A propósito de La contadora de películas

La irresistible sencillez de una novela espléndida

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Pocas veces se logra el milagro de combinar sencillez con magistralidad narrativa. En ocasiones se confunde contención con simpleza, y el resultado es tan chato, que se siente pena por quien creyó que construía una obra digna. En contraste,  a veces se escriben textos tan abigarrados que resultan “indigeribles” hasta para el lector más paciente. Sin embargo, existen pequeñeces en cuanto a extensión, que son grandes obras maestras, como todos sabemos. Podríamos citar algunos títulos de memoria (Seda; Los pasos perdidos; Pedro Páramo; La balada de Johny Sosa), pero no es este un comentario general, sino centrado en una novela, recién publicada por la Editorial Oriente: La contadora de películas. Su autor, el chileno Hernán Rivera Letelier, obtuvo en 2010 el Premio Alfaguara de Novela por El arte de la resurrección y nos visita con motivo de la FIL.

En apenas 95 páginas, el libro ofrece un universo de anécdotas que si bien puede ubicarse en cualquier geografía, tiene los rasgos necesarios para identificar el escenario chileno como telón de fondo. Narrada en primera persona (equivocadamente descrita por algunos autores como de fácil aprehensión), el diario de una niña que transita desde la infancia hasta su precoz madurez, va describiendo los avatares de la breve vida que el destino le ha deparado. A pesar de la pobreza circundante, la malquerencia familiar, el abandono de la madre, y la sordidez masculina, la criatura que nos habla es poseedora de una rara cualidad: cuenta las películas que proyectan en el viejo cine de su barrio. Para ello, no solo emplea su voz para los distintos parlamentos, sino que incorpora disfraces, gesticulaciones, cantos, y llega a superar las actuaciones que se han visto en la pantalla.

Integrante de una familia de cuatro hermanos varones sin presencia materna, y un padre inválido, la niña, cuyo inicial mote de marimacha es luego retirado cuando su cuerpo alcanza proporciones de mujer, es víctima de sucesivos eventos violentos. Su condición desafortunada, sin embargo, no llega a nublarle su increíble amor por el cine, su pasión por el mundo del espectáculo, ni merma el conocimiento que llega a adquirir de la naturaleza humana: “…descubrí que a toda la gente le gusta que le cuenten historias. Quieren salirse por un momento de la realidad y vivir esos mundos de ficción de las películas, de los radioteatros, de las novelas”  dicho lo cual, se excluye ella misma de ese mundo fantasmal y agradable que los demás parecen solicitarle. Pero cada acto de su vida, incluso los peores (es violada, es obligada a compartir el lecho con un hombre 40 años mayor, sus hermanos se van perdiendo de su vista, su madre la ha dejado abandonada, el padre se alcoholiza), son descritos con ojo de artista, con la sensibilidad que se reserva a los verdaderos hacedores de fantasías.

La contadora de películas resulta, sin ninguna duda, una obra maestra. Pertenece al selecto grupo de cuadernos que se leen de un tirón, sin respirar, sin descanso, pero que a la vez, no se pueden olvidar. Con elementos de casi todos los géneros literarios (es un cuento largo, es una pequeña novela, es un poema lírico, es una noveleta negra con denuncia social, es un ensayo enaltecedor del cine, es un reclamo feminista, es un testimonio ficcional) parece increíble que alcance, solo con intenciones de diario, la magnitud que una obra inolvidable lleva implícita. Agradecemos la feliz iniciativa de la Editorial Oriente, que coloca en manos de nuestro público esta joya, e instamos a los lectores al disfrute de estas páginas, francamente valiosas, magistrales, enriquecedoras.

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