“Un oficio que se aprende día a día”

Aline Marie Rodríguez • La Habana, Cuba

La labor de un editor es siempre anónima y solitaria. Por lo general suelen ser personas calladas y extremadamente cultas. Eliana Dávila no escapa de esa descripción. Ella misma confiesa que es “un trabajo de concentración, solo con las herramientas que necesitas, como los diccionarios y la computadora. Aunque, es una profesión en la cual, en determinados momentos, es necesario socializar y presentar libros”.

Esta mujer, jubilada desde hace poco menos de un año, afirma que no puede mantenerse alejada de la edición, profesión que ha ejercido durante más de cuatro décadas. Por sus manos han pasado volúmenes de la autoría de José Martí, Julián del Casal, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Dulce María Loynaz, Nicolás Guillén, Ángel Augier, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Roberto Fernández Retamar… Esa pasión por editar y los deseos de realizar siempre bien su trabajo la han hecho merecedora del Premio Nacional de Edición 2014 por la obra de toda la vida.    

¿Cómo descubre el mundo editorial?

Llego por azar. Era cuando se llamaba Instituto del Libro. Ahí comencé, no porque lo eligiera, sino porque la vida me llevó. Empecé a trabajar en Ediciones Huracán como lectora y correctora. Luego me vinculo a la Editorial Ámbito, que dirigía Pablo Pacheco. Pero, como ese fue un proyecto que nunca llegó a fructificar, me traslado para la Editorial Arte y Literatura. Estando allí matriculo en la Universidad de La Habana la carrera de Filología. En Arte y Literatura comienzo como redactora, que era como se denominaba la plaza de editor. Estuve unos cuantos años, con personas que, de alguna forma, fueron mis maestros.

Cuando se separa literatura cubana de Arte y Literatura decido irme para Letras Cubanas, la nueva editorial creada, porque me había especializado en estudios cubanos. Allí pasé por todas las redacciones: narrativa, teatro, poesía, teoría crítica…, pues estaban mezcladas. Cuando se dividen se establece Poesía y Teatro. Trabajo en ambos géneros indistintamente hasta quedarme completamente en poesía.

¿Cuándo se dedicó de lleno a la poesía no extrañó el teatro?

En realidad no me agradaba trabajar Teatro porque este no fluye como puede hacerlo un cuento o una novela. El teatro es más rígido. Lo hice porque era mi trabajo, pero no porque fuera mi predilección.

¿Por qué se especializó entonces en poesía?

Llegué igual que a la edición, no porque estuviera convencida de que era mi destino laboral, sino más bien por azar y, quizá también, por la necesidad de la editorial, en ese momento, de tener un editor que se dedicara completamente a ese género.

¿Cuán complicado resulta editar cuadernos de versos?

En muchas ocasiones fue complejo. La poesía no se puede alterar como un cuento, una novela o un ensayo, en el que te inmiscuyes en la redacción y puedes hacer observaciones. No es que no se pueda hacer, pero es mucho más limitado. En el momento de planteárselo al autor las sugerencias son más sutiles y discretas. Pero sí, siempre hay algo que consultar. Por ejemplo, para redactar los textos de contracubierta de los libros de poesía tienes que convertirte en parte de la poesía misma, de la musa.  

¿Cómo ha fluido ese diálogo con los poetas?

He tenido las mejores relaciones con los poetas, tanto con los consagrados como con los jóvenes. Curiosamente siempre es más complicado tratar con los poetas nuevos y quizá esto responda a cierta autosuficiencia de su parte.

¿Cuáles son los mayores problemas a los que puede enfrentarse un editor que trabaje este género?

El problema radica en que se hace más verso libre, que no obedece a una estructura, a una estrofa. Cuando se trabaja con formas clásicas hay que estar más atento, sobre todo sin son autores vivos. Si son autores que ya no están y se detecta algún error se puede cotejar en bibliotecas, con ediciones anteriores o respetar el texto. Con los poetas más jóvenes hay problemas también de capricho.

¿Disfruta igual trabajar con los poetas clásicos y con los contemporáneos?

Me complacen los dos. No tengo una predilección muy definida al respecto. Disfruto mucho cuando he trabajado a Roberto Méndez, a Roberto Fernández Retamar y cuando lo he hecho con José Martí, Julián del Casal o José Jacinto Milanés. Con estos últimos es como volver hacia la época en que escribieron, viajar en el tiempo.

¿Nunca se ha atrevido a escribir algunos versos?

No. Muchos escritores que se han convertido en mis amigos me lo han sugerido, pero no me he decidido nunca. Creo que es un poco tarde. Uno siempre se tiene que respetar. No es que me sienta incapaz de hacerlo, puedo, hubiera podido hacerlo, pero la vida es así y no lo hice.

Coincide con el criterio de que el trabajo editorial es, en ocasiones, subvalorado.

Eso es un problema viejo. Esta es una labor muy complicada y muy ingrata. En realidad no se reconoce a cabalidad la labor de los editores. Se puede hacer una edición impoluta y cuando el libro está terminado y queda con excelencias, a veces, puede haber un poco de agradecimiento por parte de los autores. Los hay en muchas ocasiones, pero en otras no.

Pero, si en el libro hay algún problema entonces vienen los ataques sin compasión y uno es un ser humano y se equivoca, igual que cualquier otra persona. A veces los errores no son del propio editor, sino del resto del proceso por el que pasa el libro.

Además, el fruto se ve muy tardíamente. Conozco editores que, no son de mi edad, son un poco más jóvenes y son magníficos, pero tienen que esperar diez o 15 años para que se les reconozca su labor y eso es completamente absurdo.

Durante más de dos décadas el gremio editorial cubano ha intentado crear una asociación, ¿qué opinión le merece este tema?

Hemos luchado por tener una asociación que nos agrupe porque, en un momento dado, quién nos representa, quién nos defiende.

En el caso de la UNEAC es una tragedia entrar. Quizá no todos los editores, pero sí los que tienen algún prestigio deberían pertenecer. No tenemos sección y en la de escritores no cabemos, aunque, de determinada forma, nosotros somos creadores. Eso es absurdo.

En el próximo congreso, en el verano próximo, el gremio de los editores debería batallar por ganar un lugar en esa organización, que por demás es muy merecido. Ese sería un espacio de socialización muy importante, pues ahora el único que tenemos es el de la editorial y el de la Feria del Libro.

¿Cuáles son los retos que enfrentan los profesionales de la edición actualmente?

En mis inicios se empezaba como corrector, al lado de un editor. Ello ayuda mucho, pues provee de un imaginario sobre la literatura, familiariza con el idioma y enriquece el acervo cultural. Hay quien fue corrector toda su vida, pero hay quienes nos graduamos en la universidad y aspiramos después a ser editores. Eso actualmente no se hace.

Hoy la mayoría de los editores son gente muy joven, que tiene mucho que aprender. El reto al que se enfrentan los editores actualmente es precisamente ese: la juventud de muchos de los profesionales del gremio. La recomendación esencial es que no deben ser autosuficientes y siempre interrogar. No tener temor nunca de preguntar y seguir adelante para hacer la labor lo mejor posible.

¿Qué es entonces para Eliana Dávila la edición?

Es un trabajo donde comienzas de cero, al cual le vas cogiendo amor, lo vas viendo crecer. Empiezas desde que el libro es un original en cuartillas hasta que está impreso. Eso da un poco de alegría. Aparte de una profesión, la edición es un oficio que se aprende día a día.

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