El reinado de Celina

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del Archivo fotográfico del MINCULT
 

El reinado de Celina González es infinito. No importa que un día de febrero de 2015 haya dejado de latir su corazón. Ella nunca abdicará al trono que le pertenece: la voz femenina más rotunda de la música popular cubana de origen rural.

Celina marcó un antes y un después. Porque nada fue igual a raíz de que se dio a conocer profesionalmente a dúo con Reutilio Domínguez en 1947 en la Cadena Oriental de Radio de Santiago de Cuba y la pareja comenzara a tejer una leyenda con sus presentaciones habaneras en Radio Cadena Suaritos en 1948, jalonados por el simpar Ñico Saquito.

Imagen: La Jiribilla
Premiación de la EGREM, Teatro Karl Marx, febrero de 1980. Foto: Marquetti
 

Unos atribuirán el éxito a razones místicas: el canto de alabanza a Santa Bárbara-Changó nacido el 2 de noviembre de 1948, éxito temprano de Celina y Reutilio que por esa época volvieron a la carga con “El hijo de Eleguá” y “A la Caridad del Cobre”.

Otros, entre los que se cuenta quien esto escribe, confía más en el testimonio artístico implícito en un estilo interpretativo visceral, bien plantado, en el que composiciones propias y ajenas que hicieron suyas, como “Me tenía amarrado con P”, de Ñico Saquito, o “El cuarto de Tula”, de Sergio Saba, o  “Guarapo, pimienta y sal”, de Reinaldo Hierrezuelo, o “El hijo del siboney”, de Juan Meriño, se convirtieron en referencias ineludibles de un modo de proyectar irrepetible.

Significativamente Celina abrió senderos a otras intérpretes femeninas de estos géneros.

Significativamente Celina abrió senderos a otras intérpretes femeninas de estos géneros. Por ahí están las huellas de Radeúnda Lima, Ana María Chomat, Coralia Fernández, Merceditas Sosa, Martica Morejón, María del Carmen Preito y después Albita Rodríguez, Liuba María Hevia y María Victoria Rodríguez. Pero, sin lugar a dudas, a Celina pertenece la vanguardia.    

Tanto en las realizaciones junto a Reutilio, a quien estuvo unida sentimental y artísticamente desde 1943 hasta 1964, como al relanzar el dúo en 1980 con su hijo Lázaro Reutilio: en uno y otro caso, Celina fue el sello identitario de la formación vocal, no solo por llevar la melodía sino por singularizar cada entrega.

En uno de esos octosílabos que El Indio Naborí soltaba como un relámpago, afirmó que nadie como ella definió la mulatez de la música campesina cubana. 

No se trata solo de su trato con orishas y altares, collares y cruces, sino de algo mucho más profundo: la comprensión de los intercambios y fusiones entre las tonadas rurales de linajes hispánicos y los changüises, nengones y sones montunos que de los campos viajaron a las ciudades.

Pero quizá el legado mayor de Celina González esté en su lealtad ante los símbolos de su cultura. No se rindió ante el menoscabo pasajero sufrido por los géneros de la cultura musical rural hace algunas décadas, ni ante las tantas adversidades que le deparó la vida.

El reinado de Celina está en el punto cubano y los sones de la tierra, y es inalienable.  

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