Elogio a Carlos Díaz

Vivian Martínez Tabares • La Habana, Cuba
Fotos: Claudio Sotolongo
 

Desde que el 13 de enero circuló la noticia del acontecimiento que nos reúne esta tarde, la entrega del Premio Nacional de Teatro 2015 a Carlos Díaz, la escena cubana toda está de fiesta. Porque al reconocer a quien ha sido y es protagonista de la creación teatral de los últimos 25 años, el Premio se pone al día en consonancia con lo más vital y productivo, y con lo mejor de esa experiencia de diálogo necesaria que es para los cubanos el teatro.

Imagen: La Jiribilla

Por eso hoy están de fiesta centenares de actores y actrices, asesores, diseñadores escénicos, músicos, bailarines, coreógrafos, técnicos y estudiantes de teatro que han tenido la suerte de formar parte de Teatro El Público o de compartir el oficio con este líder juguetón y cariñoso, paternal y exigente. Sería imposible nombrarlos, pero cada uno de ellos está con nosotros.

Están felices también los artistas que comparten con Carlos desde otros espacios, la consagración y entrega, el amor al teatro cubano. Mayores y menores que se acompañan en el empeño de seguir creando mundos humanos y utópicos que nos expresen.

Estamos felices decenas de críticos e investigadores teatrales que hemos aprendido y crecido con él, gracias a su habilidad para construir tramas imaginadas pero posibles, para escribirlas y rescribirlas en el espacio, por medio de la conducta y el gesto de los actores y de la espléndida trama visual, siempre hermosa, siempre audaz, siempre sustentada en una teatralidad rotunda, múltiple, transgresora como todo buen arte.

Pero sobre todo, está muy feliz el público teatral que ha sido para Carlos su gran motivación, desde que robó a Lorca el título de su gran pieza experimental y decidió construir un espacio en el que, como un templo, se oficia para uno y para los otros, se evoca y se aprende, se goza y se festeja. Para decirlo en mínimas palabras: se hace TEATRO —y lo escribo en mayúsculas.

Los espectadores que una noche en las postrimerías de los años 80 Carlos Díaz se propuso conquistar han sido desde entonces sus fieles seguidores, y su principal incentivo para construir belleza y regalárnosla a cada uno, en un acto de seducción que es tributo a la mejor tradición del arte y la cultura cubanos, a la comunicación humana, a la plenitud del cuerpo y el espíritu.

Imagen: La Jiribilla

La saga de este artista revela su pasión escénica cuando muy joven fundó en Bejucal el grupo Teatro Ensayo y con él llevó a escena un repertorio tan amplio que incluyó el montaje de obras de Martí y Lorca, en personales rescrituras que llamó “compilaciones”. También a Chejov, Strindberg, Sartre y Sastre, en anticipación a lo que haría luego, como profesional, desde este y otros escenarios. En paralelo, matriculó Teatrología y Dramaturgia en el primer curso regular del Instituto Superior de Arte y fue acumulando un sólido saber acerca de la historia y la tradición, la teoría y el análisis, que le serviría para, luego de prácticas de alto nivel con Teatro Irrumpe o el Ballet Teatro de La Habana, revelarse como un director seguro, resuelto a convencer con una poética nueva, deudora de la magnífica espectacularidad de Roberto Blanco y del desenfado febril de las Charangas de Bejucal, pero definitivamente propia, plena de goce por el artificio y de raigal vocación paródica.

Cuando Carlos eligió como tema para su tesis de grado en el ISA, el estudio de la dramaturgia de Abelardo Estorino, de quien era devoto desde que en 1982 se aventurara con El peine y el espejo, concretaba una elección conceptual.

Si la obra de Estorino —a quien le hubiera encantado estar aquí esta tarde, feliz por Carlos—, se caracterizó por su arriesgada búsqueda de la verdad, Carlos Díaz decidió seguir su impronta ética desde la dramaturgia espectacular, porque las subversiones y transgresiones que tanto le ha gustado emprender, contra lugares comunes, costumbres que a fuerza de repetición se han vaciado de sentido, o tabúes retardatarios, afirman la verdad de las cosas y la validan en legítima defensa de los más auténticos impulsos.

Imagen: La Jiribilla
Madres de Peer Gynt

En épocas en que aún no celebrábamos la Jornada contra la Homofobia, los montajes del Teatro El Público defendían la libre orientación sexual y el espacio para la diferencia. Cuando la sociedad cubana no cuestionaba la unanimidad de criterios, paralizante y negadora de la complejidad de muchos procesos vitales, Carlos proponía un prisma en el que coexistían diversas maneras de mirar la realidad.

Si la obra de Roberto Blanco comportó un sostenido homenaje a la tradición cultural de Cuba y el mundo, Carlos emprendió conscientemente su relevo, no solo al heredar el cuidado extremo por una estética con sentido, sino también al hacer divisa de su labor el rescate memorioso de figuras, títulos y experiencias medulares de la escena cubana, viajes a las semillas del teatro que somos hoy y que recuerdan caminos extraviados para activar la memoria necesaria.

Carlos mezcló los oropeles de Roberto con los de la Charanga, consciente de que si tanto ha insistido en cuidar el teatro, es para entregar lo mejor a su destinatario principal: el público, proclamado y apelado en cada aventura, con letras de gran puntaje e imágenes seductoras volcadas hacia afuera.

Su labor creadora se traduce en la consolidación de una poética inconfundible aunque de variado registro, siempre creciente y abierta a replantearse caminos, que se concretan en una larga saga de experiencias artísticas memorables, al confrontar textos de Williams, Anderson, Genet, Shakespeare, Camus o Fassbinder; de  Virgilio Piñera, Abilio Estévez, Senel Paz, Norge Espinosa, Adolfo Llauradó y Héctor Quintero, y al emprender con un joven autor como Rogelio Orizondo un fecundo taller desde un modestísimo magisterio. En cada una de esas escalas artísticas, Carlos Díaz nos ha admirado con su cultura, nos ha encantado con su innegable carisma y con su capacidad para aglutinar actores y otros creadores de la escena de las más diversas promociones y procedencias, y nos ha movilizado a pensar en el sentido de sus discursos, sin dejar de hacernos parte del placer que es cada encuentro efímero con su trabajo.

Entre la mascarada y la revelación descarnada o festiva, el simulacro y el juego paródico, la cita y la aseveración comprometida, Carlos nos ha atrapado por 25 años y ha hecho de este, su palacio habanero, el ágora al que muchos necesitamos volver, una y otra vez, para pensar y divertirnos a coro.

Por eso quiero terminar con las mismas palabras con que concluí mi fiesta personal el pasado 13 de enero. Cuando los miembros del jurado del Premio Nacional de Teatro 2015: Verónica Lynn, Carlos Pérez Peña, Juan Piñera, René Fernández Santana y Osvaldo Doimeadiós se decidieron por Carlos Díaz, votaron por el presente y por el futuro del teatro.

Muchas felicidades para Carlos y para todos los que hemos hecho del teatro cubano parte de nuestras vidas.

 

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