XXV Cruzada Teatral Guantánamo Baracoa

A Baracoa me voy (I)

Carlos Melián Moreno • Santiago de Cuba, Cuba

La Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa comenzó para este periodista bajo un caney solitario del poblado El Corojo, a unos 20 minutos de Puriales del Caujerí. Una fotografía tirada desde el Kamaz que nos llevó y trajo durante diez días por la accidentada geografía guantanamera, nos revela al titiritero Armando Morales y a mí mirando hacia arriba como dos misioneros que un satélite acaba de descubrir en un pueblo perdido de la selva. Es lo que dice la foto, no hay niños ni adultos alrededor y el piso pulido del caney está sucio de excrementos de aves, cáscaras y lodo seco. Nuestra sonrisa es formal, escéptica, un reflejo de la soledad de las calles, y la ausencia de público que nos rodea.

La realidad será otra un rato después... si algo quedó claro en esta XXV edición es que estas comunidades no olvidan la Cruzada y la Cruzada no los olvida a ellos, en buena medida por el esfuerzo y la voluntad del Estado que financia la jornada durante todo un mes, y de los actores y directores de las artes escénicas guantanameras, el alma del proyecto, y quienes persisten en organizarla y mantenerla desde 1990, sorteando tanto las dificultades logísticas de cada época y región como los asomos de falta de sensibilidad o abulia que persisten y persistirán luego de 25 años de trabajo y resultados sostenidos.

Imagen: La Jiribilla
Armando Morales, director del Guiñol Nacional.
Foto: Annaline Curado Piccolo (Brasil)
 

La foto tampoco revela que me acompaña un hombre querido y respetado en el universo titiritero de Iberoamérica. Se hace difícil concebirlo en las condiciones en que se convive en la Cruzada, durmiendo en colchones tirados en el piso, incorporado como los demás en un espacio colectivo tan agreste como hermoso donde se comparten la pobreza, los ronquidos, los olores, las vasijas e incluso una única letrina. Armando Morales, director del Guiñol Nacional será el patriarca de esta Cruzada, no solo por someter sus 75 años a las rudezas de este peregrinar sino por su humildad, cultura y méritos como manipulador de títeres.

Cada mañana, luego del trasiego de un campamento a otro, salían nuestros dos camiones hacia las comunidades que gravitaban alrededor del punto en que vivaqueábamos, y un día sin función, suspendido por lluvia, como sucedió en San Antonio del Sur, generaba en todos una sensación de pérdida para nada exagerada, pues existía el conocimiento de que serían diez funciones únicas e irrepetibles, algunas de mucho rigor, hasta el año próximo o hasta nunca. Cada artista con su teatrino, guitarra y títeres, se bajaba en la comunidad que le señalaba previamente Emilio Vizcaíno, el director de la Cruzada, y actuaba para un público que probablemente no lo volvería a ver jamás.

En la repartición de grupos teatrales por los diferentes asentamientos y escuelitas, vi repetirse cada mañana una  imagen bastante elocuente, la de unos hombres y mujeres caer en tierra extraña y enfrentarse a un panorama aparentemente desolado como el que nos recibió en El Corojo a Armando Morales y a mí. Una imagen que por demás es metáfora del artista, un solitario mal pagado que las civilizaciones escupieron en un desierto —a veces para beneficio propio—, para repartir ilusión, escape, pero también herejía, lucidez y humanismo.

Media hora después de nuestra llegada, un hombre de esa vieja estirpe, hacía un llamado de trueno en El Corojo y cortaba la monotonía del sábado. Atento de no tropezar con alguna piedra, con una capa a la espalda construida de parches y en la cabeza un triste y amplio sombrero de pana, avanzaba Armando hacia el caney haciendo sonar una flauta primitiva y convocando bajo la lluvia, lanzando un sonoro “vengan todos” de rey que ponía en solfa su pobre aspecto de titiritero. El maestro cubano parecía de veras uno de aquellos bardos de la edad media que iba a sembrar ilusiones y esperanzas en el corazón del pueblo.

La Cruzada ha creado en sí esa cultura de confluencias. Para mi sorpresa su 25 edición, como me advertía por el camino el chofer Yasel Gómez —mi primer informante—, ha sido hasta ahora la más nutrida, la más internacional. No preví encontrar personas de otros países interesados e incluso habituales en ella, fui originalmente por tres días, pero el número de espectáculos me obligó a quedarme diez. Solo en esta primera etapa que reseño, y que transcurrió como siempre desde el 28 de enero hasta el 14 de febrero, confluyeron invitados de Sao Paulo, Brasil con el grupo de teatro callejero Parlendas; de Gijón, España, el dúo de titiriteros Yheppa; de Puebla, México, los también titiriteros Pipuppets; y los payasos de Agité de Bogotá, Colombia. Todos ellos, junto a los nacionales Guiñol Nacional, Guiñol Guantánamo, La Barca, y Teatro Ríos, creaban esa particular ilusión de acompañamiento, que surge cuando personas de diferentes latitudes y mundos se unen y borran diferencias, desplegándose y hallando un zona de contacto en una pasión o proyecto común —en este caso el teatro y las artes acompañantes—, no en pos de una ambición personal sino en un ofrecimiento solidario al otro, un tributo altruista al hombre. Cuando Armando Morales subía con dificultad a la plataforma del caney era embajador de esta tradición que expresa una forma de manifestarse el espíritu crítico del hombre, esa capacidad solidaria de desprendimiento que desgraciadamente no abunda.

Imagen: La Jiribilla
XXV Cruzada Teatral. Foto: Alejandro Puerta
 

En la comunidad El Corojo, el Guiñol Nacional, en la figura y huesos de Morales, la Cruzada actuó para unas 20 personas, incluyendo niños, jovencitas y adultos. El Corojo se sostiene del trabajo campesino de sus hombres en la cooperativa “Domingo Hernández”, rodeada de parcelas de tomate para hacer puré, mangos, cebolla, frijol, variedades de plátanos y otra infinidad de productos del campo. Los niños que observaban el espectáculo, tenían buen aspecto, rebosaban salud y demostraban una particular predisposición a disfrutar y participar de la función. En otras palabras, esperé encontrar, en una zona campesina como esta, el típico público que teme sonreír y relacionarse con extraños, esperé ciertos tics de gente de campo que en El Corojo no percibí. Sus niños eran atrevidos, pícaros, y sobre todo avisados de las convenciones del teatro y el rol de un espectador. No demostraban recogimiento alguno cuando Armando los reclamaba, e incluso salían disparados hacia él cuando el titiritero les ofrecía manejar los muñecos. Todo esto habla directamente de la labor de más de dos décadas de los cruzados.

De pronto Armando desplegó su capa de parches, y desapareció detrás de un teatrino que creó sobre su propio cuerpo con tres varillas de aluminio, hincadas las dos más largas en las trabillas de su pantalón, y alzando los títeres por encima de sus hombros, les presentó el Pícaro burlado, de Manuel Villafañe, otro dramaturgo y titiritero trashumante legendario. Solo en momentos como estos se revelaba la capacidad manipulativa y la vitalidad de Morales.

Tanto Pipuppets, como Yheppa, o Parlendas, han conocido de la Cruzada mediante la difusión que él le hace en sus viajes por eventos internacionales. Estas pequeñas compañías que el maestro atrae a las montañas guantanameras tienen en común ideales o sensibilidades hacia sectores sociales poco favorecidos, y formatos fácilmente desplegables en condiciones de desplazamiento extremo como demanda la Cruzada. Sin embargo, y esta probablemente fue una de las grandes  riquezas de esta edición de la expedición teatrera, ningún espectáculo se parecía al otro, cada uno parecía venir de tesis y opciones estéticas diferentes, y lo que es más importante, cada uno parecía ser la crítica del otro, para suerte del público de estas montañas y de los propios actores involucrados.

Cada niño, cada adulto que recibía estos espectáculos se exponía a visiones críticas tanto de la forma como del contenido. No eran espectáculos ingenuos, tampoco era teatro para niños, una definición que Morales detesta. Pero eso es tema para otra crónica.

 

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