Libros de uso y raros

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba

Todos los años, cuando llego por primera vez a la Feria Internacional del Libro en la fortaleza de La Cabaña, sigo una ruta contraria a la de la mayoría del público, mientras casi todos los asistentes corren en pos de las novedades editoriales, cubanas o extranjeras, yo procuro localizar el área donde se expenden los libros de uso. Solo después de haberme saciado en sus mostradores y estantes voy en busca de lo real o supuestamente nuevo.

He aprendido con los años que el auténtico lector no es el que se nutre solo de los libros de última hora, sino aquel que descubre que hay muchísimo por aprender de las ediciones del pasado y, por tanto, un expendio de libros de uso, por modesto que sea, está siempre lleno de auténticas oportunidades y más aún, de ocasiones irrepetibles, porque lo habitual es que posean apenas un ejemplar de cada título, de modo que ese libro que te aguardaba a media mañana quizá ya no esté allí a mediodía.

Hace apenas unas horas, un amigo librero de larga experiencia en ese rubro me contó que los compradores más ansiosos llegaban a su carpa apenas abría la Feria, para ser los primeros en buscar en sus estantes. “A primera hora se va lo mejor” me insistía, “a las doce del día ya es muy tarde para intentar conseguir algo valioso”. Felizmente no todos buscan lo mismo y mientras algunos piensan sobre todo en la buena inversión de adquirir una edición rara o relativamente antigua, porque son más bibliófilos o comerciantes que lectores, otros somos felices por encontrar el poemario hace tiempo agotado, el clásico de la literatura cuya obra no repasamos desde el bachillerato o la revista que viene a completarnos alguna colección.

Casi siempre cuando entramos a una librería común estamos atados a la estrecha sección de novedades, más aún, una mano invisible parece conducirnos hacia esos cinco o seis títulos que todos están buscando. Especialmente en las Ferias, aún los que compran por compulsión o porque creen que adquirir libros les da un prestigio intelectual, saben qué volúmenes están marcados como significativos. A las librerías de uso se llega de otro modo: allí tienen su rol el azar inevitable, la paciencia y un conocimiento de sí mismo que permite discriminar en ese río, casi siempre revuelto, el trigo de la paja. Sobre todo, no hay que dejarse llevar por las apariencias: muchas veces el libro elegantemente empastado —así sea de la prestigiosa colección de Premios Nobel— carece de interés, mientras que el folleto de páginas amarillentas y cubierta rasgada que está a su lado es una verdadera joya literaria. No se compran libros de uso para “amueblar estantes”, sino para rellenar lagunas culturales y satisfacer el placer de la lectura.

Alguna vez habría que escribir una historia de las librerías de viejo en la cultura cubana. No hay que olvidar que ellas favorecieron una recirculación del conocimiento y lo democratizaron. Muchos estudiantes pudieron concluir sus carreras universitarias porque adquirían los textos en establecimientos de segunda mano. Establecimientos como el célebre “Canelo” en la calle Reina fueron frecuentados por muchísimos intelectuales que nutrieron sus lecturas con libros de ocasión. Hay constancia de que en aquellas ferias del libro celebradas en el Parque Central durante el período republicano, fue visto muchas veces José Lezama Lima a la caza de ejemplares exóticos.

Debo dar fe de que mi interés por esos sitios trasciende las fronteras nacionales. Más de una vez he salido con las manos vacías de una librería de El Corte Inglés en Madrid —y no sólo por razones económicas— para dirigirme a los puestos de los vendedores de la calle Atocha, donde es posible emular con poetas aún desconocidos, inmigrantes despiertos y auténticos lunáticos, en la búsqueda del libro que puede cambiarnos la vida.

Así mismo, si bien no puedo negar que la cadena Gandhi de México ofrece notables descuentos para quien adquiera varios volúmenes de su amplio catálogo, tan bien surtido en materias como la literatura, el arte y la filosofía, para mí fue inolvidable el momento en que me detuve en un rincón del campus de la UNAM donde los estudiantes, próximos a las vacaciones, liquidaban una parte de sus bibliotecas personales, lo que me permitió obtener, casi por nada, títulos importantes de Umberto Eco, Octavio Paz y otros autores.

Hace pocos días, mientras me atrevía a pasear bajo la fría llovizna de Roma por el Corso Vittorio Enmanuele, descubrí entre tiendas de souvenirs y boutiques, una de esas viejas librerías, con estantes abarrotados hasta el techo, no muy bien iluminada y con olor a roble, polvo y aventura en el aire. Entré en ella por un rato. Nada llegué a comprar, pero me sentí en un sitio cálido y familiar, mucho más que si hubiera pisado las limpias alfombras del establecimiento justo enfrente, que ostentaba en su fachada, con letras a relieve, el marbete del Emporio Armani.

Sé que, lamentablemente, algunos creen que tales establecimientos de “libros viejos” son un apéndice molesto de nuestra Feria, por lo que es justo hacerlos a un lado, a veces hasta ocultarlos donde solo los muy enterados lleguen, sin embargo, cada vez que entro en un stand de una firma extranjera que viene a hacer su agosto con títulos ya invendibles en su país y extienden su bisutería desechable —autoayuda, pseudomística, novela rosa y otros enlatados— ante los visitantes incautos, huyo hacia aquellos sitios con menos luces y cromos donde puede estarme aguardando el libro de versos de Rilke que aún me falta o el ensayo de María Zambrano que busco desde hace tiempo.

Comentarios

Si existe, se la recomiendo

¿Alguien me puede decir si todavía existe una librería de viejo,en la calle Reina,llamada(o que se llamaba) La Avellanada?Gracias.

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