Percepciones miopes de una Cruzada Teatral

Yudd Favier • La Habana, Cuba

Yo tenía cinco años cuando iba de la mano de mi padre a un edificio amarillo que tenía afuera el logo del teatro guiñol, era en la calle Calixto García de mi natal Guantánamo. Allí recuerdo al diablo y al policía —como en el cuento de Martí— sentada en los asientos rojos. También recuerdo que no fui más porque el edificio estaba “roto” —así me decía mi padre. Estuvo cerrado y en ruinas hasta 20 años después. De lo que hicieron los que allí trabajaban es esta anécdota que sigue.

Tendría yo 10, 11 años (o sea, sería1989, 1990) cuando, por primera vez salí hacia un municipio de mi provincia, estaba en las montañas, en el monte, y la experiencia me excitaba muchísimo. Iba en una guagua Girón  y dentro de ella ¡estaban los artistas! Yo los conocía de vista porque siempre andaba por la casa de cultura con mi querida instructora: uno era delgado, otro era bullanguero y había una mujer de hermosa sonrisa, hoy me sé los nombres: Uri, Eldis y Tula. Yo era una niña que iba a cantar y a recitar junto  a los titiriteros y tuve la certeza: cuando grande yo quería ser como ellos: desenfadados, con sus pies al aire y contentos con lo que hacían.

Imagen: La Jiribilla

Ya con 25 en las costillas llegamos al Guaso, pero los grupos de teatro no estaban en la ciudad sino en las montañas y hacia allá fuimos. Llegamos  a un lugar llamado Imías, era febrero y el polvo del valle confirmaba su  condición de semidesierto. Entramos a un espacio polifuncional  y vimos ese día más de cuatro obras de teatro, en la última, Las pericas,  a las diez de la noche, se congregaban las familias enteras, niños incluidos, bañados y endomingados, para disfrutar del evento social. Y en penumbras, sin respetar el cansancio seguro de los actores,  hicimos un repaso  sobre lo visto, sobre colchones en el piso —cubiertos o no con mosquiteros— y vasos, y cucharas, y botes plásticos, y toallas y más en cordeles indiscretos, en improvisado campamento.

Volvimos a subir cinco años después, era marzo y los cruzados andaban   por Maisí, un municipio al norte de la provincia cerca de la primada Baracoa, el paisaje, en esa zona sí estaba provisto de humedad, desbordaba en verdes y espacios floridos… Fuimos a una escuela,  la chiquillería estaba eufórica, mientras los habitantes del lugar —al saber de los teatreros— también se congregaban por los alrededores. Más tarde partimos hacia  el campamento donde nos sirvieron una copiosa comida hecha desde un fogón de leña y almorzamos en el comedor de un albergue.  En la tarde, de nuevo sobre los colchones en el piso, volvimos  a ver otro espectáculo y tomamos un rico café “de verdad”, en jarritas.

Hace 24 años estuve en la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa, y hace diez, y hace cinco… pero todas son historias de un día en una aventura que dura un par de meses.

Fui pionera exploradora por una noche, mientras un amigo —creo que enamorado— columpió mi hamaca para que me pudiera dormir. El obligatorio plan escuela al campo me hizo levantarme de madrugada hacia los cafetales, para caer barranco abajo ¡muchas veces! con mi media lata de café atada a la cintura.  Recogí papas cuando estaba en el ISA, tampoco fue un episodio optativo. El caso es, que las cosechas a las que asistí y los muchos años que estuve becada, asesinaron para siempre mi espíritu bucólico y mi simpatía por los  albergues. Detesto el campo y aún más, toda la convivencia comunitaria. Letrinas y literas, matan en mí cualquier arrebato de aventura, por eso admiro —incluso más que desde lo teatrológico— el inmenso sacrificio humano de los que parten cada año, fuera de sus casas en la ciudad, a meterse en  medio del monte.

Imagen: La Jiribilla

Pero desde lo teatrológico: ver ¡como he visto!, cómo ofrecen hasta cuatro funciones diarias, cómo viajan a lugares inhóspitos, —a pie, en bote, en camiones— a zonas de silencio, cada año… cómo este ritmo los obliga a perfeccionar y renovar de forma constante su repertorio, cómo el teatro que hoy hacen se debe, en esencia, a ese público tan legítimo, tan especial… eso también —desde mi miopía de un día— lo puedo admirar.

Una loa a los cruzados, a los de siempre, a los amigos que se suman y repiten, a los fieles, a los que están y a los que se incorporan. Una reverencia merecida para el Guiñol de Guantánamo, Polimita, Uri, Virginia, Teatro Andante, Armando Morales, Omar Valiño, Maité Hernández-Lorenzo y a los nuevos amantes Dania del Pino, Yanisbel Martínez y Enrique Lanz y tantos otros. Porque para los impertinentes amantes del asfalto, es bueno saber, al menos, lo que nos estamos perdiendo.

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