […] los detalles de la época y llevándolos a un plano narrativo.[5]

El fragmento explica, de manera detallada, el porqué del distanciamiento entre Arenas y Carpentier, que sumado al posible incidente del certamen, es el resultado de formas opuestas de hacer literatura que se ejemplifican perfectamente en El siglo de las luces y El mundo alucinante. Las novelas van a representar, por un lado, una propuesta poética de Alejo Carpentier y, por el otro, una respuesta de Reinaldo Arenas a esa estética. En otras palabras, la proposición del primero es tomar la Historia como referente exclusivo e inalterable, mientras que la réplica del segundo es usar esta disciplina como recurso que, en vez de limitar la imaginación, la estimula.

El primer rastro de antagonismo entre ambas novelas se exhibe desde el título, ya que Reinaldo Arenas remplaza hiperbólicamente “siglo” por “mundo” y “luces” por “alucinante”. En el capítulo XXXIV, “En la estación de la calma”, un pastiche de Alejo Carpentier tiene un encuentro con Fray Servando Teresa de Mier en “La Gran Pajarera Nacional”:

Tratando de consolarse miró hacia uno de los jardines laterales; y ya estaba entreteniéndose con las tunas cuando la voz de uno de los poetas que quería hacerle “La Gran Apología al Señor Presidente” llegó desde el jardín. En seguida Fray Servando se puso de pie y se inclinó sobre el balón. Por un momento quedó desconcertado. Aquel hombre (ya viejo), armado de […] un centenar de artefactos extrañísimos […], recitaba en forma de letanía el nombre de todas las columnas del Palacio, los detalles de las mismas, el número y la posición de las pilastras y arquitrabes, la cantidad de frisos, la textura de las cornisas del relieve, la composición de la cal y el canto que formaban las paredes, su cantidad exacta de hojas, y finalmente hasta las distintas familias de hormigas que crecían en sus ramas. Luego hacía un descanso, y con gran parsimonia anotaba todas las palabras pronunciadas en un grueso cartapacio en cuya tapa se leía El saco de las Lozas […]. El fraile, desde su balcón, pronunció en voz alta el título de la obra en gestión […]. Y luego, enfurecido, se lanzó sobre un cactus espinoso, se deslizó por el árbol, se paró delante del futuro apologista y le golpeó el cuello. Pero éste permanecía ensimismado, y continuaba en su labor. Contaba ahora las espinas de los nopales, la variedad de piedras […] y los diferentes registros de un cernícalo que planeaba chillando sobre su cabeza atraído por el brillo de su calvicie. Fray Servando volvió a golpearlo. Pero el escritor permanecía como en un estado de gracia. “Ocho doseles corintios”, repetía ahora. Y seguía anotando, murmurando, en otro mundo. Finalmente, Fray Servando, comprendiendo que todo era inútil, dejó al hombre en su labor (ya el cernícalo amenazaba con sacarle los ojos).[6]

Es evidente que El saco de las Lozas es una parodia al El siglo de las luces. El tipo de narración de este fragmento es similar al de la novela de Alejo Carpentier, una descripción detallada con enumeraciones exhaustivas que alude al barroquismo practicado por el autor. La semblanza del pastiche se relaciona con los encuentros que tuvieron ambos escritores. En este pasaje de El mundo alucinante, Arenas refleja eseservilismo en la figura de ese poeta “ya viejo” que redacta “La Gran Apología al Señor Presidente”. El autor demuestra su desacuerdo con Carpentier cuando el fraile mexicano golpea al personaje, misma escena que recuerda a la anécdota de Reinaldo Arenas donde con una viga golpea la mesa donde Alejo Carpentier daba una conferencia. Después de vivir en Caracas, el autor de Concierto barroco regresa a La Habana en 1959 con el borrador de su quinta novela que, después del triunfo de la Revolución, decidió no publicar hasta realizar algunos cambios, mismos que despertaron cierta expectación gracias a que anteriormente el autor se había mostrado escéptico hacia el tema de la revolución. La fama y el renombre que le dio la publicación de El siglo de las luces desencadenaron que fuera imitado y admirado por algunos escritores del momento. Arenas, por el contrario, decidió parodiar en vez de repetir, caricaturizar en vez de imitar. Incluir a Alejo Carpentier y a El saco de las Lozas en El mundo alucinante fue también una forma de mostrar el desacuerdo que Reinaldo Arenas sentía por la novela histórica, “que estaba precisamente representada por El reino de este mundo y El siglo de las luces”.[7]

Como lo dije en un principio, ambas novelas tienen algunas semejanzas, la más significativa: el tema de corte histórico reelaborado y llevado a un plano más actual. A pesar de tener un planteamiento afín, Alejo Carpentier reproduce la historia lo más fiel posible, mientras que Arenas juega con el género de la novela histórica. El enfrentamiento entre estos autores se resume principalmente en sus diferentes conceptos de Ficción e Historia. Tanto Alejo Carpentier, como Reinaldo Arenas, en los prólogos de sus novelas, abordaron el tema de la ficción y lo histórico. Alejo Carpentier en“Acerca de la historicidad de VictorHugues” sostiene y justifica el realismo de su protagonista, mientras que en “Fray Servando, víctima infatigable”, Reinaldo Arenas defiende la ficción por encima de lo histórico.

Esta oposición se hace más evidente cuando comparamos a los protagonistas de los dos libros. VictorHugues esun ignorado de la historia francesay Fray Servando Teresa de Mier es un personaje reconocido de la Independencia de México. A pesar de que Alejo Carpentier tenía un margen de acción más vasto, gracias a que su protagonista era prácticamente un anónimo poco documentado, no optó por recrear, sino por apegarse escrupulosamente a fuentes fidedignas. Por el contrario, Reinaldo Arenas, que estaba más limitado a causa de los cuantiosos testimonios que ya existían sobre la vida del fraile, echa a volar la imaginación y escribe la historia “tal como fue, tal como pudo haber sido”.[8]

Ambos relatos tienen un contexto histórico similar porque se desarrollan en momentos álgidos de la historia de una nación. El siglo de las luces se ubica en la Revolución Francesa en el Caribe, y El mundo alucinante, durante la Independencia de México. Alejo Carpentier traslada el movimiento francés a la Isla, en cambio, Reinaldo Arenas respeta el lugar y el entorno del personaje. No obstante, el contexto de Fray Servando en El mundo alucinante sugiere un paralelismo con el que Reinaldo Arenas estaba viviendo en Cuba durante los años 60.

Existe una correspondencia en la fecha en la que los dos protagonistas inician su travesía. VictorHugues empieza la reconquista de la isla Guadalupe en el verano de 1794. En ese mismo año, Fray Servando predicó su polémico sermón sobre la Virgen de Guadalupe. Estos acontecimientos fueron cruciales en la vida de los protagonistas, simbolizan el momento del que habló Borges en la “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”.[9]

Los dos personajes, aunque fueron visionarios, renovadores y revolucionarios, fueron antagónicos, Hugues “ejerció el poder y el otro se mantuvo siempre en la oposición”.[10] Es decir, el protagonista de la novela de Alejo Carpentier era un doctrinario, en cambio, Fray Servando Teresa de Mier siempre se resistió a la represión que practicó la autoridad sobre el pueblo mexicano.El comportamiento de cada uno definió también su final, Hugues terminó como un tirano baladí; Fray Servando actualmente es reconocido como un intelectual perseguido por sus ideas.

En resumen, la diferencia entre los protagonistas de El siglo de las luces y El mundo alucinante “es involuntaria y radica en que en su novela Carpentier convirtió a VictorHugues en un personaje literario, mientras que Arenas en la suya logró transformar a Fray Servando en un personaje mitológico”.[11]A diferencia de Carpentier, Arenas traspasó los límites la historia, llevó a Fray Servando Teresa de Mier al terreno de la ficción y lo elevó al nivel de lo legendario.

Alejo Carpentier fue unadalid de lo real maravilloso que en muchas de sus obras hizo ver a los americanos como una raza exótica. En cambio, Reinaldo Arenas se pronunció a favor de desmitificar cualquier estereotipo de identidad.Quizá por eso Arenas no se va identificar con Alejo Carpentier pero sí con José Lezama Lima:

Además de Virgilio, otro escritor cubano con quien tuve gran amistad fue con José Lezama Lima. Lo conocí a raíz de la publicación de mi novela Celestino antes del alba. Con anterioridad lo había visto en la UNEAC; era un hombre corpulento, enorme, con una gran cruz que llevaba siempre en una cadena que se salía de uno de sus bolsillos laterales. (…) Fue Fina García Marruz quien me dijo que Lezama tenía interés en conocerme; yo nunca me hubiera atrevido a llamarlo, porque me aterrorizaba un hombre tan tremendamente culto. Había conocido a Alejo Carpentier y sufrí una experiencia desoladora […]. Mi encuentro con Lezama fue completamente diferente; estaba ante un hombre que había hecho de la literatura su propia vida [...]. Lezama era esa persona que tenía el extraño privilegio de irradiar una vitalidad creadora; luego de conversar con él, uno regresaba a casa y se sentaba ante la máquina de escribir, porque era imposible escuchar a aquel hombre y no inspirarse. En él la sabiduría se combinaba con la inocencia. Tenía el don de darle un sentido a la vida de los demás.[12]

La inclusión de El siglo de las luces y La expresión americana en El mundo alucinante, también es un indicio que evidencia que Reinaldo Arenas fue un lector cuidadoso de la obra de ambos autores colosales de la literatura cubana. Para Reinaldo Arenas, Lezama Lima fue un autor con el que además de unirlo el trabajo profesional, lo ligó la admiración y, más tarde, una amistad entrañable. Por las Cartas(1939-1976) de José Lezama Lima se sabe que fueron correspondidos el aprecio y el respeto que Arenas sintió por el creador de Paradiso: Lezama se refirió al autor de El mundo alucinante como un hombre“naturalmente nacido para escribir”.[13] La simpatía entre ambos se ve también proyectada en la segunda novela de Arenas. En algunas entrevistas éste confirmó que para reescribir la vida del fraile mexicano tomó un fragmento de La expresión americana:

Fray Servando fue el primer escapado, con la necesaria fuerza para llegar al final que todo lo aclara, del señorío barroco, del señor que transcurre en voluptuoso diálogo con el paisaje. Fue el perseguido, que hace de la persecución un modo de integrarse. Desprendido, por una aparente sutileza que entrañaba el secreto de la historia americana en su dimensión de futuridad, de la opulencia barroca para llegar al romanticismo de principios del siglo XIX, al fin realiza un hecho, toca la isla afortunada, la independencia de su país. El paisaje del señor barroco, navegando con varia fortuna, se había volatizado con lentitud que pocos asimilaban. Fray Servando es el primero que se decide a ser el perseguido, porque ha intuido que otro pasaje naciente, viene en su búsqueda, el que ya no contaba con el gran arco que unía el barroco hispánico y su enriquecimiento en el barroco americano, sino el que intuye la opulencia de un nuevo destino, la imagen, la isla que surge de los portulanos de lo desconocido, creando un hecho, el surgimiento de las libertades de su propio paisaje, liberado ya del compromiso con un diálogo mantenido con un espectador que era una sombra.[14]

Aunque para algunos estudiosos Reinaldo Arenas exagerará el comentario de Lezama Lima, es necesario señalar que tampoco es lo único que el autor acogió del texto del creador de “Muerte de Narciso”.

La expresión americana es el resultado de un ciclo de conferencias impartidas por José Lezama Lima en 1957 en el Centro de Altos Estudios del Instituto Nacional de La Habana. Mismas que posteriormente se convirtieron en una colección de ensayos que tratan el problema de la identidad en América, incluidos los EE.UU., por lo que IrlemarChiampi considera que “esa inclusión puede parecer una herejía tratándose de un escritor cubano que escribía en vísperas de la Revolución y en un periodo de plena vigencia del ‘latinoamericanismo’ en la vida continental”.[15] Para comprender esta idea es necesario recordar el contexto cultural de Lezama Lima.

El autor de OppianoLicarioformó parte delgrupo Orígenes que aunque se caracterizó por no intervenir directamente en la situación política de Cuba, no dejó de mostrar desencanto hacia la cultura “oficial”. No es raro entonces que Lezama Lima quisiera en su libro recrear la imagen de lo cubano y, por ende, de lo americano. A grandes rasgos, en La expresión americana, el integrante de Orígenes propone una nueva forma de tejer la historia que “pretende oponer a esta concepción una visión histórica orientada no por la razón —que sólo conduce a un deber ser—, sino por otro logos: el logos poético”.[16] En ese mismo sentido, quería hilar lo histórico por medio de la imagen.

La parte inicial de La expresión americana “está dedicada a teorizar y justificar la actualización del logos poético, por la perspectiva de ese sujeto metafórico que debe adquirir una visión histórica libre de mallas del historicismo”.[17] O sea, hacer una simbiosis entre lo cultural y lo natural para crear una nueva perspectiva:

Lezama no pretende descalificar la veracidad de la imagen sino traer el historicismo al plano del lenguaje […]. Lezama invocará que todo discurso histórico es, por la propia imposibilidad de reconstruir la verdad de los hechos, una ficción, una exposición poética, un producto necesario de la imaginación del historiador.[18]

En otras palabras, Lezama Lima planteó trasladar la Historia al terreno literario, pues la labor del historiador es, involuntaria o voluntariamente, partícipe de la ficción. En otro ensayo llamado “Las imágenes posibles”, el autor de Paradiso, habla de la “red de imágenes que forman la Imagen”, ahí complementa su propuesta sobre cómo urdir la Historia:

En vez de relacionar los hechos culturales americanos por la relación de causa-efecto, denunciando una progresión evolutiva, su contrapunto se mueve, erráticamente, para adelante y para atrás en el tiempo, en busca de analogías que revelen el devenir. Compara así, nuestros textos con los de otras culturas alejadas en el tiempo y en el espacio.[19]

La sugerencia de Lezama es un estudio que compara visiones, no temporalidades. Lo que propone es enfocarse a paralelismos no por medio de la cronología, sino de la imagen: “Lezama sugiere que su interés es detectar, en el curso de una cultura o sociedad, los tipos de imaginación, los momentos en que se dio la ‘potencialidad para crear imágenes’”.[20] Así, varias culturas a destiempo o paralelas presentaran similitudes, no importando las barreras geográficas.

José Lezama Lima consideró que en la Historia “todo tendrá que ser reconstruido, invencionado de nuevo, y los viejos mitos, al reaparecer de nuevo, nos ofrecerán sus conjuros y sus enigmas con un rostro desconocido”.[21] En La expresión americana, el Padre Mier aparece:

en la secuencia del gran sintagma surge el Rebelde Romántico, encarnado ora por el pícaro fugitivo fray Servando Teresa de Mier, ora por el sulfúreo Simón Rodríguez, ora por el metamórfico Francisco de Miranda —los tres trotamundos, conspiradores de la Independencia, cuyos azarosos destinos culminan en la imagen de José Martí.[22]

La imagen de fraile reaparece en la de otros protagonistas latinoamericanos de la historia. Ésta es una de las ideas que retomó Arenas de La expresión americana, pues, como se lee en uno de los prólogos de El mundo alucinante, Arenas cree ser la misma persona que Fray Servando Teresa de Mier porque ambos tienen las características propias de un americano definidas por Lezama Lima: “irreverente, corrosivo, rebelde y devorador”.[23] Para el fundador de Verbum, la imagen del Padre Mier culminaba en la de José Martí, para Arenas, culminaba en él mismo, por eso en el prólogo deEl mundo alucinantedice: “Lo más útil fue descubrir que tú y yo somos la misma persona”.[24] Para Reinaldo Arenas, reescribir la vida del fraile mexicano fue el mejor pretexto para esconder un discurso personal en El mundo alucinante.

Arenas quiso contradecir, por un lado,el estilo de Alejo Carpentier en El siglo de las lucesy, por el otro, pronunciarse a favor de loplanteadopor José Lezama Lima en La expresión americana. Quería reescribir la vida del fraile de una manera alucinantey no apegarse al dato minucioso. En ese sentido,La expresión americana le sirvió como inspiración porque, como Lezama, él quería tratar de fondo lo cíclico de la Historia, desvirtuar a Fray Servando de su carácter histórico para tomarlo como pretexto y esconder debajo de la historia del fraile la de él mismo. La inclusión de El siglo de las luces y La expresión americanaen El mundo alucinante, también es un indicio que evidencia que Reinaldo Arenas fue un lector cuidadoso de la obra de ambos autores colosalesde la literatura cubana.


[1] Véase Reinaldo Arenas, Antes que anochezca, Tusquets, Barcelona, 2001, p. 101.
[2] Ibid., p. 267.
[3] Ibid., p. 116.
[4] Juan José Barrientos en “Reynaldo Arenas, Alejo Carpentier y la Nueva novela histórica hispanoamericana”, Andrea Pagni en “Palabra y subversión” y Enrico Mario Santí en “Retrato de familia con Carpentier”.
[5] Enrico Mario Santí, “Entrevista con Reinaldo Arenas”, Vuelta, México, núm. 47, 1980, p. 25.
[6] Reinaldo Arenas, El mundo alucinante, una novela de aventuras, Monte Ávila, Caracas, 1982, pp. 284-285.
[7] Juan José Barrientos, “Reynaldo Arenas, Alejo Carpentier y la Nueva novela histórica hispanoamericana”, Revista de la Universidad de México, núm. 416, p. 16.
[8] Reinaldo Arenas, El mundo alucinante, p. 11.
[9] Jorge Luis Borges, El Aleph, La Nación, Buenos Aires, 2005, p. 67.
[10] Juan José Barrientos, art. cit.,  p. 16.
[11] Ibid., p. 23.
[12] Reinaldo Arenas, Antes que anochezca, p. 109.
[13] José Lezama Lima, Cartas (1939-1976), Orígenes, Madrid, 1979, p. 231.
[14] José Lezama Lima, La expresión americana, IrlemarChiampi (ed.), FCE, col. Tierra firme, México, 1993.p. 116.
[15] IrlemarChiampi en José Lezama Lima, La expresión americana, p. 11.
[16] Ibid., p. 15.
[17] Véase IrlemarChiampi en op. cit.
[18] Ibid., p. 17.
[19] Ibid., p. 17.
[20] Ibid., p. 19.
[21] José Lezama Lima en Ibid., pp. 20-21.
[22] Ibid., p. 22.
[23] Ibid., p. 24.
[24] Reinaldo Arenas, El mundo alucinante, p. 19

 

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