Estorino y yo, con diez años menos

Maité Hernández-Lorenzo • La Habana, Cuba

Hace diez años Daniel Correa y yo llegamos a la casa de Estorino en 25, entre A y Paseo, en El Vedado, la misma que compartió con Raúl Martínez y en la cual Zena, su hermana, dice sentirse solita ahora. Estorino había cumplido sus 80 y seguía siendo “el estudiante del ISA”, como una vez le apodó Reinaldo Montero. Yo lo veía como el hombre menudo, ágil que caminaba dando salticos y que cuando mi hijo Nicolás cumplió tres meses se apareció en mi casa, cámara fotográfica en mano.

Visto así, era obvio que Estorino nunca se iría. Era obvio que tenía todo el tiempo por delante. Fue en ese encuentro cuando le dije en broma: “Entonces, en esta casa se toma el mejor café de Cuba”, haciendo alusión a La casa vieja; y él, como si develara un secreto guardado, me respondió: “No tomo café”.

Imagen: La Jiribilla
Estorino asiste a función de Medea sueña Corinto, por Teatro del Puerto. Septiembre 26 de 2013.
 

Tablas-Alarcos, el Consejo Provincial de las Artes Escénicas de Matanzas, el Consejo Nacional de las Artes Escénicas y varias instituciones organizaron una gran celebración por sus 80 años. Luego, la Feria Internacional del Libro dedicaría la edición de ese año a su vida y obra. Fueron largas jornadas de homenaje, de festejos. Él aceptaba todo, sin dar el plante por generosidad y cortesía, y, en especial, por agradecimiento a las personas que lo admiraban y querían. Nunca le gustaron los homenajes, no se sentía cómodo, su sencillez se lo impedía. De esto, del teatro, de su vida, de la esencia de sus personajes, habla Estorino en este documental, fruto del Archivo Digital de Teatro Cubano, La Má Teodora y DaLiMediaLab, con sede en Miami.

Corría el año 2005 y pocos sabían que Estorino tenía ya sobre su mesa su propia versión de Medea, el proyecto de Pedro Páramo, una novela en ciernes y los deseos de escribir un guion de cine, y quién sabe qué más…

Amigos, colaboradores, discípulos, estudiosos de su obra, nos fuimos para Matanzas, primero, y luego a Unión de Reyes. Fue fantástico el jubileo. Corría el año 2005 y pocos sabían que Estorino tenía ya sobre su mesa su propia versión de Medea, el proyecto de Pedro Páramo, una novela en ciernes y los deseos de escribir un guion de cine, y quién sabe qué más…

Cuando supe que se proyectaría la entrevista en el Coloquio 90 Estorinos, no recordaba de qué se trataba. Un día antes de su proyección, en una habitación del Hotel Canimao con un frío que pelaba los huesos, me senté junto a Alberto Sarraín a mirar la filmación por primera vez. Así de personal debía ser la experiencia de volver a aquel día en que, con diez años menos, me senté con Pepe en la sala de su casa a conversar, y en una esquina Daniel sostenía su cámara. La compañía para “enfrentarme” con ese testimonio valiosísimo no podía ser mejor. Alberto, uno de los artífices del breve testimonio, fue y es gran amigo de Pepe y, quizá, el director que más ha montado sus obras. Mientras corría el video, vino de súbito nuestra conversación; los temas que se quedaron fuera, los pendientes, los cortes, las repeticiones; y me vi como una joven de más de treinta, tímida aún.

Esta vez faltaron muchos, pero los más preciados, obviamente, fueron Estorino y Adria. Desde Matanzas, Ulises Rodríguez Febles se ocupó de asegurar el programa, el viaje a Unión de Reyes, y allí Teatro D’Sur, como es habitual, completó la jornada.

La tumba de Estorino descansa en un cementerio de pueblo. Como suele ser, está ubicado al final del camino. Al amparo del sol, el viento o la lluvia, la lápida de Estorino nos recuerda que fue un hombre que creyó y cree “en lo que está vivo y cambia”.

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