Soy un Polifemo que devora muñecos de papier maché (II y final)

Yudd Favier • La Habana, Cuba

 

 

El occidente cercano

 

Vi la función de Macbeth (Teatro Papalote, Matanzas), a una semana del estreno.  Los estrenos son caóticos, ya lo sabemos. ¿Me gustó la función? ¿La disfruté? Ciertamente no. Me costó entender lo impreciso de la selección de una técnica tan poco efectiva. Las máscaras parecían perchas que suprimían la expresividad del actor, pues en mi criterio no aportaban  fuerza dramática en una historia casi retórica. La similitud de los diseños, en todos los personajes, fue otro elemento que obscureció la identificación precisa,  más el monocorde y exasperante exceso de rojo, un símbolo que me pareció simplista por lo obvio y redundante de su presencia. No obstante, la hábil mano del dramaturgo, supo sintetizar una historia a la que bien le habría hecho mayor pericia en las interpretaciones. Creo que puede ser algo digno de ver unas 20 funciones después.

Por años (puede revisarse), evité los halagos en torno a una agrupación que siempre ha acumulado más de una decena de críticas por cada espectáculo que estrena. Soy perezosa para escribir, cada vez que quise hacerlo ya los dossiers estaban completos y nunca quería ser una más. Es ilícito que esta vez escriba absolutamente nada sobre los dos estrenos de Teatro de Las Estaciones, estoy íntimamente asociada a los trabajos preliminares  de  Cuento de amor en un barrio barroco y El irrepresentable paseo de Buster Keaton. Desde el interino lugar que hace 6 meses ocupo, he tenido el placer de participar en verdaderos procesos de producción, soy testigo de la contribución juiciosa que ofrece cada miembro de este grupo, de su independencia a la hora de aportar, de la individualidad cotejada con las investigaciones y la habilidad para guiar y definir de su líder. Estos espectáculos, diversos entre sí y dentro del resto del repertorio previo, se desprenden de la competencia de los miembros del colectivo,  la individual y la socializadora.  De esto da fe el constante sentido de búsqueda y superación de sus paladines. Ambas producciones fueron premios Villanueva de la Crítica en 2014, y como  con el resto de los espectáculos para niños y de títeres galardonados (Gris, La muchachita…) coincido plenamente.

 

El panorama habanero

En La Habana, la ciudad que habito y amo, como buena oriental, el panorama es menos halagüeño. El carácter supuestamente comunitario de muchos grupos y su respectiva invisibilidad en  los circuitos teatrales, la posibilidad de pertenecer a agencias que pueden desviar los intereses artísticos a favor de otros comerciales, la independencia y otras maneras obligatorias de autogestión, han propiciado que los estándares de calidad en la capital sean muy bajos. De los cientos de titiriteros que existen en la gran urbe, ves en los estrenos a los mismos casi siempre: Armando Morales, Babito (Leovaldo), los miembros de Teatro La Proa, los de El arca…, son los mismos que asisten a conferencias y talleres, señal evidente de la indiferencia. Son estos ausentes los que más recelosos se muestran cuando tratas de “hacerlos más visibles”. Asistí a Palo de guayaba (Teatro Nacional de Guiñol), La gran travesía (Teatro Cimarrón), La farsa del buey o el deseo de Catalina (Teatro Viajero). De todos puedo decir  que presentan una fábula endeble, una falta de unidad muy sistemática en los diseños de los títeres o máscaras —según es el caso—, en la escenografía y el vestuario. Existen problemas de manipulación o animación, casos críticos de dicción, afinación (en el caso especial de los actores de Teatro Cimarrón)  y sobre todo intuyo una gran falta de socialización previa de las obras, en elementos corregibles muy evidentes que cualquier mirada externa pudiera identificar. 

El  Teatro La Proa, y no temo ser categórica, tal vez sea uno de los más importantes por su quehacer artístico y social en el panorama capitalino. El triunvirato formado por Blanca Felipe, Arneldy Cejas y Erduyn Maza, no es para nada un equipo deleznable en esta reflexión que pretende abarcar el panorama nacional. Lo primero, es obvio y loable el afán que tienen de encontrar un estilo único y no a través de la mímesis, sino a través de la idea de ofrecer una tesis importante en cada uno de los espectáculos. Desde Aventuras con el televisor, que alertaba sobre la contaminación de los medios, pasando por ¡Cenicientaaa!, Mowgli, el mordido por los lobos  y ahora Romance en charco seco, es evidente la necesidad  de tocar temas neurálgicos como la violencia, el escapar de arquetipos y prejuicios o la búsqueda de identidad. Personalmente, creo que en varias oportunidades el mensaje ha absorbido a la disposición espectacular. En Mowgli…, con una fábula más simple en su exposición y más dinámica, se logró hacer un espectáculo con meritorio resultado. Con ¡Cenicientaaa!  y Romance en charco seco, tuve como espectadora, reacciones muy similares ante la primera función. Me aburrí, y cuando eso me sucede, empiezo a preguntarme por qué. Asistí a una segunda función de ambas y confieso que me divertí en las primeras mitades de ambos espectáculos, hacia los finales me volví a aburrir. De vuelta a la pregunta, traté de discernir el por qué en cada una de las segundas partes ya no estaba interesada en el producto ofrecido.

¡Cenicientaaa! tiene una engorrosa filosofía en el que un gusano-hada  se llama Ciprés. Esto no es gratuito, un estudio de Bruno Betellheim sobre la psicología de los cuentos de hadas, aclara muchas interrogantes. El por qué no quiere al Príncipe, se puede deducir por el discurso. Lo cierto es que en la práctica los aspectos retóricos y filosóficos del texto nublan toda la tesis y por ende a la puesta espectacular.

Romance en charco seco tiene en mi criterio un formal  problema dramatúrgico. Brinca bruscamente de un género a otro, va de la farsa al más anquilosado melodrama y convierte un montaje, que ha conseguido media hora de chanza y diversión, en un culebrón inverosímil puesto en boca de los títeres. Se consigue una excelente recreación del “bucólico ambiente rural cubano”  a través de la escenografía cuidadosa, que se amplifica hacia los laterales y se diversifica en niveles múltiples y hábiles cambios de locaciones. La banda sonora y las ambientaciones campestres logran hermosas postales campesinas, apoyadas por el desfile de los animales, la decoración de los interiores con simulación de sábanas y cortinas, logra crear una ilusión muy precisa de las antológicas casas de campo. Los güijes, de graciosa interpretación, con textos y caracterizaciones hilarantes, son también un excelente recurso de acercamiento a una historia que se va construyendo como local por sus autores. Es una lástima que el protagonismo “actante” de estas figuras, sea una de las cosas que se diluya al final. Me agradó particularmente el diseño de los animales, así como sus armazones visibles, no así los personajes humanos, tienen mucha distancia entre sus ojos, unas cejas y pestañas demasiados exageradas —sin distinción de especies—, y luego las manos, planas y totalmente desproporcionadas en títeres volumétricos que recalcan en su discordancia cuando el manipulador no está siendo del todo eficiente y ves caminar a los títeres como si sostuvieran un jarrón invisible.

 

Muñecos de papier maché en el otro extremo de la Isla

Escribía Aristóteles: “Infinitamente variados son los incidentes en la vida de un hombre que no pueden ser reducidos a la unidad; y así también existen muchas acciones de un hombre de las cuales no podemos hacer una acción”. No basta con tomar un personaje interesante para convertir un día de su vida en un interesante conflicto teatral. Dos veces he visto en la escena cubana el intento de recrear la vida de personajes míticos en nuestra historia. Dos veces han sido obras que se han puesto a especular en torno a dichas personalidades y han tenido que cubrir la tesis con acciones cotidianas en el pasar de un día, con tonos de melodrama. Pepe y La Chata, (Teatro Alas, Pinar del Río) se provee como argumento sobre la relación de Martí con su padre, pero no deja de ser un planteamiento —que aunque esté bien fundamentado en el estudio de su autora— es en el texto únicamente una exposición. Escribía Jurkoswsky que en el títere la acción dramática debe ir a la par de la acción física, pues es su forma de evidenciarse. Por eso suelen ser tan poco efectivos en los espectáculos titiriteros “las tensiones psicológicas”, si no son exteriorizadas en planos de ejecución locomotora  de una figura de rostro inmutable. Si vas a recrear la vida de un personaje tan conocido, son más evidentes los anacronismos y por tanto, imperdonables. Un malecón de fondo no existía en vida del líder y poeta, las telas de los vestuarios y sus diseños no correspondían con la época que se recrea.

En Los tres deseos (Grupo Titirivida, Pinar del Río), vuelve a surgir el inminente problema de la elección del texto, un argumento totalmente retórico que no avanza a nivel de acciones, sino a nivel de diálogos y monólogos. Siendo así y con actores tras el retablo, uno esperaría títeres de guante, o mejor aún, parlantes que hablaran mucho, en cambio, aparece un títere de cuerpo entero con piernas que cuelgan  y un mando que es sostenido por la cabeza. A la par de los títeres, se ven manos incómodas que sostienen a los títeres desde la cabeza, pero eso tras un retablo, es un despropósito  que no ofrece ninguna ventaja al títere ni al titiritero, mucho menos  al espectador. En las dos funciones que vi de la puesta, los niños eran muy felices. Creo que la aceptación del público, a quien al fin y al cabo la obra va dirigida, tiene que ver con la simpática caracterización de los personajes y por algunas muy buenas cadenas de acciones que el director crea para conseguir hilaridad y empatía con lo contado.

Hay más de 80 grupos de teatro para niños y de títeres en Cuba, casi todos llenos de actores de primer nivel. De los 80 colectivos,  menos de diez mantienen un repertorio visible y próspero en cuanto a búsquedas y estilos.  Teatro Tuyo, desde su vuelta con La Estación, en 2009, ha conseguido establecer un trabajo que lo ubica en la línea de vanguardia de la manifestación, de la misma manera se mantiene Retablos. Desde el unipersonal Pico sucio, también de 2009, ha seguido una carrera de espectáculos exitosos.

Teatro de  Las Estaciones, a sus 20 años, sigue siendo un “pater familiae”, sus dos estrenos últimos demuestran el incansable anhelo de renovación y búsqueda. Teatro La Proa  se erige desde el empeño con obras cada vez más complejas y también diversas en su concepción. Teatro La Chinche se abre paso desde dramaturgias nacionales y la frescura de su diseño. Otros grupos como Teatro Andante y el Guiñol de Guantánamo, se constituyen también como colectivos de permanencia, aunque con logros más subrayados en su quehacer comunitario. Teatro Papalote, Teatro de La Villa,  Teatro de Muñecos Okantomí, la Compañía de Marionetas Hilos Mágicos, son grupos ejemplares desde una férrea disciplina de producción e integrados por creadores comprometidos.  

 

Una saltimbanqui amante del teatro

 

Tengo tres hermanos: uno es biólogo, otra es psiquiatra y la tercera se graduó en algo llamado Lenguas y Lingüística para la colaboración Internacional.  Si alguien le preguntara a cualquiera de ellos qué yo hago, dirán que trabajo en “en eso de los muñequitos y las cosas para niños”. Soy, sin serlo, una saltimbanqui. Soy, sin parecerlo, una amante del teatro.

Sentarse cada semana ante un espectáculo y juzgarlo; evaluarlo por lo que es como resultado final, es lo que hago. Soy una veedora teatral que últimamente  se aburre en la penumbra de la platea; que no entiende muchas propuestas con dislates de colegas que son “profesionales”, una que muchos quisieran —por qué no— golpear, cuando sienten que ofendo con mi ejercicio lícito del criterio a su obra de arte. No existe cultura de la polémica en Cuba. No hay tolerancia antes las críticas no-positivas por parte de los artistas, por tanto, para los que no me ven como una saltimbanqui, soy una censora. Entonces ¿por qué aún amo el teatro y lo que hago?

El año que pasó tuve tres  tipos de experiencias que me hicieron saber por qué sigo siendo vehemente, sincera con lo que hago y escribo, y tan apasionada por un arte que veo y pienso, pero que no ejecuto.

La primera. Había leído un texto que me enviaron por correo electrónico. Una, dos, tres veces insistí en la lectura; tenía apuntadas mis impresiones intuitivas, esas personales, en las que confío por viscerales y desprejuiciadas. Estaba en el proceso de componer de manera bonita, respetuosa,  técnica,  las maneras de dirigirme a quien se ha convertido en alguien que admiro y de quien ahora me he vuelto su asesora. Quería ser cautelosa al escoger las palabras, temía el yerro que casi siempre implica la forma en que ejerzo la opinión. Aquel director sentía que el tiempo pasaba y que yo no decía nada. Él no sabía si era pereza de mi parte, así que sin más, como sé hacerlo: en plequitas, puse una por una, mis “angustias” con respecto al texto y esperé su reacción.  Dos días después me devolvió otro texto, ¡¡¡otro texto!!! en el que mis apuntes habían sido considerados, estudiados, sistematizados y también —como debe ser en un proceso creativo— rebatido en algunos puntos. Fue entonces cuando supe que pertenecía, que era parte —de veras— de un proceso de creación, que mi ejercicio de discernimiento se había vuelto un ejercicio de intervención. Me estremecí, como sucede con toda exposición, pero después del estremecimiento fui feliz.

La segunda. Viajé dos horas para ver un ensayo. Iba escéptica, aquellas primeras escenas vistas me habían hecho decir algo como esto: el surrealismo no es la sumatoria de tesis desconectadas, es una tesis muy precisa expresada de forma inconexa. Posiblemente sea una falacia, pero así es mi lectura del surrealismo: rebelión y filantropía al mismo tiempo, las antípodas relegadas a la pasión y la violencia. Estaba convencida de que no debíamos preocuparnos de si el público entendía o no, sino que  debíamos entenderlo nosotros…, al final eso —también lo sabía— era parte de mi verborrea surrealista. Visioné el primer ensayo de principio a fin.  Tuve la sensación de que el todo espectacular presentado era solo para mí, porque encerraba una historia íntimamente mía —nunca supe cuál era la de los actores, la del director, la del diseñador— ni me importa saber. Ese ensayo me hablaba a mí y no me emocionaba, me conmovía. Al regresar a casa y ver el Valle del Yumurí, pensé en Regino Boti, en que ahí sí estaba El mar y la montaña, y no en el Guantánamo semidesértico que yo conocí desde mi infancia. En mis predios escribí un mal poema, uno provocado por el texto  que sentía total y exclusivamente dirigido  a mí. El día del estreno me quedé sin poder hablar mucho rato. Yo. Sin poder hablar. Cinco veces he visto la función acabada, con sus afeites, finita. Nunca he podido ser objetiva. Jamás le he podido dar notas a los actores, porque hasta hoy  únicamente la puedo disfrutar.

La tercera. Salí del Instituto Superior de Arte, le pedí “botella” a un  director de teatro, una botella sustanciosa si se piensa que viajé desde la Facultad de Teatro hasta tres cuadras de mi casa. Hablamos de pruebas de ingreso, de clases, de departamentos, de carnets  de profesores caducados, de los sospechosos ruidos del carro que nos transportaba, de la clase media que lleva sus “cestas de Jellowstone” a 7ma y 70. Cuando le pregunté al director qué estaba haciendo, se hizo la magia. Se viró desde su asiento delantero y  me habló del texto, empezó a narrarme las imágenes que ya tenía visualizadas. Le brillaban los ojos, ya no hubo más tema de conversación en lo adelante. Hasta el carro dejó de tener ruidos sospechosos ¿o  es que aquel brillo en la mirada no lo dejó escuchar? Conservo las imágenes del próximo estreno, porque él me las narró, y sus tristezas —tan cotidianas y existenciales como las mías— se disiparon por un instante cuando se puso  a hablar de la escena final.

Tengo tres hermanos, una tiene una casa evaluada en un cuarto de millón de dólares, la otra dice que no viene más a Cuba porque es un país muy caro. Mi hermano, el biólogo, hace plomería para mantener a sus dos hijos y cría pollitos,  también fabrica vinos que casi siempre se convierten en vinagre. Yo soy una saltimbanqui. Cuando me pregunto si hice mal en dejar la aburrida carrera de derecho, se me ofrecen regalos. Un texto que se transforma porque alguien creyó que yo debía ser escuchada. Un espectáculo que, al igual como me sucede con De dónde son los cantantes, Maria Antonieta o la maldita circunstancia del agua por todas partes, Electra Garrigó o Antigonón, puedo ver más de tres veces porque soy feliz. Un director que me muestra su pasión, el por qué escogió el teatro, que me enseña —a pesar de todo— cómo el brillo de unos ojos junto a la narración de imágenes escénicas futuras, pueden amenizar un día de frío y carros rotos.

A lo mejor sigo siendo una ingenua al pensar que tiene algún valor escribir con sinceridad lo que creo sobre el teatro que miro, reconozco además que nuestro contexto escénico no es el peor de los panoramas. No voy a seguir añorando trabajos homólogos, entiendo perfectamente que mis colegas no quieran gastar su tiempo en señalar lo obvio de las representaciones más imperfectas.

Creo en Dios y en sus regalos en la  hora obscura de las desesperanzas, y sí, soy una saltimbanqui sin serlo.  Mis parientes viven pingües vidas en países de fotos,  pero al final del año sé por qué escogí una carrera que muchos ni siquiera saben que existe. Al iniciar este, aún sigo haciendo planes para llevar a mis seres más queridos conmigo a ver una buena función, emborronando cuartillas que solo me traerán problemas.

Uno también responde a su sino.

La Habana, en enero de 2015

 

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