El pozo oscuro del presidio

Una certeza de probabilidades

Hilario Rosete • La Habana, Cuba

El pozo oscuro del presidio (Editora Abril, La Habana, 2015), del en sazón historiador Julio César González Laureiro (La Habana, 1963), es un texto raro, novedoso: en el ejemplo del antiguo Presidio Modelo de la Isla de Pinos, hoy de la Juventud, llena un vacío de la esfera editorial, la cuestión de la cárcel, y eficaz e intencionalmente da voz a protagonistas olvidados, los presos en primer término.

A este tomo de interés general, le auguramos un amplio círculo de lectores, será considerable la utilidad que les reportará a jóvenes y adultos hispanoleyentes de cualquier latitud. Tiene en el testimonio su mejor arma de convencimiento; desnuda las masculinidades hegemónicas, expone nuevas esencias sobre honor, decoro, hombría, civismo… Veraz, franco, es pródigo en citas y bibliografía. Sirve y se sirve de la Historia, la reinterpreta con espíritu crítico.

“Está montado sobre la Historia, su eje medular”, profundizó el autor, “sin embargo, lo ventilan anécdotas, testimonios e ideas de pensadores ligados al tema; cabalga sobre la Historia, pero incluye cuotas de fábula que permitirían concluir, “quizás sean estas las memorias de fulano”. Así utilizó, por ejemplo, a Manuel Limonta; su caso correspondería al de cualquier convicto que entrase a prisión a fines de un siglo: se habría perdido un tiempo de avances y cambios; mas ese sería el relato que quiero contar, no el verdadero.

“A la postre, no es un texto de Historia o ficción, sino didáctico; antes de simular hechos o procederes, innova con perspectivas y probabilidades; pese a que todos los procesos y personajes son reales, su agudeza reside en el intento de sentar al lector ante el asunto de la prisión y la posibilidad de caer preso partiendo de juicios o enseñanzas sobre el cómo pudo ser la vida cautiva de un recluso o el por qué llegó a la cárcel; en fin, me serví de la Historia, primero para estructurar el libro, y segundo para aleccionar a sus leedores”.

Consta de ocho capítulos, Epílogo, Bibliografía y veintitantas imágenes sembradas a su largo con tino, tacto y sobriedad. Cada capítulo abre en página par con una estampa del grabador y arquitecto italiano Giambattista Piranesi (1720-1778), autor de más de dos mil aguafuertes; las obras, vistas de las prisiones de la Roma antigua, son una fantasía sobre el encierro. A las reproducciones litográficas le siguen: en la página impar colindante, un exergo; en la próxima página par, una imagen; y en la página impar contigua, el nombre y comienzo del texto capitular.

Tiro de gracia

En línea con el estilo sobrio del diseño —ora grabados e imágenes en blanco y negro, ora exergos en blanco sobre fondo negro—, a las páginas impares que acogen el inicio de la Bibliografía y el Índice les preceden las pares debidas, ya no con una estampa completa, sino con un detalle (rejas, faroles, escaleras, columnas), también en blanco y negro, de las litografías piranesianas, mas sobre fondo blanco.

Para su comprensión y explicación, la octava de capítulos podría reagruparse en tres partes básicas: una, formada por el primer acápite; dos, por los apartados del segundo al quinto, y tres, por las secciones seis, siete y ocho. La parte primera, «Del cadalso en París a la cárcel de La Habana», sabe a historia como materia, disciplina o asignatura, nos impone del cambio ocurrido a partir del siglo XVIII referente al modo de ejercer justicia —del castigo del reo en la plaza pública, a su reclusión en «celdas modelo»—, y apunta a la «primera piedra» de la nueva cárcel de La Habana erigida en los años 30 del siglo XIX por orden del capitán general.

La parte segunda es más expedita, generosa, demócrata. Con respecto a la educación preventiva, toma pista, entra en humanidad. El acápite «El panóptico cubano» divulga antecedentes y omisiones en torno a la construcción del que, no sin retraso, hacia el tercer decenio del siglo XX, pretendió ser paradigma de la penitenciaría criolla, el Presidio Modelo. Los apartados tercero, cuarto y quinto, «Los machos y los hombres», «Yo tengo un número» y «El regreso de los forzados», dibujan un cuadro vívido del penal profundo, abundan en anécdotas sobre la vida y el trabajo dentro y fuera de las galeras.

La tercera parte conquista irrevocable y convincentemente. Las secciones seis, siete y ocho, «Los mandantes», «Los amotinados» y «El precio de llamarse 13 339», desentrañan los arquetipos presidiarios e ilustran con habilidad lo que significa el paso por un correccional y su secuela o resonancia.

Nadie podrá lamentar que las partes se desentiendan del presente, por lectura paralela, salvando las distancias, ofrecen imágenes actuales. He ahí su valor añadido: permite acercarse a la verdad del preso sin importar la época ni sufrir personalmente la experiencia y, más aún, infunde la certeza de que es mejor no verse nunca en aquel «pozo», privado de libertad: habrá que abrir los ojos y atender la conducta social. Si a alguien le pareciese poco, entonces viene el Epílogo, cierre, remate de 13 páginas que intenta reubicar una serie de ideas sobre la prisión en el contexto cubano contemporáneo.

Educación preventiva

Basta ojear el apelativo de El pozo negro del presidio, para creer que a los lectores se les pondrá en conocimiento de las maneras en las que se expresa su «negrura». Hablando de los más jóvenes, ¿es saludable imponerlos del tema? Sí. Son ellos los más propensos a delinquir; hay que hablarles de la trascendencia de ser o haber estado preso y sus secuelas. En esa aclaración radica su gran utilidad.

Cuando se afirma que este es un libro sobre el cautiverio y que los jóvenes son las víctimas más frecuentes de los encierros, vuelve a pensarse que desde la apertura entrará describiendo las sombras de la vida del preso, cuánto sufre, cómo entró para rehabilitarse y perdió o cambió su índole, que desde la primera línea vendrá haciendo educación preventiva. No hay que impacientarse. Antes de entrar en materia se impone conocer los antecedentes. Ese papel lo desempeña la parte primera. Aterrizando en el Presidio Modelo, las partes segunda y tercera pronto florecen en lecturas, se tornan bien interesantes y colman las expectativas iniciales.

A propósito, el vocablo «presidio» nos indica, justa e imperceptiblemente, que en este caso se refiere a un único penal, el Presidio Modelo. ¿Entonces el título debía de rezar El pozo negro del Presidio Modelo? No. Tanto la reseña de la parte primera, vislumbre del camino introductorio (de París a La Habana), como las miras del texto íntegro, mostrar la verdad de la cárcel, requieren una coartada titular y es la omisión del sobrenombre «Modelo» quien se las concede, en el entendido de que cualquier calabozo resulta un «pozo negro».

“Yo de lo que sé es acerca del Presidio Modelo, reveló el autor, “sin embargo, pretendo que a partir de la experiencia de esa institución penitenciaria en particular, se saquen enseñanzas, generalidades ajustables a todas las prisiones”.

Es justo recalcar que las últimas partes en las que, para evaluarlos, reunimos los capítulos —desde «El panóptico cubano» hasta «El precio de llamarse 13 339»—, retratan con viveza, siempre desde el Presidio Modelo, la cárcel profunda, descubren las circunstancias de mandantes, amotinados, suicidas y todo género de olvidados, ilustran lo que significa vivir allí, y educan preventivamente. Es así que, de buena fe, para dejar que estas progresen, luzcan hermosas como en verdad lo son, la parte primera entraña una gran síntesis histórica.

Sálvate si eres hombre

Tras la valoración del original, y durante la edición, el autor mostró su fibra humilde al acatar con cortesía, prontitud y eficacia las recomendaciones del lector experto, la editora Irene Hernández, el diseñador Carlos David Fuentes, la realizadora Iskra Carballosa, y hasta de la correctora Valia Pérez: “Eran consejos sanos de un buen equipo de trabajo, comentó; siempre le digo a las personas, que les entrego mis textos para que los lean, critiquen, me den su parecer, y no es por gusto ni de la boca para afuera, en verdad trato de atender sus sugerencias.

“En el caso de El pozo…, por ejemplo, sopesé la anchura de los exergos y decidí que todos los acápites recurriesen a ellos. El epitafio del mencionado octavo capítulo, apartado que al principio denominé “Los olvidados” y luego, según las indicaciones, rebauticé como “El precio de llamarse 13 339”, era realmente largo. Tomado de Miguel de Cervantes (El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha), en la versión original decía, «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los Cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres».

“Ahora en cambio la versión final apenas fija, «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los Cielos», y el capítulo concluye con mi interpretación privada, personal, del modo anterior, «Si ser libre es el tesoro más preciado que tienen los hombres, los jóvenes deben darse cuenta por sí mismos, que es más hombre quien cuida y defiende su libertad que quien desprecia ser libre». Ese es el mensaje capital que envía a la juventud “El precio de llamarse 13 339” y todo El pozo oscuro del presidio. Sembrándolo en la mente del lector concluye la obra”.

 

 

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