Ignacio Echevarría:

"Lo determinante en la novela
es la construcción del sentido"

Leandro Maceo • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía de Casa de las Américas
 

El editor y crítico español Ignacio Echevarría ha tocado puerto en La Habana, esta vez como jurado en la categoría Novela del Premio Casa de Las Américas en su 56 convocatoria.

Alejado de la crítica “militante y regular”, Ignacio se reconoce un “lector caprichoso”, con muchas deudas por satisfacer todavía, con lagunas por llenar y a la vez con una curiosidad por lo que se hace actualmente.

Imagen: La JiribillaDurante las lecturas de los jurados en la ciudad de Cienfuegos
 

Quizá ello explique el por qué se le sobrecoge un poco la voz cuando habla de sus dificultades para conciliar sus pulsiones como lector y el tiempo real que tiene para hacerlo; de cómo las lecturas “aplicadas” (relacionadas con su trabajo como editor o como comentarista) le dejan muy poco margen para las lecturas libres, exploratorias, de placer.

Pero las inclinaciones de Ignacio no están limitadas a la lectura. Su mayor interés actualmente está depositado en la factura de un libro de ensayos sobre las relaciones entre la novela y la ficción, con la idea de cuestionar que esta última sea intrínseca al género.

“Se suele asociar la novela a la ficción. Pero la ficción es solo un mimbre más (aunque sin duda muy importante) de los que dispone el novelista. Se puede escribir novelas sin inventar nada. Lo determinante, en ella, es la construcción del sentido, que puede hacerse a partir de materiales extraídos directamente de la realidad, sin recurrir a la ficción.

“Una de las tendencias más acusadas de la narrativa contemporánea es la novela de no-ficción. En España, Javier Cercas, que trabaja en esta línea, ha puesto en circulación el término, para mí demasiado equívoco, de ‘relatos reales’. Como sea, se trata de poner en juego elementos que no surgen directamente de la imaginación del novelista. Los cruces cada vez más frecuentes entre periodismo y novela, entre testimonio y novela; la frecuencia con que se recurre a los materiales de la propia vida para armar lo que se ha dado en llamar ‘autoficciones’… Estos y otros muchos indicios apuntan a un descrédito de la ficción pura, quizá motivado por la sospecha de que la realidad misma, tal como nos suele ser presentada, relatada, es ella misma una ficción.

“Lo decisivo, cuando se trata de novela, es que, por el simple hecho de serlo, se sustrae a la prueba de la verdad, de la veracidad. Como ya he dicho, lo propio de la novela es trabajar en la creación del sentido. La búsqueda del tiempo perdido, de Marcel Proust, ha sido objeto de minuciosos rastreos que permiten identificar casi todos sus personajes y situaciones con personajes y situaciones reales. Pero el producto dista mucho de ser una autobiografía ni nada que se le parezca. Es una novela, y de las más grandes, por la construcción, a partir de lo vivido, de un sentido.

“Me interesa trabajar a fondo en esta dirección, la de las relaciones entre novela y ficción, desautomatizando la tendencia a identificar una con otra”.

¿Cómo ve a la literatura que se produce en el continente latinoamericano hoy día? ¿Qué la distingue o la asemeja a las corrientes de una década atrás, digamos?

Ante una pregunta así mi primer reflejo es impugnar que podamos hablar tranquilamente de la narrativa latinoamericana, un concepto que engloba realidades muy diversas y heterogéneas. ¿Quién puede pretender tener una visión de conjunto de una literatura que comprende más de veinte países, dos continentes y cerca de cuatrocientos millones de hablantes? Me parece que la simplificación inevitable que conlleva la etiqueta de literatura latinoamericana suele servir para designar una serie de producciones literarias que circulan internacionalmente bajo esa rúbrica pero que no estoy seguro de que sean representativas.

La circulación internacional de la literatura latinoamericana me parece sometida a unos estándares tanto de lengua como temáticos que desvirtúan esa riqueza y diversidad de la que estamos hablando. Es decir, nos tendríamos que plantear hasta qué punto podemos hablar de una literatura común cuando nos referimos a realidades tan absolutamente divergentes como la de El Salvador o Chile, México o Uruguay, Cuba o Perú. Por si fuera poco, la diversidad latinoamericana incluye además la cada vez más potente comunidad latina que vive en EE.UU.

La conquista pendiente para la literatura latinoamericana es ser apreciada y descrita en su diversidad y en su complejidad, antes que como un todo. Cualquier búsqueda panorámica tendría que intentar poner en relieve las diferencias, tanto o más que los puntos en común.

En cuanto a la evaluación del conjunto, creo que en los últimos diez años, gracias al “efecto” Bolaño, han reverdecido la atención y la expectativa hacia esta literatura. Han emergido nuevas generaciones de escritores latinoamericanos que se sirven de las facilidades que brinda la globalización para viajar más, para comunicarse mejor entre sí; la red contribuye a establecer discusiones y complicidades, y en ese sentido se está operando un cierto cambio que abre el margen para nuevas expectativas. En cualquier caso, la situación actual no es en absoluto comparable a la del boom de los años sesenta, por muchas razones.

¿Qué elementos tiene en común el hacer de los escritores latinoamericanos, teniendo en cuenta las fronteras de un continente multilingüe, multiétnico y multicultural como el latinoamericano? ¿Qué los acerca o los aleja entre sí?

Soy incapaz de detectar directrices comunes, excepto en cuestiones muy superficiales. Lo único que percibo con claridad es la forma en que el mercado internacional potencia un modelo de escritor que a mí es el que menos me interesa. Me parece urgente reflexionar una y otra vez sobre el alcance del término latinoamericano entendido como denominador común de una diversidad cultural que a ratos se me antoja inconciliable. Ese denominador común lo procura, en primera instancia (acaso la única segura) la lengua común, si bien no cabe olvidar que en Latinoamérica conviven múltiples lenguas, un dato este que se suele obviar con demasiada tranquilidad. En una capa más superficial, los rasgos comunes son los característicos de un planeta globalizado, sometido a la hegemonía cultural del mundo anglosajón, a las condiciones de vida propia de las grandes ciudades, a los efectos de la cultura de masas, de los medios de comunicación, etcétera. Pero eso no distingue lo latinoamericano, cuyos rasgos más propios habría que irlos a buscar, más allá de la lengua, en el sustrato de la historia compartida.

En otras ocasiones, hablando de la literatura latinoamericana, me he servido de la comparación con el fútbol. Como es sabido, este último se juega en dos circuitos, el nacional y el internacional. El verdadero aficionado sigue con interés los partidos que se juegan tanto en uno como en otro circuito. Pero a nadie se le oculta que no es lo mismo defender al propio equipo, el que juega semana a semana la liga, que a la selección nacional. Ésta constituye un reflejo distorsionado, y no necesariamente representativo, del fútbol que se juega en la liga. El aficionado sabe que se trata de cosas diferentes, por muchos que intervengan los mismos jugadores y estemos hablando del mismo deporte. No sé si me explico. Lo que vengo a sugerir, trasponiendo el símil al continente latinoamericano, es que lo que pasa por literatura latinoamericana constituye una representación muy escorada de una realidad que el conocedor de una determinada tradición conoce y vive de muy otra manera, pudiéndose dar el caso de escritores que, aun habiendo obtenido cierto éxito en el extranjero, apenas despiertan el interés en su propio país.

Prosiguiendo con el símil (que se me antoja, a medida que hablo, cada vez más disparatado), se me ocurre que se da el caso, en la actualidad, de escritores que piensan únicamente en formar parte de la selección nacional, sin jugar antes en ningún equipo local. Pero eso, en el fútbol al menos, no es lo razonable.

¿Considera que la comercialización del libro debe responder a alguna que otra regla del mercado? ¿Qué ocurriría si así fuera? ¿Cuáles serían las consecuencias directas para los lectores reales o en potencia de un continente como el latinoamericano marcado por hondas desigualdades sociales?

Latinoamérica tiene pendiente el reto de mejorar sus cauces de comunicación cultural. Hay problemas que no se resuelven sólo con internet. La red de distribución y circulación de los libros responde a un esquema que delata todavía la herencia colonial, con España actuando como metrópoli. Se trata de una estructura que han replicado las grandes multinacionales del libro. Paradójicamente, éstas raramente trabajan con una visión de conjunto.

Los autores confían a ellas sus derechos internacionales para ver luego cómo sus libros quedan confinados en su propio país, impedidos de ser publicados en otros países por otras editoriales. Urge romper esta situación, de consecuencias funestas. De otro modo, se perpetúa, a costa de los países pequeños, la hegemonía de los núcleos de poder: España, en primer lugar, luego Argentina, México, Colombia, y poco más.

Cuando hablamos de literatura latinoamericana, ¿dónde están la paraguaya, la hondureña, la ecuatoriana…? ¿Qué pasa con estas literaturas? ¿Qué sabemos de ellas? ¿No hay nada allí? A lo mejor no hay nada, pero tal vez lo que haya sean literaturas pequeñas que no han encontrado una onda de difusión suficiente.

Tendrían que diseñarse nuevas políticas culturales. Y la prioridad la tendría que constituir la potenciación de los cauces de circulación de libros y productos culturales entre los diferentes países latinoamericanos. El trabajo que se hace con las ferias y con los festivales intenta paliar la falta de adecuadas políticas estatales, pero queda mucho por hacer.

Por otro lado, para pensar la literatura latinoamericana nos faltan perspectivas de conjunto. Apenas se dispones de plataformas en las que se practique una crítica fiable. En poquísimos países hay una prensa periódica que tenga buenos suplementos literarios, con buenos críticos, y de ello se deriva cierto desamparo del escritor. Nadie se arriesga a ofrecer visiones de conjunto, a jerarquizar, a valorar… Todo ocurre a golpe de premio y de amiguismo. Pero una literatura se cohesiona cuando es posible ofrecer de ella una perspectiva panorámica, trazada por un ojo experto capaz de formular, de comparar, de establecer conexiones... Me conmueve que en Latinoamérica Babelia (suplemento cultural de El País) siga siendo una referencia. En España se aprecia una escandalosa ignorancia de lo que ocurre en Latinoamérica, fruto de un desinterés muy difícil de corregir. Basta consultar las listas de los mejores libros escritos en español que se publican a finales de año. Es raro que aparezcan en ellas escritores latinoamericanos, por grande que haya sido el esfuerzo de las pequeñas editoriales por darlos a conocer. El lector español medio suele consumir un estándar comercial de literatura latinoamericana, nada que le exija poner a prueba ni su imaginación ni su propia vivencia de la lengua...

En ese sentido un trabajo como el que hace la Casa de las Américas —en condiciones de relativos aislamiento y precariedad— me parece absolutamente ejemplar. Ojalá tuviera equivalentes en otros países. Una política como la que hace esta institución es lo que se necesita para cohesionar el concepto de latinoamericano al que venimos dando vueltas.

¿Cómo aprecia la manera de escribir novelas adoptada por los distintos autores latinoamericanos que cultivan el género? ¿Qué rasgos la distancian o la acercan al resto del hemisferio? ¿Qué diferencia, por ejemplo, a la reciente narrativa latinoamericana de la española?

No soy capaz de decirlo. Mi conocimiento de la literatura española es muy superior al de la literatura de ningún otro país, y toda comparación resultaría por eso mismo desproporcionada, dando lugar a conclusiones equívocas. No soy capaz, ya lo he dicho, de detectar tendencias comunes. Y no conozco tanto la producción de los distintos países como para estar en condiciones de establecer contrastes significativos. Me da la impresión de que por todos lados cunde una gran diversidad de temas y de enfoques. Quizás sea en las literaturas “pequeñas”, o en las que viven aún bajo las consecuencias de sucesos traumáticos, donde cabe apreciar una mayor afinidad de conjunto. Así ocurre con Guatemala, por ejemplo, donde el peso de la política y de la historia reciente, con su brutal trasfondo de violencia, acapara un importante protagonismo.

Si miro a España, y reparo en dos de los escritores que más aprecio, Belén Gopegui y Luis Magrinyà, me pregunto qué tiene en común. No pueden ser más distintos. Cada uno avanza en una dirección completamente divergente de la del otro. Y algo parecido ocurre con los autores más jóvenes.

¿Cómo entiende en términos de creación literaria aquello de la urgencia de lo inmediato?

Uno de los factores determinantes de la literatura contemporánea es el peso que tiene el periodismo, que suelen ejercer la mayor parte de los escritores. A medio camino entre el periodismo y la literatura está el género de la crónica, que goza de tanto arraigo en Latinoamérica y del que periódicamente se celebra su buena salud.

El novelista y el cuentista se acercan a la realidad de manera más diferida. No abundan los escritores dispuestos a novelar o a reflexionar narrativamente sobre acontecimientos ocurridos recientemente. Aunque digo esto y pienso, a la vez, que en España, por ejemplo, la crisis ha dado lugar a toda una narrativa que de algún modo acusa la precariedad, la indignación y el enfado de muchos. Se habla allí de una “narrativa de la crisis”, surgida en los primeros años de la segunda década del siglo XXI.

De todos modos no creo que esta sea una de las líneas de fuerza de la narrativa latinoamericana. Creo que si debiera señalar alguna estaría relacionada con aquello mismo de lo que hemos hablado antes: la tensión entre la ficción y la realidad, el juego con la literatura documental, con la novela no solo como marco de la ficción sino de algo que se construye como ficción pero que tiene elementos reales. Así ocurre tanto en la faceta testimonial como en la más abiertamente autobiográfica e incluso confesional. Pero se trata de una tendencia reconocible en todo el mundo, y no específica de Latinoamérica.

¿Puede un novelista darse el lujo de conocer y/o explorar zonas de silencio?

No sólo puede, sino que debe. El buen escritor es el que acierta a nombrar, a volcar la luz de la palabra sobre aquello que no había sido dicho. Si por zonas de silencio te refieres a temas tabú, pienso que en la actualidad queda poco de eso. Pienso más bien en zonas enteras de la realidad en las que la literatura no suele fijarse porque no está acostumbrada a hacerlo.

Y es que la tradición literaria tiende a trabajar siempre los mismos surcos, un determinado tipo de conflictos. La convención narrativa de la que somos herederos nos lleva siempre a ver la realidad por unos cauces determinados.Pensemos en la política. Hay un miedo a hablar de ella en las novelas porque da la impresión de que, por el hecho de hacerlo, se convierten ellas mismas en novelas políticas, de tesis, doctrinales. Pero la política, como el dinero, o el trabajo, es un elemento cotidiano de nuestra experiencia, que nos afecta a todos, y su omisión conlleva una mutilación de la realidad que se presenta con todo detalle en otros aspectos (sentimientos, relaciones, etcétera). Hay todavía muchos aspectos de la realidad que permanecen silenciados no porque pese sobre ellos ninguna censura, sino porque el novelista repite caminos trillados y no dilata su campo de visión.

Ignacio Echevarría es etiquetado como crítico y editor. Si tuviera que elegir, ¿con cuál de estas dos facetas se quedaría?

Definitivamente, con la de editor. Aunque una y otra no dejan de estar profundamente implicadas entre sí. Pero esa es otra historia.

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