Raíz de yerba mate

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Mucho se ha escrito sobre Ernesto Guevara, y mucho se hablará aun del esplendor que su presencia provoca entre nosotros. Es una obviedad señalar lo fácil que ha resultado utilizar su imagen como simbología, pero en estos tiempos que favorecen el cambio de casacas, típico de épocas convulsas donde reina la incertidumbre, sobrecoge encontrarse a un joven que abiertamente se inspire en el Che, a quien seguimos necesitando, hoy quizás con mayor fuerza que nunca.

Moisés Mayán nació dieciséis años después de la muerte del guerrillero, cuya imagen iluminada y espectral, luego de recorrer el mundo entero, regresa a su alma de poeta, donde encuentra un nuevo nido, un nuevo corazón que lo acoge. Siete poemas igual a los colores del arcoíris, los mares, los sabios de Grecia, las notas musicales y los días de la semana componen este libro, Raíz de yerba mate, hermosa y laboriosamente confeccionado por Ediciones Papiro.

A pesar de todo, no existe nada reiterativo en el homenaje que le ofrenda a quien “no solo era un héroe, sino además, intelectualmente hablando, un genio”, al decir del autor de uno de los exergos del cuaderno.

El reto, por tanto era inmenso. No solo porque el Che, como ya hemos dicho, ha sido objeto de múltiples inspiraciones, sino por la actual tendencia en el arte a la enajenación, al descompromiso y al desapego de una representación ideológica que aunque genuina, llegó a saturar toda manifestación cultural. Mayán sale airoso de la prueba que se impuso a voluntad, sin que nadie se lo pidiera. Con absoluta honradez recoge los restos del más hermoso y consagrado de nuestros mártires, no lo imagina como su interlocutor, su compañero o su coetáneo, artilugio al que ya se acudido muchas veces, sino que le rinde tributo al muerto, al fantasma siempre rebelde que se le cuela en la noche, con las manos cortadas.

Esta nota no pretende comentar los versos por separado, sino resaltar la autenticidad de este poemario, y la admirable empatía que el autor logra entre nosotros, que también nos sentimos como él, hundidos en una trinchera. La búsqueda incesante de un asidero inmaterial que alivie el desconsuelo de una ausencia definitivamente irreparable, marca el territorio de ese reino autónomo llamado Poesía. Busco un sitio donde contemplarme, insomne la pupila, cerrado el párpado, me sorprende tu rostro, Guevara, tu rostro, nos dice, aludiendo también a otro grande, Rubén Martínez Villena. El dolor del instante terrible de un crimen que Mayán solo conoce por referencias de más de dos décadas después de cometido, se materializa en un verso que encierra su tributo más sublime: El grafito del lápiz no completa el trazado de la palabra muerte. Haydée Santamaría, con la brillantez que la caracterizaba, resumió como nadie la capacidad creativa más sobresaliente de su compañero y amigo. Segura de que a ella le hubiera complacido que un joven poeta, al cabo de tantos años, vuelva a identificarse con Guevara, cito palabras suyas, profundas y trémulas, dichas ante el desasosiego de saberlo muerto: Todo lo que creaste fue perfecto, pero hiciste una creación única, te hiciste a ti mismo.

Gracias, Moisés, por sentirte, como Benedetti, rabioso, consternado. Gracias por acompañarnos, y por mantener vivo el fuego de aquella inimitable llamarada cuyo nombre pronuncias con el mismo dolor que produce un tajo en la garganta: Che.

Febrero, 2015.

 

Yo busco todavía mi sitio, el azogado espacio de ciudad
donde me descubra digno, busco incesantemente,
y me sorprende tu rostro Guevara, tu rostro.

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