Palabras inaugurales

“Necesitamos muchas Casas de las Américas en el Caribe”

Alfonso Múnera • La Habana, Cuba

Mis profundos agradecimientos a todos los trabajadores de la Casa de las Américas, y, en especial, a Roberto Fernández Retamar y a Jorge Fornet.

Que se me haya concedido el honor de pronunciar estas palabras en la ceremonia de apertura del prestigioso Premio de Casa de las Américas tiene un hondo significado para mí por varias razones. Pero, sin duda, la más importante, la que he repetido en más de una ocasión, se refiere a mi inocultable amor por Cuba, que más allá de un asunto de ideologías se remonta a mis días de infancia.

Imagen: La Jiribilla

En aquellos días de infancia, Colombia era todavía en los años cincuenta del pasado siglo un conjunto de regiones con pocas comunicaciones entre sí. En los barrios populares de Cartagena, la de las Indias, como la mal adjetivaron los españoles para diferenciarla de la de Murcia, España, casi nadie escuchaba las emisoras de radio colombianas, sino las de La Habana y en ocasiones memorables las de Caracas. Mi casa no era la excepción. Mi madre y mis tías, tenían en la cocina uno de esos viejos radios Philips capaces de comunicarse con los lugares más alejados de la tierra, y allí se instalaba toda la familia a las 5 de la tarde —era una cita sagrada— a escuchar las radio novelas transmitadas desde La Habana. He contado más de una vez la ansiedad con la que llegaba del colegio a escuchar Los Tres Villalobos, aquella historia de campesinos rebeldes que disfruto recordando hasta el día de hoy. Los que tienen mi edad saben de qué hablo.

He hablado también de mi pasión por el beisbol. Mi tío Andrés Cavadia, quien fuera una de las viejas glorias del beisbol colombiano, que por cierto, en aquel entonces, sólo se jugaba en nuestro Caribe, nos contaba de niños, a mis hermanos y a mí, sobre aquel día memorable en el que derrotaron a la selección cubana en el Estadio del Cerro. Tenía yo tanta admiración por los beisbolistas cubanos que todavía viene a mi memoria las hazañas de la Cátedra Rodríguez, oídas en mi niñez. Tuve el privilegio de ver jugar a Agustín Marqueti, a Armando Capiró y al gigante del Escambray, Antonio Muñoz. Debería añadir que mi recuerdo más remoto, quizás la primera imagen que tengo de mi madre, es la de ella durmiéndome en una mecedora, cantándome Son de la Loma, del Conjunto de Miguel Matamoros o La Guantanamera, de Joseíto Fernández.

De modo que mi amor por Cuba a los doce años de edad era el mismo de la mayoría de mis amigos de la barriada popular, edificado sobre fundamentos imperecederos, sobre imágenes imborrables. De estas cosas he hablado, pero creo que nunca lo he hecho sobre otra de mis grandes pasiones cubanas, adquirida en los inicios de la adolescencia: los libros de Casa de las Américas. Yo recibía los libros de Casa de las Américas desde que tenía, no sé, 14 ó 15 años de edad. No sé por qué recuerdo algunos y no otros. Por ejemplo, por qué recuerdo Taberna y Otros Lugares, de Roque Dalton. Siempre he sentido un profundo agradecimiento y una gran admiración al pensar que la Isla cercada por un imperio, debatiéndose en enormes, inimaginables dificultades durante períodos largos, se dedicara con fe profunda en el valor de la cultura no sólo a publicar libros sino a enviarlos para que pudieran leerlos seres anónimos como yo.Yo recibía los libros de Casa de las Américas desde que tenía, no sé, 14 ó 15 años de edad. No sé por qué recuerdo algunos y no otros. Por ejemplo, por qué recuerdo Taberna y Otros Lugares, de Roque Dalton.

Querido Roberto, querido Jorge, amigos todos de Casa de las Américas, vivíamos en un barrio muy pobre, y entonces yo me reunía con mis amigos que no podían comprar libros, igual que yo, a leer los poemas de Roque Dalton, los poemas de los pueblos africanos recogidos en el bello libro de Jorge Zalamea y a descubrir asombrados el mundo de las islas del Caribe descrito por la pluma indignada de Gérard Pierre-Charles.

Una convicción viene siempre a mí cuando hablo de estas cosas: Las artes y las letras, ya sean las populares o las mal llamadas cultas, unen a los pueblos con unos vínculos indestructibles: tiene poco que ver con la razón y mucho con la emociones, poco con el conocimiento y mucho con la sabiduría que surge de un poema que te hace ser más bueno, de una música que te llena de sentimientos compartidos, de una pintura que se instala en lo más atrás de tu memoria, en fin, imágenes y sensaciones perdurables que nutren para siempre el afecto entre los seres humanos, el afecto entre los pueblos.

Por esta fe que tengo de su inconmensurable valor me produjo tanto asombro cuando arribé a Puerto España en mi condición de Secretario General de la Asociación de Estados del Caribe y encontré que los campos prioritarios de cooperación aprobados habían excluido de sus seno la cultura, que sí figuraba en el convenio de constitución, pero que cosa curiosa había sido eliminada en aras de producir un ahorro en los gastos. Una de las cosas buenas que hemos hecho ha sido incorporarla de nuevo como una prioridad del quehacer de esta noble e importantísima institución regional que nos agrupa a todos los nacidos en las orillas de mar Caribe.

El muy prestigioso sociólogo polaco, Zygmunt Bauman, en uno de sus buenos libros trae la siguiente reflexión:

“Una pregunta imperiosa, aunque a fin de cuenta retórica, viene a la mente: ¿cuánta sabiduría podríamos haber ganado, cuánto se habría beneficiado nuestra coexistencia, si parte de los fondos de la Unión Europea se hubieran destinado a traducir los escritos de sus habitantes para compilarlos en una “Biblioteca de Cultura Europea” –por llamarla de algún modo-, editada y publicada entre todos? Por mi parte, estoy convencido de que habría sido la mejor inversión en el futuro de Europa y en el éxito de su misión.”

Y si esto es verdad para una Europa más o menos homogénea, o que se cree homogénea, ¿qué pensar de los pueblos caribeños cuya extrema heterogeneidad es la norma? ¿A qué acudir para consolidar su identidad Caribe en medio de sus muchas otra identidades, para fomentar su necesaria integración, de la que tanto hablamos hoy, sin lograr superar del todo las barreras que nos separan, en particular, las invisibles? Mi experiencia me indica que es fundamental, necesario vencer ese sentimiento de extrañeza y de desconfianza mutua, legado de nuestra fragmentación y consecuencia de la conquista brutal de los imperios, de la migración forzosa a tierras americanas de millones de seres humanos venidos del continente africano de una colonización sin alma de sus gentes más humildes.Mi experiencia me indica que es fundamental, necesario vencer ese sentimiento de extrañeza y de desconfianza mutua.

¿Habrá sobre la tierra geografías y poblaciones más diversas y de una mayor asimetría que en el Caribe, digo, incluyendo las costas colombianas, venezolanas, mejicanas y centroamericanas?

A Alejo Carpentier, después de un recorrido por el archipiélago caribeño, en el que tuvo el raro privilegio de visitar todas las islas o casi todas, le pareció que aquello que unía a los seres del Caribe era la música, que ella le daba sentido de unidad a tierras tan distintas entre sí.

Yo, que he compartido con este gran maestro de las letras tal privilegio, y que además he tenido la buena suerte de vivir 4 años seguidos en Jamaica, tres en Trinidad y Tobago, días enteros y frecuentes en Cuba, y muchos años en Cartagena, la del Caribe, podría afirmar que nos unen, de formas profundas, otras cosas ancladas siempre en la cultura. Contaré un ejemplo de una de ellas, que es una de mis anécdotas favoritas:

Llegamos mi esposa, mi hija y yo a Kingston, Jamaica, en abril de 1999, a la residencia que había recibido del anterior embajador de Colombia. Nos recibió un joven y muy distinguido cocinero, quien con mucho orgullo nos ofreció prepararnos el plato nacional de Jamaica. Pues bien, al sentarnos a la mesa, otra vez con mucho orgullo, nos sirvió carne guisada, arroz de coco, frijoles y tajadas de plátano maduro. Yo comencé a comer con la incertidumbre de si todo esto había sido una buena farsa del joven cocinero para servirme lo que es ciertamente el plato preferido de los cartageneros. Ahora bien, mi asombro fue mayor cuando le pedí que me mostrara cómo la había preparado, y ahí noté que trituraba las pequeñas semillas del comino, y se las restregaba, con mucha paciencia, a la carne de la misma forma que vi a mi abuela hacerlo en mis días ya lejanos de la infancia. Entonces, le pregunté si él sabía que esa era una de nuestras comidas favoritas en Cartagena. Me miró asombrado y me insistió en que se trataba de un plato jamaicano, cosa que pude comprobar más tarde.

Siempre me he preguntado cómo ese jovencito jamaiquino, que no había salido nunca de la isla, que seguramente sus padres nunca oyeron hablar de un país llamado Colombia, que no hablaron ni ellos ni sus abuelos el español, como fue posible que él cocinara con los mismos condimentos, se le ocurrieran las mismas combinaciones y lograra el mismo sabor de mi abuela, que nunca salió de Cartagena ni nunca, por supuesto, conversó en nada distinto al español dialectal de las barriadas negras de Cartagena la del Caribe. Asombra, verdad. La única repuesta está en lo perdurable y hondo de las experiencias culturales. No me extrañaría pensar que hubo un momento, quizás tan lejano como el siglo XVII o más cercano, en el XIX, en el que en los orígenes americanos de su estirpe y de la mía, se sentaron juntos aquellos negros que luego se ramificarían y dejarían descendencia en Kingston y Cartagena, a cocinar juntos las viejas recetas que mi abuela y el jovencito de las barriadas de Kingston imaginaban con innegable orgullo como pertenencias nacionales.

Imagen: La Jiribilla

Tan distintos y tan parecidos al mismo tiempo, y esparcidos casi siempre en pequeños territorios, y, sin embargo, cuantas cosas cruciales para la humanidad han sucedido bajo estos soles eternos. Permítanme mencionar apenas dos: La primera, como diría Édouard Glissant, el acto fundacional: la más grande, extensa y dolorosa diáspora forzosa vivida nunca por la humanidad: la de los espléndidos seres humanos traídos de África. Protagonistas de una de las historias más trágicas y sufrientes y, al mismo tiempo, no deberíamos olvidar nunca, más profundamente heroica y esperanzadora. Nada menos que la de millones y millones de hombres y mujeres capaces de, en una historia que dura cinco siglos, de defender - quizás la más grande hazaña de la historia-, su condición de seres humanos, sometidos a la más radical de las experiencias deshumanizadoras: la de la esclavitud, el racismo y la explotación despiadada, todo junto. Y, sin embargo, debo agregar lo más importante: quizás por tanto sufrimiento, no lo sé, nos han legado, ellos, los que sufrieron tanto, el precioso bien de la alegría, esa fabulosa capacidad, esa manera particular, que tenemos los caribeños de inventar la felicidad, de reírnos de casi todo, para derrotar la tristeza y la solemnidad vacua e intrascendente; risa que emana de una profunda sabiduría de vida, que por caminos misteriosos está plasmada en la extraordinaria riqueza de nuestra música, de nuestro baile y, aún, de nuestra literatura. (Me ha venido a la mente esa maravillosa novela de Virgilio, el de Cuba, publicada en 1963 y que acabo de leer en Obras Completas de 2012, Pequeñas Maniobras, y ese gran e incomparable carnaval de la risa que es Cien Años de Soledad.)Y, sin embargo, debo agregar lo más importante: quizás por tanto sufrimiento, no lo sé, nos han legado, ellos, los que sufrieron tanto, el precioso bien de la alegría, esa fabulosa capacidad, esa manera particular, que tenemos los caribeños de inventar la felicidad, de reírnos de casi todo.

Hay otra segunda experiencia fundacional, que no hemos resaltado con suficiencia: me refiero a que antes que Francia, antes que las colonias del norte de los Estados Unidos, en la pequeña isla de Guadalupe se concedió no sólo la libertad, sino el derecho a ser ciudadanos a todo aquel que habitara su territorio. Y en la legendaria Haití de finales del XVIII y principios del XIX por primera vez un ejército de esclavos derrotó a todos los ejércitos imperiales de la vieja Europa, al francés, al inglés y al español, para ser libres y soberanos en su tierra hasta la muerte. Y es necesario añadir en este punto la lucha por la libertad, la resistencia ejemplar de cientos de miles de anónimos esclavos que optaron por la huida o por ofrendar sus vidas a lo largo y ancho de las tierras del Caribe, desde los días iniciales en los que se pusieron a la venta jóvenes africanos en la plaza de la Aduana de Cartagena, la mal llamada de las Indias.

De estos dos grandes hechos fundacionales: la esclavitud de millones y millones de hombres y mujeres y, en íntima relación, la lucha por la libertad, por la independencia y por la condición de ciudadanos, es decir por la dignidad de la persona, se originan nuestras historias políticas, la radical altivez de nuestras mejores artes, la complejidad de nuestro mestizaje, la maravillosa entonación de nuestras lenguas.

El Caribe nuestro, tan diverso, tan lleno de asimetrías, vive hoy uno de sus momentos cruciales. Enfrentamos desafíos gigantescos: 10 de las islas tienen niveles de deudas superiores al 60 por ciento de su ingreso per cápita, y 5 de ellas están entre los diez países con niveles relativos de deuda más altos en el mundo. La mayoría de ellas tienen serias desventajas estructurales para competir en una economía global, controlada con mucha frecuencia por las grandes trasnacionales, desventajas que tienen que ver con la pequeñez de sus poblaciones y de sus territorios. Pero, además, un nuevo factor ejerce influencia creciente en sus destinos, hablo del cambio climático y de su terrible impacto sobre los recursos del mar Caribe, sobre la intensidad de los huracanes y las inundaciones, y sobre toda la población ante la amenaza real de la desaparición de sus territorios por el aumento del nivel de las aguas. En algunos más lentamente que en otros, pero que, en todo caso, sin tener nosotros conciencia de ello, ha comenzado ya.

No debería haber duda alguna que semejantes desafíos sólo podrán ser enfrentados con éxito si actuamos unidos. Parece una verdad de Perogrullo, y sin embargo cuán difícil es lograrlo. Hemos avanzado. Algo hemos avanzado, pero no lo suficiente. Esta lentitud, estas dificultades, en lograr una unidad de propósitos y de acción, de la que tanto depende nuestra sobrevivencia futura ha sido explicada de muchas formas en decenas de artículos y libros, pero lo que todavía no ha sido asimilado en profundidad es lo que a mí me parece más obvio y he venido repitiendo en muchas reuniones desde hace ya un buen número de años: no lo vamos a lograr de verdad si no creamos primero un sentido de unidad cultural en medio de la diversidad, es decir si no construimos una identidad Caribe que, claro está, no excluya las otras identidades, sino que por el contrario se apoye en ellas, surja de ellas, las festeje, las estimule como algo apenas natural, apenas necesario.No son los gobiernos ni sus funcionarios los que tienen que sentirse compartiendo un destino común, son los pueblos los que tienen que comprobar que sus emociones y sentimientos y sus prácticas culturales se originan en una historia y una geografía cuyas raíces, cuyos árboles y cuya luz tenue de las tardes de abril son las mismas.

No son los gobiernos ni sus funcionarios los que tienen que sentirse compartiendo un destino común, son los pueblos los que tienen que comprobar que sus emociones y sentimientos y sus prácticas culturales se originan en una historia y una geografía cuyas raíces, cuyos árboles y cuya luz tenue de las tardes de abril son las mismas. Porque lo que todo buen historiador sabe es que las grandes transformaciones culturales y de otros géneros sólo son posibles cuando los pueblos están listos para llevarlas a cabo.

Por eso lo más urgente hoy es hacer posible este diálogo de la cultura. Que nuestros carnavales, nuestra literatura y otras expresiones artísticas, y nuestra fabulosa y bien condimentada gastronomía circulen entre los pueblos, que nuestros niños y adolescentes graben en sus corazones la imagen imponente de la Citadelle de Haití como uno de sus templos venerables, que desaprendan la historia mal contada por siglos, y que descubran en el genio de Martí, en los luminosos ensayos de Bolívar, en los ensayos de Édouard Glissant, en las novelas de García Márquez, George Lamming y Earl Lovelace, en los poemas de Derek Walcott, la patria grande de las que son parte. Ese día nos sentiremos hombres y mujeres del Caribe y dejaremos atrás las desconfianzas, los malos estereotipos y la grave ignorancia que nos ha separado por siglos, y trabajaremos juntos para el bienestar de las futuras generaciones.

Necesitamos muchas Casas de las Américas en el Caribe. En todos los campos de la cultura, que edifiquen y nutran esta unidad que nos ha eludido por tanto tiempo.

A la Casa de las Américas, creada tres meses después del triunfo de la Revolución, que desde hace ya más de medio siglo nos convoca a esta magnífica ceremonia, le debo yo la gracia de haber descubierto el Caribe. Gracias a ella leí, en aquellos años en los que sólo podía hacerlo en español, la poesía del martiniqués Aimé Cesaire; Los Gobernadores del Rocío, del haitiano Jacques Roumain; En el Castillo de mi Piel, del barbadiense George Lamming, y de tantos otros caribeños de lenguas extranjeras. En esa gran literatura descubrí que compartía con esos seres humanos, es decir, los escritores y sus personajes, los mismos sentimientos y emociones, y las secretas y particulares angustias e incertidumbres, de quienes hemos poblado estas tierras del Caribe, escenario por vez primera en la historia del mundo del encuentro trágico de todas las razas, así llamadas. Dicho de modo más simple tomé conciencia de mi identidad Caribe.

Permítanme terminar leyendo las sabias y bellas palabras del gran escritor francés, Víctor Hugo, ante la Asamblea Constituyente de 1848:

"Afirmo, señores, que las reducciones propuestas en el presupuesto especial de las ciencias, las letras y las artes son doblemente perversas. Son insignificantes desde el punto de vista financiero, y nocivas desde todos los demás puntos de vista. Insignificantes desde el punto de vista financiero. Esto es de una evidencia que apenas me atrevo a someter a la asamblea el resultado del cálculo proporcional que he realizado… ¿Qué pensarían, señores, de un particular que, disfrutando de unos ingresos de 1500 francos, dedicara cada año a su desarrollo intelectual… una suma muy modesta: 5 francos, y, un día de reformas, que quisiera introducir una reforma en su vida, quisiera ahorrar a costa de su inteligencia seis céntimos?”

¿Verdad que estas indignadas palabras contra la insensatez humana, parecen escritas no hace casi dos siglos, sino ayer?

Por fortuna, lo vuelvo a decir, hemos tenido a la Casa de las Américas, apoyada admirablemente por el gobierno de Cuba, contra viento y marea, desde hace 56 años. En los buenos, los malos y los malísimos tiempos ha estado aquí, haciendo el milagro de la multiplicación de los libros y de su andar por tierras caribeñas y latinoamericanas, como símbolo de la fe inquebrantable en aquella vieja utopía que dominó las mentes más ilustres del renacimiento, aquella que ciertamente ha transformado el mundo: la que proclama que las ciencias, aplicadas con bondad a la misión de descifrar los misterios de la vida, y el arte y la literatura, guiados por una pasión sincera, nos hacen seres más buenos y más bellos. Comparto sin adjetivo ni calificaciones esta fe, quizás la única verdadera que me queda.

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