A propósito de haber ganado el Premio Nacional de Teatro 2015

Carlos Díaz, tan lejos, tan cerca…

Rubén Darío Salazar • La Habana, Cuba

Mientras estudiaba en el Instituto Superior de Arte de La Habana, en los años 80, nunca oí hablar de Carlos Díaz, ni del Teatro Ensayo en su natal Bejucal. Egresado del Instituto Superior de Arte de la Habana en la primera hornada, comenzó a trabajar como asesor dramático  del prestigioso Teatro Irrumpe, bajo las órdenes del maestro Roberto Blanco, su maestro, en 1983.   Ese es el potente tronco de donde sale la rama Carlos, la estirpe Díaz. Imagino el peculiar aprendizaje que debe haber sido presenciar y colaborar desde adentro en las reposiciones de las puestas YermaDe los días de la guerra, los estrenos de La dolorosa historia del amor secreto de Don José Jacinto Milanés y Los enamorados.

Es a través del estreno de Mariana, versión de Roberto Blanco, sobre la obra Mariana Pineda, de García Lorca,  que supe por vez primera  de Carlos Díaz. Una compañera de curso hacía su primera incursión como profesional en el Irrumpe. Los vestuarios, de inspiración morisca, estaban hechos con mucho ingenio y buen gusto. Le pregunté a mi amiga por el autor de aquellos ropajes.  Me señaló a un muchacho de unos 30 años aproximadamente, que sobre la escena del Teatro Mella seguía con atención las indicaciones del maestro Roberto a los actores protagónicos.  Me acerqué para felicitarlo, estoy seguro que mi rostro se le perdió entre la multitud de personas que acudían a congratular a todo el equipo creativo.

Imagen: La Jiribilla

Tras mi graduación en el ISA, en 1987, me fui a Matanzas, para trabajar en el Teatro Papalote. Allá volví a saber de Carlos, a través de otros colegas de mi curso que pertenecían, como él, al recién fundado  Ballet Teatro de La Habana, de Caridad Martínez. Ese comenzó a ser su nuevo puesto de trabajo. La llegada de Díaz como asesor y director artístico, a la agrupación que mezcló ballet, danza, actuación, pintura y música, revolucionando la escena de finales de los 80, junto a otra  agrupación de vanguardia como Danza Abierta, de Marianela Boán, fue de seguro, al igual que su paso por Teatro Irrumpe, un escalón esencial en su avance como teatrista. Yo ignoraba quién era verdaderamente este hombre, tampoco creo que por esos años, mucha gente en la Isla lo supiera.

En 1990, su nombre y el de su equipo de colaboradores, removió las quietas piedras de un período duro, irónicamente llamado especial. El motivo fue el estreno en el Teatro Nacional, de Zoológico de cristal, texto dramático de Tennessee Williams. Un montaje de pocos actores, con referencias irónicas al cine de Hollywood, utilización del pastiche, eclecticismo, desnudos masculinos y femeninos, boleros, rock, ópera… en fin, una historia que ya muchos conocen y que dio inicio a una inquietante trilogía de textos teatrales norteamericanos. Solamente a un individuo como Carlos, con el demonio del teatro metido hasta los tuétanos, pudo ocurrírsele un proyecto de esa condición, en medio de la realidad convulsa que vivíamos, tanto social como económicamente.

Para su idea artística logró aunar voluntades de disímiles instancias, lo mismo de grandes maestros de la escena cubana, que de críticos teatrales, diseñadores gráficos, investigadores, agrupaciones escénicas y danzarias emblemáticas, instituciones oficiales de la radiodifusión, el cine y la enseñanza artística, publicaciones, imprentas,  más una lista interminable de amigos. Es Carlos, el director artístico  graduado en nuestra universidad de las artes, quien da un vuelco de 180 grados a las formas escénicas del panorama nacional de entonces. No solo por su modo atrevido, impertinente para algunos, ni por las zonas de experimentación y laboratorio de sus espectáculos, en ese fragmento fue acompañado por otros colegas de su tiempo. Lo que tuvo de diferente el teatro de Carlos Díaz,  fue que saltó de ser un fenómeno de elite, o de círculos investigativos cerrados, a ser un éxito de público.

¿Cuántos movimientos en la escena, recursos dramáticos o imágenes teatrales a lo Carlos Díaz no sobrevinieron después? Que tire la primera piedra el teatrista cubano que en aquel momento no se sintió atraído, desconcertado u ofendido de manera consciente o inconsciente por su estética escénica. Con sus montajes me enriquecí como espectador y aún más como colega, si alguna cualidad puede adjuntársele al talento de Díaz, es la de ser leal amigo, generosa persona, un tipo transparente y directo. Recuerdo que los encajes sofisticados, quiméricos en esa época difícil, utilizados por Zenén para los niños fantasmas de El poeta y Platero, de René Fernández, en Teatro Papalote, llegaron de las arcas de Teatro El público.

Teatro de Las Estaciones tiene en Carlos Díaz a uno de sus principales culpables. Yo también aspiraba a tener un grupo con la participación activa de un público masivo y heterogéneo. Cuando estrené el unipersonal lorquiano La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón, en 1996, Carlos retomaba El público en una tercera versión que se estrena en su ya reconocida sede del Cine-Teatro Trianón. El marinero de mi espectáculo danzaba al ritmo de sevillanas y sones orientales, hacía uso del intertexto y las citas culturales, dialogaba con el público de una manera desprejuiciada y directa, como sucede en el teatro de Díaz. Tuve la suerte de recoger el Premio Villanueva de la crítica teatral de ese año junto a él, que lo obtuvo por Calígula, de Albert Camus.

Compartimos una gira internacional en 1998. La compañía habanera por toda la geografía española con Calígula y El Público, mediante Producciones Suspiro y Teatro de Las Estaciones a través del aragonés Teatro Arbolé, por Andalucía, Asturias y Aragón. Fui testigo del enorme éxito de mis colegas del teatro dramático en el Teatro Principal de Zaragoza. El público gritaba eufórico, como aquí, se asombraban con las provocaciones y transgresiones escénicas, como aquí, y esperaban a los actores por la puerta trasera del teatro, como aquí. Carlos estaba feliz, se veía pleno,  pero también cansado y con muchas ganas de volver a su otra obsesión junto al teatro: Cuba.

En el año 2000, Carlos Díaz se atrevió con Las brujas de Salem, de Miller, ya lo había anunciado de manera peculiar, desde 1999, en el preámbulo de María Antonieta o la maldita circunstancia del agua por  todas partes. En Las brujas… hizo una aparición especial la soprano Bárbara Llanes,  coterránea y discípula de Carlos en los tiempos del Teatro Ensayo. A su potente y matizada voz, la Llanes sumaba una expresividad teatral convincente. No imaginaba yo que años más tarde, aquella voz que me enamoró en el Teatro Trianón, formaría parte de cuatro de mis futuros montajes. Eso también lo agradezco a Carlos infinitamente. 

La virgencita de bronce, fue  escrito para nosotros por Norge Espinosa, asesor dramático de Teatro El público.  Los personajes protagónicos de la Cecilia Valdés titiritera se vistieron con tejidos, perlas y aplicaciones, donados personalmente por Carlos Díaz a Zenén Calero.  Así mismo los zapatos color arena que tanto añorara Calero para nuestro Lorca joven, en Federico de noche, también de Norge Espinosa, fueron los mismos del joven Konstantin Gabrilovich Treplev, que interpretó con galanura y pasión Georbis Martínez, en La gaviota. Los zapatos llegaron con una nota que decía:

Estimados amigos, son estos y no otros los zapatos de Federico. Lávenlos con detergente, como si fueran tenis, no importa, ah y “dejad el balcón abierto”.

Dos nuevos gestos que agradecerle a Díaz, siempre tan cerca aunque lejos.

Teatro de Las Estaciones estrenó en 2003 La caja de los juguetes, ballet para muñecos de Claude Debussy, con texto espectacular del asesor de El público. La tropa de Carlos estrenó en 2004 La loca de Chaillot, un título del autor francés Jean Giradoux. Como aparece en el hermoso programa de la corta temporada de La loca…, Teatro de Las Estaciones y la Galería El Retablo, se unieron a El público, para realizar en el vestíbulo del Trianón, la expo homenaje  De la Habana a París, con fotos, bocetos, programas y muñecos del estreno de este título, en 1963, por el Teatro Nacional de Guiñol. Una manera de devolverle a Carlos su especial manera de hacer y concebir el acto teatral.

Las colaboraciones ya no se detuvieron. En 2005, los encajes frivolité del hermoso traje de Cuenca para la visión escénica de El público, a partir de las ceremonias desesperadas para actores que incluye a Freddy y Santa Cecilia, de Abilio Estévez, venían del patrimonio familiar de Zenén Calero. Por el monte carulé, nuestro homenaje a Bola en 2009, y Pinocho corazón madera, de 2011, ambos firmados por Espinosa Mendoza, tuvieron a Robertico Ramos, diseñador de El público, como autor de  dos atractivos carteles promocionales.

Carlos ha prometido, sin fechas concretas, el montaje en Teatro de Las Estaciones del texto lorquiano  Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín. Él sabe cómo desesperar a todo mi equipo artístico y de realización. Puede hacerlo con quien se le antoje. No tiene miedo a equivocarse con el mundo de los títeres. Errar es un evento que no desecha, le sobran fuerzas para recomenzar, volver, como Sísifo, a subir infinitamente la cuesta con una piedra en forma de escenario encima, una piedra perennemente cuestionadora, que pesa porque está viva.

Saludo de todo corazón su merecido Premio Nacional de Teatro. Muy pocos creadores pueden exhibir tras varios años de trabajo escénico, una compañía teatral en plena efervescencia, que no se ha traicionado en sus principales presupuestos de vida: formar, inventar, forjar, descubrir, innovar, provocar, desesperar, hacer, soñar. 

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