Entre laberintos y cañonazos (II y final)

David López Ximeno • La Habana, Cuba
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“Escondió entre la ropa de su cuerpo estas noticias; salió oculto de Kingston y embarcándose de noche en un bergantín que salía desde una ensenada (porque se contravenía el bando publicado), para hacer el trato ilícito sobre la costa de Honduras o en Wallis, regaló muy bien a su patrón y le dejó en cabo Corrientes; costa desierta de la Isla de Cuba.

“Con algunos panes de provisión y una cantarilla de miel que sacó de la tierra, sin caminos que seguir, senda alguna que hollar y sin conocimiento alguno del tesoro perdido entre los bosques y breñas impenetrables, sólo pudo valerse de las voces y continuos gritos para encontrar algún auxilio. Un negro que guardaba por allí una estancia de ganado de cerda, con cría de cochinos, acudió a sus voces; le encontró y le condujo a duras penas hacia el Cabo de San Antonio, allí en otra estancia, le dieron un caballo en pelo, corrió de una en otra, manifestando a sus dueños la importancia que le conducía muy de prisa a La Habana; y al fin llegó después de algunos días de carrera, casi extenuado de hambre, desollado por muchas partes de su cuerpo y medio muerto. Se presentó al instante en el Castillo de la Fuerza donde vivía el Gobernador y manifestó a la guardia, la grande importancia de su venida, para que se le avisase y oyese. —No lo pudo conseguir—. Instó repetidas veces, con exclamaciones llenas de énfasis, acreditando lo que decía  y lo que callaba. Logró que lo oyese el Secretario del Gobernador, y también que lo despreciase, tratándolo de embustero, de pícaro y contrabandista, que sólo venía a sorprender las atenciones del Gobernador para encubrir sus delitos y libertarse del castigo que merecía. El Auditor Ulloa, que le oyó en su casa, habló al Gobernador con otro espíritu; le manifestó las gacetas inglesas que traía, la noticia numérica de los navíos y tropas; el sacrificio al que se había expuesto ese pobre hombre, por amor a su Rey y a su patria; los trabajos de su viaje por mar y tierra y el estado en que había llegado, digno de compasión, cuando no fuese algún premio. Y ya que no pudo conseguir otra cosa, logró que no fuese encerrado en un calabozo de la cárcel; le socorrió por sí y le consoló en algo, pues que nada podía alcanzar a disipar el profundo letargo del buen Gobernador. Apareció el grande armamento inglés, delante del Morro el 6 de junio por la mañana; se alborotó la plaza y bahía; corrieron los generales al Castillo del Morro para ver y conceptuar pos si mismos el grande objeto que el mar ofrecía a su ofuscada vista y a su incredulidad.

Imagen: La Jiribilla

“Atravesando la plaza de las armas D. Juan del Prado vio a D. Martín Arana que estaba hablando con D. Martín de Ulloa, y otros del país. ¿Qué viene a ser esto, Señor Arana? Le preguntó algo embrollado y confuso. Señor Gobernador, ¿qué ha de ser? Lo que yo vine a decir a V.S. quince días ha, atropellando todos los peligros, como buen vasallo del Rey y buen español.

“Los generales subieron al Morro y todavía se lisonjearon de que el armamento era una flotilla mercante que pasaba a Europa, como era costumbre en aquellos meses.1

La mañana en que todos en la villa ocupaban su tiempo en otros menesteres menos el de elaborar una estrategia defensiva en contra de los ingleses, desde el Castillo del Morro los prismáticos de algún centinela divisaron naves artilladas. Cuentan que era una poderosa escuadra con 175 velas de guerra y de transporte. Un dato más específico lo encontramos en el dicho de Don José Antonio de Armona y Murga, administrador de Correos de esta Isla, cuando comentó en una carta que “…el 6 de este mes se descubrió a Barlovento de este Puerto una escuadra de 28 navíos de guerra y 150 de transporte”.2

Pero fueran mayor o menor cantidad, lo que, sin duda, quedó demostrado es que la plaza de La Habana, no se encontraba preparada ni militar ni organizativamente para hacerle frente a una maquinaria militar tan poderosa. 

El sistema defensivo del puerto, la bahía y la ciudad, descansaba sobre las espaldas de los tres castillos; el de La Fuerza, La Punta y El Morro. Aunque eran muy fuertes y se encontraban bien artillados, no podían competir con la descomunal superioridad británica. Hoy se sabe que la cifra real de la expedición era de más de 200 embarcaciones con un total de 2 292 cañones y un aproximado de 25 mil hombres entre marina e infantería, a los que se le agregaron los refuerzos de las colonias británicas de América del Norte y de Jamaica. La monarquía española solo contaba para defender la ciudad con diez navíos de línea y alrededor de 10 mil hombres sobre las armas.

El primer obstáculo que encontraron los ingleses fue la defensa del Castillo del Morro, ejecutada por un reducido número de hombres que a fuerza de heroísmo se atrincheraron en el recinto amurallado. Para garantizar el sitio de La Habana, el Conde Albemarle ordenó a sus oficiales realizar desembarcos por barlovento y sotavento, así se ejecutó la toma del poblado de Cojímar y la neutralización de su torreón, además de desembarcar por la zona de La Chorrera, abatiendo la guarnición de su castillo. Justo en aquel lugar las tropas británicas encontraron el abasto de agua potable tan necesario para el desarrollo de la contienda y también establecieron un campamento en los alrededores de su playa, donde tomaron abrigo y provisiones al amparo de los cañones de sus navío. Desde ambas comarcas de la tierra firme los invasores lograron organizar su estrategia para acometer el sitio de la ciudad, mientras El Morro era bombardeado desde el mar con toda la potencia de fuego de los barcos. Entre los días 8 y 9 de junio los británicos se posesionaron de la Villa de Guanabacoa. También expandieron sus partidas entre Regla y la loma de la Cabaña. Con tal despliegue militar, según lo comentado por  Armona y Murga. “En ninguna parte se ha podido hacerle frente y mucho menos donde están abrigados del cañón de sus navíos, por ser poca la tropa de Infantería y Dragones, respecto de las del enemigo y no poder contarse con sus milicias de apié ni de acavallo…”3

Imagen: La Jiribilla

En un intento desesperado por organizar los pocos recursos defensivos con los que contaban las autoridades de la villa, el Gobernador y el Consejo de Guerra de Jefes y Coroneles, acordaron cerrar el Puerto echando a pique los navíos Neptuno, Europa y Asia, además de ubicar algunos milicianos en el monte de La Cabaña. También dentro de las murallas se tomó providencia reforzando la defensa en los puntos vulnerables, ya que la estrategia británica era extender el cerco sobre los caminos y áreas de acceso desde el bosque Vedado y campos aledaños. Gracias a sus características constructivas El Morro  logró resistir durante algunas semanas. El 12 de junio fueron arrojadas sobre el castillo 109 bombas. Ese mismo día según noticias llegadas a la ciudad, los británicos se preparaban para batir en brecha la muralla. Para apoderarse de la fortaleza fue imprescindible que los invasores realizaran una importante labor de zapa, dinamitando el baluarte exterior hasta crear un boquete en la porción amurallada. Uno de los famosos grabados a los que hice referencia, ilustra el hecho con gran realismo. A pesar de que El Morro y junto con él la Villa de San Cristóbal de La Habana, cayeron en manos enemigas, fue probado el heroísmo de sus defensores y la alta profesionalidad de Antonelli al construir fortalezas militares. El saldo final por la toma de la ciudad fue costoso. Este hecho histórico un tanto silenciado por el paso del tiempo constituyó un gran combate. “El número de bombas y granadas arrojadas por el enemigo, según el más arreglado cómputo, ha ascendido al de 21.124. Las 18, 104 contra el castillo del Morro, y las 3, 070 contra el de la Punta y demás baluartes de la plaza, cuerpo de la ciudad, navíos y demás embarcaciones. Y la pérdida de gente, comprendida la tropa de tierra y marina, tripulaciones de la escuadra, milicias de todos colores y gente de tierra adentro, se considera de 2.910 hombres, sin incluir en este número al pie de 800 ó 900 negros esclavos de particulares, que han perecido en los trabajos del Morro”.4Hoy día aunque no ronden la bahía galeones ni bergantines enemigos, los mudos cañones del Morro continúan vigilando con infinita lealtad las fauces del mar. El castillo se yergue como todo un símbolo de resistencia contra el que se han estrellado nortes, huracanes y tempestades políticas. Sobre los muros del baluarte otrora dinamitado puede apreciarse una tarja con el siguiente texto:

“A la memoria de D. Luís de Velasco, del Marques González y los que a las órdenes de ambos sucumbieron como buenos en la defensa de esta fortaleza en 1762”.

Imagen: La Jiribilla

No sería este cronista genuinamente habanero si abandonara el  Morro sin ascender al faro a través de la angosta escalera de 117 peldaños. Subo acompañado de la luz plomiza que al penetrar por las ventanas arrebata a los muros su hálito de vejez. En la antesala de la cabina donde se encuentra el lente y su maquinaria la escalera se estrecha aún más, entonces es necesario encorvarse para lograr penetrar. Una vez arriba observo la vista más hermosa de la ciudad y su bahía. Es preciso hablar del faro del Morro porque encierra una historia que pocos conocemos, a pesar de ser este uno de los símbolos de La Habana, y que su luz nos acompañe cada noche al caminar por el Malecón. Fue levantado entre los años 1844 y 1845 durante el gobierno del Capitán General Leopoldo O´Donnell. En su lugar existía otra torre fanal de unos diez metros de altura. La que hoy contemplamos tiene cinco metros de diámetro y 30 de altura, encontrándose mejor equipada para realizar la función de guiar con su luz a los barcos en alta mar. El potente haz tiene un alcance de 18 millas náuticas, y resulta perceptible hasta en las noches de más cerrada tormenta. Según dicho del farero Juan Carlos Santiesteban, la lente ciclópea de marca Fresner, conserva la maquinaria original, montada en el año 1844. El mecanismo funciona con la exactitud de un reloj, y se le administra cuerda cada cinco horas. En 1945 justo cuando se cumplió el primer centenario de su construcción, la Marina de Guerra decidió electrificarlo, además le fue mejorada la estructura de acero y cristal que hoy observamos.  Así es el Castillo del Morro, joya de piedra que el mar no desmiembra, que el salitre no alcanza a devorar aunque pasen los siglos, y todas las mañanas sean tan grises como esta.  

 

Lea también: Entre laberintos y cañonazos (I)



Notas: 
1. Eguren Gustavo, en La Fidelísima Habana, páginas 159, 160 y 161. Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana,  Cuba, año 1986.
2. Eguren Gustavo, en La Fidelísima Habana, página 161. Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana,  Cuba, año 1986.
3. Eguren Gustavo, en La Fidelísima Habana, página 161. Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana,  Cuba, año 1986.
Nota. Las sitas textuales respetan la ortografía original de la época.
4. Eguren Gustavo, en La Fidelísima Habana, página 171. Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana,  Cuba, año 1986.

 

 

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