Hombre con país a bordo

Oh, Dios ¿qué haríamos si no

tuviéramos un poema

que sirviera para todos?

M.B.      

Ha amado intensamente. Tres cuartos de siglo han alcanzado, pero no le bastan. Posiblemente porque navegante con bitácora —de los peligros que ha sorteado— insiste en trasquilar las crestas de las olas, crispar en medio de emociones negriblancas, como la vida, para mostrar su verdad.

Barnet es, categóricamente, un hombre sensible. De recio marinero lleva solo las artes de pesca, de remo la poesía. ¿Qué más grande portador energético? Su barca es nave de paz que combatió la trata y descendió la efigie de mujer —contemplación machista de hombres de mar— de lugar espurio. Cuando ha sido presa del escorado apela a la misión de los náufragos: tatuar sobre papel las tormentas, sacudir de las páginas la sal.

En el corazón de sus pasiones náuticas, aletea un país. Sentado en el borde de Cuba (el malecón) lo contempla desde afuera y por dentro. Es toda su tripulación, doquier lo lleven los pavimentos sobre el laberinto de las aguas.

Imagen: La Jiribilla

Convengamos cierto y total travestismo que tiene que asumir el escritor cuando dimensiona su vida a través de las existencias de muchos personajes. Aceptando como verdaderas las esgrafías que dejan en él estas vivencias, si usted no hubiera nacido en la piel de Miguel Barnet, ¿quién le gustaría haber sido?

Te voy a ser sincero. A pesar de todas las turbulencias que han atravesado mi vida como la década del 70, el llamado benignamente “quinquenio gris”, que para nosotros fue un “decenio negro”, la exaltación que le produjo a mi vida la Revolución Cubana y su política cultural, particularmente, ha sido tan grande que me cuesta trabajo pensar sobre esto que me preguntas. He vivido en medio de acontecimientos históricos lamentables. Amo la Historia de la forja de la nación cubana porque soy también un historiador, aunque a medias.

Me resulta apasionante el modo en que se fraguó este país a partir del pensamiento criollo, que fue también desafiante, tenso, que tuvo que luchar contra muchos valladares, contra muchos esquemas, y contra el colonialismo. Admiro tanto a los escritores cubanos costumbristas: Anselmo Suárez Romero, a la novelística cubana de Ramón Mesa, de Cirilo Villaverde, a los poetas Milanés, Julián del Casal. Es mi Historia y me fascina. Me cuesta trabajo contestarte. No obstante, te pudiera decir que me hubiera gustado ser William Foulkner, Elena Poniatowska, Gabriel García Márquez. Pero son otras vidas, con otros avatares, en otros caminos. No me arrepiento de haber vivido lo que viví porque me dio una entereza, una fortaleza para resistir, que quizá si hubiera vivido con menos tensiones e incomodidades no hubiera escrito la poesía que atesoro que es lo que más cerca está de mí, no mis novelas, artículos o ensayos sino mi poesía.

Honestamente no creo que sea una buena pregunta para mí. Tal vez si se lo preguntas a otra persona te respondería que hubiera querido ser Máximo Gorki, Emily Dickinson y yo no pienso en eso. Nunca se me ha ocurrido pensar en ser otra persona que la que soy. Creo que mi vida ha sido tan rica y he tenido tantas oportunidades de desarrollarme, evolucionar, romper esquemas, de zafarme de todas esas pequeñas coyundas pequeño-burguesas, que sinceramente me siento feliz de haber luchado en esta guerra, de haber luchado contra estos demonios que me han avasallado en muchos casos. ¿Por qué ser otra persona?

Soy un poco todos mis personajes. También soy un poco el detractor de mis personajes porque los he analizado desde un laboratorio, con una mente fría, distante, pero ellos me lo han sabido perdonar. Estoy seguro que me han perdonado porque el escritor, el poeta, tiene que ser un transgresor. Por eso soy una mezcla de todos esos personajes: de Cimarrón tengo el coraje con que he enfrentado la vida, el estoicismo; tengo también de Rachel la lisura esa de tomar la vida, a veces, como un gran juego; la tenacidad del Gallego de luchar contra todos los molinos de viento; de Julián Mesa añorar a Cuba pero permanecer en el lugar que escogió, hombre que vive aislado en un sótano en Nueva York y no por eso dejó de amar a la Isla y sentir la “morriña”, como dirían los gallegos, pero que se asumió en su identidad: “soy cubano pero tengo también de inmigrante en los EE.UU.”. No sé cómo ser otro escritor, ni otra persona. No lo concibo para mí.

No se trata de egocentrismo. Es que lo que me ha dado a mí la vida, a un muchachito de clase media de El Vedado, cuando la idea era que yo me fuera para los EE.UU., a vivir allí… quizá hubiera sido profesor de Español en una escuela norteamericana, a lo mejor ascensorista o vendedor ambulante. Sin embargo, quise ser un escritor y heme aquí: desafiando el peligro porque no hay un peligro mayor que el de ser escritor. Si no eres auténtico, si no eres consecuente con tu pensamiento: la historia te condenará y las generaciones que vienen te juzgarán. De todas maneras te van a juzgar, pero no va a ser tan fácil si tu obra ha sido una exaltación de tu identidad, de tu cultura. Así, ¿quién te podrá juzgar?

Mira que le tengo admiración a Lezama porque él fue un hombre que llegó a una hondura filosófica y metafísica como ningún otro escritor cubano: “dichosos los efímeros que pueden contemplar el mundo como imagen de la eternidad”. Un hombre que escribió eso y tantos poemas extraordinarios… si te dijera un escritor cubano que me hubiera gustado ser es Lezama. Pero, por otra parte, he escapado como una ardilla al dolor con que vivió Lezama Lima. Ni él, que es el más grande, me produce querer para mí la vida que vivió.

De modo que estoy complacido con ser quien soy. Y todavía espero que me quede tiempo para demostrarles a mis lectores y a la gente que amo, facetas de mi vida que todavía no están reveladas. Están en unas crónicas que estoy escribiendo sobre los años 60 y 70. Precisamente en un poema que se llama “Los setenta” digo que: “a pesar de todo lo que pasé, heme aquí, cantando Una rosa de Francia”. Y en otro poema que se titula “Los sesenta” menciono que fueron años luminosos, están en mi cuaderno de bitácora, pero tuvieron muchas sombras asimismo. Una vida que no tenga sombras no es una vida rica. Es una existencia pobre porque en las sombras, como dicen los japoneses, también hay luz.

Convencido de haber disfrutado tanto de la vida como de la poesía y atendiendo otras zonas igualmente placenteras de la creación como son la etnología y la narrativa, llega la dirigencia. Se convierte así en Presidente de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 2007. ¿Qué problemas, desde estas competencias, diagnostica más acuciantes en la cultura cubana?

Esta pregunta que me haces es ya más formal, tiene que ver con la cotidianidad mía, con lo que tengo que afrontar diariamente. Creo que siempre las personas sensibles viven desafiando la vida, luchando contra todo lo que puede estorbar, lo que puede frenar su desarrollo. El ser humano lo que busca es la felicidad, que siempre sabemos que es pasajera. No hay una persona que no quiera ser feliz. No la conozco. Por muy masoquista que sea siempre quiere ganarse una porción de la felicidad.

Considero que hoy estamos ante un gran desafío: el mayor de nuestra Historia. Afortunadamente no somos los hombres del comienzo del siglo XX que tuvieron que claudicar ante la Enmienda Platt. Tenemos otro nivel de conciencia, otra formación, otro desarrollo, gracias a esos hombres también y a los que estuvieron en contra de la Enmienda.

Esta Isla siempre ha sido cotizada: un pastel, una fruta prohibida. No solo de los estadounidenses, también de los ingleses. No te olvides que tomaron La Habana en 1762 por tirar unos cuantos tiros, sino porque esta bahía ya era un centro de tráfico, del trasiego y cabotaje. Aquí radicaban las flotas de Indias, la española. De aquí salía el oro para Sevilla, la plata y la madera para Suramérica y la América Central, desde la bahía de La Habana. Entonces era un sitio de tráfico extraordinario, un punto estratégico. Los ingleses la tomaron contra vientos y mareas —porque hubo miles de bajas, más de 600 esclavos negros murieron en esos acontecimientos, además de ingleses, españoles y criollos. Fueron 11 meses nada más, pero La Habana claudicó.

Y esos mismos hombres que tomaron La Habana, tienen las mismas intenciones hoy de tomar esta Isla por su importancia estratégica y por el caudal que representa política y geográficamente. Entonces estamos ante un gran desafío. Tenemos que actuar con mucha reflexividad, prudencia y no olvidar algo que es muy feo plantearlo —porque no es ni elegante decirlo–, pero no nos queda más remedio a nosotros, los cubanos, que hemos sido colonizados, semicolonizados, de actuar con desconfianza. George Washington, que fue el primer presidente de los EE.UU. cuando ya el país se había liberado de la corona inglesa, estuvo aquí en Cuba como oficial de las tropas inglesas y expresó lo mismo que Benjamin Franklin, que esta era una tierra que había que ganarse, patio de los EE.UU. y tenía que pertenecerles. Hay mucha historia. La Historia de Cuba es muy rica y ha sido una trayectoria de búsqueda constante de la identidad de la nación.

¿Por qué hablamos tanto de identidad y la cacareamos todo el tiempo? Porque hemos sido colonizados. De no haberlo sido, si la guerra hubiera sido ganada por los cubanos plenamente, que se ganó moralmente pero no plenamente, no hubiera habido una intervención como la hubo aquí. No necesitaríamos hablar tanto de identidad porque nuestra Historia tendría los fundamentos necesarios para reconocerse en sí misma como una historia nacional.

Los escritores y artistas que son personas que conocen, paradigmas para la población, encargados de llevar el mensaje y ser la conciencia de la nación también, pues tienen que estar alertas ante esa situación. Es un momento difícil en que los valores nuestros, los más profundos, esta vez sí tienen que estar en la trinchera. Tienen que ser defendidos porque nuestros valores no tienen que ver con decir: “soy cubano porque soy mejor que cualquier otra persona”. Eso es un chovinismo vulgar. Sería por todo lo que hemos logrado desde que esta Isla fue descubierta por Colón o desde que se produjo el encontronazo entre dos culturas: una más desarrollada y otra que estaba en el pleistoceno, se pudiera decir. Fue un choque muy grande que produjo la mezcla de españoles con indias, españoles con negras, de negros con indias.

Toda esa mixtura produjo lo que somos hoy, pero dentro de ese producto que es químico y humano, nació una conciencia de figuras como José Agustín Caballero, Félix Varela… nos enseñaron que éramos “algo”, no una colonia más de España, que teníamos nuestros propios valores, nuestras expresiones culturales, nuestro imaginario. Así desde la gran sublevación de los vegueros, en el siglo XVIII, el sentimiento criollo se forjó con mucha fuerza. Y ahí están las figuras de José de la Luz y Caballero, Domingo del Monte… que podían tener contradicciones, pero eran figuras que iban mirando hacia una órbita de mayor cohesión cultural, hacia la demostración de que estábamos creciendo, de manera distinta a los españoles, de manera distinta a los americanos.

Creo que esta reflexión lleva a que tenemos que estudiar más la Historia de Cuba, divulgarla más, con una lectura contemporánea. Sin olvidar los postulados de los grandes historiadores, por supuesto, como Fernando Ortiz, Emilio Roig de Leuchsenring, José Luciano Franco, Manuel Moreno Fraginals, Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo. Tenemos que ir hacia todo eso: hacia la figura de Carlos Manuel de Céspedes, Bartolomé Masó, un hombre que respeto mucho y al que le arrancaron la presidencia del país cuando se la merecía, y sobre todo hacia ese misterio que nos acompaña como decía Lezama, que es José Martí, que creo fue el que mejor comprendió a Cuba y el que más la amó también.

Hay que ver que ese poeta que fue uno de los pioneros del modernismo, y de la poesía libre, forjó un ideario —compartido con Antonio Maceo— que luego se malogró porque vino el clientelismo y los americanos se impusieron aquí, y con la donación de tierras a los generales y coroneles, vino la corrupción. Se frustró el pensamiento de José Martí y Antonio Maceo. Eso está explicado en libros de historia recientes… y es muy triste: tenemos que luchar contra todo eso y saber que estamos en una trinchera de pensamiento y que no podemos dejar que nos manipulen, y menos que nos vejen y humillen. Tenemos mucha dignidad, y esa es el arma más poderosa: la dignidad y la riqueza espiritual, gracias a toda esa historia.

Esa riqueza espiritual que no la sientes porque es intangible, pero es más fuerte que una muralla y es la que ha sostenido los valores de la Revolución Cubana, de cohesión social, porque la economía ha fluctuado siempre y depende de las metrópolis, de los poderes, de la bolsa, de los altibajos, de las finanzas, de los caprichos políticos. Pero la espiritualidad es invencible porque yo digo que la cultura —y la espiritualidad es parte de la cultura— es una puerta grande que cuando se abre al alma humana no hay dios que la cierre, ni así venga Atila y trate de pisotearnos. Esa espiritualidad es la que ha movido este pueblo, y a los escritores, poetas y artistas. Creo que en eso tenemos que estar claros.

Sé que hay muchos problemas, necesidades, contradicciones, que hay una solapada corrupción, burocratismo… ¿qué sociedad no tiene todo eso?, pero por encima de ello está la estrella, esa estrella que es una sola. A nosotros nos basta con una. No queremos una bandera con muchas como hay algunos países que la tienen —hasta 50. Es como el poema de Nicolás Guillen: “el sol enérgico que amanece en nuestra venas”. Esa espiritualidad es la que sostiene nuestra vida y la sociedad cubana, sin lugar a dudas. No es un valor abstracto, es algo que se demuestra todos los días, en el gesto más nimio, más oculto, en el gesto más sorprendente del cubano está presente. Es también lo que yo he querido dar en mis libros, en mis prosas y poemas.

Con perdón de las normas al uso, para revelar el criterio que me coloca ante la urgencia de solicitar una última pregunta no me queda otra elección que ser categórico: usted es una persona muy rica que se resiste a la excavación. Consecuencia quizá de biógrafo superior, prefiere la escritura como modo confesional y de autorretrato. Trabaja en unas crónicas, ¿tiene nombre ese conjunto?

No, son crónicas de viajes, de aventuras, no tienen nombre.

En calidad de etnólogo sé que no se resistirá en esos textos al trazado de personajes reales y nuevos arquetipos cubanos que, a la altura de este siglo, han tomado distancia de los costumbristas: gallego, cimarrón… ¿Qué verdad hay en ello?

Aludo, sí, a personajes reales. Pero las crónicas no se van a publicar mientras esté en este trabajo. Y claro, esta sociedad ha construido nuevas maneras y nuevos arquetipos, de humildad, de confraternidad, pero también está el solapado, y ese es el más peligroso…

¿Es ese arquetipo del solapado, precisamente, el que enjuiciará en su literatura más reciente?

No sé si es el que hay que denunciar en la literatura. Creo que ella no necesariamente tiene la obligación pedagógica de denunciar o de ser moralista, pero sí hay que plasmarlo porque está presente. Ese solapado es el corrupto, el burócrata, el que te pisa la cabeza, el que es más extremista que nadie… Cuántos no conocí yo en los años 60 y 70 que me miraban de soslayo y de reojo, que no me saludaban en la calle porque yo tenía la marca de la estrella de David, para usar una metáfora, y hoy están, ¿dónde? No voy a decir dónde porque no soy delator, pero no donde tendrían que estar que es aquí. Los conozco y van a estar ahí, en ese retrato en vivo, pero voy escribiendo lentamente sobre esas cosas.

Tengo preparada una antología grande de mi poesía, digo grande en tamaño, porque yo he publicado selecciones, pequeñas antologías que han hecho otras personas y a quienes les agradezco; por ejemplo, Con pie de gato, Itinerario inconcluso, Viendo mi vida pasar. Pero esta es una antología personal porque cómo vivir sin la poesía, yo no entiendo. Sé que se puede vivir sin árboles, sin pájaros y sin agua, como decía Borges, pero no se puede vivir sin libros, continuaba diciendo, y yo digo que no se puede vivir sin poesía… se habla ahora de “los portadores energéticos”, qué frase tan… cómica, ¿no? (risas). Cada vez que oigo hablar de portadores energéticos digo: “¿y la poesía qué cosa es?” Es un portador energético supremo porque la poesía no tiene mapa, calendario. La poesía es eterna.

Miguel es un entrevistado escurridizo. Insaciable como un hombre de mar. Inagotable como la poesía.

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