Mi director y mi maestro

Norge Espinosa • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del autor
 

La acomodadora de la sala Covarrubias, al poner en mis manos el cartel de la Trilogía de Teatro Norteamericano que le acababa de comprar, me miró con una mueca en el rostro y me espetó: “Ay, mi´jo, ¿y a ti te gusta eso que están poniendo allá adentro?” Se trataba de Té y simpatía, la segunda puesta de aquel acontecimiento que nos hizo saber que Carlos Díaz Alfonso no era solo ya el antiguo asesor de Teatro Irrumpe, ni el integrante de la aventura transgresora de Ballet Teatro de La Habana, sino un director de cuerpo entero, dispuesto a provocarnos. Todo aquello sucedía en 1990, y a 35 años de aquella noche, su nombre y su manera de hacer siguen siendo capaces de despertar las reacciones más diversas. Irrita, molesta, seduce, encanta, enamora, inquieta. Lo hace una y otra vez. Y jamás deja que arrancarnos polémicas, pasiones. Y aplausos.

Imagen: La Jiribilla
Trilogía, 1990
 

Teatro El Público es un acto de complicidad. Basa su poética en esa relación dinámica, interactiva, y explosiva del escenario con la platea. Una pasarela enlaza ambos espacios, los une a manera de cordón umbilical para que sepamos que no hay tal distancia, que el acto de representación según Carlos Díaz lo imagina se extiende de un punto a otro, sin intermedios ni zonas de silencio. En el Trianón, cuartel de mando de este grupo desde 1994, se han representado textos de Lorca, Sartre, Camus, Chéjov, Fernando de Rojas, Abilio Estévez, Piñera, Fassbinder, Yasmina Reza, Racine, y tantos más, hasta llegar al joven Rogelio Orizondo y su Antigonón. La galería de fotos no deja mentir: hay en todas esas puestas, como denominador común, un sentido espectacular que ya desde el diseño quiere cautivar, tocar al espectador desde el buen gusto. Pero también la intención es mostrar la garra y el puñal que se ocultan bajo el armiño, bajo el corte de un cuello a la moda, tras el talle fashion que un personaje (hombre o mujer, en Teatro El Público eso no importa), muestra sin recato para revelar su identidad más secreta. El aire festivo se combina con drama de alto vuelo, la pelea de pasiones se deja envolver en la seda más fina, el hecho teatral deviene concelebración en la cual los cuerpos, y sus entrañas, son el espectáculo más perdurable.

Carlos Díaz es el director-autor de nuestra escena. Como ningún otro, procura que sus espectáculos mantengan ese sello personal, que lo lleva a establecer lecturas arrasadoras de cada texto que añade a su repertorio. En la Trilogía, desmontó esos tres famosos títulos del teatro sicológico estadounidense para sacar a la luz los traumas de sus protagonistas, eludiendo la censura que sufrieron algunos de ellos cuando Hollywood los adaptó a la pantalla, y subrayando la autenticidad de los deseos de esos personajes. Tejió, con la ayuda de Armando Correa, su asesor de aquellos días, una red común entre los parlamentos de las obras escogidas, y así Blanche Dubois pudo tener diversas encarnaciones en cada secuencia de la Trilogía. Las bandas sonoras concebidas por Juan Piñera se confabulaban con el vestuario espléndido de Vladimir Cuenca y los telones de Consuelo Castañeda, entre los cuales los actores y las actrices desnudaban, literal y figuradamente a sus personajes, para asombro, escándalo y gozo de los espectadores que repletaban la Covarrubias. Abigarramiento, posmodernidad, desacralización, carnavalización: todas esas etiquetas persiguen desde entonces a Carlos Díaz que hoy, a la vuelta de todo, puede escoger como el pintor bien entrenado entre todos esos matices aquél que le parezca mejor para la nueva pieza que planea estrenar.

Imagen: La Jiribilla
Josefina la Viajera, 2010
 

De la amplitud de la sala Covarrubias a la caja negra de la sala Llauradó. Del Trianón, que se ha ido reformando a su gusto desde aquel año 94 hasta la reparación capital emprendida bajo las órdenes del entonces presidente del Consejo Nacional de las Artes Escénicas, Julián González Toledo; a los pasillos de la Casona de Línea que alguna vez albergara los ensayos de Teatro Estudio. Desde una galería en ruinas hasta el teatro Colony de Miami, en pleno Lincoln Road. Y de ahí a tantos cardinales, Teatro El Público ha sabido mostrarse como un acto vivo de reinvención y magia escénica constante. La herencia charanguera de su director, nacido en Bejucal, da color restallante a varios de esos montajes; mientras que otros apelan a tonos más sombríos, a la intimidad desgarradora de títulos como ¡Ay, mi amor!, Josefina la Viajera, Anna y Martha y Gotas de agua sobre piedras calientes. El carnaval y el eco tan necesario de otras fiestas populares suben a las tablas con títulos como La Celestina y Noche de reyes, que sumaron cien funciones o más, y trajeron hasta la sede de Línea y Paseo a espectadores muy jóvenes. A cada uno de ellos habrá llegado el impacto de estos montajes, que hablan al teatro cubano del pasado rindiendo tributo a maestros como Roberto Blanco, Vicente Revuelta o Berta Martínez; al de la contemporaneidad, en diálogo vibrante con el quehacer de otros creadores que ahora mismo cubren las carteleras; y con el del futuro, ganando aplausos y dejando abiertas las puertas del Trianón para que vengan más personas cada fin de semana. La casa de Carlos Díaz es el teatro. De esa fiebre nos ha contagiado. Y con esa fiebre salieron a la calle quienes asistieron a la ceremonia de entrega de su Premio Nacional en la tarde del 22 de enero, a parar el tráfico mientras retumbaban los tambores de las Charangas de su Bejucal.

Imagen: La Jiribilla
!Ay, mi amor!,2008
 

He sido su asesor y dramatista desde el 2001. Van a ser ya casi 15 años desde que por fin, tras mucha espera y perseverancia, logré ocupar la plaza que antes fuera de Mandy Correa, de Joel Cano, de Abilio Estévez y de Esther María Hernández. Soy la persona que he permanecido por más tiempo en ese puesto, y ello ha exigido de mí el acomodar piezas de la dramaturgia clásica y contemporánea al gusto de Carlos Díaz y Teatro El Público, desde Shakespeare hasta Dea Loher. Soy el primer crítico de sus espectáculos, porque los veo nacer desde que me entrega el libreto a trabajar, y curiosamente, el que debe esperar a las reacciones de mis colegas para saber si nuestras decisiones fueron las más provechosas. A su lado, mientras él fuma, recuerda escenas de películas y de montajes que lo fascinaron, desgranando anécdotas sublimes o estrepitosas, he aprendido a amar el teatro cubano, que pasa a través de todos sus gestos, y se reafirma en lo que sus actores van recogiendo luego. Por culpa suya, he tenido diálogos con artistas como Bárbara María Llanes, Ulises Hernández, Roberto Ramos Mori, Carlos Repilado, y otros que ya he mencionado aquí, junto a una legión de intérpretes que van a la televisión, al cine, a otros grupos o países, y siempre quieren regresar a él. Entre los veteranos están Héctor Noas, Broselianda Hernández, Yeyé Báez, Fernando Hechevarría y Mónica Guffanti. Y tantos más, ahora multiplicados en esa Colmenita Carlos Díaz, como le digo para molestarlo, llena de jóvenes hermosos y desaliñados, que suben a las tablas donde esos otros les precedieron para ir creando una tradición que es ahora mismo toda la órbita de Teatro El Público. He aprendido, bajos sus órdenes, a ser más disciplinado, y más rebelde. Más caprichoso y al mismo tiempo, a estar más alerta para proteger lo que el grupo, el teatro, siempre frágil, puede ser. De tanto verlo dirigir, ya sé qué manías suyas me gustan y cuáles no. Y también tengo mi selección personal, la lista de sus obras que creo han servido para que, por encima de recelos y tendencias, pocos puedan discutir este premio que ahora se le ha entregado.

Si tuviera que decir públicamente cuáles son sus montajes que prefiero, aquí están:

1990. Té y simpatía, la relectura inteligente y desembozada de una obra menor del teatro norteamericano de los años 50, que puso este título de Robert Anderson a la altura de lo que las otras piezas de Tennessee Williams que integraban la Trilogía nos dijeron rotundamente. Diseños, banda sonora, lectura aguda y actualísima que vencía tabúes y recelos de muchos tipos. La voz de Klaus Nomi al inicio, la temblorosa taza de té en las manos de María Elena Diardes, y el recuerdo de Javier Fernández.

1993. La niñita querida, el texto inédito de Piñera se convertía en una fiesta arrasadora, procaz, en pleno Período Especial, convirtiendo al teatro en ágora de discusión pública, con aire de festejo deslumbrante. Caterina Sobrino y Adria Santana en duelo memorable. Teatro El Público, nacido un año antes con Las criadas, ganaba su carta de presentación.

1994. El público, pocos directores se atreven a montar esta pieza desconcertante de Lorca, que no ha sobrevivido íntegramente, y que guarda las obsesiones más oscuras y poderosas de Federico. En la sala Hubert de Blanck, en un verano de altísimos calores, cuerpos desnudos y hombres que se daban caza en la noche del teatro. Luego vendrían otras dos versiones de esa puesta. No dudo que en algún momento Carlos Díaz imagine una más.

1996. Calígula. En el Trianón, aún como cine, se alzaban los telones que Consuelo Castañeda imaginó para la Trilogía. El imperio romano era una metáfora del poder absoluto y una versión irónica de muchas interrogantes. Roberto Bertrand como un protagonista en pleno dominio de todas sus capacidades. Queriendo ser un montaje donde lo visual no fuera tan absorbente, Calígula logró su propio índice de belleza. Y nos convenció de la madurez de un director que no quería ser solo espectáculo.

Imagen: La Jiribilla
El público, 1994
 

1999. María Antonieta o la maldita circunstancia del agua por todas partes. Xenia Cruz y Sandra Ramy, bailarinas, se enrolaron con varios actores de Teatro El Público sobre la voz de Elena Burke y el espíritu de Virgilio Piñera para desarmar nuestras historias familiares. Una segunda versión, en la que Waldo Franco encarnaba al poeta y dramaturgo cubano, fue aún más lejos. Sin ser exactamente su biografía, la vida del autor de Electra Garrigó se contaba a partir de un álbum más interesante y secreto.

2001. La Celestina, el texto de Fernando de Rojas fue un encargo para celebrar la edición príncipe de esa obra humanísima, que Carlos Díaz reinventó como fiesta de los sentidos. Fue mi primer trabajo en grande como dramaturgista, junto a Abel González Melo, para el grupo. Salí de viaje antes de su estreno. A mi regreso, fui casi desde el aeropuerto a una función. Si en el escenario sucedía algo interesante, ver el rostro de los espectadores no lo era menos. Teatro en, y delante del escenario. La Celestina fue un fenómeno de 150 representaciones.

2003. Ícaros, de Norge Espinosa. Escrita específicamente a petición de Carlos Díaz, fue una doble prueba de fuego como asesor y como dramaturgo. Me ahorro detalles extremadamente personales, pero creo que como espectáculo sobrepasa cualquier impresión que pueda dar aquí para confirmarse en tanto digno ejemplo del ingenio de este director. Aún sus espectadores recuerdan las funciones que Yailene Sierra despedía con un monólogo deslumbrante.

2005. Santa Cecilia, de Abilio Estévez. Osvaldo Doimeadiós era una lección de cubanidad en este unipersonal que rescataba el hermoso texto para alzarlo como un tributo sucesivo a la cultura de la Isla. En un Trianón sin aire acondicionado, bajo oleadas de calor, noche a noche este actor era la anciana imaginada por Estévez y muchas otras presencias. No me cansaré de pedirle a Doimeadiós que siga, de vez en vez, representándolo.

2005. La puta respetuosa, de Jean Paul Sartre. El homenaje al novelista y filósofo, a partir de una de sus piezas más socorridas, devino sex show, cabaret siniestro, jaula en la cual una mujer era violada y estafada noche a noche. Yailene Sierra era la Puta del Cántaro. Una serpiente anudada a su cuello, y otra en su antebrazo. La jaula, iluminada por bombillos ahorradores, se encendió durante cien funciones.

2006. Las relaciones de Clara. En la vieja Casona de Línea donde Teatro Estudio tuvo su local de ensayos, la tropa de Carlos Díaz pintó muros, alzó paredes, y contó yendo de cuarto en cuarto la historia desesperada que la alemana Dea Loher creó para su personaje. Ysmercy Salomón era Clara. Trenzas, cara malhumorada, y sinceridad a prueba de teatro. Alguien se robó el telón que, a la entrada de la casa, anunciaba en letras doradas sobre fondo rojo el título de la puesta en escena.

2007, ¡Ay mi amor!, Norge Espinosa a partir de las memorias de Adolfo Llauradó. Sobre los recuerdos de un gran actor cubano, y textos de Chéjov y Shakespeare, nació este monólogo. De no haber tenido la guía de mi director, no hubiera sido capaz de organizar esos fragmentos para que Léster Martínez viviera la piel y las nostalgias de un intérprete al que no vio en su plenitud. Un espejo al fondo evitaba cualquier artilugio. Nos veíamos en esa superficie bruñida, junto a Lester, todas las noches.

2008, Las amargas lágrimas de Petra von Kant, de R. W. Fassbinder. Probablemente mi puesta preferida entre todas las de Teatro El Público. Un elenco pequeño y preciso, una obra que quisimos hacer siempre y el recuerdo de Fassbinder como reto. Fernando Hechevarría en una clase magistral. Yanier Palmero fue una Marlen elocuente en su silencio. Hasta los enemigos de Teatro El Público reconocieron el triunfo de este espectáculo, que ojalá se repusiera alguna vez en una larga temporada.

2010, Anna y Martha. Otra vez Dea Loher. Ysmercy Salomón, Tamara Venereo, Gilda Bello y Carlos Riverón, en la sala de una galería en ruinas, que Casa de las Américas prestó como escenario de esta fábula de vejez y utopías en derrota, decorada por Roberto Ramos Mori. La amargura del texto y el elenco convincente, me regalaron varias noches de estremecimiento.

2011, Noche de reyes. Para vengarse de un Rey Lear que se le escapó, vino al repertorio de Teatro El Público este Shakespeare festivo, procaz, hermano de La Celestina. Cien funciones en Iliria, el país imaginario en que los hermanos gemelos cruzan identidades y amores, con espectadores que esperaban ansiosos fuera del teatro, hasta que todos entraban a llenar los pasillos para divertirse y aplaudir una vez más.

Imagen: La Jiribilla
Ana en el trópico, 2013
 

2012, Gotas de agua sobre piedras calientes. Fassbinder nuevamente, negando aquello de las segundas partes, en el espacio pequeño de la sala LLauradó. Héctor Noas, Héctor Medina, Clara de la Caridad e Ysmercy Salomón bailaban cada noche con el tema de Raffaella Carrá como pretexto de un juego de amor y engaño infinito. Y la belleza del idilio era la pista de baile. Un elenco del que me enamoré. De todos y cada uno de ellos.

2013, Antigonón, un contingente épico. El verbo desaforado de Rogelio Orizondo, el mito de Antígona, se unía a los héroes muertos, a la idea de una Cuba política en la que el propio director sugería y buscaba enlaces incómodos. Actrices y actores mostraban sus cuerpos como estatuas de nuestro arte monumentario. La patria como un cuerpo joven que profería palabras como golpes.

Acaso esos sean mis momentos preferidos de Teatro El Público. Pero hay otros, que tienen que ver con la escena y otras cosas. Valga recordar uno, el del encuentro en el salón de ensayos del Trianón de los miembros del elenco de Ana en el trópico. Figuras radicadas en Miami se unían a las que los esperaban en La Habana para traer a Cuba la pieza de Nilo Cruz. Los abrazos, los hallazgos, el diálogo común que los unió, añadió emociones a lo que como acto público ya proponíamos con ese Premio Pulitzer que habla de una Isla tan distinta y tan necesaria. Todo eso se lo agradezco a Carlos Díaz. A Teatro El Público. A mi director. Que es capaz de abrazarme y de atormentarme. De regalarme, como sólo él sabe hacer, un golpe de memoria para que no se me olvide que el teatro se hace con el alma y con el cuerpo. Felicidad entonces, a ti, a usted, mi director.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato