Interrelaciones a tiempo desde
la nueva poética de los puentes

Andrés D. Abreu • La Habana, Cuba

“La memoria es sagrada”,
rezaba en una de las imágenes proyectadas durante Tradewinds.

 

Se está haciendo habitual que nuestras compañías de danza establezcan necesarios convenios de colaboración con otros proyectos similares o afines del llamado primer mundo. En la mayoría de los casos las agrupaciones cubanas se nutren de la experiencia de nuevos coreógrafos (ente creativo en notable déficit dentro de nuestro panorama artístico a pesar de esfuerzos concretos como el Workshop Internacional Danza en Construcción que auspicia el Consejo Nacional de las Artes Escénicas o el Taller para Jóvenes Coreógrafos que organiza el Ballet Nacional de Cuba) y por tanto de otros estilos de hacer la creación danzaria espectacular. Por su parte Cuba continúa siendo un gran productor de excelentes y dotados bailarines, aptos para el ir y venir dentro de la danza universal o mayormente globalizada, lo cual se aprovecha bien desde el exterior para materializar experimentos o experiencias creativas sobre cuerpos dúctiles y hábiles, bien entrenados para bailar sin reparos. Generalmente  estas colaboraciones aportan a la producción de un mayor repertorio coreográfico dentro del deprimido espectro de grandes realizaciones nacionales y además facilitan puentes para una mayor internacionalización de las compañías cubanas. 

Dos recientes muestras de estos procesos  fueron los espectáculos ofrecidos el pasado fin de semana por las agrupaciones Malpaso y Danza Abierta.

Malpaso, que se anuncia como un proyecto cubano de danza,  presentó en el Teatro Martí un programa integrado por las piezas Farewell, del experimentado coreógrafo norteamericano TreyMcIntyre,  y Despedida, del  director artístico del proyecto Osnel Delgado, quien antes mostró un trabajo admirable como bailarín y coreógrafo en Danza Contemporánea de Cuba y Ebony.

McIntyre ha hecho una carrera exitosa que le ha permitido trabajar con respetables compañías como el New York City Ballet, el Stuttgart Ballet, el ABT, y el Ballet de Moscú, entre otros. Su aporte a este nuevo proyecto cubano de danza resultó una pieza que su autor declara parte de “…una metáfora elegante de la vida humana. Cuanto más intentamos quemar y cambiar nuestro exterior,  más nuestras propias esencias se hacen evidentes y se manifiestan”.

Axiomáticamente hay un trazado poético de la danza hecha en Farewell que sugiere interrelaciones personales en su sentido más abierto y con momentos más explícitos de conflictos interiores en algunas otras ocasiones, pero la coreografía es mucho más distinguida por su eleganciay musical modo de utilizar las técnicas neoclásicas con acentos de contemporaneidad que en la propia expresividad de ciertas entrañas humanas salvadas del fuego superficial. 

Por su parte la joven agrupación cubana se mostró en excelente forma para ejecutar con limpieza y precisión esa conjugación de secuencias a tiempo más actuales y por momentos con demasiado regodeo clasicistaen giros, cambrés, saltos,atitudes y port de bras.

Sensible además esta obra por coreografiar sobre unintimista registro deinterpretaciones de Grandma Kelsey. Apropiado el vestuario de Reid Barteleme y buenas atmósferas logró el diseño de luces de Al Crawford para redondear un suceso que agradó sobre todo como atractiva y melancólica propuesta coreográfica a partir de  unas muy correctas y profesionales maneras de danzar.

La segunda pieza del programa, Despedida, creada por Osnel Delgado en colaboración con los bailarines del proyecto sobre música original de Arturo O´Farril. Esta creación reveló más riesgo y libertades en el movimiento contemporáneo, pero todavía se sienten inexplotadas todas las capacidades expresivas danzarias de esta agrupación plena de talentos jóvenes y llamada a dar nuevos rumbos a los modos cubanos de hacer y producir la danza. 

Por su parte Danza Abierta hizo constatables en la Sala Avellaneda del Teatro Nacional (función única) sus relaciones de trabajo con  la compañía Hedwig Dance (Chicago. EE.UU.) a través de Trade winds, una  obra creada en colaboración compartida desde casi todos los aspectos. Coreografía de Susana Pons, por Danza Abierta, y Jan Bartoszek, por Hedwig Dance; música de aquí y de allá (Eme Alfonso y James Cotton&Panthu de Prince);  visuales creados por diferentes equipos en La Habana y en Chicago; entre otros intercambios profesionales, y sobre todo bailarines de ambas compañías danzando sobre el mismo escenario.

Cierto es que ya el Hedwig Dance acumula desde algún tiempo el aporte de los bailarines cubanos Víctor Alexander, Maray y Jessie Gutiérrez y Edson Cabrera, lo cual debió facilitar la comunicación de motivaciones para  establecer este puente. Entre posibles sutilezas como el paso del tiempo y otras tantas cosas  marcadas por el viento como imagen, y las estaciones y latitudes que determinan diferencias como el  frío y el calor, colores y sensibilidades opuestas, arrastrando hojas secas, navegando, volando o lanzando girasoles,se hizo evidente la necesidad de un discurso común sobre las distancias y los posibles acercamientos entre dos espacios simbólicos enmarcados sin remedio por una historia real y mayor de desacuerdos, entre dos países y sus filosofías gobernantes, pero separados físicamente tan solo por un pedazo de mar.

Trade winds evidenció bondad (oportuna más que oportunista) por encima de todo, tal vez demasiada en el tratamiento de algunos tropos del discursovisual y en determinadas  maneras de afrontar la teatralidad de la danza (donde la iluminación y la música de algunas escenas habaneras fueron insuficientes acompañantes para las más inquietantes y sugerentes acciones sobre el tapizado de imágenes). Pareciera que la coreografía fluyera demasiado velada por respeto a las  proyecciones y que la dramaturgia de las diversas interrogantes afines estuviera también condicionada por los mismos imperativos que alargan más de lo esperado y deseado las esperanzas comunes de un plácido encuentro entre seres del aquí y del allá, una correspondencia que igual pudo crear ansiedades verosímiles o desesperos por un final.

Gana mucho este espectáculo con ciertas construcciones colectivas singulares de aguda poesía y referencias necesarias a conflictos imperativos, se agiliza sobre todo cuando se funden los espacios y por tanto los cuerpos de baile. Alfombras que se desplazan, girasoles que unen, aguas que se mezclan y una secuencia coreográfica que nos remite a una rueda de casino, entre los más plausibles momentos de esta creación mutua. Protagonismos interpretativos merecidos para Mailyn Castillo y Edson Cabrera que nos socorrenen ese persistiral creer que la buena danza no depende solo de la más alta condicionalidad física y que el buen decir bailando  sigue alimentándose de una arrestada pericia mucho más abierta para asumir el cuerpo creativo en movimiento y sus interrelaciones con el otro (hacedor o expectante) esté donde esté, venga de donde venga.

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