Un sitio para Roberto Estopiñán

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba
Miércoles, 28 de Enero y 2015 (5:29 pm)

En la historia de la escultura cubana del siglo XX tendrá siempre un lugar Roberto Estopiñán. Estoy segura de que entre los jóvenes escultores y críticos que en los últimos años se han apasionado con la renovación de los volúmenes y la fiebre instalacionista, muy de esta época, el nombre de Estopiñán sugiera más un signo de interrogación que una propuesta afirmativa, pero el desconocimiento no debe implicar negación. Por lo contrario, ahora que Estopiñán cerró el capítulo de una larga vida (falleció el martes 27 de enero a los  93 años de edad) es el momento de pasar balance artístico a un legado para nada menor.

Consciente hay que estar de tres obstáculos para la comprensión de la obra de Estopiñán: la distancia entre sus realizaciones hechas en Cuba y en EE.UU., donde residió durante las últimas cinco décadas, su obcecado desentendimiento con el proceso revolucionario a pesar de haber contribuido a su triunfo y haber compartido ideas de izquierda en la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo y, antes,  el tutelaje que ejerció sobre él Juan José Sicre, por el que comúnmente en los referentes históricos de su trayectoria se suele subrayar con demasiado énfasis que Estopiñán asistió al maestro en la creación de la escultura monumental de José Martí en la Plaza de la Revolución.

Imagen: La Jiribilla

La joven parca

Sin embargo, este camagüeyano tuvo una expresión propia dentro de la escultura, de lenta fragua, pero con pasos decididos desde que obtuvo premios en los Salones Nacionales de Pintura y escultura convocados en 1946 y 1950 en el Capitolio y el Centro Asturiano, respectivamente.

Se advertía tempranamente la intención de hallar un espacio en el arte de vanguardia, entendido este como una manera de independizarse del realismo académico, aprendido en los predios de la Academia de San Alejandro entre 1936 y 1941, y derivar de la estilización de los rasgos anatómicos a la abstracción.

En ese camino recibió indudablemente el influjo del artista checo Bernhard Reder, que vivió en Cuba por los años de la Segunda Guerra Mundial, pero también Estopiñán había asimilado rasgos de la obra de la francesa Camille Claudel y el inglés Henry Moore.

Guy Pérez Cisneros, sin lugar a dudas el más lúcido crítico cubano de la época, convocó a Estopiñán para una exposición en el Lyceum de La Habana, que se tiene como punto de partida de la renovación escultórica de esa década. Allí mostraron sus obras, junto a Estopiñán, Alfredo Lozano, Eugenio Rodríguez, Rodulfo Tardo, José Núñez Booth y Rolando Gutiérrez.  

Al estudiar la trayectoria de Estopiñán, el historiador del arte Alejandro Anreus, quien no vacila en situarlo en su iniciación a la altura de Agustín Cárdenas, señala cómo “a partir de 1948 practica un estilo mediterráneo donde la figura femenina es su tema principal como es obvio en las piezas Mujer recostada, Figura de mujer y Carmina, mas ya aquí es evidente su tendencia clásica hacia la pureza y sencillez de las formas. En los años 50 Estopiñán practica la talla en madera, la soldadura de metales y el yeso directo. Estilísticamente su obra se mueve entre una abstracción de formas limpias y un expresionismo de superficies agitadas”.

De esto da fe una obra suya que pertenece a la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, La joven parca (1954), que toma su nombre de un poema del francés Paul Valery.

Estopiñán fue, además, un contumaz dibujante y grabador, tanto en sus días cubanos como en EE.UU. En 1959 llamó la atención en Bellas Artes con una muestra de monotipias y en 1996 sorprendió a la crítica norteamericana por el rigor de las estampas mostradas en una retrospectiva en el Museo de Nueva Jersey.

Pero el escultor nunca dejó atrás su oficio. Durante años, hasta el otro día como quien dice, continuó esculpiendo, exhibiendo y colocando su obra en galerías norteamericanas, fiel a sus dos grandes temas: la abstracción formal y la figura femenina.  

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