La voz de una diosa

Paquita Armas Fonseca • La Habana, Cuba

Uno de mis libros que quedó en proyecto fue el que tenía ideado sobre Celina González.

Corría la década de los 90, y sin encomendarme a nadie,  llegué en Marianao, a la casa de la reina de la música campesina en Cuba. Le hablé del libro y apenas me hizo caso, pero cuando le propuse una entrevista para Radio Reloj, emisora para la que yo trabajaba entonces, sus ojos hablaron y me dijo: “¿qué quieres saber?”. Yo no iba preparada para una larga entrevista, más bien fui a tantear el terreno.

Imagen: La Jiribilla

La modesta casa de la compositora e intérprete, el “buchito” de café que me brindó y su afabilidad, contra todo lo que me habían dicho sobre ella, hicieron que me sentara y más que preguntar la dejé hablar.

Santiago de Cuba fue su tierra, aunque nació en Matanzas. En esa ciudad telúrica conoció al amor de su vida, Reutilio Domínguez Terrero, que ignoró durante toda nuestra conversación.

Algo sabía de su trayectoria  y le pregunté cómo nació su canción ¡Que viva Shangó!: “Santa Bárbara se me apareció siendo yo una joven. Yo iba a entrar en el cuarto y allí estaba”, dijo Celina con toda la convicción del mundo. Ni me reí, ni le repliqué, sencillamente la seguí escuchando porque me aseguró: “yo no tenía creencia ninguna,  y cuando me propusieron presentarme en la radio, en La Habana, me salió de un tirón la letra y la melodía, ¡mira lo que pasó!”.

Corría el año 1948 y se abrieron los caminos para el dúo en el que ella aportaba composiciones y una voz espectacular, y él un toque de guitarra de marca mayor.

La canción A Santa Bárbara, su verdadero título, la hizo para Radio Cadena Suaritos, que tenía un programa dedicado a la música de origen yoruba. Allí, entre otras figuras,  cantaba Merceditas Valdés, “la pequeña aché”. La canción de Celina y Reutilio se convirtió en un éxito inmediatamente. Corría el año 1948 y se abrieron los caminos para el dúo en el que ella aportaba composiciones y una voz espectacular, y él un toque de guitarra de marca mayor.

A ellos se debe la unión de la música campesina con temas de los orishas: “A la reina del mar”, “El hijo de Elegguá”, “A la Caridad del Cobre” y grabaron no pocos números de diversos autores. No faltaron las giras nacionales e internacionales ni los hijos: tuvieron cinco. Tampoco faltó el divorcio, se separaron en 1964.

Años después su hijo Reutilio formó dúo con ella. Con él grabó en 1999 su disco 50 años como una reina, nominado al Grammy Latino. Entre otros importantes reconocimientos recibió el Premio Nacional de la Música en el 2002.

Dolor hubo en su voz cuando me habló del tiempo que en Cuba no se pudo escuchar su canción a Shangó: “pero ahí está. Todo el mundo la canta y buenos intérpretes la han hecho suya y yo sigo aquí, ¡y mira que en Colombia me quieren!”.

Si ese tema es popular, no es menos  “Yo soy el punto cubano”,  una de las canciones con más cubanía de las que se han escrito y cantado en esta Isla.

Cuando la vi, luego del infarto cerebral, que no le permitió cantar más, sentí lástima. Pero una noche que le brindaron un homenaje y sus ojos brillaron con alegría, pensé que yo estaba equivocada, que la Reina de la música campesina seguía siendo una fuerza telúrica que la hizo “caminar” de Nueva Luisa, pobladito de Matanzas, hasta Bogotá, Londres, Estocolmo, París con la autenticidad de una cubana raigal que cantó (canta) como las diosas.

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