Literatura

Nota a Manao Tupapau (“El espíritu de los muertos”)

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Manuel García Verdecia (Holguín, 1953), conocido sobre todo como poeta (Camino a Mandalay, Meditación de Odiseo a su regreso, Antífona de las islas),  y traductor (Locas, locas mujeres, de Anne Sexton; El templo de mi espíritu, de Alice Walker; La dama en el espejo, de Virginia Woolf, Las musas inquietantes, de Sylvia Plath);  no es la primera vez que incursiona en la novelística, ya que obtuvo en 2007 el Premio José Soler Puig con El día de La Cruz,  con Manao Tupapau, publicada por Ediciones Holguín, 2014, donde hace gala de todos sus oficios. La multiplicidad de sus habilidades como profesor y editor encuentran amplio espacio en este libro, cuyo título, originario de una famosa pintura de Paul Gauguin, se traduce a nuestra lengua como “El espíritu de los muertos vela”.

Verdecia, más que una breve novela, realiza un ejercicio intelectual que combina, como ya hemos dicho, sus conocimientos lingüísticos con la impecabilidad de la edición, sin que pueda evitar su empeño por ilustrarnos, al estilo de un maestro que persigue que su alumnado eleve la cultura en el sentido más amplio. Así, rinde homenaje a ilustres escritores (Lezama, Eliseo Diego, Borges, García Márquez, Martí, entre otros) a la par que desarrolla lo que bien puede considerarse un tratado sobre los sitios donde suelen descansar los cadáveres, desde las catacumbas egipcias hasta los más modernos camposantos. Un curioso recorrido descriptivo hasta el detalle, se inicia en China, en Grecia y en Roma, incluye Londres, París, Nueva York, Madrid y Viena, y termina en lo que llama “el cicatero cementerio de La Cruz”, donde el joven protagonista, Pablo, encuentra un simulacro de trabajo donde pasar el tiempo.  

En una especie de juego permanente entre la vida y la muerte, el presente y los ancestros, la ensoñación y la realidad inmediata, el tratamiento a los vivos y a los expirados, transcurre la trama de Manao Tupapau. El joven Pablo, cuya máxima aspiración en la vida es no hacer nada, como un renovado Bartleby, se encuentra en el filo de una navaja tan desconcertante como la original, y comparte con dos interlocutores nombrados El Polaco y Maese Urbino, las constelaciones de su inusual y esquizoide existencia. Las constantes alusiones al arte como procedimiento salvador y generador de locura simultáneamente, enriquecen la anécdota central, dotándola de una eficaz propiedad de transportación casi enajenante. La poesía, pero sobre todo la pintura, ejercen un significativo poder de seducción sobre el atribulado muchacho, hasta llegar al límite de obligarlo no solo a la interpretación de lienzos antiguos y a sostener diálogos con el espectro de Gauguin, sino a creerse autor él mismo de una obra valiosa: “Hizo toda una serie de dibujos y óleos que denominó The fool on the hill, porque se proyectaba como si fuera el tonto sentado en la colina final contemplando el ensimismado girar del mundo.”

Una mujer terrible es la encargada de mantener al enfebrecido redactor de informes necrológicos del cementerio  La Cruz atado a la realidad, y también a los lectores, siendo destinataria de los epítetos más curiosos que podamos imaginar: Palistronadora; Regentroglodita; Petrojefa; Jefarectus, Malestad; Tiranopalus; Paleolítica, Regentodonte; Xilojefa; La Rigurosa; Troncuda y Palojefa. Es tanta la malignidad de la susodicha, que llega el momento en que intuimos que no se trata del poder materializado en una persona, sino más bien de una representación simbólica de la censura, expresada a través de lenguaje subliminal, lo cual se evidencia con marcada intencionalidad justo al final de la novela, cuando de pronto  tanto el narrador ausente como los lectores aterrizamos en la tierra, luego de un viaje alucinante por ambientes oníricos.

El hecho de que Pablo quede magnetizado ante la visión del cuadro Manao Tupapau, indígena manera de expresar la vigilancia que sobre los vivos ejerce el espíritu de los muertos, explica la tesis primordial de esta novela, que por su originalidad y su admirable evasión de la inmediatez, encontrará su propio camino entre quienes sean capaces de ver más allá de la inexpresividad de una  lápida, para apreciar si efectivamente, la muerte no es más que otra dimensión de la vida. Al protagonista de esta novela debe haberle sucedido algo similar a Gauguin cuando enfrentó el fracaso de su paso por la tierra.

Cierro este comentario con una frase atribuida a quien se autoconsideraba “El salvaje peruano”, el gran pintor de conducta odiosa que murió en la miseria luego de recorrer locaciones primitivas, porque me parece reconocer en ella las posibles reflexiones que pueden corresponder al vulnerable  Pablo que finge trabajar en el cementerio La Cruz: “A mí nadie me ha protegido porque me consideraba fuerte, y porque yo he sido demasiado orgulloso”.

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