El gran entrevistador

Si un atributo nadie puede negarle al periodista Luis Báez fue su maestría como entrevistador. Y si a ello se suma las dotes que tuvo como sabueso de la información bastarían sus méritos para quedar plasmado entre los más notables del ramo. Sus libros recogen momentos trascendentales de la historia contemporánea de Cuba en voces de sus protagonistas, voces que supo armar para ser leídos con fluidez.

Conocí a Luis Báez cuando trabajábamos en periódico Revolución, reportamos juntos la llegada a Cuba de Valentina Tereshkova y desde entonces lo vi trabajar casi a diario y quedó grabada en mi mente una de sus formas —la más popular— de hacer hablar a un huidizo, tímido o reacio personaje de quien debía obtener una información periodística de algo guardado con celo. Su frase, en tono amistoso y comprometedor; que a veces parecía una broma era: “Lo suyo (o tuyo) se comenta”. De inmediato el individuo, por cauto que fuese se convertía en su interlocutor. “¿Qué cosa? Yo no hablé nada allí”.  “Pues se comenta”, insistía Luis Báez, y el interlocutor caía en su red de reportero porque, si no todo, algunas claves fundamentales le aportaba.

Pero Luis también ejercía el más austero y profundo trabajo en ese difícil género de la entrevista. En ese camino era capaz de prepararse mucho; estudiaba el asunto del cual quería saber para conformar su trabajo. De ahí que hoy podamos contar con libros de entrevistas como Secreto de Generales, por ejemplo.

Una de las premisas del periodista es estar bien informado sobre el sector en el cual desarrolle su trabajo, y ese fue uno de los puentes fundamentales que cruzó Luis Báez entre el reporterismo y el escritor de actualidades, las que se convirtieron —todas— en historia recogidas en numerosos libros.

Desde su presencia como profesional en Playa Girón, el ciclón Flora y varios viajes trascendentales de Fidel, su prosa llana registró hechos de un valor innegable.

Hoy más que nunca son vigentes sus textos Los que se quedaron y Los que se fueron o Preguntas indiscretas; y qué decir del invaluable Absuelto por la historia.

Su acierto indagatorio de los asuntos más diversos, personas y hechos puntuales, solía compartirlos —casi siempre— con algún colega. El Luis Báez tan presuroso por sacar a la luz la indagatoria, compartía sus méritos con otro profesional que no tuvo la sagacidad de él en un momento determinado. Ese fue un rasgo de generosidad o una impaciencia. Pero no de haber sido como fue hasta los días más duros de su vida, en vísperas de la partida, no contaríamos hoy con ese centón tan valioso de voces y hechos que se deben a él.

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