José Martí y la espiritualidad cristiana

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba

Los conocedores de la vida y obra de José Martí saben que este no se adhirió a religión alguna, sin embargo, no es difícil encontrar en sus escritos una apreciable impronta de la espiritualidad cristiana. No hay que olvidar que nació en un hogar conformado por un matrimonio español humilde, que lo bautizó en la parroquia del Santo Ángel y le inculcó una ética elemental que luego vendría a completarse con las enseñanzas de su maestro por excelencia: Rafael María Mendive, de quien recibe lo mejor de la tradición del pensamiento cubano que venía desde Félix Varela  y José de la Luz y Caballero, en la que hay un fermento evangélico.

Imagen: La Jiribilla

Eso explica que el adolescente sensible que vive la atroz experiencia de la cárcel pueda escribir:

 Dios existe, sin embargo, en la idea del bien, que vela el nacimiento de cada ser, y deja en el alma que encarna en él una lágrima pura. El bien es Dios. La lágrima es la fuente de sentimiento eterno.

Dios existe, y yo vengo en su nombre a romper en las almas españolas el vaso frío que encierra en ellas la lágrima. [1]

Pero Martí no se adscribe a la religión católica. Las circunstancias históricas lo explican.

Cuba, como colonia de España, estaba sometida al llamado Patronato Regio, por el cual, la Iglesia estaba sometida al control de la Corona. De hecho los reyes tenían el privilegio de escoger a los obispos y estos estaban obligados a jurar fidelidad al monarca. Si en algunos períodos, como sucedió en las primeras décadas del siglo XIX, fue posible que un prelado como Juan José Díaz de Espada alentara en la Isla las ideas liberales, protegiera la Constitución y apoyara muchas legítimas aspiraciones criollas, la restauración del absolutismo por Fernando VII revirtió violentamente ese estado de cosas. Solo la muerte salvó a Espada de la prisión y Félix Varela, sentenciado a pena capital, vivió el resto de su existencia en el destierro. A partir de allí las autoridades se encargaron de designar para Cuba a mitrados fieles al pensamiento integrista y conservador y se estorbó sistemáticamente el acceso a posiciones relevantes del clero criollo. La juventud cubana va a inclinarse más hacia la masonería o simplemente hacia el escepticismo filosófico o el agnosticismo. Independentismo y anticlericalismo serán a lo largo del siglo XIX actitudes que parecen indisolubles.

Martí fue un fuerte crítico del catolicismo de su tiempo: rechazó la religiosidad marcada por el oscurantismo que encontró en España y en varias naciones de América; apoyó a los liberales de México y Guatemala en su lucha por separar Iglesia y Estado, declarar la enseñanza laica y obligatoria y establecer la absoluta libertad de cultos. Criticó fuertemente a la Santa Sede por su enfrentamiento a la unidad nacional italiana y por la torpeza con que manejó casos específicos como el cisma del padre Mc. Glynn en EE.UU. Llegó a afirmar que “la Iglesia está siempre de lado de los que pueden y triunfan” [2]

Creyó que la religión del futuro vendría de la unión de todas las religiones en una, de raíz panteísta, que rindiera culto a las fuerzas de la naturaleza, al modo de Emerson

Creyó que la religión del futuro vendría de la unión de todas las religiones en una, de raíz panteísta, que rindiera culto a las fuerzas de la naturaleza, al modo de Emerson. Vio como modelo de educadores cristianos a aquellos que unieron las enseñanzas evangélicas con su actitud racionalista y rebelde a la jerarquía eclesial como es el caso de José de la Luz y Caballero en Cuba y Francisco de Paula Vigil en Perú. A propósito de este último escribe en 1875:

 

El cristianismo ha muerto a manos del catolicismo. Para amar a Cristo, es necesario arrancarlo de las manos torpes de sus hijos. Se le rehace como fue; se le extrae de la forma grosera en que la ambición de los pósteros convirtió las apologías y vaguedades que necesitaron para hablar a una época mitológica Jesús y los que propagaron su doctrina. [3]

Es significativo que en marzo de ese mismo año, el escritor diera a conocer en la Revista Universal de México un largo poema titulado “Muerto” dedicado a la pasión y muerte de Cristo, posiblemente inspirando por la vivencia del Viernes Santo. El texto, redactado en versos endecasílabos, tiene mucho del ímpetu de José María Heredia y también la fuerza que anuncia un poema posterior sobre el mismo tema: “El Cristo de Velásquez” de Unamuno. Como no está incluido en ninguna de las colecciones que él preparó, pocos conocen esta obra, que merece un estudio independiente. Baste con citar los versos finales:

Un leño se cruzó con otro leño;

Un cadáver – Jesús- hundió la arcilla,

Y al resplandor espléndido de un sueño,

Cayó en tierra del mundo la rodilla.

¡Un siglo acaba, nace otra centuria,

Y el hombre de la cruz canta abrazado,

Y sobre el vil cadáver de la Injuria

El Universo adora arrodillado.[4]

Unos años después, en un texto que nos ha llegado fragmentado: “Hay en el hombre...” afirma categórico:

Entre las numerosas religiones, la de Cristo ha ocupado más tiempo que otra alguna los pueblos y los siglos: esto se explica por la pureza de su doctrina moral, por el desprendimiento de sus evangelistas de los cinco primeros siglos, por la entereza de sus mártires, por la extraordinaria superioridad del hombre celestial que la fundó.

[…]los olvidos de la caridad cristiana a que, para afirmar un poder que han comprometido, se han abandonado los hijos extraviados del gran Cristo, no deben inculparse a la religión de Jesús, toda grandeza, pureza y verdad de amor. El fundador de la familia no es responsable de los delitos que cometen los hijos de sus hijos.

Todo pueblo necesita ser religioso. No sólo lo es esencialmente, sino que por su propia utilidad debe serlo. [...]El ser religioso está entrañado en el ser humano. Un pueblo irreligioso morirá, porque nada en él alimenta la virtud. Las injusticias humanas disgustan de ella; es necesario que la justicia celeste la garantice.[5]

Lector y admirador ferviente de Santa Teresa de Jesús, el poeta está muy cerca de los místicos cuando en una estrofa de los Versos sencillos define el sentido de la vida humana: “Cuando al peso de la cruz / el hombre morir resuelve, / sale a hacer bien, lo hace y vuelve, / como de un baño de luz.”  [6] el mismo que escribe a Gonzalo de Quesada el 1 de abril de 1895, poco más de un mes antes de su caída en Dos Ríos: “En la cruz murió el hombre un día, pero se ha de aprender a morir todos los días.” [7]

A propósito de esa noción martiana de sacrificio redentor, Fina García Marruz ha escrito en su ensayo “José Martí” de 1951:

No sé si Martí fue consciente de esta vaga contradicción entre su idea un poco rousoniana del hombre natural «que nace bueno» y su inmensa sed cristiana de reparación por el sacrificio. Frente a aquella «armonía y proporciones» el sacrificio aparece como algo desproporcionado, como una distensión de lo natural, que sólo se justifica por un sentirse a sí mismo como indigencia esencial, vivida no en el plano histórico de la convención, sino en el metafísico del ser.
Esta «naturalidad» no podrá ser en él, pues, un estado al que se regresa, sino un movimiento por el que se llega a merecer la existencia. No se trata de una moral a posteriori, sino de un dilema en el ser mismo, por el cual la idea de sacrificio se le fue ahondando cada vez más hacia el sentido de una urgencia no de lo fortuito o histórico sino de lo esencial y necesario. Sólo así se nos torna explicable la importancia que da al sufrimiento, cuya justificación racional o meramente histórica buscaríamos en vano, como si por encima de la naturaleza humana, del armonioso y proporcionado mundo moral, existiera una exigencia espiritual aún mayor: la sobrenaturalidad del sacrificio. [8]

La utopía martiana iba más allá de fundar un Estado y tenía un componente espiritual: quería unir a todos los hombres sin distinción bajo la bandera del amor. Así lo describe en el prólogo de los Cuentos de hoy y de mañana de Rafael de Castro Palomino: “Todos los árboles de la tierra se concentrarán al cabo en uno, que dará en lo eterno suavísimo aroma: el árbol del amor – de tan robustas y copiosas ramas, que a su nombre se cobijarán sonrientes y en paz todos los hombres.” [9] 

La utopía martiana iba más allá de fundar un Estado y tenía un componente espiritual: quería unir a todos los hombres sin distinción bajo la bandera del amor.Martí, a diferencia de otros libertadores de América no predica el odio al adversario, sino basa su campaña en pro de la independencia en la eliminación de los rencores, en el amor simbolizado en la rosa blanca de ese célebre poema, tan conocido y tan poco valorado en su alcance último. En 1893 escribía a su amigo y colaborador José Dolores Poyo: “La raíz que está en nosotros, ya se verá luego en el fruto: la raíz crece debajo de la tierra; sin raíz no habrá fruto luego. Lo que hemos hecho, el espíritu de lo que hemos hecho, la religión de amor en que el alma cubana está fundiendo sus elementos de odio”. [10]

Cintio Vitier en Ese sol del mundo moral descubre en él a un nuevo tipo de revolucionario “que no se resigna a partir de los postulados del colonizador (el desprecio, la represalia, el odio) sino de postulados propios y originales; que no se conforma con la conquista de la libertad desde la esclavitud sino que aspira a la destrucción de la esclavitud desde la libertad.” [11]

No sabemos si Martí hablaba de una república o de una fraternidad espiritual, o en fin de ambas, cuando escribía a propósito del cisma de los católicos de New York:

¡Y son como siempre los humildes, los descalzos, los desamparados, los pescadores, los que se juntan frente a la iniquidad hombro a hombro, y echan a volar, con sus alas de plata encendida, el Evangelio!¡La verdad se revela mejor a los pobres y a los que padecen! [12]

En esa cita está el presentimiento de un cristianismo renovado, más moderno y vital, del que hay importantes experiencias en nuestro tiempo.

Si en la existencia de Félix Varela acción política y vida de fe son una misma cosa, en Martí la lucha por la independencia y el culto al amor, que es en última instancia defensa de la integridad del hombre, viene de la concordancia en su pensamiento del mensaje cristiano y los valores éticos permanentes que halla en diversos pensadores y culturas, el camino en él es más complejo e intelectualizado que en Varela, mas el resultado es el mismo.

Hace ya poco más de medio siglo, el investigador Maurice Pitchon dio a conocer un conjunto de opiniones provenientes de personalidades de diversas religiones sobre Martí. No nos sorprende entre ellas la del fraile franciscano y periodista Ignacio Biaín: “Todo en él está saturado de lo trascendente cristiano. Martí fue un hombre que se dejó bañar holgadamente en las aguas limpias de lo mejor del cristianismo”, pero resulta llamativo que el mensaje remitido por la Comunidad Hebrea de Tesalónica, en dialecto sefardí, afirmara: “José Martí, según resale de su obra, exprimió el verdadero espíritu del judaísmo...la pureza celeste del espíritu judío”. Después de leer pensamientos martianos, el imán de Ahmedabbad, en la India escribe: “Esto es lo que el Gran Profeta del Islam predicó hace 1375 años a un mundo inquieto, inestable y combativo”, mientras que el entonces pastor metodista de Ceilán dijo simplemente que Martí era un “ungido de Dios”. Todos, de algún modo, estaban en lo cierto.

 



[1] José Martí: “El presidio político en Cuba”, Obras Completas, La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 1975, tomo 1, p.45.
[2] José Martí: “Que el Papa viene”, OC, tomo 19, p.392.
[3] José Martí: “Francisco de Paula Vigil.-El cristianismo y la curia.-José de la Luz y Caballero”, OC, tomo 6, p.313.
[4] José Martí: “Muerto”. OC, tomo 17, p.62.
[5] José Martí: “Hay en el hombre”, OC, t.19, p.392.
[6] José Martí: Versos sencillos,XXVI, OC, t.16, p.101.
[7] José Martí: Carta a Gonzalo de Quesada, 1 abril, 1895, OC, t.20, p.476.
[8] Fina García Marruz: “José Martí”. En: Ensayos. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2003, p.19.
[9]José Martí: Prólogo a “Cuentos de hoy de mañana” de Rafael de Castro Palomino, OC, t. 5, p.103.
[10] José Martí: Carta a José Dolores Poyo, 20 de diciembre de 1893, OC, t.2, p. 462.
[11]Cintio Vitier: Ese sol del mundo moral. La Habana, Ediciones Unión, 2008, p.74.
[12] José Martí: “El cisma de los católicos en New York”, OC, t.11, p.139.

 

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