El martirio martiano desde la génesis poética

Yanelys Encinosa Cabrera • La Habana, Cuba

La vocación de José Martí por el sacrificio en pro del bien y la justicia, en favor de la independencia y el bienestar de la Patria, se sustenta en una eticidad de profundo basamento cristiano, en el centro de una cosmovisión plural, nutrida por disímiles afluentes (nociones estoicas, hindúes, platónicas, krausistas, positivistas, románticas y del trascendentalismo emersoneano)1.Transida de ese aliento ético-espiritual la poesía martiana resulta reveladora de su opción apostólica por el martirio. Estudiarla en sus inicios nos ilustrará la conformación del ideal de sacrificio, inherente al deber patriótico, como un deber religioso, con valor de santidad.2 Desde su génesis, hasta la producción madura de Versos sencillos y Versos libres, ilustra extensamente el ideal de sacrificio en favor del bien universal, muy próximo al paradigma cristiano, esto lo evidencia la alusión frecuente a la figura de Cristo y la imagen de la cruz, que atraviesan una y otra vez sus poemarios, referidos en un símil, una analogía, una sugerencia intertextual, en los que aparecen los valores de la entrega desinteresada al prójimo y la muerte gloriosa de Jesús, más que como recursos estéticos dentro del poema, como resortes ideológicos para erigir el patrón ético.

Transida de ese aliento ético-espiritual la poesía martiana resulta reveladora de su opción apostólica por el martirio. Estudiarla en sus inicios nos ilustrará la conformación del ideal de sacrificio, inherente al deber patriótico, como un deber religioso, con valor de santidad.

La admiración martiana por la persona de Cristo ha sido plasmada abierta y entrañablemente en el poema “Muerto”, escrito en México durante la Semana Santa de 1875 y fechado el 23 de marzo. Lo que pareciera elegía por el título, deviene alabanza, canto laudatorio. Aquí el poeta exalta la muerte y resurrección de Jesús con profunda devoción y afecto fraterno, como se observa en los siguientes versos: « ¡Hermano, hermano fuerte! / ¡Oh, padre, padre altivo, / Que adivinó las vidas de la muerte / Y eternamente resplandece vivo!3». Con el primer vocativo apela a Jesús como hermano y con el segundo se reafirma la filiación al invocar al padre altivo también como suyo. Nótese en ello la identificación del sujeto lírico con el aludido que motiva la pieza. Caridad Atencio en su libro Génesis de la poesía de José Martí señala “un viaje del yo al otro, lo que se explica en parte por la asunción de la primera persona en la segunda y en la séptima estrofas del poema, y por la relación empática entre el poeta y Jesús, entre la virgen María y la madre del poeta”4.

El uso de la primera persona en la segunda estrofa, parece mostrar a un mismo tiempo la confianza en la Vida Eterna y la necesidad de profunda autoafirmación, que señala Alfonso Herrera Franyutti en “La sencilla poesía de José Martí en México” (en: En torno a José Martí, París, Editions Biere, 1974, p.351)5. Léase: «Sobre la Eternidad yo me levante, / En la savia vital mi fuego encienda, / Todo a mi lado resplandezca y cante, / A mis plantas lo ilímite se extienda»6 Sin embargo, lo que pudiera entenderse en un inicio como mera necesidad de autoexaltación o autovalidación del sujeto lírico irá cobrando a lo largo del poema otras connotaciones más relevantes de matices éticos. El poeta se detiene a cantar la misión redentora de Jesús, constatada en el servicio a los otros en la cuarta estrofa (V.g: «Él contrajo los miembros fatigados»7) y en el martirio en la cruz abordado en la sexta y la séptima (V.g: «El hombre en que moriste, / La cruz en que te hollaron, / La madre en que gemiste»8), hazaña coronada con la gloria de la resurrección. Ese resplandor y canto que evoca el poeta para sí en la segunda estrofa implica también una hermandad, una filiación ética con el grande Aquél que mereció gloria semejante; implica asumir a plenitud la misión redentora, aunque pase por el sufrimiento. Se recibirá entonces por tal acto la gloria, y he aquí una connotación filosófica, en esencia escatológica, que sostiene la visión trascendentalista martiana: la fe en la resurrección de Cristo, que al vencer a la muerte en la cruz legó para el mundo Vida Eterna, pues:

¿Quién sabe cuándo ha sido?
¿Quién piensa que él ha muerto?
¡Desde que aquel cadáver ha vivido,
El universo todo está despierto!
Y desde que la luz de aquella frente
Su seno abrió la madre Galilea,
Cadáver no hay que bajo el sol no aliente
Y eterno vivo en el sepulcro sea!9

La identificación del sujeto lírico con Jesús se reafirma en la ambigüedad que produce la apelación a María, madre de Jesús, como su propia madre, con el uso de pronombres posesivos que relacionan la segunda persona, evocada (María) con la primera (el sujeto lírico):

¡Oh, madre, mi María! _
Porque hubieran tus labios de mi boca
El beso postrimer, y la sombría
Existencia fatal que el polvo invoca
No sintiese el horror de tu agonía, _
¡Oh, madre! aquí en la tierra,
En la cárcel imbécil que me encierra,
Devorando mis miembros viviría!_

El uso del posesivo en el vocativo mi María podría entenderse como una extrapolación de la virgen María a la madre del poeta, o la relación empática10 que refiere Caridad Atencio en cita más arriba. Otra lectura nos inclinaría a interpretar el doble vocativo ¡Oh, madre, mi María!, al igual que aquel ¡Oh, padre, padre altivo!, como un enlace filial entre el que evoca y el evocado(a). El sujeto parece asumir a la virgen María como madre propia, lo que se correspondería con la visión popular católica que ve a María como Madre de la cristiandad, por el pasaje evangélico del martirio en que Jesús lega el cuidado de su madre al discípulo más joven, el apóstol Juan, único de los doce, que permaneció junto a María en el Gólgota, al pie de la cruz. En las memorables palabras de Jesús a su madre, refiriéndose al discípulo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y luego a este: “Ahí tienes a tu madre”11, la Iglesia Católica ha entendido un traspaso simbólico de la maternidad de María a sus seguidores, representados en la figura de Juan, mientras este es adoptado como el que representará en adelante a Jesús. De esta manera se subraya la relación fraternal con Jesús, y por tanto la conformidad con los valores que él representa.

La Iglesia Católica ha entendido un traspaso simbólico de la maternidad de María a sus seguidores, representados en la figura de Juan, mientras este es adoptado como el que representará en adelante a Jesús. De esta manera se subraya la relación fraternal con Jesús, y por tanto la conformidad con los valores que él representa.

De entre sus primeras poesías emerge el poema “10 de Octubre”, en el que aparece la divinidad como sujeto retórico con el corriente “Gracias a Dios, que resalta en el conjunto de la estrofa, al contrastar con el alto lenguaje, esbelto y pulido, característico de la escritura martiana: «Gracias a Dios que ¡al fin con entereza / Rompe Cuba el dogal que la oprimía / Y altiva y libre yergue su cabeza!»12. Aunque Dios no aparece aquí como interlocutor ni receptor de ruego, sino más bien como sujeto retórico en una frase laudatoria del uso popular, puede intuirse en ella misma la confianza en la Providencia, como testigo de los acontecimientos que marcan la historia nacional, o como promotor de alguna fuerza que mueva a los verdaderos actores: aquellos que, reunidos en el nombre de ‘Cuba’, luchan por la independencia de la Isla. De cierta manera, la Providencia participa entonces, de la epopeya cubana y del afán emancipador del pueblo oprimido.

Dentro de la sección de poemas escritos en España, la elegía “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre” —que vio la luz en 1872, con motivo del primer aniversario de los asesinatos a los estudiantes de medicina— ofrece una estrofa iluminadora: «Lloré, lloré de espanto y de amargura: / Cuando el amor o el entusiasmo llora / Se siente  a Dios, y se idolatra,  y se ora; / ¡Cuando se llora como yo, se jura!13». Ante el inmenso dolor por la masacre, por el bárbaro crimen contra los jóvenes inocentes, el poeta apela a Dios como testigo: ante él jura hacer justicia. La promesa de venganza, nacida del perturbador duelo, cobra un aplastante vigor cuando se jura con tal fuerza ante el Supremo.

Pero más tarde, se apaciguan los ánimos, el aliento revelador de las víctimas lo devuelven a un valor más glorioso y sublime: la piedad. La crueldad de los verdugos se intensifica en la misma proporción en que crece la virtud de los sacrificados. En la piedad de las víctimas se antoja más oscura la vileza de los asesinos. El poeta emplea el diálogo entre el sujeto lírico y los jóvenes muertos, para realzar el valor del perdón, pedagógica y estéticamente; y en especial, para añadir con esta virtud, más gloria a los que han caído. Tal atributo es de inspiración divina: «(…) qué divina mano me contiene, / Y sobre la cabeza del infame / mi vengadora cólera detiene?...»14. Al oficiarse el sublime acto de la piedad en voz de las víctimas, el poeta los eleva y exalta su dignidad, hasta glorificarlos como mártires para los que el cielo se abre y el mundo se dilata.15.

Los temas del perdón frente al odio y la gloria eterna de los mártires son ideas de profunda raíz cristiana, que arrojan luz sobre la concepción martiana de la muerte gloriosa como consecuencia de una vida entregada en sacrificio por los otros.

 

Los temas del perdón frente al odio y la gloria eterna de los mártires son ideas de profunda raíz cristiana, que arrojan luz sobre la concepción martiana de la muerte gloriosa como consecuencia de una vida entregada en sacrificio por los otros. De la presencia de Dios en el sufrimiento por el bien y por la Patria se había manifestado ya un año antes en El presidio político en Cuba16, cuando el joven Martí relata la pasión de don Nicolás Castillo, el anciano vapuleado y humillado, arrastrado hacia las canteras de San Lázaro con la herida de un sable en sus costillas, cual Cristo en el Calvario. El joven que sufrió el dolor de las llagas del cuerpo y del alma y aún no sabía odiar, exclama ante el martirio de don Nicolás:

¡Miserables! ¡Olvidaban que en aquel hombre iba Dios! Ese, ese es Dios; ese es el Dios que os tritura la conciencia, si la tenéis; que os abraza el corazón, si no se ha fundido ya al fuego de vuestra infamia.17

Una tesis aplastante surca el discurso, se detiene el fuego de la admonición para plasmar una verdad directriz que regirá su apostolado, “el sentido misional de su vida”18: «El martirio por la Patria es Dios mismo, como el bien, como las ideas de espontánea generosidad universales»19.

Al respecto Cintio Vitier afirma:

La necesidad del sacrificio, nos dice muchas veces en prosa y en verso, constituye la suprema ley compensatoria, ley esencialmente referida a un  drama espiritual que se decide en la trascendencia de la vida, o las vidas y, por lo tanto, para cada ciclo personal y para la humanidad como ser colectivo y progresivo, en las luchas históricas (…) El quehacer histórico, político, es en el fondo para Martí una misión religiosa del hombre en la tierra, porque la sustancia de ese quehacer, en último grado es espiritual, y el espíritu, condicionado a la materia no muere con ella20.

El autor de El presidio… luego de enunciar tal principio ético en pleno fervor de la denuncia, oficia la derrota del odio, mas si en “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre” este vencimiento aparece investido de una piedad de sublimidad divina, aquí es la lástima la que promueve el triunfo de los desvalidos, lástima erigida sobre la autoridad de saber que Dios le habita y a través de él se manifiesta:

Apaleadle, heridle, magulladle. Sois demasiado viles para que os devuelva golpe por golpe y herida por herida. Yo siento en mí a este Dios, yo tengo en mí a este Dios; este Dios en mí os tiene lástima, más lástima que horror y que desprecio21.

El poema “A Rosario Acuña”, que apareciera en el tomo XI de El Federalista, en 1877, en México, al referir el desagrado que le causa la conformidad de la poetisa cubana22 con España, Martí opone su ideal patriótico al servilismo de esta mujer, que considerándose cubana, aceptó gustosa los lauros con que España premiara su obra literaria. El ideal patriótico del Apóstol aparece aquí investido de sacrificio, de manera que emerge del poema el binomio ‘patriotismo-martirio’, sacralizando la voz del sujeto lírico, como antagonista del par ‘servilismo-placer’, demonizado, que caracterizaría a Rosario Acuña. Nótese en la siguiente estrofa el contraste entre la sublimación en los calificativos que el poeta da a su canto y la degradación en los que confiere a una actitud como la de la poetisa:

Callar! Éste es un canto
De voz de mártir, de celeste duelo,
Y si el cielo es verdad, en sacro espanto
Me encumbrará de mi canción al cielo.
Más si el ánimo vil. De vil tributo
Siervo, no basta en el hogar de luto
Este silencio pálido y benigno,
Calle su voz de los infiernos frutos:
Morir! Esto es más digno!23

El  poema es una protesta contra la traición a la Patria de la poetisa al disfrutar de los agasajos españoles por una historia que debilita la dignidad cubana y pide gloria al enemigo hispano24. Ante un triunfo (ser)vil, el poeta prefiere el silencio, que muera su voz antes que ser aplaudida por el extranjero que le esclaviza. Emerge entonces la noción gloriosa del martirio, por el bien patrio: «Morir! Qué gran valor! Cuando pudiera / Robusto el brazo encadenar la gloria, / Y en la patria bandera / trocar la estrella en el sol de la victoria»25, y adelante cierra la estrofa con dos preguntas retóricas que sintetizan la idea: « ¿Qué más, qué más laurel? ¿Cuándo el martirio no fue en la frente la mejor corona?»26.

Fina García Marruz en El amor como energía revolucionaria en José Martí, al explicar la concepción martiana de la santidad del sufrimiento afirma:

Todo era decidirse, “al peso de la cruz”, resolverse a “hacer el bien”, que era lo mismo, para entender la esencia universal del canto, para oír ese canto que únicamente se escucha “antes de morir” y que puede traspasar la misma muerte. El sufrimiento es santo: Y todo como el diamante, / Antes que luz es carbón.27

El martirio no es fin sino tránsito, por el sufrimiento se alcanza la gloria, es el paso a una vida en la que todo se completa y resplandece, el mayor ejemplo lo ofrece Cristo:

Todo, en lo térreo, si cenizas se hace,
Más lozano y vivífico renace:
Y el alma resucita: yo la he visto
Clavada en la Cruz como el Inmenso Cristo,
Y luego, al sol de plácidos amores,
¡Batir las alas y libar las flores!28.

La vocación martiana es luminosa. En el poema “Vida” define el sentido de su existencia: «Vivo, para trazar sobre la tierra / huella soberbia que mis pasos grabe; (…) Para labrar mi gloria con mis manos  / Y convertir en rayos las tibiezas / De este pálido sol de los humanos29. Y luminosa es también la muerte: La vida es necesaria / para poder morir: hay noche y día: / Morir es luz, mas luz que cada humano / con fuego enciende de su propia vida»30. Su propuesta es asumir la cruz, erguirse con ella desde el polvo, desde el centro más recio de la pelea. He aquí la invitación: «Jamás vencido el hombre vivo sea / De su domado ser ruina y escombros: / Alta la cruz, reñida la pelea, / Que el ser que aguarda vencedora vea / la conmovida cruz sobre los hombros»31.

La concepción de José Martí sobre el sentido misional de su vida, las ideas del sacrificio por el bien, en especial de la Patria, y la muerte luminosa y trascendente, se manifiestan con auténtico vigor ya desde estas primeras poesías escritas en España, México y Guatemala; en lo adelante habrán de consolidarse como marca definitiva de su poesía de madurez, y como sello de vida. El poeta consumó cada verso con su carne y con su sangre. Vida y muerte confirmaron la promesa: una existencia consagrada a regar luz: a ser bueno, a morir de cara al sol.

 

Bibliografía:
 
-          ATENCIO, CARIDAD. Génesis de la poesía de José Martí. Ed. Universidad Estatal a Distancia. Centro de Estudios Martianos, San José, C.R, 2005.
-          CENTRO DE ESTUDIOS ARQUIDIÓCESIS DE LA HABANA. COMISIÓN DIOCESANA DE CULTURA. José Martí: en el sol de su mundo moral. Ediciones Vivarium,   La Habana, 2004.
          -    COSTA, OCTAVIO R. Ser y esencia de Martí. Ediciones Universal, Miami, 2000.
-          GARCÍA MARRUZ, FINA. El amor como energía revolucionaria en José Martí. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2004.
-          La Biblia con Deuterocanónicos. Dios habla hoy. 2da. ed., Sociedades  Bíblicas Unidas, México, D.F.,  1993.
-          MARTÍ, JOSÉ. Martí en la Universidad IV (selección y prólogo de  Cintio Vitier) Ed. Félix  Varela, La Habana, 1997.
-          MARTÍ, JOSÉ. Obras completas, t. I, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1975.
-          MARTÍ, JOSÉ. Poesía completa. Edición crítica. T.II, Ed. Letras cubanas, La Habana, 2008
          -      PIÑERA LLERA, HUMBERTO. Idea, sentimiento y sensibilidad de
José  Martí. Ediciones Universal, Miami, Florida, 1981.
-          ROIG DE LEUCHSENRING, EMILIO. Martí y las religiones. 3era ed.  
          Notablemente aumentada, La Habana, 1958.
-          VITIER, CINTIO. Ese Sol del Mundo Moral. Ediciones Unión, La Habana, 2008.
-          VITIER, CINTIO. La espiritualidad en José Martí. Ediciones Vivarium
      Centro de Estudios Arzobispado de La Habana, 2001.
-          VITIER, CINTIO. Vida y obra del Apóstol José Martí. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2006.
 
 

Notas:
1. Lo que Cintio Vitier señaló como asistematismo integrador, en exposición titulada “Varela y Martí”, en el marco de un ciclo de conferencias en torno a la figura de José Martí, organizado por el Arzobispado de La Habana. Las conferencias aparecen compiladas en: Centro de Estudios Arquidiócesis de La Habana. Comisión Diocesana de Cultura. José Martí: en el sol de su mundo moral. Ediciones Vivarium, La Habana, 2004.
2. Sobre el deber patriótico como religioso, en cumplimiento a una religión natural, y en cuanto a la santidad del sufrimiento ver: García Marruz, Fina. El amor como energía revolucionaria en José Martí. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2004. p. 79- 85.
3. MARTÍ, JOSÉ. Poesía completa. Edición crítica. T.II, Ed. Letras cubanas, La Habana, 2008. (“Muerto”, versos: 26-29, p. 76)
4. ATENCIO, CARIDAD. Génesis de la poesía de José Martí. Ed.. EUNED, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2005. p. 95.
5. Citado por Caridad Atencio en Génesis de la poesía de José Martí.
6. P.C., “Muerto”, v.  5-8, p. 76.
7. Loc.cit, v.  20, p. 76.
8. Loc. cit, v. 38-40, p.77.
9. Loc. cit, 3era estrofa: v. 11-18, p.76.
10. Ver cita con nota al pie No. 8.
11. Evangelio según San Juan, capítulo 19: versículos 26 y 27.
12. P.C. (“10 de Octubre”, v: 12-14, p. 12)
13. P.C. V. 87―90 de “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre”, p. 37.
14. P.C. V. 161―163, p.39
15. Loc. cit, último verso, p.41.
16. Aunque este texto no pertenezca a su producción poética y por tanto no se corresponda con el campo de estudio de este trabajo, considero importante abordarlo por la claridad que aporta al tema de análisis, en particular por la analogía en el tratamiento ético del episodio de Nicolás Castillo con el poema “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre”
17. MARTÍ, JOSÉ. Obras completas, t. I, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1975. p. 61.
18. VITIER, CINTIO. Vida y obra del Apóstol José Martí. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2006. p. 21. Al referirse  al presidio Cintio Vitier advierte que allí Martí confirma y consagra el sentido misional de su vida: la relación dialéctica del sacrificio y la justicia dentro de una realidad que abarca lo visible y lo invisible, lo histórico y lo trascendente.
19. O.C. t.I, p.61.
20. Vitier, Cintio. Op. Cit. (nota 22), p. 21-22.
21. O.C, t.I, p 61.
22. Sobre la procedencia de esta poetisa ver la nota al poema “A Rosario Acuña” en MARTÍ, JOSÉ. Poesía completa. Edición crítica. T.II. Ed. Letras Cubanas, 2008, p.149. (En algunos diccionarios enciclopédicos como Salvat, Uteha y Diccionario Enciclopédico Hispanoamericano aparece como nacida en Madrid).
23. P.C t.II. v. 59-67 de “A Rosario Acuña”, p.136.
24. Loc. cit. V .84, p. 137.
25. Loc. cit. v. 68-71, p.137.
26. Loc. cit.,  v. 82-83, p.137.
27. GARCÍA MARRUZ, FINA. Op.Cit, p.85.
28. P.C .v. 74-79, “María” (Terrestre enfermo, que a sus solas llora), p.141.
29. P.C. v. 24-25; 27-29, “Vida”, p. 109  
30. Loc. cit. v. 45-48, p.110.
31. Loc. cit. v. 53-57, p. 110.

 

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