La agridulce historia de un niño diferente

Enrique Pérez Díaz • La Habana, Cuba

Pocos libros tienen la virtud de conmovernos a la vez que nos asustan y, muchísimo menos, si pensamos en uno que aparentemente está dedicado a la infancia, no solo porque su personaje principal sea un niño, sino gracias al tono que su autor le da a la historia, para acercarnos a uno de los conflictos más trascendentales de nuestro tiempo: la comunicación humana.

La orfandad, el abandono o el desvalimiento de la niñez es algo que muy bien pudiera considerarse el leitmotiv de toda una literatura que se publica para las primeras edades, después de la Segunda Guerra Mundial al producirse un viraje en la forma de verla justo a partir de numerosas historias realistas y otras que, combinando el realismo con lo mágico y más fantasioso, producen epígonos como Pippa Mediaslargas, de Astrid Lindgren, “la niña más fuerte del mundo”, uno de esos paladines llamados a defender universalmente los derechos de la infancia.

Imagen: La Jiribilla
 

En varias oportunidades había escuchado de Otilio Carvajal, pero nunca había tenido la suerte de tropezar con algún libro suyo y fue de la mano de mi amiga y colega venezolana Laura Antillano que en una Feria Internacional del Libro de La Habana descubrí el que considero un libro singular, inigualable y de esos que aprietan el corazón, pero definitivamente consiguen alegrar el espíritu.

Mientras urdíamos un programa de presentaciones, Laura me habló de que deseaba dar a conocer acá el libro de un cubano publicado por la Editorial El Perro y la Rana de Venezuela. Al momento, quise saber quién era el afortunado y entonces Laura me habló de El libro más triste del mundo, que desde sus primeras páginas la había estremecido tanto como para no dejar de recomendarlo a cuantos encontrara a su paso. Lo hizo con los alumnos de su taller La letra voladora, que agotaron la edición caraqueña y picó en mí la curiosidad al punto de que no me detuve hasta comprar un ejemplar en el Stand de FILVEN en la Cabaña. Por supuesto que de solo leerlo, me dejó hechizado y hoy me agrada presentarlo como una de las novedades que trae la Editorial Gente Nueva para la FIL 2015, en su colección Veintiuno de literatura contemporánea.

El argumento del libro se puede resumir en pocas oraciones: Luquita vive muy marginado en un hogar disfuncional, porque tiene dos hermanos tan terribles y materialistas con quienes ni los gatos querrían vivir, y un padre que vende helados para sobrevivir y “prefiere estar en cualquier lugar menos en la casa”, una madre cansada y llena de frustraciones y la esperanza de un sabio abuelo que le prometió regresar del Norte para curarlo.

El drama de este niño es que a los cuatro años sufrió un accidente y vive casi como un vegetal que padece del maltrato y abandono de los demás, pero su mente y su corazón llegan tan lejos, que esta conmovedora e incalificable historia nos demuestra cómo, en la peor de las situaciones, siempre puede ocurrir un milagro portentoso… ese milagro es que Luquita, quien apenas puede moverse del tosco sillón de ruedas donde ve languidecer su existencia mirando fijamente siempre hacia una pared azul, consigue proyectar allí sus pensamientos y expresar de este modo sus cambiantes estados de ánimo.

El autor se mueve en varios puntos de vista narrativos y desde el primer momento consigue atraparnos con la garra dura y descarnada de esta singular historia que nos mantiene pendientes de cuál pueda ser su posible desenlace: la acción fluye a través de un narrador omnisciente, uno participante (el abuelo que desde su exilio planea el regreso redentor para liberar a su nieto de la cárcel en que siente haberlo sumergido tras un desafortunado y tonto accidente) y, por supuesto, el monólogo interior de Luquita, quien dice que “No soy muy bueno en reconocer los sentimientos pero hay tres que los distingo en donde quiera que se metan: la lástima, el odio y la rabia, el miedo también pero menos”. Y eso es precisamente cuanto recibe el pobre Luquita de sus familiares más cercanos, pues su hermano la Cosa Nostra le maltrata con verdadero sadismo y crueldad al ponerle cigarros encendidos en la boca para que aspire y se ahogue, al tanto que recomienda a sus amigos no acercarse al monstruo porque muerde y tiene muy mal genio. Cansada ya de leerle cuentos, su hermana Nati (tercera generación del mismo nombre que también tiene la madre Natucha y llevó su abuela que murió de tristeza) tampoco lo trata muy bien que digamos y su madre solo se ocupa de alimentarlo y asearlo, pero de sus labios jamás sale una palabra de amor, solo miradas de autocompasión a sí misma que eternamente se dirigen al cielo.

Tratado como un vegetal, Luquita no puede más que parecer eso mismo, con un cuerpo pequeñito que apenas sostiene a una enorme cabeza prisionera en una Minerva y un acre olor en su habitación, que no es otra que la sala, que casi todos obvian, incluso los visitantes, entrando por la puerta de la parte trasera de la casa.

Solo encuentra consuelo pensando en el posible regreso de su abuelo y en un flacucho y desastrado perro al que llaman Diego Velásquez “El adelantado”, que antes lo lamía todo el tiempo, le daba besos en la boca y gruñía a su favor, pero cuya única muestra de cercanía ahora consiste en dormir cerca de él, oculto bajo una mesa, la cama o el propio sillón de ruedas.

El entorno opresivo en que se mueve la narración no aniquila del todo al lector ni le hace cortarse las venas como esta reseña haría presumir, porque lo único que Luquita no ha perdido es la capacidad de razonamiento y de su mano vamos dirigiendo una mirada aguda, algo cínica y mordaz, a los familiares, seres tan materialistas como mediocres, pero a la postre más indefensos que él pues no saben aprovechar las inigualables opciones que puede dar la existencia a una persona normal. Sí, porque Luquita vive encerrado dentro de un cuerpo maltrecho y deforme, pero es libre en su esperanza para volar tan lejos como nadie imagina. Sus desapacibles parientes poseen una mente cautiva de las carencias, la insatisfacción frustrante por la situación del país, sus deseos de posesiones materiales nunca conseguidas, su miseria existencial, lo pedestre de un mundo que ellos no son capaces de cambiar ni de embellecer.

Cuando ya parece que la historia nos tragará, de pronto llega una providencial carta del abuelo anunciando que, tras buscar infructuosamente al médico chino en los confines del mundo, viene a ver a su nieto y el ingenio y humor de Otilio Carvajal se pone de manifiesto al irnos relatando los planes maquiavélicos y el estado competitivo que entre sí trazan los parientes para sensibilizar al viejo de que deberá llevarse a alguno de sus nietos mayores para darles la oportunidad de una vida mejor, concebida a partir del sueño americano.

Sería cruel anticiparles a mis lectores el final sorpresivo, mágico y redentor de esta soberbia historia que nos asombra desde la primera hasta la última página. Solo vale decir que en tanto la literatura puede permitírselo todo (o casi todo) y alcanzar de este modo espacios y momentos que la realidad jamás llegaría a soñar, el nudo de la narración será un misterioso acompañante que viene con el abuelo Lucas y de cuya mano se precipitan de forma inesperadas los acontecimientos al punto que el anciano, pese a sus buenos deseos hacia Luquita, jamás concibió.

Imagen: La Jiribilla

Otilio Carvajal nació en Chambas en 1968 y entre sus títulos para jóvenes se encuentran Ponme la mano aquí (Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2000) y El libro del holandés (Ediciones Ávila, Ciego de Ávila, 2002. (Premio “Eliseo Diego”, de novela, Centro Provincial del Libro y la Literatura de Ciego de Ávila). La crítica lo ha elogiado de este modo:

“El otro escritor a que hago referencia es Otilio Carvajal, cuyas trilogías de títulos para jóvenes son: Ponme la mano aquí, El libro del Holandés y Dime con quién andas, libros que desde las ópticas de sus protagonistas, siempre adolescentes especiales por invalidez, ausencia de figuras paternas o carentes de vínculos afectivos, encaran las dificultades de la vida y logran salir airosos. Otilio es un artista de la palabra y con una prosa depurada y fina dibuja, conmueve, divierte, sugiere y cuenta para al final dejarnos el mensaje que siempre “el amor engendra la maravilla”. [1]

Quedaría decir a modo de resumen y como evidencia de cuánto se relacionan literatura y vida en un autor, que en una entrevista sobre su obra y acercamiento a la LIJ, el propio Otilio me confesaba hace meses que El libro más triste del mundo surgió en una terrible circunstancia de su vida. Esta lo compulsó a tal punto que para no estallar debió escribir de una sentada tan terrible y hermosa historia. A la sazón, su esposa Elaine estaba embarazada y esperaban su primer hijo y se le presentó un embarazo riesgoso con apenas cinco meses. La angustia e impotencia que el autor sintió en esos momentos ante lo inevitable, lo terrible, aquello de lo cual el humano no puede salvarse, lo llevó a escribir compulsivamente y de un tirón salió esta historia que durmió olvidada, cual feroz exorcismo catártico, hasta que meses después un buen amigo ávido de lectura hizo suya y tras leerla regresó portando tres copias impresas para que el autor las enviara al Premio de la Ciudad, que definitivamente ganó.

La misma emoción, asombro y aturdimiento que en todos crea esta narración del grande e indestructible amor entre un nieto y su abuelo debe haber sentido el jurado al descubrir cuánto de oculta dulzura, altruismo y bondad o buenos sentimientos alientan en estas páginas que hablan de sufrimiento y redención, encierro y libertad, noche oscura y amanecer, ansiedad y espera, pero también, de una infinita confianza en la solidaridad y el entendimiento entre los seres muy raros que, en un mundo lleno de entuertos, todavía actúan como humanos.

 

[1] Luis Cabrera Delgado. «Panorama del estado actual de la Literatura Infanto-Juvenil». Chinchila. Suplemento infantil de la revista Cauce, Pinar del Río, n. º 1, 2009, pp. 9-10.

 

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