Panel Magisterio, poesía y pasión en Raúl Ferrer:

Romance del maestro bueno

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba

Como el gran padre de la pedagogía cubana, Félix Varela, sentenció alguna vez que la mayor gloria de un maestro es hablar por boca de sus discípulos, pues la evocación inicial que se hiciera en el panel dedicado en esta 24 Feria del Libro al centenario del maestro Raúl Ferrer (1915-1993), en la Sala Nicolás Guillén (durante la mañana del domingo 15 de febrero), tocó a la doctora Lidia Turner Martí, discípula del autor de Romance de la niña mala, fundadora de la Asociación de Pedagogos de Cuba y autora de libros como Pedagogía de la Ternura, a quien acompañaron el poeta, crítico e investigador Ramón Luis Herrera y el narrador e investigador Julio Yanes, con el editor Esteban Llorach como moderador.

Imagen: La Jiribilla

Para la también profesora demérito de la Universidad Pedagógica "Enrique José Varona", Raúl Ferrer, a quién le unió una gran amistad, era un creador, en tanto es el significado que José Martí escogió para definir, para conceptualizar, al maestro. Y Ferrer se hizo creador, según su opinión, en la escuelita rural del central Narcisa, de Yaguajay, actual provincia de Sancti Spíritus, donde comenzó a trabajar en 1937. “Fue en esta escuelita, buscando las soluciones a los problemas de la educación, de la formación de esos niños, por eso me parece que lo marca. Después trabaja en otras escuelas, en Caibarién, en tantos lugares, pero creo que aquí se definió.” En esta aula humilde, “él combinó la docencia con la poesía, con el canto y con la vida. ¡Cómo unió estos elementos! Por eso, cuando hablamos de Raúl Ferrer no podemos hablar de una pedagogía clásica, tradicional, sino una pedagogía creadora, donde estos elementos son fundamentales”, así, “cuando él recibe en 1949 el título de Maestro Normal en Santa Clara, Ferrer es un maestro consumado y, algo que lo ayuda mucho, un martiano completo.

“El aula de Raúl Ferrer era un aula martiana. Por cierto, algo que él combatió en aquel momento no lo hemos logrado todavía: yo no sé cuándo ni cómo surgió en la República, a lo largo de los años, el término Rincón Martiano. Ferrer era un enemigo de ese término. Él decía que no debería existir un rincón martiano, porque el rincón es el lugar de la casa donde uno tira la basura, las cosas que no quiere, es oscuro. ¿Cómo Martí podía estar en un rincón?, decía él. Y el Martí de aquella escuelita estaba en el centro del aula.

“Me decía una alumna de esa escuela, hace menos de dos meses, que él hablaba con Martí”, rememora Lidia, “él le pasaba por el lado y le decía ¿verdad, Maestro? Los niños pensaban que Martí estaba vivo allí, porque él le consultaba y los animaba a decirle cosas, hasta hacer adivinanzas con el Maestro. Yo creo que la creatividad de Ferrer en cuanto a recursos, métodos, maneras de enseñar, era infinita. Me enteré con ella, que cursó como el quinto o sexto grado con él, que enseñaba los verbos irregulares con una conga. No me la pude aprender, pero estaba compuesta por los inicios de estos verbos irregulares. Cuando se los aprendían lo alumnos, sabían conjugar todos los verbos. ¿Cómo pudo él dar con eso; cuántas noches le llevaría hacer la selección…?”

Y es que, según subrayó Julio Yanes en la crónica muy personal que leyó en el panel, “Raúl conocía del valor de la emoción, la fuerza de la palabra entusiasta, de la pasión que acompaña a los hechos, detestaba la postura de maestros amargados, incapaces de sembrar en la belleza de la palabra y de la lectura de la vida de sus alumnos. Construyó día a día una especie de pedagogía de la ternura...”

“Para la historia de Cuba tenía otra fórmula”, siguió deconstruyendo la Turner las maneras de Ferrer, “a base de acertijos, y así se podían saber todos los nombres de los capitanes generales de la Isla. Yo me quedé admirada cuando esa persona, después de tantos años, me lo decía de memoria, y me contaba que la conga se bailaba en toda el aula, todos tras él, y todos se aprendían las conjugaciones. Raúl hizo meter el aula en la vida, la vida en el aula, creo que fue realmente un creador.”

Innovador al fin, “la pedagogía de Ferrer está escrita en versos. Quiero señalar que en esa relación entre canto, poesía, vida y estudio, recalcaría varias ideas. Él pensó, en primer lugar, conocer a los alumnos individualmente. Creo que nos dio una lección: no puedes educar sino los conoces, no puedes educar si no los conoces en sus diferencias. Otro elemento: confianza en ellos, total confianza en sus éxitos, en sus potencialidades. Cualquiera de estos niños sin zapatos podría ser una gran figura de Cuba, en las artes, las letras, la técnica. Confiaba en sus alumnos. Algo muy importante: formar sentimientos, unido a la formación del pensamiento. Saber, pensar,  sentir, actuar, fue para Ferrer una tetralogía inseparable. Si uno habla de formación de sentimientos, no puede dejar de estudiar Romance de la niña mala; pero si uno habla de qué cosa es la escuela, no puede dejar de estudiar Canción Paz; pero si uno habla de cómo el maestro tiene que superarse cada día, no puede dejar de estudiar El Tiempo. No ha sido escrito en prosa por otros de una manera mejor. Es así, uno a uno. El habla del respeto al ser humano, el respeto al niño, al adolescente, al joven, al adulto, es más, toca el tema de la discriminación. Yo recomiendo que se lean de nuevo Romancillo de las cosas negras. Qué clase de lección, cómo pudo estructurar en versos, y en forma tan clara, lo que él pensaba, y pasárselo a sus muchachos. Cómo hablar de patriotismo si no leemos Coco. Hay que leerse el poema Coco, donde, aunque se trata de lo que comemos en Cuba, creo que cada niño lo toma como símbolo de su identidad, de sus diferencias con otros países.”

Imagen: La Jiribilla

Según Julio Yanes, “los que lo acompañaron no solo en Cuba, sino también en las cruzadas alfabetizadoras de Nicaragua y Angola, cuentan que sin pretender teorías, casi a pura intuición, disfrutó con la creación de esas herramientas pedagógicas que vinculaban la enseñanza con la vida cotidiana y el entorno político y social, en tiempos en que aún no se hablaba mucho en América de la llamada Educación Popular ni de Paulo Freire”.

Partidario de la práctica como madre de la (posterior) teoría, Ferrer resolvía “los problemas escolares con sus respuestas pedagógicas, de discurso práctico, educadas con el trabajo colectivo formador de responsabilidad en los alumnos con el huerto escolar. Enseñaba solidaridad cuando partía la naranja para compartirla. Invocaba el civismo al dividir su aula en dos grupos: Democracia y Victoria, para que también aprendieran a soñar con lo que no tenían. Ilustraba Patriotismo cuando se nombraba la ceiba, que los sombreaba, como Céspedes, el Padre de la Patria, y se hacía acompañar por Martí en todo momento, al punto que los alumnos le preguntaron un día si eran familia”, rememoró Yanes, graduado de pedagogía, quien confesó descubrir gracias al ya centenario maestro, que “la esencia y el éxito verdadero de esa singular profesión estaba en la dimensión humana del maestro, en su profundo humanismo, en su capacidad de amar, pues como decía Martí, la enseñanza, quien lo duda, es una obra de infinito amor”.

La feliz y muy rara confluencia entre arte y didáctica que se descubre en la poesía del maestro de Yaguajay, es resultado, según acotó Ramón Luis Herrera, de su “genuino talento poético, inseparablemente unido a esa vocación de permanente servicio. De tales conjunciones nace su obra lírica, singular en múltiples sentidos”. Coincidente en presupuestos sociales con poetas como Regino Pedroso, Miguel Navarro Luna, Nicolás Guillén y el Indio Naborí, su lírica trasunta “el peso de la vivencia, de lo hondamente personal de su expresión, al cantar asuntos de trascendencia colectiva”, pues el “bullente magma autobiográfico de Raúl Ferrer, dota a sus poemas de un perfil inconfundible y ese es tal vez el núcleo duro de su escritura, que le asegura un lugar propio en la lírica insular.

“La espontaneidad de este poeta tiene poco que ver con la obsesión del artífice que pule hasta el agotamiento sus textos”, continúa argumentando Herrera en el texto leído, que según comentó está relacionado con una próxima antología poética de Ferrer que será editada a propósito de su centenario: Yo batallo y todo pasa, primera en 25 años, desde El retorno del maestro, concebida por Excilia Saldaña. Destacan “su predominante tono enfático, muy funcional para la recitación, de la que Raúl Ferrer fue un cultivador dotado y asiduo, que no excluye el discurso íntimo de serena reflexión o delicada efusión lírica. La preferencia por ciertos símbolos, la rosa, la luz, en sus variantes de estrella, lumbre, antorcha; el viaje; el corazón; la frecuencia de la gradación y el contraste como procedimientos compositivos. La gradación ascendente, idónea para la comunicación del poema frente al aula o la multitud enardecida y el contraste en forma de series paralelas, portadoras de este crescendo emotivo, sostienen la arquitectura de textos paradigmáticos como El romancillo de las cosas negras y Romance de la niña mala”.

En sus poemas “hay diferencia de calidad”, señala Herrera, “como ocurre con todos los poetas, mas Raúl muestra un seguro dominio métrico, una intuición rítmica sin caídas, un decoro expresivo que no es mera corrección sino generosa capacidad natural enriquecida por su condición de lector infatigable.”

También definen el verso de Raúl Ferrer la “sabia elección de adjetivos y verbos, el sinuoso ritmo conseguido mediante versos que van desde el endecasílabo hasta el pentasílabo, demuestran como el sólido oficio acompaña a la palpitante frescura de una voz tan cercana a la improvisación popular. Incluso en textos marcadamente ancilares surgidos en y para la labor pedagógica, como Para aprender el acento y Tiempos del verbo, es visible una factura que trasciende con creces la versificación didáctica al uso”, ya que, como señaló Yanes, le “gustaba decir que era un pedagogo para su poesía y un poeta para su pedagogía”.

Herrera clasifica a Raúl Ferrer como un definitivo “caso insólito en la poesía cubana porque escribió durante más de medio siglo y no es posible distinguir etapas creativas de un devenir jalonado por sucesivos libros. Su tenaz fidelidad a una línea estética configurada desde los textos iniciales es una singularidad suya que determinó un hecho editorial tan raro como el ordenamiento de su antología Viajero sin retorno, aparecida a sus 63 años, en 1979, organizada sobre una base puramente alfabética. Así, la poesía cubana “no estaría completa si olvidara los textos humildes, sinceros, raigalmente vitales y sensualmente rítmicos de Raúl Ferrer, porque él nos entregó un conjunto de textos no muy numerosos pero sí muy resistentes a la erosión del tiempo, dignos de cualquier antología seria. Porque sería una injusticia ignorar a quien conformó en general una escritura artísticamente digna y de ostensible lozanía expresiva, pese a los cambios estéticos del pasado siglo, que dialoga armoniosamente con la tradición y la enriquece.”

Comentarios

Opinión de Elvira Caballero Cárdenas
Cuanto quisiera que la nueva generación de maestros cubanos leyeran este trabajo, los que están en la etapa de formacióninicial ,como los que ya adquirieron el título.

Gracias por tan buen trabajo, me gustaría que existieran más libros del maestro Raúl Ferrer y que sea de lectura obligatoria para los futuros maestros.

Fue un maestro excepcional, como lo fue su verso, su actitud ante la vida, el clásico cubano, jaranero, amigo de sus amigos, y como el mismo se definiera "soy una bandera roja que camina por la calle". En fin un digno ejemplo a seguir

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