Soy un Polifemo que devora muñecos de papier maché (I)

Yudd Favier • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía de Rubén Darío Salazar

 

Corrige al sabio y lo harás más sabio.
Corrige al necio y lo harás tu enemigo.
Proverbio chino

 

Manía de Sísifo

Heme aquí de nuevo en mi ejercicio inoportuno. Una vez más estoy llenando cuartillas para opinar. Creo que la inminencia que siento no es vocación sino  insolencia. Y es que tras años y años de hacer lo mismo me pregunto: ¿Para qué sirve? ¿En qué ha cambiado una de estas reflexiones  el statu quo del teatro para niños en Cuba?

Entro al teatro y me digo: ‘Hoy, ahora, voy a disfrutar. Voy  a ser sorprendida’.  Pero llevo 12 años catalogando espectáculos, como Sísifo. Tengo la certeza de que en muchas estancias teatrales no me van a  sorprender.

Otro año en el que recorro junto a  mis colegas cientos de  kilómetros para ver teatro. Otro año de hacer malabares para que parientes y amigos  lleven a mi hija a la escuela y viva en casa mientras yo no estoy. Si escribo de lo que merece la pena sólo hablaría, quizá, de seis o siete espectáculos. Si fuera hablar de los que me hacen sentir positivamente esperanzada, la cifra se reduciría a la mitad. ¿Para qué escribir de espectáculos que tan solo me traerán problemas personales? ¿Para qué escribir de aquellos que todos han elogiado desde el disfrute? He ahí la gran dicotomía.

En pos de la selección para el Festival Nacional de Teatro de Camagüey, he vuelto en 2014 a recorrer, a bojear nuestra  Isla, y nuevamente la Revista de Cultura Cubana La Jiribilla  me invita a hacer un resumen. No hay sorpresas. Si alguien me leyera anualmente encontraría repetitivo mi discurso. La diferencia radica en que, desde el año pasado, prefiero opinar directamente de los espectáculos que he visto. Mi opinión no será la de una “especialista”, sino la de una espectadora que tiene la oportunidad de publicar sus impresiones sobre un espectáculo.

El teatro de muñecos y para niños del oriente cubano

Un grupo se confronta con su propia trayectoria. Cada día las sorpresas recibidas como espectadora son menores, los mejores espectáculos no salen de la nada, sino de ese ejercicio constante que ya ha ido en crecimiento. Tras una década de bojeo, hablar  de sorpresas en varias zonas del país, no sólo es naif, sino una especulación con falsos ribetes de optimismo.

¿Dónde está el lobo? y El solar de Villa Fañe (Guiñol de Guantánamo), son dos espectáculos que parten de muy distintas experiencias de dirección y escritura. El primero, es un unipersonal en el que guion espectacular,  montaje y actuación corren a cargo de Eldis Cuba.  El segundo está  escrito y dirigido por Aliexa Argote, Yosmel López, Dilailis Martínez y Ailyn Zamora, una dirección colectiva de las que muy poco se ven en la Isla. 

En ¿Dónde está el lobo?, el consagrado juglar juega con el intertexto del cuento original “La Caperucita Roja”. Modifica la percepción clásica del antihéroe  lupino, al presentarlo como un  personaje incomprendido, que ha sido injustamente obligado a cometer acciones —como la de comerse a la abuelita—que lo hacen infeliz, por eso huye de su propio cuento y de sus respectivos  personajes. Con  máscara, títeres de guante, marotte y retablo, recompone una historia que se debilita, no obstante, al no sostener un conflicto que pueda superar el enunciado. Esta limitación textual  logra  repararse por el desempeño actoral. La experiencia del juglar lo ayuda a actualizar formas muy tradicionales de composiciones coreográficas. Las caminatas verticales bordeando el retablo, el uso de los cachiporrazos y la interacción con los niños dinamizan el espectáculo.

Imagen: La Jiribilla
El solar de Villa Fañe, Guiñol de Guantánamo
 

En El Solar…, los autores apuestan por convertir cinco textos de Javier Villafañe en una única obra. Para ello han optado por hacer confluir a muchos personajes en un mismo lugar, el solar, tan  común como diverso.  Doña Gallito despierta a todos con sus desafinados gritos operísticos, los vecinos le exigen al comisario buscar una solución. Luego,  de forma novelada, todos estos personajes  van desarrollando situaciones paralelas.  Es así como el fantasma que ve la María de La calle de los fantasmas,  es el amante disfrazado del texto El Fantasma, mientras el diablo que asusta a la niña,  es el propio  comisario  que quiere intimidar  a Doña Gallito para que  deje de cantar. Por ese estilo son las conexiones hechas en torno a esta nueva versión.

El Guiñol de Guantánamo es, sin duda, un colectivo que se ha ganado la confianza y el respeto de todos por su quehacer constante,  mas la vetustez de las fábulas que escogen, siempre  retenidas en los mismos autores, no les ha permitido dar ese salto de superación que emociona al espectador. Las versiones propuestas no dejan de ser un osado intento de escritura, pero son maneras otras, al fin y al cabo, de volver sobre los textos de siempre. Creo que una compañía tan laboriosa debería haber rebasado ya este estanco.

El grupo Ríos, también de Guantánamo, mostró en cambio ─en medio de disposiciones precarias y algunas decisiones de diseño muy erráticas (si lo demodé fuera una categoría estética nos acortaría el camino)─ una versión de Con ropa de Domingo, del joven dramaturgo Maikel Chávez, con muchos guiños elocuentes de humor, doble sentido y contextualización en los diálogos de sus personajes. Opacado por esa manera de hacer, desde el arquetipo demasiado superficial que escogieron para la representación de los personajes, posee visos de un trabajo que,  atendido en sus debilidades, explora al menos otras dramaturgias más contemporáneas.

Cocó y Elé (Guiñol de Santiago de Cuba) podría clasificarse en términos médicos  como el acta de defunción de una compañía que, a 53 años de fundada, está agonizando artísticamente. Lo último que muchos en el país recuerdan del grupo santiaguero fue Cuenteros, papalotes y piratas, hace una década. La gracia de la actriz Liliam Cala, constituía, digámoslo como es,  el 80% del espectáculo. Les invito a recordar un espectáculo posterior del colectivo. Ver Cocó y Elé, es como un ejercicio de eutanasia. No siendo dirigido por su director líder, el grupo ha cedido ─posesos  por el espíritu de la Malinche─ a ser parte de una experimentación foránea que traspasa los límites del disparate: diseños ininteligibles, texto que presenta saltos ilógicos en la fábula, tejidos precarios en los vestuarios, duplicación de personajes sin coherencia, así como la aparición de personajes y técnicas titiriteras, tan dispersas e inconexas, que es imposible hacerle un desglose teatrológico. En términos de dramaturgia, diseño y  actuación nada resiste un estudio profesional.

La loca aventura e increíble historia del caballero que conquistó su luz o ¡Ay! Margarita (Teatro Andante, Granma)  comprende en sí, una asunción completa de lo que uno espera del teatro para la comunidad y los espacios abiertos. El espectáculo se expresa a través de unidades textuales que sumadas completan la historia, pero que independientes entre sí, igual funcionan perfectamente para el transeúnte que llega y pasa. Coloridos vestuarios en un diseño que no optó por lo excesivamente descriptivo de los animales que intervienen en la historia, sí por símbolos en síntesis de nítido reconocimiento de sus anatomías, de las cuales se han tomado elementos para afianzar su clara  percepción  y sin ser naturalistas son muy identificables. La interpretación y el entrenamiento de los actores les permiten representar múltiples personajes sobre zancos, en continuo movimiento, dotándolos además de una gracia particular en el empleo de arquetipos. La música en vivo y con gran poder de improvisación e interacción con el público, dinamizan una obra que si bien es simple en contenido,  está plagada de guiños contemporáneos, sin caer en el vulgarismo cotidiano, apoyada por  refranes ilustrativos y moralejas  llanas que realzan la fábula.  En esta provincia existen dos o tres grupos más que trabajan para niños. Desde hace unos seis años es un misterio lo que hacen, si es que algo hacen.

Sobre Ruandi (Guiñol de Holguín), me referí en el boletín  Entretelones, de diciembre del 2013. Tenía una primera impresión muy entusiasta. En ella realzaba los valores dinámicos de un equipo que ejecutaba una puesta en escena con muñecos de múltiples técnicas, de gran tamaño y peso. Hablaba sobre todo allí, de la fe de continuidad que veía en el conjunto tras la pérdida de su líder. Luego en dos ocasiones más ─Guantánamo y Santiago de Cuba─, pude apreciar representaciones del mismo espectáculo, dónde los elementos externos (logística y sonido) hicieron fallar esa efectividad que antes ensalzaba en la obra. Descubrí una ralentización en los sucesos, en la aparición de  los personajes y las distribuciones monótonas, acentuadas por la letanía monocorde del ritmo musical que rige el montaje y en los empastes visuales que tiene el diseño provocado por la profusa selección  de elementos prescindibles de ornamentación.

Imagen: La Jiribilla
Gris, de Teatro Tuyo, Las Tunas
 

Teatro Tuyo (Las Tunas),  se constituyó en la edición del Festival Máscara de Caoba (del 26 al 30 de Marzo del pasado año) en el espectáculo-fe; el espectáculo-respiro.  La puesta en escena Gris ha sido un regalo.   La  representación descansa en el perpetuo ejercicio de interacción (acción-reacción), en la indispensable disposición de atención entre los actores. El ritmo aeróbico de estas relaciones, permiten desarrollar la propia dramaturgia a gran ritmo, previa sí y precisa, pero escénicamente dependiente de la confabulación entre los tres personajes. En varias ocasiones, su director ha expresado que el origen de este montaje partió de las improvisaciones de los actores. Se evidencia en el resultado final, que dichas improvisaciones no habrían conllevado a la totalidad que es hoy sin estos tres elementos: 1) cuerpos bien entrenados físicamente, 2) interiorización profunda de la técnica del clown, que por más de diez años asumen los actores más veteranos y que ya han sabido transmitirle a los jóvenes. Con ello crece la presunción interna y consciente, que permite operar de una forma determinada a través del arquetipo, esto es: de manera interna ─su director lo menciona siempre pero en los programas no existen estos personajes─ ellos, los actores de Teatro Tuyo, tienen designados sus personajes tipos (de acuerdo a su temperamento, su manera de actuar, su gestualidad, su proyección, tienen nombres propios, Papote, Puchunga…), eso propicia conductas dentro de la dramaturgia, en el que el aporte individual del montaje responde al cuestionamiento:  ¿qué haría este tipo de personaje ante este tipo de situación? Con esto se crea una especie de escritura críptica para nosotros ─ignorantes del universo del payaso─ pero productiva para la cadena de acciones y los roles que van asumiendo en cada situación, y que son al fin y al cabo, los hacedores si no de la fábula, sí de sus matices; y 3) una historia cerrada y precisa en la que cada juego propuesto responde a una escritura central y se ata a ella.

El gato con botas (Guiñol de Camagüey), como escribí hace un año, también en el boletín Entretelones que publica mensualmente el Consejo Nacional de las Artes Escénicas, es un espectáculo de vitrina, arqueológico, muestra lo que se hacía antes: grandes producciones, llamativas  coreografías de actores y títeres, buen manejo de los títeres de varillas. Todo  realizado en un contexto añejo que no logra dialogar con la contemporaneidad.

Para su más reciente producción, La Comarca, otro grupo camagüeyano, escogió un texto, cuya teatralidad está solo en la caracterización de sus personajes a través del diálogo, y  no en el monto de sus acciones, pues es un texto inactivo, sin conflicto. La  gracia de esa pieza recae de forma retórica en lo que se dice de forma interrupta. Una obra de tres cuartillas no puede estirarse a 40 minutos sin que implosione.  Dividir, aletargar, traducir lo que los versos de Nicolás Guillen dejan tan claro en sus secuencias rítmicas y constantes,  provoca la incomprensión  de lo que se cuenta y dispersa aún más el contenido del argumento. Cuando vi por primera vez Ventana de estrellas (Compañía Infantil y juvenil La Andariega), me sentí conmovida por el trabajo de  dos niñas, de entre siete y nueve años. Era una representación sincera, casi simple, que nos convocaba  a pensarnos como padres. En  el terreno del festival nacional camagüeyano, la representación incluía a una niña casi adolescente. Entre arquetipos y vicios de actuación, volvió aflorar la duda del peligro que implica trabajar con niños, exigirles comportarse como actores y no que el teatro sea un medio de comunicación y desarrollo, sino la meta para un resultado artístico.  Hermosa historia que se lograba en los resortes de una actuación “sana”, sustentada por la sobria y acertada elección de vestuarios, más una geométrica y muy útil disposición espacial escenográfica, que reafirma dos polaridades en oposición, esos fueron los resortes que me hicieron sentir empatía por el resultado de esta puesta en escena.

Imagen: La Jiribilla
La muchachita del mar, de Títeres Retablos, Cienfuegos
 

Hacia el centro de la Isla

De Petición de mano (Grupo Polichinela, Ciego de Ávila), me sorprendió positivamente la novedad y frescura de sus diseños. Obviando ese mal nacional de creer que el tejido nombrado satén o satín, indica clase, cuando realmente solo se utiliza para forros internos de trajes, hay que reconocer que los muñecos son  diferentes y  vistosos. El hecho desacertado está en no trabajar el conocido texto de Chejov en función de los títeres. En esta puesta se confunde contemporaneidad con vulgaridad.  No se puede pensar que decir malas palabras y frases procaces, que sacan la risa fácil, son un elemento de valor. Sumo a lo anterior las recurrencias contemporáneas, tan precarias como los recursos de guiños eslavos del espectáculo. 

En Sancti Spíritus existen cinco grupos de teatro para niños emplantillados. Recuerdo la cifra porque es parte de mis deberes. No puedo decir de memoria ni los nombres ni los directores actuales de estos grupos. A algunos jamás los he visto. Es una muy sintomática zona de teatro invisible. En 2008 vi la obra  Elsa la lista, del grupo Paquelé. En 2010, vi El lucero del alba, de Baúl Mágico. Esta  es una provincia por la que siempre pasamos, sin embargo  al único grupo que se le puede seguir la pista es al más nuevo, Parabajitos, que dirige Yohandry (Pachy) Naranjo. En esta ocasión volvimos a ver Paquelé, una puesta  que tras cuatro funciones (pueden leer sobre él en el citado Entretelones), no ha logrado variar mi opinión.

Raulín y las flores y El gato simple (Guiñol de Remedios Rabindranath Tagore) son dos obras que muestran como algunos  grupos pueden sostener un repertorio, si pensamos en que El Gato… fue estrenado en 1970, y Raulín… en 1981, lo que hace resaltar el concepto de permanencia de nuestros pioneros titiriteros. Su sala teatral, en medio de un pequeño pueblo, ofrece una programación estable, que si bien muestra un teatro de textos antológicos, rejuvenecidos por el propio director y dramaturgo, al hacerlo más ligero y apegado al espectáculo musical, debo decir también que siento a estos  montajes  detenidos en ese tiempo de producción al que pertenecen, huella de un teatro que se hizo otrora.

Meñique (Guiñol de Santa Clara) es una reposición,  su nuevo director ha sabido revitalizar todas sus bondades, me refiero a la dinámica de las coreografías titiriteras, más la buena ejecución de un  grupo numeroso que opera en escena. Siendo una obra de presupuestos arcaicos, yo la elegiría sin duda, para que mi hija viera una digna versión del texto martiano. Su desempeño límpido, es algo que en el teatro de figuras siempre se agradece.

A Tragedia, de Teatro sobre el camino, joven colectivo villareño, le reconozco una muy particular e innovadora técnica titiritera, que resulta del todo efectiva a la hora de contar la historia. La obra se excede en los manierismos de los diseños de vestuario, escenografía y las interpretaciones ampulosas y ficticias de sus noveles actores. Mas, sin ser un grupo profesional, clasifica por mucho, como una de esas puestas que tienen muchas más virtudes en su concepción, que las que muestran varios de los colectivos de nuestro catálogo profesional del Consejo Nacional de las Artes Escénicas

La muchachita del mar (Títeres Retablos, Cienfuegos). Con este montaje, Christian Medina ha amplificado el universo de representación. Lo que en otros unipersonales, a  nivel espacial, se limitaba a una mesa o sus cercanos colindes, se extiende en esta ocasión, no solo a nivel de área, si no de altura, haciéndolo coincidir con las atmósferas propuestas por la historia: fondo del mar, playa, superficie, tierra, lo alto de la torre, el mismo cielo. En La muchachita… el dramaturgo también se complica en relación a sus incursiones anteriores, pues en el personaje de actor en vivo ha colocado a un ermitaño que padece una rara enfermedad, y con tales patologías es otra la exigencia de actuación. Este hombre tan sólo recuerda el mar, y es su añoranza por los seres míticos que en él habitan ─en especial las sirenas─, lo que hace el terreno propicio para “ilustrar” la historia de la sirenita Mariana, su afán por no convertirse en espuma de mar sino alcanzar un alma inmortal. Una lectura superficial arrojaría como tema central el amor de la sirenita por el príncipe, más el hecho de no ser correspondida. Lo cierto es que aquí yace una tesis mucho más teológica si se quiere: al personaje le asusta convertirse “en espuma de mar que luego seca el sol”, de ahí su anhelo por tener un alma inmortal. El autor se lanza a una tesis que no he visto planteada antes para el infante: el temor a la Nada o qué vida nos espera tras la muerte. En medio de ello, la fábula recrea la relación de Mariana con el príncipe, plantea el justo antagonismo con la princesa: frívola, celosa y mentirosa. Incluso, la protagonista tiene que tomar una cruda decisión entre la vida de su oponente y la suya propia y es cuando opta por la bondad. Dicho así parecería un texto patético. Con  tantos años en que nuestros hijos han recibido historias sin riesgos, llenas de pollitos y cucarachitas, muchos padres podrán cuestionarse lo efectivo de esta historia para el receptor infantil. Tengo la ventaja de ir siempre acompañada por una espectadora infantil, mi hija, y muchas veces la acompañan algunas de sus  amigas, por eso puedo asegurarlo, esta es una historia que los niños aprecian y comprenden. 

Federico y María, una historia de trapo y cartón (Grupo Cañabrava) fue la propuesta presentada por otro conjunto cienfueguero. Permítanme remitirlos una vez más al boletín  Entretelones, si desean cotejar lo que opino del espectáculo. Cañabrava es uno de esos grupos que se ha quedado sin un verdadero líder creativo, por ello han acudido a la ayuda de un director y diseñador para mantenerse en activo, lo cual para mí es un acto de sincero deseo de existir.

Continuará…

Comentarios

Nunca bastarán las experiencias de un cuerpo que se transita, se quiebra y voltea ante los avatares de la escena...nunca bastará el que nos creamos sufrientes, dolientes, amadores hasta el cansancio de ese "mirar" desde los desconciertos de nuestras ocupaciones, responsabilidades, compromisos y rigores personales-profesionales con el arte que defendemos.
Felicito a Yudd, no por el corage, pues ese le sobra desde su compromiso y dedicación. Felicito a su hija que, desde la inocencia de la niñez, acompaña a su madre no solo físicamente al teatro o a los lugares de acogida, la felicito por ser nuestra espectadora más cómplice y sapiente,

Noel

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