Abelardo Estorino:

“Soy un rebelde aunque no haya cogido armas en la mano”

Beatriz Montaña Ruiz • La Habana, Cuba
Fotos: Yander Zamora
 

La noticia de la muerte de Abelardo Estorino recorrió el país en muy poco tiempo, y aunque todos hablaban de la enorme pérdida que sufrían la escena y la cultura cubanas, yo solo podía pensar en lo afortunada que había sido, algunos años atrás, cuando le hablé por primera vez en su natal Unión de Reyes.  Saber que había muerto no sólo me caló profundamente, sino que a ratos me ha hecho sentir que he perdido un viejo amigo.

Imagen: La Jiribilla

Yo admiré a este hombre con la fe ciega que hace a las ovejas seguir a su “pastor”, le idolatré hasta endiosarlo, y no llegué a comprender su esencia sino hasta muchos años después de conocer su obra. Era yo una estudiante de 5to de Sociología que había viajado hasta Unión de Reyes para conocer a Estorino en un aniversario del primer estreno de La casa vieja. Y allí estaba él, caminando entre los mortales, comportándose como si pudiese sangrar al igual que todos nosotros, con una sonrisa enorme, en la que cabían todos los Estorino imaginados a lo largo de tantos años por otros jóvenes que, como yo, le llamaron maestro.

Nuestro segundo encuentro ocurrió unos meses más tarde en su casa del  Vedado. Cámara en mano me dispuse, más que a filmarlo y entrevistarlo, a dialogar con él, a extraer de su memoria los datos necesarios para un análisis académico, que sería el eje central de mi tesis de Diploma para optar por el Título de Licenciada en Sociología. De sobra estuvieron los cuestionarios, las preguntas formuladas con anticipación, Estorino me recibió en su hogar, con una sonrisa, un café delicioso, un abrazo cálido. Analizar la representación social de la familia cubana en El peine y el espejo, El robo del cochino y La casa vieja era mi objetivo general, lograr encontrar en los textos estorinianos una herramienta que me permitiera adentrarme en la complejidad de las relaciones intrafamiliares de la Cuba de esa época.

Abelardo Estorino superó mi afán, trascendió muchas de mis preguntas. Me concedió la entrevista más hermosa…

Si hablamos de la representación de la familia cubana en el teatro de la Isla, tendríamos que detenernos, sin duda, en la obra teatral de Abelardo Estorino, cuyas proyecciones marcan un hito en este tópico, lo cual me hace comenzar por la pregunta más llana: ¿Por qué la temática de la familia?

Creo que yo soy considerado un autor realista. Considero que uno escribe a partir de vivencias. La memoria es muy importante para escribir y me parece  que mis obras están basadas siempre en mi historia, mi memoria. El peine y el espejo, El robo del cochino y La casa vieja están basadas en experiencias personales. Siempre surge el tema de la familia y a veces ese tema lo he podido  llevar a una amplitud mayor pero en El robo del cochino y La casa vieja yo escribía un teatro realista que la gente piensa que era  a partir de Ibsen pero en ese momento yo no conocía a Ibsen, lo que conocía era solo el teatro norteamericano a través del cine o a través de una lectura de obras más que del teatro europeo.

Hay una teoría que considero válida y aplicable al estudio de sus obras: la noción de campo literario de Pierre Bourdieu. Está relacionada con el lugar en el que se encuentra el autor en el momento en que escribe las obras. Ese lugar puede erigirse como contexto artístico intelectual y es posible rastrear cómo influyen en este las principales corrientes, las  maneras de escribir de sus contemporáneos, sus lecturas, etc.

Claro… siempre fui un niño interesado en la literatura y en el arte en general. En la lectura en Unión de Reyes, básicamente la literatura o la música porque no tenía acceso a las artes plásticas pero yo no  era un niño  retraído. Me gustaban las fiestas,  pero me gustaba leer. Tanto me gustaba leer que había una revista argentina que publicaba novelas en cada número, entonces si uno lograba vender esas revistas te regalaban algunas. Si hacías suscripciones para esa revista te regalaban una suscripción gratis. Yo fui por muchas casas de Unión de Reyes tratando de vender esas revistas y me regalaron algunas porque yo recuerdo que leí Los miserables y algunas novelas. Me parece que siempre tuve esa afición y me sentía distinto. Creo que un artista no es que sea superior ni nada pero tiene un  mundo especial que le permite después crear.

Creo que yo soy considerado un autor realista. Considero que uno escribe a partir de vivencias. La memoria es muy importante para escribir y me parece  que mis obras están basadas siempre en mi historia, mi memoria.

Usted vino a La Habana a estudiar Estomatología. ¿Cómo fueron esos primeros años? ¿Cómo transcurrió después el trayecto del sillón del odontólogo a las tablas? ¿Cómo, por qué,  Abelardo Estorino decide escribir teatro?

Cuando  vine a La Habana, creo que fue el primer año o dos años y algo, viví en casa de unos tíos. En realidad era la casa de los tíos de mis primos, no eran familia directa mía, no eran Estorino, eran otra familia. Viví ahí un tiempo pero era una casa muy pequeña y me di cuenta que molestaba. Entonces para poder estudiar empecé a trabajar en una tienda Sears, que era una casa norteamericana donde hoy está el  Palacio de Computación o algo así. Empecé a trabajar ahí. Trabajaba en un horario e iba a clases en otro y me mudé para la casa de un amigo, Raúl Martínez, el pintor. Su madre alquilaba cuartos,  alquilé un cuarto allí. Allí también vivía el dramaturgo Rolando Ferrer, esto me ligó mucho al mundo del arte, mucho más. Raúl pintaba. No era un pintor importante en esos momentos pero ya hacía exposiciones y Rolando estaba bien en el mundo del teatro.

Sucedió que Rolando escribió una obra que se llamaba Lila la mariposa y Raúl había hecho la escenografía. Como yo iba a los ensayos y estaba ligado con ellos me dijeron: ‘¿por qué no actúas?’. Hacía falta como un pueblo o algo así y participé. Había un momento en el que había que retirarse. Yo no era actor ni había estado nunca en un escenario, cuando todo el mundo se fue yo me quedé en el medio del escenario, hasta que me di cuenta y me retiré. Entonces el director dijo: ‘míralo qué  vivo, robando escena, parece la persona que quiere que lo miren’.  Pero era timidez y falta de costumbre. Todo eso me ligó mucho al teatro y me fui interesando cada vez más. Después que terminé de estudiar  la carrera puse una consulta en el Retiro Odontológico con otro compañero de curso pero papá quería que yo regresara a Unión de Reyes. Yo no iba a regresar nunca a Unión de Reyes,  aunque me lo  propusiera porque había un mundo más rico para lo que a mí me interesaba. Papá me decía ‘en el primer cuarto vamos a abrir una ventana y entonces eso es consulta’. Pero ya yo tenía la consulta, aunque no tenía pacientes. Los pacientes eran la gente  del teatro que no tenía para pagar. Entonces, como tenía cierta habilidad para dibujar empecé a trabajar en una agencia de publicidad  hasta que triunfó la Revolución. Envié una obra a la Casa de las Américas que recibió una mención, El robo… y bueno ya, entonces  me dieron un trabajo como asesor en los grupos de teatro y seguí en el teatro el resto de mi vida, sin ocuparme nunca más de la odontología (risas).

¿Pudiéramos decir que sus personajes tienen que ver con personas que se relacionaron con usted en algún momento de su vida, que están cercanas a usted?

Yo creo que no. Por ejemplo, la maestra es  una invención, es completamente de ficción para buscar una persona reaccionaria. Las mujeres puede que sí, pero no una persona sino un  personaje creado, que tal vez  inconscientemente lo repito.

¿Y en Unión de Reyes las mujeres generalmente eran así, como la Rosa de El peine… y El robo…, es decir, habían mujeres así?

Mi madre era una mujer muy conservadora. Quiero decir, por ejemplo, mi hermano segundo era muy bailador, le gustaba darse sus tragos y tenía muchos amigos que llevaba a la casa. Esos amigos tenían mucha confianza, le ponían la mano encima y le decían ‘¡Eh, Tulita!’. Mamá se llamaba Gertrudis, pero le decían Tula, entonces le ponían la mano así por encima. Y mi papá luego le decía: ‘¡Eh!, ¿qué se creen?’. Y ella: ‘Abelardo, pero si son unos muchachos…’ Y él respondía: ‘Muchachos no, ya tienen lo que tienen que tener como un  hombre’. Esa es la vida que yo veía. Ya el mundo no es así, pero….

¿Cómo usted cree que es posible valorar el parecido entre el personaje de Rosa de El robo del cochino y el de El peine y el  espejo?

Las dos se llaman Rosa. Pero hay otra cosa y es que es pueblerina, y está presente el machismo. Yo creo que  en los pueblos pequeños es más evidente. El machismo se da de diferentes formas, por ejemplo, una vez yo le dije a mi hermano que papá era machista, ‘¿cómo vas a decir que papá era machista?’, me dijo él. Papá se metía en el baño sin nada y después, llamaba a mi madre: ‘Tráeme la toalla, tráeme el talco, tráeme los zapatos, tráeme  las medias…’ En eso el hombre está usando a la mujer de cierta manera, no como hoy, que eso se ha eliminado mucho. Los hombres comparten mucho la vida hogareña, si yo cocino, tú friegas, si yo hago los mandados, tú haces la comida y esas cosas. Estas preguntas pequeñas van aclarando…

¿Y la Lola?

La Lola es esa criada cubana que también está en todas las novelas brasileñas, que es como de la familia. Eso parte de una mujer que trabajaba en mi casa que no recuerdo si se llamaba Lola. En Unión de Reyes nosotros vivíamos en la calle por donde entra la carretera que va de Matanzas, ahí está la casa, está la línea del tren y del lado de allá está la casa donde ella vivía. Es la criada de confianza que se metía en las cosas.

Esa presencia de la criada me lleva a preguntar,  ¿por qué una familia pequeño burguesa?

Aunque mi padre era un obrero todos nosotros vivíamos como una familia pequeño burguesa con las costumbres de la pequeña burguesía. En los pueblos no hay tanta diferencia de clases porque mi padre, por ejemplo, su entretenimiento después del trabajo era ir al Liceo, que era la sociedad de los cubanos. En todos los pueblos había un Liceo y un Casino Español, este era para los españoles y sus descendientes y el Liceo para los demás. A veces iba allí a jugar dominó y me parece que yo me sentía…tal vez me sentía que no tenía las posibilidades económicas de otras familias, en cambio sí asistía a las fiestas de todo el mundo, no me sentía discriminado en ese sentido.

Imagen: La Jiribilla

En estas tres obras de las que estamos hablando siempre me ha parecido un detalle no menor el entrecruzamiento, las lecturas varias: los dos personajes de Rosa se parecen, los dos de Cristóbal se parecen. Quizá se podría hablar de las tres obras como si fuera la misma familia en diferentes etapas…

Pienso que puede ser considerado así. El peine y el espejo es como un ejercicio que después se amplía.

Sí, a mi modo de ver, eso es perceptible. Va ocurriendo una suerte de enriquecimiento de la misma historia, un in crescendo de las acciones. Incluso, la caracterización de los personajes va progresando logrando una mayor profundidad psicológica. Pensando en La casa vieja, por ejemplo, ¿considera que la versión cinematográfica logra abarcar las marcas psicológicas de sus personajes originales concebidos para el teatro? ¿Cree que es válida la relectura de su obra, de sus intenciones, que el filme propone?

En La casa vieja es donde estoy más presente. Creo que el Esteban es un alter ego mío de cierta manera, al sentirme diferente pues tenía que buscar algo que lo hiciera diferente a los demás; y tú viste que en la obra él es cojo, la cojera lo hace inhibido, lo hace diferente, lo hace así como está descrito. En la película, Lester lo quiso actualizar y le buscó que él era homosexual, tal vez eso estaba dentro de mis posibilidades del personaje, pero en aquel momento no era un momento propicio para hablar de ese tema. Ya ahora eso se habla y aunque haya gente que siga con prejuicios, es mucha más abierta la situación con respecto al sexo.

Yo creo, —independientemente de lo que opinen algunos especialistas y estudiosos a quienes respeto mucho— que no tiene por qué  interpretarse como única opción la cojera de Esteban como símbolo de la homosexualidad…

La opción de Lester reduce la posibilidad de Esteban, claro, porque podrían ser muchas cosas y era como más rico en  la posibilidad del personaje, pero bueno él quiso…

En la versión cinematográfica se intenta un personaje más contemporáneo, pero  incluso este Esteban que supuestamente ya no es cojo sino gay  tiene alientos del otro Esteban que no son coherentes con la propuesta que se hace en la película. En la obra hay un momento en que Esteban está hablando con Diego y le dice ‘yo hubiese querido bailar, yo hubiese querido ser como tú tener mi familia…’ No creo que sea coherente en la película que el personaje de Esteban diga eso.

Sí, yo también lo pienso. Pero bueno él quería traerlo al presente y en cuanto a eso ganó mucho. Ahora la película se considera una película muy crítica, políticamente, por las cosas que se dicen, y en ese lugar ganó. Lo que  es sorprendente es la aceptación que ha tenido en el público.

En el homenaje que le hicieron recientemente en Unión de Reyes, usted dijo que cuando iban a montar algunas de sus obras, le pide a los autores que no le cambien el texto. Creo también que hay una característica en su teatro que lo diferencia de otros dramaturgos: sus diálogos tienen una doble condición. Parecen frescos, de fácil acceso y sin embargo, a la vez, el lector/espectador siempre se queda con la sensación de que hay que releer para descubrir lo que está detrás. Siempre se siente la posibilidad latente de la doble lectura.

Alguien me preguntó que por qué yo tenía un diálogo tan fácil y respondí porque yo era niño, pero eso no es exactamente así. Siempre he tratado de tener un lenguaje que sea un lenguaje rítmico, un lenguaje que suene cubano pero que no tenga “cubanismos”, es decir, que no tenga eso de  “oye, chico…”. Una de las molestias que yo tenía con un actor era que a  veces piensan que ser cubano es decir: ‘pero mira, chico, te vas pa´l carajo y la cosa se acabó’.  Yo puedo decir eso mismo sin decir ni el chico ni el carajo, en El  robo del cochino hay un coño pero un coño importante en ese momento y en El peine y el espejo también hay uno, pero bueno en cualquier idioma hay una palabra fuerte que se usa para algo.

Yo obtuve primero el Premio de Literatura antes que el Premio de Teatro porque he cuidado siempre  mucho el lenguaje.

Yo obtuve primero el Premio de Literatura antes que el Premio de Teatro porque he cuidado siempre  mucho el lenguaje y lo reviso si no estoy muy satisfecho. Hay algo que le digo mucho a la gente: ‘cuando tú piensas que has llegado y te crees que llegaste ya todo está perdido porque tienes que estar insatisfecho y tratar de encontrar algo nuevo’. Porque ya yo estoy para no hacer nada más y retirarme porque a qué más puedo aspirar. Sin embargo, ahora estoy haciendo una adaptación de Pedro Páramo y me da miedo que me quede  mal. Esta es una novela que me gusta mucho y mira como son todas las influencias. Yo debo haber leído Pedro Páramo ya hace mucho tiempo, no lo recuerdo. Yo escribí mi obra sobre Milanés, en la cual Milanés habla desde la muerte y ahora estoy con Pedro Páramo. ¿Tú la conoces? Es una novela mexicana de Juan Rulfo en que todo sucede en un pueblo donde todo el mundo está muerto, las cosas se hacen desde la muerte,  son como recuerdos. Esos muertos hablan, viven, hacen su vida  y descubrí ahora haciendo esta adaptación que mi Milanés salía de eso. Una vez había un grupo de pintores aquí con Raúl y entonces Raúl le preguntó a uno de ellos: ‘bueno, y tú por qué te sientes influido, ¿qué pintores conoces?’ Fue lo que Raúl preguntó y aquel le respondió: ‘no, no, yo no quiero conocer ningún pintor porque yo quiero ser original’. Una tontería porque puede estar pintando en el siglo XII y creer que está haciendo lo más nuevo, entonces uno  siempre está influenciado por muchas cosas, por la memoria, y la cultura es parte de la memoria, lo que tú has leído y lo que has pensado.

Los datos más palpables que existen y pueden ser confrontados sobre la familia cubana de los años 50, se refieren al censo de 1953 y a otro censo que hizo una asociación católica en el 1957 y son todos datos estadísticos y demográficos. No existen tantas fuentes exactas, como se podría esperar, que digan cómo era  de verdad la familia en ese momento en Cuba, cómo era el comportamiento de esos núcleos. Por eso me parecen sus obras un documento esencial, su experiencia, la memoria encerrada en ellas,  para saber cómo era esa familia cubana, o al menos, cómo era una parte de esa familia de aquella época.

Claro, igual uno toma una obra de Shakespeare para saber cómo hablaba la gente en esa época. Siempre teniendo en cuenta la diferencia que existe entre el  arte  y la vida cotidiana, pero hay un reflejo siempre.

Ya lo sabe usted, en sociología hablamos en materia de reflejo, de representación. Aunque la representación tiene más que ver con la psicología, la sociología también utiliza la representación social en vínculo estrecho a cómo se percibe e interpreta esa realidad y cómo  esta es traducida, interpretada, pasando por el filtro que es uno mismo. Esa teoría me parece muy útil para el estudio de su poética dramatúrgica a partir de lo que hemos hablado y también de la ruralidad presente en sus obras. De ahí entonces que, conclusivamente, Unión de Reyes y su vida allí tienen una influencia innegable.

¡Claro! En El robo del cochino, que sucede  antes del triunfo de la Revolución, no era mi familia pero era la experiencia que tal vez yo tenía de niño… Dame un momento para pensar, para divagar… Por ejemplo, la maestra no sé de donde sale, de qué experiencia sale… Pero hay un padre rico que tiene una finca, mi padre no era un hombre rico, era un obrero, pero yo tenía un tío que tenía una finca. Está después del triunfo de la Revolución y la experiencia de lo que la Revolución producía… Yo no pertenecí nunca al Partido Comunista ni nada de esto, pero siempre tuve ideas de avanzada y por lo tanto ese dueño de una finca me parecía a mí un hombre que era un reaccionario y la juventud fue la que  hizo la Revolución, por lo tanto el hijo critica al padre en esa forma.

Esto es algo que siempre aparece en mis obras, una inconformidad con lo manido, con lo hecho, todo el tiempo. En el fondo soy un rebelde aunque no haya cogido armas en la mano, soy un rebelde y eso aparece en mis otras obras también.

 

Esta entrevista se publica por primera vez en La Jiribilla

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