La Novela Cubana

Cira Romero • La Habana, Cuba

Pudiera parecer el título de un espacio radial o televisivo de hoy y de ayer, pero no. Es el título de una revista que comenzó a salir el 15 de septiembre de 1913, en forma semanal, bajo la dirección de Salvador Salazar (1892-1950), quien fue, además de profesor universitario y autor de una obra de carácter historiográfico sobre la literatura cubana, dramaturgo y director de otra revista, Alma Cubana (1923-1926;1929). También incursionó en la novela con la titulada Teatral, premiada y publicada por la revista Bohemia. Pero lo que más enaltece su figura fue su preocupación por el teatro cubano, por entonces en una etapa difícil. Para tratar de animarlo fundó la Institución Cubana Pro Arte Dramático, y participó activamente en otras como el Ateneo de La Habana, la Sociedad Económica de Amigos del País y la Sociedad Geográfica de Cuba. Fue, pues, un hombre de diversas inquietudes que canalizó a través de conferencias y libros de diverso carácter. Quizá su obra más conocida sea La novela en Cuba. Sus manifestaciones, ideales y posibilidades (1934).

Como se advierte, fue un hombre muy interesado por la cultura cubana y a través de esta revista publicó cuentos, novelas cortas, comedias, poesías, artículos de costumbres, estudios literarios, políticos y científicos de los más notables autores del país. Pero no solamente aparecieron los nombres de figuras conocidas, sino también de otros escritores aún no reconocidos en su época. Realizó homenajes mediante números monográficos, como el dedicado a Enrique José Varona (2 de marzo de 1914).

En el año 1916 comenzó su segunda época, sin que se registraran cambios notables en relación con la primera. Una larga lista de nombres integró su cuerpo de colaboradores: Max Henríquez Ureña, Emeterio Santovenia, Dulce María Borrero, Emilio Blanchet, Alfonso Hernández Catá, Joaquín N. Aramburu, Jesús J. López, Bernardo G. Barros, Miguel de Marcos… En este mismo año finalizó la publicación de esta revista.

Con posterioridad, Salazar dio a conocer la antes citada Alma Cubana, identificada como Publicación mensual  Historia-Literatura-Arte-Crítica. En el número inicial, correspondiente al mes de noviembre, expresaba su director:

Reproducirá las obras literarias de los mejores escritores cubanos antiguos y modernos, y tratará de recoger en sus páginas las palpitaciones del alma nacional.

Tal frase se repitió en cada uno de los números publicados. Tras unos meses sin ver la luz debido a que su director estuvo en el extranjero, reapareció en enero de 1925. Nuevamente se entregaron poesías, obras de teatro, artículos sobre historia y críticas literarias. Reprodujo conferencias y editó programas de literatura de la Escuela de Letras y Filosofía de la Universidad de La Habana, de la que era profesor Salazar, autor —por lo general— de todos esos trabajos. También reseñó las actividades que, relacionadas con la literatura, se desarrollaban en la Universidad en ese momento.

Alma Cubana  no limitó su radio de acción a la literatura cubana, sino que dio cabida en sus páginas a escritos sobre las literaturas española, inglesa y francesa. Publicó trabajos de Juan Miguel Dihigo, Manuel Bisbé, Raimundo Lazo, Gustavo Sánchez Galarraga, Justo de Lara (seudónimo de José de Armas y Cárdenas), Piedad Maza, Hortensia Pichardo y Sara Pascual, entre otros nombres. En marzo de 1929 reaparece en una nueva época, y en ese mismo año, al parecer, desapareció.

La Novela Cubana y Alma Cubana, ambas debidas a la iniciativa de Salvador Salazar, dedicó particular interés a la enseñanza de la literatura en la entonces única universidad que existía en Cuba, la de La Habana. Así, en sus páginas se recogió una intensa polémica, en la que participó el dominicano asentado en Cuba Max Henríquez Ureña, que puso al descubierto el insuficiente conocimiento tanto de nuestra historia nacional como el de la propia literatura cubana. Prestigiosos especialistas participaron en ella, no solo en La Novela Cubana, sino en otras revistas y periódicos de la época, a través de los cuales demandaban la necesidad imperiosa de emprenderlos. En uno de esos trabajos, el titulado “La enseñanza de la literatura cubana”, Henríquez Ureña expresaba:

Una corriente vigorosa se ha iniciado, y no de ayer, con miras a hacer crear, en los más altos centros docentes con que cuenta la República, cátedras de enseñanza de la literatura cubana. El ánimo se sorprende, en verdad, al ver cuán escasa y tímida es la orientación nacionalista de la enseñanza en Cuba. Esta orientación no sale del marco de las escuelas públicas de primera enseñanza, en las cuales se da cursos elementales de Historia de Cuba, tomando por guía el compendio de Vidal Morales y Morales; de geografía de Cuba, siguiendo el texto de Aguayo y Latorre; de Instrucción Civil, según las lecciones de Montero. Fuera de ello encontramos algunos libros de lectura como El lector cubano, y otros, en cuya dirección trabajó el doctor Esteban Borrero Echeverría, y en los cuales se advierte el propósito de darle un carácter cubano a la enseñanza.

Y a renglón seguido:

Pero, si bien esto es así por lo que respecta a la primera enseñanza, no ocurre lo mismo en los Institutos de Segunda enseñanza ni en la Universidad Nacional: en los programas de estos centros de cultura superior no se encuentra ninguna asignatura que tenga por principal objeto robustecer el espíritu nacional. La asignatura de Enseñanza Cívica no basta para ese objeto, aunque, en parte, con profesores que se den cuenta de su verdadera misión, y no faltan los que la desempeñan a conciencia […] Si bien se mira, desde cualquier cátedra, por ajena que parezca a tales fines, se puede contribuir a resultados semejantes. Pero es del profesor de quien depende el conseguirlo, y por ello se habrá dado un gran paso en el sentido de la unidad y consolidación de la conciencia cubana el día en que todos los maestros cubanos, cada cual dentro de su esfera de acción, coincidan en ese mismo propósito fundamental y difundan a través de sus lecciones la profesión de cubanismo que ha hecho siempre doblemente apreciable, a mis ojos, la labor que desde sus cátedras universitarias han venido realizando hombres como Enrique José Varona, Carlos de la Torre y Huerta y Evelio Rodríguez Lendián.

Esta labor preocupada y constante a favor de la enseñanza superior en Cuba fue uno de los mejores propósitos que se trazó Salvador Salazar. Hoy su nombre se pierde en nuestra historia, pero su ejemplo callado, con la ayuda desinteresada de muchos de sus colegas, sin duda, contribuyó en alguna medida, nunca la suficiente, a paliar los desaciertos que entonces empobrecían nuestros estudios universitarios, todavía de espaldas a nuestra historia patria.

 La Novela Cubana y Alma Cubana fueron, según sus posibilidades, bien escasas por cierto, paladines de ese clamor, que lamentablemente, encontró poca receptividad en los entonces más que mediocres medios oficiales. Esa “profesión de cubanismo” que demandaba Henríquez Ureña aún distaba mucho de ser realidad en una república atada aún a los dictados de la Enmienda Platt

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