Conversación con Eduardo Torres Cuevas:

"El ser humano jamás podrá mantener sus esperanzas y sueños, si no cree en algo"

Magda Resik Aguirre • La Habana, Cuba

Uno de los historiadores cubanos más completos de todos los tiempos, cuyas aportaciones son imprescindibles para entender el devenir de la nación es, sin duda, Eduardo Torres Cuevas. Su recorrido investigativo por etapas cruciales de nuestra historia patria y por figuras trascendentales como José Antonio Saco, Antonio Maceo, el segundo Obispo de La Habana Juan José Díaz de Espada y Landa y el presbítero Félix Varela, conforman un corpus intelectual de alto valor para el país.

A esas aportaciones se suman títulos como Historia de la Masonería en Cuba, Historia del pensamiento cubano y su muy codiciado libro Historia de la Iglesia Católica en Cuba. La Iglesia en las patrias de los criollos (1516-1789) en coautoría con  Edelberto Leiva Lajara.

Torres Cuevas nos retrata en nuestra evolución a lo largo de los siglos. Nos muestra cómo hemos sido, con énfasis en la necesaria interrelación entre factores fundamentales para la construcción de la nacionalidad que van desde la religiosidad, las creencias y la fe, la antropología, la sociología, la cultura hasta la propia historia. Es por eso que sus hallazgos e interpretaciones muy propias de la vida cubana, son insoslayables para entender de dónde venimos y hacia dónde debemos ir.

Imagen: La Jiribilla

Esta entrevista surgió circunstancialmente del interés en dialogar con semejante experto, durante aquellos días en que se producía, por segunda ocasión, la visita de un Papa de la Iglesia Católica (Benedicto XVI entre el 26 y 28 de marzo de 2012) a nuestras tierras bendecidas desde la conquista y colonización española cuando la Cruz de Parra plantada en la región de Baracoa, marcó el inicio de un cambio de época y la evangelización del que entonces se dio en llamar Nuevo Mundo.  

¿Concuerda usted con el criterio de que la Iglesia Católica exhibió características singulares al institucionalizarse en el llamado Nuevo Mundo?

La Iglesia es universal, pero sus expresiones son nacionales. En este sentido, todas las Iglesias nacionales han tenido una evolución propia, y América Latina, en general, tiene características diferentes a determinadas regiones donde la Iglesia, en Europa, tuvo un desarrollo.

En el caso nuestro se unieron varios factores.  Primero, el hecho de la Iglesia que llega, es la Iglesia española en el momento en que se ha terminado la Reconquista y la expulsión de moros y judíos, con una fuerte represión. Existía una Santa Inquisición, que funcionaba de igual modo que la expansión religiosa sobre otras religiones históricas en la península —losl casos de la judía y la musulmana.

Hacia el interior del catolicismo, sobre todo por los conversos, existe esa Inquisición que funciona como represión, precisamente, de toda una serie de factores internos del catolicismo. Pero, en el caso de la Iglesia y la Inquisición españolas, tienen la característica de que son reales, en el sentido de los reyes instrumentan sus características.

En América ocurre algo singular: esa Iglesia que llega, llega a un mundo nuevo, en el cual tiene que adaptarse también a inéditas características, y es una Iglesia hasta cierto punto más libre que la de la Península, al contar con un espacio mucho más amplio. Y el modo en que se promueve la catequización y la conquista está muy en función de quiénes se relacionan alrededor de ese proceso. Los franciscanos llevan un estilo, los dominicos otro.  

Es la polémica que en México se da entre Fray Bartolomé de las Casas y Fray Toribio de Motolinía, sobre cómo catolizar a la población y bautizarla. En el caso de los franciscanos, predomina un lenguaje místico y un proyecto más que de una expresión racional, de una expresión íntima, interna; mientras que en el de los dominicos se verifica una concepción más teológica de la catequización.

Por otro lado, debemos tener muy en cuenta las características del indio americano en el modo en que asume una religión que les llega como la más poderosa, la que realmente vence: hay una cierta cooptación de gran parte de las masas indígenas.

Otro aspecto a observar es la singularización de las iglesias que van a devenir nacionales.  En ese momento son todas Iglesias Católicas bajo el Real Patronato de los Reyes de España en América. No se trata de una Iglesia ajena al Estado; tiene que ver en el Consejo de Indias, el nombramiento de Obispos, la autorización a las órdenes religiosas, la selección del personal que viene… todo pasa por el plácet regio del monarca. Y en este sentido, se asocia la función de la Iglesia y la del Estado; son complementarios. El resultado es beneficioso en ambos sentidos, tanto para el rey como para la Iglesia. 

El nombramiento de los Obispos, de los Arzobispos, e incluso de los superiores de las órdenes, en la mayoría de los casos pasa por un proceso: es el rey quien propone al Papa y es el Papa quien nombra, pero bajo proposición real. Esto es muy importante porque casi todos son españoles vinculados a la Corona y casi todos llevan una política vinculada a la política de la Corona.

Imagen: La Jiribilla

Entonces, ¿cómo surge el clero criollo?

Gracias al Concilio de Trento, uno de cuyos acuerdos fue crear seminarios para formar sacerdotes en los lugares donde se establece la Iglesia, surgen desde el siglo XVI una serie de sacerdotes criollos, que poseen otro vínculo con la tierra, con la población, y empiezan a desarrollar toda una cultura religiosa vinculada a estas tradiciones.

(...) una cosa es la estructura de la Iglesia y otra el ámbito cultural y social que se crea alrededor de ella.  El catolicismo no es sólo una religión;  es también una cultura y una manera de expresarla, un modo de comportamiento social, de convenir normas morales y éticas.

Hay que decir también que una cosa es la estructura de la Iglesia y otra el ámbito cultural y social que se crea alrededor de ella.  El catolicismo no es sólo una religión;  es también una cultura y una manera de expresarla, un modo de comportamiento social, de convenir normas morales y éticas. 

La expresión original de nuestros pueblos, se manifiesta casi siempre desde el punto de vista religioso.  Por eso el siglo XVII está lleno, precisamente, de reafirmaciones del criollo a la tierra, a la sociedad, a su comunidad,  pero estas expresiones casi siempre tienen una simbolización religiosa.

¿Fue determinante la Iglesia Católica en el camino de acriollamiento de la sociedad cubana?

Es el sentimiento católico, la cosmovisión católica de la mayoría de la población, la que funciona realmente como mecanismo de autorreafirmación.

Se nota una diferencia entre aquello que impone la jerarquía eclesiástica y lo que surge de la religiosidad popular. Y esa religiosidad popular va creando su propia cultura a través de un lenguaje religioso y de representaciones religiosas propias. El mundo del criollo es esencialmente religioso y sus representaciones son resultado de su relación con la tierra, con la comunidad;  no vienen impuestas.

Un ejemplo nuestro es el de la Virgen de Toledo y la Virgen de la Caridad.  La primera llega de Francisco Sánchez de Moya y se coloca entonces en el poblado de Santiago del Prado. Sin embargo, la Virgen de la Caridad es el resultado de un hallazgo y surge de la comunidad.

Pero Sánchez de Moya no permite que esa imagen permanezca en el poblado —por eso está afuera, en la cima de la montaña. Se trata de una suerte de rivalidad de vírgenes.

En Cuba, en una primera etapa, las vírgenes vinieron del mar con los españoles desde la Península.  En otra segunda etapa emergen de la tierra, de las comunidades, son propias.  Los pobladores empiezan a encontrar sus propias simbolizaciones. Y ese es un modo de reafirmación del criollo a la tierra y a la comunidad.

¿Cuándo podemos afirmar que surge la Iglesia Católica a la criolla, a la cubana?

Esa es una pregunta muy importante y compleja de explicar. Para mediados del siglo XVIII, prácticamente la mayoría del clero es criollo.  Y esto explica que a principios del siglo XIX surja una intelectualidad cubana criolla, es decir, una comunidad de sacerdotes criollos.  Es el caso de José Agustín Caballero, Félix Varela, Juan Bernardo O’Gaban… pero en toda la etapa colonial sólo un cubano llega a la dignidad de Obispo de la Isla, en el siglo XVIII. 

El clero criollo en desarrollo, con una fuerza tremenda, y todo el movimiento intelectual de finales del siglo XVIII y principios del XIX, está constituido por los hombres que rodean al Obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa. En ese momento extraordinario de nuestra historia, en el Seminario de San Carlos, sus profesores y el propio Obispo, están desarrollando un pensamiento no sólo religioso;  es científico, filosófico, de las artes, la música —pensemos en el ejemplo de Esteban Salas—;  en fin, observamos todo un universo religioso importantísimo, que culmina el siglo XVIII y comienza el XIX.

Adentrándonos en el siglo XIX se produce un fenómeno por el cual América Latina, en su inmensa mayoría, se separa de España. Deja de regir en esos países el Real Patronato de los Reyes y comienza a surgir, junto con los Estados nacionales, la Iglesia nacional, a veces con un carácter muy conservador, pero vinculada a este desarrollo que van teniendo las naciones contradictorias del Siglo XIX. Se afirma que había dos instituciones nacionales —algunos dicen tres— en aquella América: la Iglesia, el ejército y el caudillo. Son los tres símbolos de esa época.

Sin embargo, en Cuba no sucede de igual modo. Se produce la disolución del Consejo de Indias, se mantiene el Real Patronato de los reyes sobre la Iglesia y además, no surge todavía un movimiento del Estado nacional.  Pero también se está produciendo una crisis en la Península, y es un momento en que empieza a predominar un clero español, pero fundamentalmente vinculado a los sectores más conservadores.  Es a lo que en Cuba le llaman el clero godo, para identificarlo y diferenciarlo del criollo.

Lo cierto es que, cuando termina el siglo XIX, apenas hay sacerdotes criollos y sí una mayoría de sacerdotes españoles. Es un proceso donde, por un lado, se intenta mantener la Iglesia católica dentro de los cánones españoles; y por el otro, se desarrolla un clero criollo, que quiere también expresar lo que significa ese sentimiento no solo católico, sino cubano.  Pero la Iglesia ha retrocedido en ese sentido y pierde bases sociales la Iglesia criolla.

Esto nos lleva a un fenómeno que también es bastante complicado: al desarrollarse el proceso independentista cubano, desde los inicios, se puede observar un proceso de cada vez más laicicidad que religiosidad, en cuanto a las estructuras del Estado.

El primer proyecto de Constitución que se redacta en Cuba es el de Joaquín Infante, en 1811. Infante era masón y pertenecía a la logia del Templo de las Virtudes Teologales, se vinculó a la conspiración de Román de la Luz, logra escapar y en 1811 publica en Caracas su proyecto constitucional.

La diferencia entre este proyecto y la Constitución de Cádiz, de un año después, es que en el de Infante se establece la separación de la Iglesia y el Estado, se defiende al Estado laico; es un proyecto que está vivo en la intelectualidad, sobre todo en los llamados librepensadores.

Este proceso lo vas a ver en todas las constituciones cubanas: en Guáimaro, en Jimaguayú, en La Yaya, en la Constitución de 1901 y en la de 1940. Si algo no se discutió jamás en nuestro país ha sido el carácter laico del Estado cubano, la separación de la Iglesia y el Estado y la enseñanza pública, gratuita y laica. 

Se produce sobre todo, en la segunda mitad del siglo XIX, una confrontación entre los librepensadores y otras tendencias, con los sectores más conservadores de la Iglesia, por lo que va a aprobar la República no solo con el Estado laico, la enseñanza pública gratuita y laica, sino también el registro civil, el matrimonio civil, el divorcio; es decir, una serie de elementos que formaban parte de un proyecto independiente de la Iglesia, que no siempre aceptaba estas posiciones.

No se puede olvidar que se produce un Concilio Vaticano I, en 1869, que precisamente condena el liberalismo y todas estas tendencias novedosas.

Es muy significativo cuando Mariana Grajales le dice a sus hijos y a su esposo cuando se iban a levantar en armas: “¡De rodillas todos!” Y levanta el crucifijo y dice: “¡Por Jesucristo, que es el primer hombre liberal!”  Esto marcaba claramente una posición con respecto al conservadurismo. Es decir, liberal en estos términos quiere decir partidario de las libertades.

La Iglesia sale muy debilitada de las Guerras de Independencia.  El propio Obispo de La Habana, Manuel Santander y Frutos, había estado muy comprometido con el poder colonial.  Y en esos momentos, 58 sacerdotes cubanos, apoyados por Máximo Gómez, solicitan al Papado que se nombre a un Obispo cubano: Ricardo Arteaga Montejo, camagüeyano, vinculado al movimiento independentista.  Y el Vaticano no accede a esta petición, sino que nombra a Sbarretti, que es un representante en Washington.

(...) la falta de extensión de las bases de la Iglesia en el país —zonas completas en las cuales ella no tiene presencia—, llevan a que el siglo XX se inicie prácticamente con una crisis institucional de la Iglesia, incluso con una débil relación con el Estado y con gran parte de la población.  Lo que sí se mantiene es la religiosidad y el fervor, a veces sincretizado, hacia los elementos del catolicismo.

Todos estos elementos, unidos a otro factor, que es la falta de extensión de las bases de la Iglesia en el país —zonas completas en las cuales ella no tiene presencia—, llevan a que el siglo XX se inicie prácticamente con una crisis institucional de la Iglesia, incluso con una débil relación con el Estado y con gran parte de la población.  Lo que sí se mantiene es la religiosidad y el fervor, a veces sincretizado, hacia los elementos del catolicismo.

A partir de las décadas de 1910 y 1920, un grupo de sacerdotes —entre ellos siempre habría que mencionar a Eduardo Martínez Dalmau, quien después fue Obispo de Cienfuegos — inician este proceso.  Lo llamo un doble proceso: de catolización del pueblo cubano y de cubanización de la Iglesia. Es decir, la Iglesia empieza a sentir la necesidad de poder identificarse en sus estructuras con el país. 

Esto tiene, por lo menos, algunos signos muy importantes.  Por ejemplo, el rescate que inicia Martínez Dalmau de la figura de Félix Varela, que durante el siglo XIX había sido opacada por el clero español, por lo cual es Martínez Dalmau, sin lugar a dudas, uno de los primeros descubridores de Varela para todos nosotros.

Otro momento determinante fue la coronación de la Virgen de la Caridad como Patrona de Cuba y otro factor clave fue la creación de la red de colegios católicos, que por primera vez se convierte en una red nacional con los maristas, los jesuitas... En ese período entran al país más órdenes religiosas católicas que grupos protestantes norteamericanos.  Realmente es un gran momento en que se produce todo este proceso. Y ahí también desempeña un papel importantísimo Manuel Arteaga —sobrino de Ricardo Arteaga —, quien llega a la dignidad de Obispo, de Arzobispo, y además resulta ser nuestro primer Cardenal.

Todos estos factores hacen que la Iglesia entre muy fortalecida en la década de los años 30 y sobre todo de los 40 del siglo pasado. Es ahí donde reconozco un proceso sistemático, aunque la memoria histórica tiende a convertir el tiempo histórico en un solo tiempo se trata de procesos.

Pero es el momento en que realmente la Iglesia no solo tiene una expresión institucionalmente más cubana, sino que amplía sus bases, y sobre todo en los colegios, entre los jóvenes comienza a sentirse el catolicismo desde otra óptica.

¿Cuánto del sentimiento independentista, del sistema de pensamiento asociado a lo cubano, encontró amparo en los seminarios, en los espacios de reflexión teológica, en esa Iglesia Católica criollizada?

El Seminario de San Carlos se llamaba Real y Conciliar Colegio-Seminario;  es decir, no se rige como la universidad, que es Pontificia, sino que se rige por los acuerdos del Concilio de Trento.  Y está hecho —y por eso se llama Colegio Seminario— para sacerdotes, pero también para la formación de laicos; por eso tuvo un peso tan grande en la formación de la intelectualidad cubana de la época.

En 1842, la Universidad de San Gerónimo de La Habana,
que habían regido los dominicos, es en gran parte secularizada y pasa de Real y Pontificia Universidad de La Habana a Real y Literaria; sin carácter religioso.  Y el Seminario San Carlos pierde el carácter de Colegio y se convierte solo en formador de sacerdotes.

Esto es muy importante porque a partir de ahí la influencia que pudo haber tenido el Seminario en la sociedad disminuye.  Esto en parte lo cubren los jesuitas cuando crean el Colegio de Belén, donde empiezan a formar desde niños una nueva juventud —digamos— católica.

Los seminarios, sobre todo el de San Carlos —que va a ser el seminario histórico y a permanecer en el siglo XX—, van adquiriendo fuerza, mucho más a partir de los años 30 y 40, durante los cuales Arteaga funda otro seminario, el del Buen Pastor, con la idea de ampliar la formación de sacerdotes. Esos espacios desempeñaron un importantísimo papel en la formación de sacerdotes devotos de su fe y con un sentimiento patriótico.

Sin embargo, la cantidad de sacerdotes que se graduaban era muy inferior a las necesidades que tenía el país. Por eso siguió siendo predominante en las escuelas y en muchos lugares, el clero no criollo y específicamente español.

No emito con esto ninguna referencia negativa a los sacerdotes españoles, porque muchos de ellos fueron formidables maestros y religiosos, dejando una honda huella en nuestro país desde el punto de vista de ese sentimiento.  Algunos amaron a Cuba tanto como un cubano, y dejaron una huella honda en sus parroquias y comunidades.  El Padre Jerónimo Usera, por ejemplo, es un caso típico de ese sacerdote dedicado, entregado a la obra social y humana; pero otros no llegaron a mostrar esa misma sensibilidad, fueron fervorosos y devotos religiosos, pero con una menor relación emotiva con el país.

Félix Varela es el símbolo para muchos no solo del presbítero consagrado sino del hombre extremadamente comprometido con el sentimiento independentista cubano, con el sentido de lo nacional, de lo propio; es un emblema para la nación.  Pero, además, fue formador de conciencias, inspirador de la obra de José Martí, un hombre que ha marcado muchas pautas en los destinos de nuestro país. De sus aportaciones, ¿cuáles realzaría hoy?

Debemos recordar la frase de José de la Luz y Caballero, a veces mal citada. Luz dice de Varela que fue el que nos enseñó primero en pensar.  Yo creo que el extraordinario aporte de Félix Varela es haber enseñado a domesticar el pensamiento; no sólo pensar, sino pensar bien, desde las estructuras lógicas del pensamiento. Pero esas estructuras lógicas del pensamiento tienen que tener una referencia en la realidad.  El otro aporte significativo fue crear un pensamiento capaz de plantearse y entender la realidad. 

Por eso el pensamiento de Varela, en lo filosófico, es antidogmático, porque lo que él defiende —que es lo que el Padre Agustín Caballero, su maestro, llamó el pensamiento y la filosofía electiva—, es precisamente que el referente obligado es la verdad; y para llegar a la verdad —cito casi a Varela—, no puedes adherirte con pertinacia a nada, debes poseer la flexibilidad de analizarlo todo en busca de esa verdad.

Esto, en el campo científico, llevaba a que el pensamiento electivo no se adhería a una concepción filosófica específica, sino que todas las concepciones filosóficas estarían siempre en función de aquello que era necesario conocer y del método que fuera útil para lograrlo.  Por eso es un pensamiento con una composición propia, y  esta es yo creo que una de las cosas más geniales que nos dio Varela, porque nos enseñó que para poder entender una realidad hay que consultarlo todo.

Siempre cito a Luz porque es como un traductor de Varela en muchos temas.  Y Luz lo decía: “Todas las escuelas y ninguna escuela.  He ahí la escuela”.  Ese es el pensamiento de Varela, y su extraordinario aporte.

Muchas veces uno se pregunta cómo es posible que el siglo XIX cubano haya dado en tantos campos hombres de la talla de un José Antonio Saco, que es capaz de escribir una historia extraordinaria de la esclavitud, pero también la Memoria sobre la Vagancia en Cuba, que es una obra que parece hecha por un sociólogo moderno, y que Fernando Ortiz, más de un siglo después, decía que debía ser texto obligado en todas las escuelas del país.   O un  hombre como Felipe Poey —hablo de los alumnos directos de Varela —, capaz de realizar estudios científicos sobre la ictiología cubana y la naturaleza del archipiélago.

Felipe Poey tenía ese sentido pedagógico que Varela le aportaba a todos sus alumnos, pues su filosofía se completaba con una lección última de patriotismo, es decir, no es la filosofía por la filosofía ni el deleite en la especulación; es ante todo el deber patriótico del pensador, del científico, del poeta, de todos los que de un modo u otro hacen ciencia, arte o ejercen cualquier manifestación del pensamiento.

Y esa lección última de patriotismo, Luz la define —y lo cito como el  traductor increíble de Varela que es— cuando asegura que “el filósofo, como es cosmopolita, es universal; pero debe ser ante todo patriota.”  Y agrega también: “Todo es; en mí fue; en mi patria será”. Se trata de un patriotismo inteligente, no de un patrioterismo vulgar. 

Varela dedica escritos en El Habanero contra ese patrioterismo vulgar, contra la reducción de los verdaderos sentimientos y el explotarlos en funciones mezquinas; y defiende lo que considera el verdadero patriotismo, que es ético y moral, y se representa en la dedicación a lograr que Cuba algún día fuera lo que podía ser. Me parece que ese es uno de sus aportes más importantes y sus alumnos son ese resultado maravilloso.

Tenemos los ejemplos de Poey, Saco y Luz, pero ¿qué más bello resultado poético de la obra de Varela que José María Heredia? Heredia incluso publica las Lecciones de Filosofía de Varela en México; es su fiel seguidor.  Su Himno del Desterrado es nuestro primer cántico patriótico.

Y parece ser el calco y la expresión fiel de los sentimientos del propio Varela, quien también vivió muchos años alejado de Cuba…

Exactamente.  Es todo un mundo que se crea desde las ciencias naturales, la poesía, la filosofía, la historia... Y ese hilo conductor, es razón y sentimiento.  A mí me gusta siempre decir: la cubanía es el sentimiento; la cubanidad es el razonamiento. Son elementos complementarios. Y sin el sentimiento es difícil razonar con el amor y la  pasión requeridos.  La razón es un freno a los excesos del sentimiento; pero una razón sin sentimiento es una razón al vacío.  Y eso es lo que sobresale en la obra creadora de Varela.  Es el juego que Luz, también explica y traduce: “Ciencia para crear conciencia; conciencia para hacer ciencia”. No hay alternativa para conquistar un mundo mejor que esa perspectiva del desarrollo que Varela nos ofrece.

A mí me gusta siempre decir: la cubanía es el sentimiento; la cubanidad es el razonamiento. Son elementos complementarios. Y sin el sentimiento es difícil razonar con el amor y la  pasión requeridos.  La razón es un freno a los excesos del sentimiento; pero una razón sin sentimiento es una razón al vacío.

Otro elemento insoslayable reside en la forma en que Varela define lo que es hacer política.  No se trata de la política al estilo de Nicolás Maquiavelo sino de otra dimensión totalmente distinta.  Establece tres puntos que son deberes del político: preferir el bien común al bien particular —algo que después encontramos como una raíz profunda en la ética del revolucionario, del independentista, del patriota: ser capaz de despojarse de su beneficio en aras de la comunidad. 

El segundo punto: la unidad del cuerpo social.

Y por último, una frase fascinante por lo que contiene: hacer solo lo que es posible. ! Imagínate qué fórmula!  Si se quiere hacer más de lo posible, o se fracasa, o se hace mal la obra.

Estas tres condiciones marcan toda una línea de pensamiento político que podemos encontrar en Martí y a la que sostiene un sentimiento fundamental: el amor.  La obra es por amor; la obra no puede ser por odio. El odio engendra precisamente los peores sentimientos.

Si bien el catolicismo fue la religión dominante durante el proceso de colonización americana y posee una antigua expresión en nuestra sociedad, comparte el universo espiritual cubano con otras prácticas y cultos de larga tradición, ¿cómo nos explica esa convivencia múltiple de devociones que ha exhibido la sociedad cubana en todos los tiempos, en esa suerte de ecumenismo religioso donde conviven todas esas profesiones de fe?

Si hay un pueblo absolutamente democrático en el aspecto religioso, es el nuestro. En Cuba nadie ha sido segregado por pertenecer a una determinada religión. Pero esa emancipación es una conquista, en la evolución de la sociedad laica, donde la libertad de conciencia es lo esencial para convivir, desarrollarnos y donde todo el mundo puede compartir. 

En la medida que puedo decidir la religión a la que me afilio, no estoy obligado a practicar una religión porque el Estado lo decide; voy adquiriendo mi propia conformación religiosa.

Hasta qué punto componentes absolutamente personales determinan el modo en que las personas se acercan al espiritismo, a las religiones de origen africano, al propio catolicismo...  No es el sacerdote quien me dice siempre cuál es el catolicismo que yo quiero.  Mi relación con el sacerdote, como con el espiritista o el babalawo, es una relación vital. Pero yo soy el que conformo mi propia creencia. 

Creo que esa singularidad caracteriza a este país, a la sociedad que desde el principio —sobre todo desde su formación como nación— ofreció la perspectiva de la libertad de conciencia, gracias a la cual las personas son libres de escoger su religión; eso es lo que le dio este carácter ecuménico. 

Pero diría que el carácter ecuménico es interno, es espiritual; no es únicamente una manifestación externa. Voy conformando mis creencias y en ello pueden influir la familia, el barrio, muchas cosas. La sociedad cubana fue tolerante precisamente en estos espacios, y por tanto, las convicciones religiosas son absolutamente personales. Puedes encontrar a dos personas explicando ser católico y protestante; sin embargo, cuando profundizas, se trata de una versión muy amplia donde aceptan elementos que normalmente no pertenecen a la dogmática.  Y esto me parece que es maravilloso, es un ejercicio del desarrollo espiritual de un pueblo.

El modelo es una sociedad que pueda no solo convivir en el ecumenismo religioso, sino también poseer internamente la capacidad de compartir en lo más íntimo, sentimientos e ideas que provienen de distintas religiones y creencias.

Tengo un problema últimamente con el concepto de creyentes y no creyentes.  El creer es un problema de la condición humana.  Puedes creer en muy diversas cosas, pero la creencia está asociada siempre a la esperanza.

Debe ser la razón por la cual nadie vive sin creencias

Es mejor apellidar en este caso: creencia religiosa.  Porque  hay quien tiene otra fe, otras creencias, y no necesariamente dejan de ser creencias.  Eso ha provocado algunos debates teóricos, al querer convertir lo que es creencia en ciencia.  Pero la verdad es que el ser humano jamás podrá mantener sus esperanzas y sueños, si no cree en algo.

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