Martí y Nájera: Un consciente intercambio de «maneras»

Cintio Vitier • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

 

El obispo por la noche
sale, despacio, a cantar:
monta, callado, en su coche,
que es la piña de un pinar.

Las jacas de su carroza
son dos pájaros azules:
y canta al aire y retoza
y cantan los abedules.

Todo este paisaje del poema III (Versos Sencillos de José Martí), que forma unidad cerrada o aislable, desde «Busca el Obispo de España» hasta «y cantan los abedules», parece haber influido en La misa de las flores de Manuel Gutiérrez Nájera, fechado en 1892, un año después de la publicación de los Versos Sencillos. Debo la observación inicial, que me hizo cotejar los textos y las fechas, a Samuel Feijóo. La diferencia es grande, pues lo de Nájera no pasa de ser una «fantasía», un «juguete» de prolijo virtuosismo muy del gusto modernista; mientras lo de Martí son versos concentrados, graves, absolutos, dentro de un poema de resumen vital. Veamos, sin embargo, a más del tema semejante y la forma paralela, algunos giros vagamente martianos de la composición de Nájera:

Vamos al templo. Hoy es fiesta.
Tulipán dirá el sermón;
en la misa, gran orquesta;
y en la tarde, procesión.

Palomas y codornices,
con hijitas de azahares
remiendan sobrepellices
y componen los altares.

Un pobre topo, el más mandria
y apocado, barre el coro.
¡Hoy va a cantar la calandria,
La calandria de voz de oro!

Van los breves aretillos
repicando cascabeles,
y detrás, rojos claveles
vestidos de monaguillos.

Doble sarta de corales
parecen: mira al monago
que marcha entre dos cristales
y alza la cruz de Santiago.

Otro guapo y petrimetre
va con acetre e hisopo,
y el hisopo de su acetre
es un pompón de heliotropo.

En un sitial la dahalia
como priora se esponja,
mientras la tórtola monja
entra de sayo y sandalia.

Etc.

Martí solamente insinúa un tema, desvaneciéndole en libres trazos, sobre un fondo mayor; Nájera se aplica en tratamiento exhaustivo, de límites obvios, hasta agotarlo. Dos años después, en 1894, Martí dedica a la hija de su fraterno amigo los versos que encierran, no sólo un halago al padre, sino también un homenaje al poeta, adoptando en cierto modo el estilo evanescente y gentil de Nájera:

En la cuna sin par nació la airosa
niña de honda mirada y paso leve,
que el padre le tejió de milagrosa
música azul y clavelín de nieve.

De su menudo y fúlgido palacio
surgió la niña mística, cual sube,
blanca y azul, por el solemne espacio,
lleno el seno de lágrimas, la nube.

Niña: si el mundo infiel al bardo airoso
las magias roba con que orló tu cuna,
tú le ornarás de nuevo el milagroso
verso de ópalo tenue y luz de luna

(Para Cecilia Gutiérrez Nájera)

Estos versos —de los cuales salta, primoroso: «y su mano es el hueco de una joya»— se cuentan entre los pocos francamente modernistas que escribió Martí. Pero sentimos en ellos un suave juego de amigos, un consciente intercambio de «maneras».

Este extenso comentario sobre la obra del cubano José Martí y del modernista mexicano Manuel Gutiérrez Nájera forma parte de la “Séptima Lección” de CintioVitier, Lo cubano en la poesía, La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1970: 260-263.

 

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