Entrevista con Andrés Sorel

Historias de un utópico-revolucionario

Aline Marie Rodríguez • La Habana, Cuba

Andrés Sorel es un hombre que ha vivido y como prueba fehaciente de ello él mismo asegura que ha sido un observador objetivo del siglo XX. Más allá de las marcas evidentes del paso del tiempo, como los cabellos blancos y las arrugas de su piel, sus palabras evidencian que es un profundo conocedor de la historia de entre siglos. Andrés, escritor e intelectual comprometido con las causas justas de la humanidad, ha desempeñado un amplio activismo como militante político, vivió exiliado. También ha sido agregado cultural, periodista…

Babilonia, la puerta del cielo, Jesús, el hombre sin Evangelios, Miguel Hernández, escritor y poeta de la Revolución, Las guerras de Artemisa, Último tango en Auschwitz… son algunos de los más de cincuenta libros de narrativa y ensayo de la autoría de Sorel, quien dirige en la actualidad la revista digital La antorcha del siglo XXI.

Imagen: La Jiribilla

En su extensa bibliografía ha cultivado diversos géneros literarios, ¿qué opinión le merecen esas clasificaciones?

Soy de los escritores del siglo XX y del XXI que no creemos mucho en los géneros literarios Para mí existen libros. El libro goza de tres características: es novela porque es una narración, en un tiempo determinado, con personajes, con protagonistas, con hechos, con acontecimientos; es ensayo porque siempre está la visión objetiva y subjetiva del autor, y es poesía porque un libro que aspire a ser, de alguna manera, trascendente o importante, debe tener un lenguaje propio.

¿Cuáles son las esencias de su literatura?

He fundamentado toda mi producción en el análisis y la descripción de personajes importantes, reales o imaginarios, vencidos o derrotados, pero que intentaron transformar el mundo y la sociedad. Quisieron crear un universo nuevo, mucho más justo y libre, en el que la explotación y la diferencia abismal de clases no fueran tan patentes como por desgracia ocurre en nuestros días. Además, seres que apostaran por algo, que cada vez está más en desuso y en peligro: la propia civilización y la existencia del ser humano.

De esta manera, me he acercado a disímiles figuras para intentar reconstruir sus historias en los tiempos que vivieron y analizar sus formas de pensar. Así, he abordado a los poetas Federico García Lorca, Miguel Hernández, Antonio Machado; a los revolucionarios José Martí y Ernesto Che Guevara, y hasta al propio Jesucristo.

Volver a rehumanizar la vida, la política, la cultura. Volver a un humanismo revolucionario que es fundamental y para eso pues no valen los dogmas y tampoco los catecismos. Para eso vale la construcción de un pensamiento crítico.

¿Por qué ese interés en personajes vencidos, derrotados?

Me apasionan estos temas y lo hablé mucho con mis amigos José Saramago y José Luis Sampedro. Nosotros procedemos de la cultura de la pobreza. Quien proviene de ahí, en un país occidental europeo, no puede olvidar lo que ha visto en miles de personas, que han sido víctimas de la represión, de la discriminación social, de la falta de posibilidades para estudiar, incluso de las dificultades económicas para comer. Eso te facilita un conocimiento de la injusticia que, aunque luego triunfes, no lo puedes olvidar. Ese es el primer motivo.

Lo segundo es que el mundo es sumamente injusto, siempre lo ha sido. Las guerras son algo monstruoso, que se lleva a miles y miles de seres humanos, a los que no se les da la oportunidad de vivir. Además, los conflictos siempre tienen un componente económico de conquista o de dominio sobre los otros.

Esos dos elementos hacen que verdaderamente me interesen aquellas personas que han luchado por intentar que esas palabras tan hermosas como son libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución Francesa sean hechos que se establezcan en la sociedad en la que vivo y en el mundo en general. 

Durante muchos años fue militante del Partido Comunista español y luego separado de sus filas. ¿A qué ideología se adscribe en pleno siglo XXI?

Es difícil. A una ideología utópica-revolucionaria. Es aquella en que no te conviertes en un burócrata de un partido o de una organización. Sigues pensando por ti mismo, exponiendo tus ideas críticas, aunque no sean compartidas por los responsables de esa organización.

Tampoco es libertaria porque los libertarios y anarquistas acaban constituyendo organizaciones. Uno vive más en las dudas que en los catecismos. Los catecismos son perniciosos, sean religiosos o sean marxistas. Otra cosa es la evolución de las ideas, pero el marxismo que desarrollaba Carlos Marx hoy en día seguro, si viviera, lo aplicaría con otras ideas y relaciones que en su tiempo no existían.

Imagen: La Jiribilla

¿Qué significó en su formación como intelectual el exilio en París en la década del 70?

Siempre es un desarraigo espantoso. El hecho de que hasta los cuarenta años no pudiera publicar ningún libro en España es terrible. En tiempos de Franco todos mis libros fueron prohibidos. Eso es algo que no olvido. Es como si te cercenaran y es muy difícil luego reincorporarte, aunque lo conseguí, pero no es fácil porque se empieza publicando desde joven para crear un medio.

Vivir fuera de España me posibilitó contactar con todos los trabajadores de la emigración, con sus problemas reales. Luego viajar por casi todo el mundo me ha permitido profundizar en la realidad social que vivimos. En  Europa, por ejemplo, se ha retrocedido en las conquistas sociales logradas después de muchas épocas de lucha por el acomodamiento de los partidos políticos y de las organizaciones sindicales. Los convierten en funcionarios y olvidan la lucha diaria y necesaria.

¿No se ha decidido nunca a escribir sus memorias?

He accedido para la Editorial Planeta a escribir mis memorias políticas, pues he estado en muchas revoluciones, todas derrotadas, en la Unión Soviética, la invasión de Praga, el abril de Portugal... Quiero testificar, como un observador objetivo, lo que ha sido este tremendo siglo XX, que nos está conduciendo a las puertas de un siglo en el que son los bancos los verdaderos gobernantes de los países.

¿Cree que los libros sobrevivirán a la avalancha de las nuevas tecnologías?

El libro es importante y sin él es difícil encontrar una persona que quiera aspirar a transformar la sociedad y el tiempo en que vive. El libro está sobreviviendo, en los últimos veinte años, a un largo y todavía más peligroso fenómeno, que es su conversión en mercancía, en un producto como cualquier otro que la publicidad vende en los mercados. 

En España, por ejemplo, en los grandes almacenes, hay montones de libros que son basura y se venden como best seller porque están escritos por autores muy guapos, que salen por televisión, que son futbolistas, políticos. Pese a ello, siempre sobrevive el libro que es auténtico, que busca la belleza del lenguaje y la profundidad del pensamiento.

Con internet pasará igual. Seguirán existiendo libros minoritarios. Lo que no puede sobrevivir es lo que ocurre en el mundo occidental con el uso de las tabletas. Niños que, desde los tres años, aporrean y destruyen el lenguaje para comunicarse apenas en cuatro palabras. Eso ni hace libre, ni crea imaginación, ni enseña a pensar, al contrario crea rebaños de seres uniformados. Frente a eso el libro siempre debe existir.

¿Cómo definiría el siglo XX?

Fue el siglo de las grandes revoluciones, las grandes traiciones y los mayores crímenes que se hayan cometido contra la humanidad. Hecatombes que han afectado a la propia civilización. Las dos guerras mundiales en las que murieron millones y millones de personas, engañadas o sacrificadas por intereses, tanto económicos como políticos. La forma en que la ciencia y la técnica se pusieron al servicio del mal. Eso no puede olvidarse. Léanse los textos sociológicos y políticos de Albert Einstein, maravillosas proclamas y análisis sobre los males que la propia ciencia desarrolló en el siglo XX.

¿Cuáles serían entonces los retos para la humanidad en el actual siglo XXI?

Volver a rehumanizar la vida, la política, la cultura. Volver a un humanismo revolucionario que es fundamental y para eso pues no valen los dogmas y tampoco los catecismos. Para eso vale la construcción de un pensamiento crítico.

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