Conversando en la noche

Latinos en el Premio, el mapa cambia
y se transfigura

Ana Niria Albo Díaz • La Habana, Cuba

La noche se acerca. Los jurados se sientan y conversan. Descubrimos ideas, opiniones y maneras. Los latinos en los EE.UU. crecen, crecen, pero  la impronta demográfica no es lo que nos mueve ahora. El premio quiere acercarse a la literatura que ellos y ellas producen en esa otra parte de América. El mapa cambia y se transfigura. Aunque si bien siguen siendo mexicanos y mexicans americans la mayor población latina en el territorio del norte, es momento de saltar barreras sobre el desconocimiento y visibilizar también a centroamericanos y sudamericanos que viven del otro lado del Río Bravo, de ahí que entendemos por qué algunos se sorprenden con la composición de nuestro jurado.

Imagen: La Jiribilla

La noche crece y en círculo cuyo centro se pierde, todos y cada uno de nosotros va moviéndose para conversar y escuchar a nuestros jurados. Me muevo poco a poco y me acerco a Aileen El Kadi y José A. Mazzotti. Brasil-Argentina y Perú, pero más que eso la América. Ellos buscan a un ganador o ganadora para el premio. Pero no hablamos de eso. Margarita Mateo no está cerca y prefieren interrogarme sobre el Programa de Estudios sobre Latinos de la Casa: cómo llegué allí y qué me apasiona del tema realmente. Les cuento un poco y una cosa nos lleva a la otra. Jóvenes, identidad, transnacionalismos, fronteras, producción cultural y dentro de ella, también los mercados artísticos.

Mazzotti, sorprendido, me cuenta de su impresión sobre la interacción entre las comunidades latinas en los EE.UU. Cree, como Cristina Beltrán en El problema de la unidad..., que la mayor falacia en relación a estas, es haberlas considerado durante tanto tiempo la comunidad, un bloque hegemónico concéntrico y único en el cual las diversidades propias de Latinoamérica quedaban disueltas.

La mayor falacia en relación a las comunidades latinas en EE.UU., es haberlas considerado durante tanto tiempo la comunidad, un bloque hegemónico concéntrico y único en el cual las diversidades propias de Latinoamérica quedaban disueltas.

Pensamos un poco en cómo desde la perspectiva cultural, la identidad de la sociedad estadounidense se ha definido desde sus primeros momentos en consonancia con el ser blancos, europeos occidentales, protestantes y de habla inglesa (WASP). Esta característica de la identidad conlleva a la exclusión sistemática de ciertos grupos sociales que también integran dicha sociedad y que no se corresponden con los paradigmas antes expresados.

Sin embargo, la noción de una identidad WASP, internalizó patrones de exclusión dirigida hacia otros grupos de extranjeros en diferentes momentos de la historia de este país, me recuerda Mazzotti. Desde los primeros momentos de la fundación de la nueva nación, personajes importantes de la historia oficial, tales como Benjamín Franklin, consideraban a los inmigrantes alemanes como una amenaza a la identidad de la naciente república. De igual manera, dichos prejuicios afectaron a grupos sociales suscritos a creencias religiosas diferentes a la protestante.

Recuerdo un ejemplo: los inmigrantes judíos. Ellos fueron objeto de discriminación a razón de sus creencias religiosas. No obstante, la experiencia de los inmigrantes de raza blanca, que otrora fueran víctimas de la xenofobia, se disipó con la llegada de las segundas generaciones. Sin embargo, otra realidad permea la integración de las poblaciones inmigrantes no blancas.

Les comento que desde América Latina también hay mucho interés en la discusión de los procesos de asimilación, aculturación e integración social de los migrantes y  nuestros investigadores están incorporando novedosas definiciones como alteridades históricas de Rita Laura Segato, para designar a grupos sociales cuya manera de ser otros en el contexto de la sociedad nacional se deriva de esa historia y hace parte de esa formación específica.

Las formas de alteridad histórica propias de un contexto no pueden ser sino engorrosamente trasplantadas a otro contexto nacional. Y los vínculos entre las mismas no deben establecerse sin esa mediación necesaria, a riesgo de que caigamos en un malentendido planetario o, lo que es peor todavía, que impongamos un régimen de clivajes propios de un contexto específico a todo el mundo —lo que no sería, ni más ni menos que subordinar el valor de la diversidad, hoy emergente, al proyecto homogeneizados de la globalización. En otras palabras, es a partir del horizonte de sentido de la nación que se perciben las construcciones de la diferencia.

Por tanto, en la construcción de la nación norteamericana la alteridad histórica latina, constituye una expresión de las construcciones de sentido de la diferencia pero que solo se da al interior de esa nación. Aunque en otros sitios del sistema mundo se hable de latinos, la connotación simbólica a partir de una identidad cultural determinada por percepciones sociales delimitadas por las normas y prácticas socioculturales de esa nación, son únicas.

Desde América Latina también hay mucho interés en la discusión de los procesos de asimilación, aculturación e integración social de los migrantes.

Aileen concuerda con nosotros, aunque me recuerda una conversación de ella con Maite Hernández-Lorenzo en la que le aclaraba que más que identidades, ella prefiere utilizar identificaciones. “Cuando hablo de identificaciones, me alejo de esos conceptos acríticos y cerrados que pretenden definir homogéneamente a los individuos. Opto por la elección de poder identificarte con una serie de comportamientos y características sin que las mismas te definan y excluyan de otras. Apuesto en abrir fronteras, no cerrarlas”. Diciendo esto recuerdo que el próximo coloquio del Programa de Estudios sobre Latinos en los EE.UU. de la Casa de las Américas irá detrás del transnacionalismo. Aileen se entusiasma. Me da un par de ideas, nombres y títulos a leer.

Tanto Mazzotti como El Kadi están de acuerdo conmigo en que uno de los procesos que deben ser atendidos cuando se pretende indagar en la identidad cultural latina en los EE.UU. y/o sus identificaciones, es la interculturalidad. Aunque algunos estudiosos del tema étnico en relación con las migraciones en los EE.UU., no definen los términos hispano y latino como una identidad, sí es importante señalar que indican interrelaciones entre las poblaciones del contexto local, regional y en el contexto nacional de este país. Ambos me recuerdan que la relación con los países de origen se vuelve central.

La noche avanza un poco y Aileen, cuya aventura a través de inmigración en México para llegar a la Isla la ha retrasado un poco en la lectura, decide que debe irse a leer. Nos quedamos todavía un grupo y nos unimos todos en charla. Mazzotti toma la batuta y de pronto el Perú, su Perú, nos invade. Mientras lo escucho me viene a la cabeza la idea de la nostalgia, pero en él no hay. Su relación con el terruño es más vívida, habla como si cada descalabro le hincara la piel.

Ya casi nos vence el sueño y me dice que mañana seguimos hablando. Se acaba la noche y no le pregunto nada de lo que ha leído y de su experiencia en el Premio. Su juicio como jurado se lo ha reservado, prefiere hablar en conjunto acompañado de Margarita Mateo Palmer y Aileen  El Kadi.

Amaneciendo y un poco más

Descubro a Maggie, como le dicen todos, leyendo. Me le acerco en silencio y al verme se sonríe y me dice que ya terminó la lectura: tiene dos preferencias. Las ha compartido con Aileen y Mazzotti y ellos están de acuerdo en que sean las finalistas. Solo me adelanta que la narrativa venció, a pesar de que había más cantidad de libros de poesía. La miro nuevamente y le veo en las manos Bugalú y otros guisos. Sé que se prepara un poco para la intervención del miércoles. Al mismo tiempo alguien nos saluda y tiene el Granma en la mano con una nota que recuerda a Juan Flores. Ambas hablamos de él, de su impronta y me descubro viéndolo entre las oficinas de la Casa y dialogando sobre la seducción continental.

Aileen se nos acerca. Le pregunto directamente por el Premio, me dice que aún no se lo cree y no es por lo difícil que se le hizo llegar, sino porque ha oído hablar del Premio desde que era niña y ahora formar parte de él, de su dinámica, es increíble. Me comenta que ha leído mucho y que le parece que por un lado la dinámica de los escritores latinos en los EE.UU. que concursan podría estar cercana a la dinámica continental, pero que le encantaría que pudieran encontrar alguna obra que rompiera los caminos trazados. Quiere alejarse del discurso de la nostalgia, pero me dice que no será fácil. Hay muy buenas obras escritas bajo esa línea. De hecho, las finalistas van por ahí.

Pasa un rato, me despido para dejarlos solos y que dialoguen. Realmente ya han barrido con las 25 obras concursantes y el veredicto es cada vez más cercano. Cada uno me comenta sus preferencias, pero en pos de preservar el secreto hasta la noche del 29 de enero, solo me dejan oír que habrá obra ganadora, hecho que me tranquiliza. A nadie le gusta un premio desierto. El debate se divide en dos. Y la falta de consenso también habla de la riqueza y complejidad del contexto literario latino en los EE.UU.

El tiempo camina. Se reúnen, conversan, bromean y amenazan con dejar desierto el premio. La risa los invade y me calman. Me aseguran que eso no pasará, aunque les ha sido muy difícil porque hay poesía y narrativa compitiendo entre sí. Difícil, difícil. Es el adjetivo correcto para definir el panorama literario de estas comunidades. La relación con los mercados editoriales en los EE.UU. y con los de la América Latina se percibe desde lo que ha llegado a la Casa, pero de eso dialogarán en el panel que intenta responder la pregunta: ¿Se escribe, se compra y se vende literatura latina en los EE.UU.? Esperemos algunas respuestas.

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