Estorino en escena (por sus Noventa)

Ulises Rodríguez Febles • La Habana, Cuba

Cuatro puestas en escena y una lectura sobre obras de Abelardo Estorino fueron presentadas durante la celebración de los Noventa Estorinos, en tres salas de la ciudad de Matanzas (Pepe Camejo, El Mirón Cubano, Papalote) y en la casa de cultura Pablo Quevedo, de Unión de Reyes, su pueblo natal.

Imagen: La Jiribilla

Tres monólogos Medea sueña Corinto, de Teatro del Puerto, El baile, de Teatro D´Dos y Las penas saben nadar, por Teatro El Público; una puesta collage con sus textos La casa te espera, de Teatro D´Sur y la lectura dramatizada de El Mago de Oz, por Teatro de Las Estaciones, propiciaron encontrarnos con un Estorino que no cesó de buscar nuevas formas estructurales, que indagó constantemente en el lenguaje y en inéditos universos escriturales, desde una perspectiva siempre contemporánea.

Atrayente fue escuchar como preámbulo en los paneles Ecos y murmullos de Estorino, celebrados en la Casa de la Memoria Escénica, la reflexión, el testimonio de directores y actrices sobre los procesos de trabajo con los textos, el diálogo con un autor, siempre amable, vital, colaborador, y la manera en que cada uno de ellos asumió la complejidad de los personajes.

Medea sueña Corinto (2008), es uno de los últimos textos de Estorino, interpretado por la actriz Milva Benítez, un regreso al mito de Medea, pero donde se reinventa y revisa un personaje controvertido y polémico, desde referentes disímiles que nos llevan a pensar en su duplicidad histórica, en la interrogación perpetua de la verdad, la especulación y la posición de víctima o victimario, en que son colocados en situaciones específicas los seres humanos. Estorino consigue proveernos en su Medea de lo simbólico y lo alegórico que habita el mito.  

Con economía de recursos, Milva Benítez consigue transmitir la complejidad que propone el monólogo, sus inteligentes sutilezas, el juego intertextual; lo ritual, preñado de metáforas; domina el contraste en los diálogos de profundo lirismo, mezclado con lo cotidiano, el verso y el signo irradiante, en palabras o frases que nos llevan —desde nuestra visión de espectadores— a una relectura del mito trágico.

Un texto dinamitado por la intérprete, desde el rigor absoluto de la gestualidad, porque todo está en su rostro, manos, brazos y cuerpo; la geometrización orgánica de los movimientos, para crear nuevos espacios, devela un discurso inspirado por la ductilidad de la voz, cálida y atrayente, psicológica, efectiva.

Estorino no cesó de buscar nuevas formas estructurales, que indagó constantemente en el lenguaj​e y en inéditos universos escriturales, desde una perspectiva siempre contemporánea.

El baile (o El collar) (1999), de Teatro D´Dos se aleja de aquel que escribiera Abelardo Estorino y a la vez, tiene las esencias del texto original, en una relectura que apela a la síntesis, a la concentración del conflicto, a potenciar el drama de una mujer, en la soledad, defendiéndose.

Una mujer que Daysi Sánchez nos entrega desde el respeto a la obra de un autor, que ama y conoce, por otras interpretaciones de personajes de Estorino.

Donde estaban las voces y los cuerpos fugaces (“ideas de vida”, como apunta Reinaldo Montero)[1] de Conrado y Fabricio, Julio César Ramírez logró ver (dejárnosla ver) a esta mujer que dialoga en soledad, porque si antes se le escapaban, pugnaban por ser, en esta puesta se alejan aún más y solo llegan (ausentes y no subjetivizados) en cartas, llamadas, que tienen su propia voz, pero jamás la de los otros, salvo la de un espectador desde la sala, enfatizando la distancia y las pérdidas, sobre las que la actriz construye su caracterización: la desesperación, la sobrevivencia, el tormento, la memoria y el dolor.   

Lo tecnológico como los micrófonos o los celulares, los espacios (patentados por lámparas o un decorado que nace con las luces, el sonido o la recreación corporal de otras atmósferas), recrean el espacio que encierra a Nina o la aísla de (los otros), mientras se afana en persistir con lo único que le va quedando como un sedimento de su existencia.  

Imagen: La Jiribilla
Milva Benítez en Medea sueña Corinto, de Abelardo Estorino. Foto: Sonia T. Almaguer

Lulú Piñera era la más grande de mis interrogantes en esta Jornada. Iba a actuar en el mismo espacio de la sala Papalote, donde Adria Santana presentó por última vez Las penas saben nadar (1989) en los Ochenta Estorinos en el 2005. Sin duda, era un reto para la joven actriz, que esa misma mañana había confesado en el panel cómo había nacido el proyecto, su relación personal con el maestro y la actriz paradigma. No imaginaba; pero quería imaginarme el espacio vacío y lo que iba a suceder en él, cuando el personaje lo llenara con su presencia.

La aparentemente diminuta actriz, adquirió una dimensión inusitada ante los espectadores. Fue reveladora su interpretación. La organicidad, alcanzada con el dominio mesurado, exacto, riguroso de cada gesto y movimiento. Todo desde la autenticidad y una manera  muy particular de develarnos el alma de su personaje, con perceptibles homenajes a Adria Santana, pero desprendiéndose de lo que hizo grande a este personaje con su actuación.  

Lulú Piñera nos revela una actriz contenida en sus emociones, con una personal manera de usar la voz, los tonos, en un bajo que atrapa y seduce, con los matices adecuados, pero inusuales para un personaje como el que interpreta. Donde otras apelarían al desgarramiento o a transiciones, que pueden rozar lo efectivo, pero no lo diferente y eficaz, ella consigue construir el personaje, su voz, gestualidad, psicología con humilde profesionalidad.     

El Mago de Oz, en lectura dramatizada de Teatro de Las Estaciones es una prueba de la diversidad de registros creativos de Abelardo Estorino. Dirigida por Rubén Darío Salazar, el colectivo demuestra la seriedad con que asume cualquier propuesta. Los jóvenes actores nos llevan a un universo en que los personajes muestran la gracia y frescura de un autor, que siempre supo usar códigos diversos según el público al que se dirigiera y en El mago de Oz, encontramos un sentido muy especial de lo cómico, lo lúdico como recurso expresivo, el lirismo que le fue afín, a toda su obra y una visión muy personal del mundo de los niños.  

¿Qué es lo que más impacta de La casa te espera, el último estreno de Teatro D´Sur, con una institución repleta de público local y foráneo? Creo que la perspectiva afectiva —la empatía con el público— que produce la mixtura de géneros del collage de textos de Abelardo Estorino, lo testimonial desde la perspectiva de los protagonistas y la rescritura de la memoria, que relaciona al  autor de La casa vieja con su pueblo natal, con la historia de Teatro D´Sur y con la  biografía  de Pedro Vera, desde una profunda vocación humanística.

El espectáculo es una especie de conferencia ilustrada sobre una zona de la vida y obra de Abelardo Estorino (Unión de Reyes, 1925 –Ciudad de la Habana, 2013), que apela a lo metateatral y a la búsqueda de procesos dramáticos, donde el fluir del tiempo y los espacios, se revela desde la fuerza de la palabra,  con sus constantes referencias intertextuales, su lirismo y potente valor dramático.

La conmoción de lo que ocurre, tiene que ver con una perspectiva ideológica (de lo estético, lo social y lo estrictamente teatral) y cognoscitiva (lo que conocemos o no sobre Estorino y su obra); que se relaciona con lo que acontece en escena desde lo auténtico y la organización del espectáculo, desde el comentario de los actores, hasta la representación de zonas específicas de la dramaturgia del autor homenajeado, con énfasis en Vagos rumores y La casa vieja, que produce una comunicación  privilegiada con el espectador, pero desde la verdad creativa.

La catarsis de muchos de los asistentes, emergió en la transfiguración escénica de la memoria: sucesos, obras, personajes o figuras esenciales, como la actriz Adria Santana, visualizados en la actuación y en lo gráfico (carteles, fotos); pero especialmente Unión de Reyes, ese pueblo al que siempre Abelardo Estorino regresó.

La posibilidad de ver en escena, las obras de Abelardo Estorino en repertorio, fue una vía de rendirle homenaje con la concreción de su legado dramatúrgico en escena y también de repasar como otros creadores, se acercan, leen y revisitan desde las poéticas de sus agrupaciones a un autor imprescindible del teatro cubano de todos los tiempos.

 



[1] Teatro adentro. Prólogo a El Baile, de Abelardo Estorino. Ediciones Alarcos, 2000. 

 

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato