Qué se cuenta, Luis

Luis Sexto • La Habana, Cuba

La evidencia sobrepasa lo que una vez fue verdad filosófica: “Nadie puede tomarle a otro su morir”. Podemos, sin embargo, experimentar el vacío por el morir de otros, como hoy muchos, en particular los que nos apareamos en los aires generacionales, esperamos a que Luis Báez aparezca con su sonrisa entre  solidaria y  irónica, nos dé una palmada, y nos pregunté qué se cuenta.

Ese “qué se cuenta” fue la frase sacramental de Luis Báez. Cuánta confianza conquistó, cuánto dato alimentó su crédito de periodista informado, con esa frase confianzuda, audaz, incluso atrevida de reportero cuya nariz oliscaba el ambiente y echaba su provocación: Se comenta qué… No iré ahora a indagar por qué ya existen pocos periodistas como Luis Báez, ni por qué nos lamentamos de la escasez de noticias. Mi respuesta iría más allá de las consabidas percepciones  de que las fuentes se cierran. Las fuentes suelen estar cerradas por índole burocrática o secretista, y mucho más cuando se han secado las técnicas y mañas de la cerrajería periodística. El periodismo es, sobre todo, búsqueda de noticias, de información. Y ni Google, ni el comentario erigido en género supremo pueden sustituir al periodista detector y constructor de noticias.

Arleen Rodríguez clasificó a Luis Báez de periodista del siglo XX. Por  sus 79 años, había puesto mayormente sus dos pies en el siglo pasado, y los últimos 15 en este que transcurre. Recordemos, sin embargo, cómo nuestro amigo y colega supo adecuarse a las tecnologías sutiles, impactantes, y prosiguió en su vieja norma de usar los instrumentos facilitadores de su faena, sin entregarles a las nuevas la supremacía. Se plantó ante la computadora. Y siguió con su vocación de búsqueda, su inventiva olfateante.

Trabajé con Luis. Tuvimos amigos y maestros comunes. Coincidimos en diversos puntos de Cuba y del extranjero. Recuerdo en los años de 1980, cuando en ciertas fechas yo ejercía de editor de turno los domingos en Prensa Latina, y me dejaban la advertencia de que sobre las tres de la tarde debía machacar los teletipos una crónica de corresponsal viajero de Luisito. Llegaba exactamente. Y desde algún sitio de América Central o del Sur,  enviaba la entrevista reveladora, la información exclusiva. Ese era su don. Y uno se percataba que el periodista lo es, sobre todo, por la cantidad de oxígeno que pudiera conservar en sus habilidades para bajar al fondo de los hechos y de la gente.

Escribo sobre Luis Báez, porque valoré, en mi aprendizaje, todo cuanto de creativo había en su quehacer reporteril, en su capacidad editorial de asociar hechos visiblemente sin conexión. Y no fue inspiración momentánea cuando, entre amigos en aquellos años del XX, intentábamos armar al periodista modélico con fragmentos trasplantados de este o de aquellos. No mencionaré todas las piezas de aquel Frankenstein,  pero la nariz, por su agudeza olfativa,  era la de Luis.

Ahora, mientras repaso los ecos del deceso de nuestro colega, comprendo que su muerte no nos podía sorprender. Estaba, como toda nuestra generación, en el kilometraje que nos va marcando la cuenta regresiva. Y si no nos ha sorprendido, porque estamos en tiempos de poner punto final a la crónica de nuestra muerte anunciada, sí nos ha obligado a lamentar que no hayamos podido “tomar su morir”, según el filósofo. ¿Y acaso no podremos tomar su vivir;  acaso no se ha quedado entre nosotros en sus textos, sus libros, su pertinaz vocación de  doblarse cada día en un empeño por perpetuar la vida en una línea, una página, una pregunta?

Si me oyera, seguro que alzando la voz, me diría déjate de boberías; fui periodista porque era mi manera de vivir. Y de eso se trata, le respondería: de convertir el periodismo, como tú, en una forma de la existencia, nunca en un medio de vida. Más bien, una técnica para perpetuarla mediante un qué se cuenta… Luis.

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