Raíces y aportes hebreos a la nacionalidad cubana

Avelino Víctor Couceiro Rodríguez • La Habana, Cuba

Se ha reconocido que entre fines del siglo XVIII e inicios del XIX, fue que se formó la nacionalidad cubana al desarrollarse todos los renglones al ritmo del despotismo ilustrado y sus reformas por una metrópoli que veía temblar su hasta entonces vasto imperio colonial, y que tras el impacto de la toma de La Habana por los ingleses (1762) y los ejemplos de la independencia de la Trece Colonias de Norte América (1776), la Revolución Francesa (1789) que tan profundamente repercutió en todo el mundo para una nueva era definitivamente triunfal de la modernidad burguesa y con el romanticismo, germen de lo que hoy se llama posmodernidad; la independencia de Haití (1802) y casi de inmediato y paulatinamente, del resto del continente, mientras crecían intereses suficientes para progresar en y desde nuestro propio país al menos desde algunos sectores criollos, se comienza a pensar cada vez más en una Cuba cubana, y cada vez menos, una Cuba que hasta entonces, no se veía más que como España de ultramar.

Entre otras identidades, nuestra etnogénesis mucho más compleja y variada sobre otros contextos ambientales nos distinguía del resto de España a partir de culturas indoamericanas cuyas raíces, a pesar de los intentos desde las primeras décadas del siglo XIX, se registran vertiginosamente con múltiples adeptos desde fines del siglo XX, si bien su indiferencia entre las diversas Antillas y sin obviarlos como ancestros vigentes, hace entender que Cuba como tal, nació española antes de ser cubana; agreguemos los aportes chinos, vistos menos exóticos no mucho antes; la pluralidad de hispanidades distintivas entre sí, y de las etnias africanas, “cubanizadas” al ir dejando atrás la esclavitud y en la fragua mambisa, que ratificaría definitivamente la obra de Fernando Ortiz, no en balde “tercer descubridor de Cuba”,1 también por apuntar a las restantes etnias en “lo cubano”, incluida la Europa no española que también desempolvamos en las últimas décadas, y entre ellas los hebreos que, como las restantes, convergen en Cuba por temporadas migratorias de mayor o menor sistematicidad y desde varios afluentes; en su caso no llegan exclusivamente de Europa, aunque sí básicamente y entre los primeros occidentales.

Sí, porque si bien las milenarias raíces del pueblo hebreo se remontan al actualmente llamado Medio Oriente (hoy Israel) y aun antes desde África, constituyen a su vez el caldo de cultivo y sangre vital para el cristianismo, en cuyo Antiguo Testamento y aun los evangelistas del Nuevo Testamento, se explicita su nacimiento en la vastísima tradición judía para conformar el esqueleto judeocristiano que con raíz grecolatina, es nuestra cultura occidental. Algunos señalan que otros pueblos generalizaron como judíos (a veces despectivamente) a los hebreos que regresaban del exilio forzado en Babilonia unos seis siglos antes de Cristo, dado que muchos retornaban a Judá (en el oeste del Mar Muerto, una de las doce tribus de aquel Israel y que devino uno de los dos reinos), aunque otros regresaban al que sería el otro reino (Israel) y otros, ya iniciaban la diáspora que se acentuó tras la destrucción de Jerusalén por Roma en el año 70 después de Cristo; otros autores destacan el hebreo como pueblo o etnia y al judaísmo como su religión: se puede asumir el judaísmo sin ser hebreo, y no necesariamente todo hebreo profesa como judío, más allá de los diversos grados (sobre todo al decurso de los años) de esta religión universalizada por la diáspora y las influencias (incluso encontradas) según contextos.

Al profundizar, los criptojudíos o judíos conversos son los que huyendo de la hoguera inquisitorial al ser expulsados de España en 1492,2 tuvieron que “cristianizar” sus nombres, e improvisan múltiples apellidos que respondían, por ejemplo, a elementos naturales cercanos y otras identidades (Mesa, Puentes, Isla, Lago, Piedra… práctica usual entonces, por lo que no se puede deducir mecánicamente su ascendencia), y que abundan en Cuba (se dice aquellos finalizados en –ez como Pérez, Benítez, etc. y otros como García, Ortiz, Zárate, Córdoba, Alonso, Plaza, Moreno…), así como tantísimos nombres, todos y cada uno de ellos con su significado e historia3 y sus símbolos (y juicios y prejuicios, etc.) desde la cultura hebrea y luego bíblica cristiana pero que la religiosidad como sicología desde la religión (y aun los no religiosos o de otras religiones) asumen en la nacionalidad, como Matusalén (longevidad), o Judas (traición, ya por los cristianos)

Los sefardíes son los que protagonizaron la diáspora a través del mundo árabe islamizado hasta la península ibérica, aunque también vendrían de Francia, Bélgica, Holanda y hasta Alemania, que en contextos árabes más relajados, llegaron incluso a florecer; y luego desde otros países americanos. Para ellos, hubo vocablos peyorativos como “ladino” (los que hablaban un castellano antiguo) y “marrano” (así llamaban a los judeoconversos). Ocultos por la persecución, se mencionan del brazo de Colón (de quien igualmente se especula), Isabel de Bobadilla (nuestra primera y única mujer gobernadora, que inspiró La Giraldilla) y como portugueses fueron los que introdujeron la caña de azúcar en Cuba (renglón protagonista en nuestra historia económica y cultural integral) y otros muchos (incluidas notables personalidades) por los más diversos puntos de nuestra geografía. Hubo condenas por judaizantes (por ejemplo, en 1627) y no obstante, al finalizar el siglo XVIII se reconocían unos 500 judíos de origen español en Cuba, aunque a menudo la ignorancia de otros llegó a considerar judío a todo niño sin bautizar.

El hito antisemita fue el nazismo, pero desde mucho antes y tras transculturaciones tan diversas, huían entre otros países, a Cuba, donde llegaron a conformar la más importante comunidad de raíces hebreas.

Solo entonces comenzaba a disminuir la persecución, por tanto se visibilizan más: continúan inmigrando desde 1879 entre árabes, libaneses, etc., y desde 18574 despunta una notable comunidad de prósperos y luego indispensables negocios (de vendedores ambulantes a propietarios de pequeñas tiendas, luego almacenistas e importadores) en la actual Habana Vieja con sus sinagogas5. El barrio de Belén se conocería como “barrio judío” o “de los polacos”6. Son los asquenazi7, cuya diáspora había sido por Europa oriental y central, cuya tradicional resistencia cristiana contra el avance musulmán, les hacían perseguir a todo no cristiano con un virulento antisemitismo cuyo resultado fueron hebreos más ortodoxos, endogámicos y herméticos que aún conservan en Cuba, exclusivo para sus ritos religiosos, el yiddish8. El hito antisemita fue el nazismo, pero desde mucho antes y tras transculturaciones tan diversas, huían entre otros países, a Cuba, donde llegaron a conformar la más importante comunidad de raíces hebreas.

Estos hebreos y sus descendientes protagonizaron nuestras gestas libertadoras desde 1832 y los movimientos revolucionarios ulteriores, se vincularon a nuestro teatro vernáculo y musical desde sus raíces europeas (el francés Offenbach nació en Alemania, hijo de judío), están presentes  hasta  en nuestro urbanismo (la calle Rabí en el hoy municipio Diez de Octubre; rabino es el maestro judío) y abundan las referencias a la cultura hebrea en la obra de Martí y otros muchos intelectuales cubanos, incluido Nicolás Guillén, antaño y hasta hoy.

Con la I Intervención Norteamericana llegan nuevas y cuantiosas oleadas de comerciantes judíos de diversas regiones de ese país, y ya se refieren 1500 hebreos en la Cuba de 1902, aunque muchos se reconocían más como “americanos”. Con los “refugiados” que llegaban de toda Europa y otros países (Turquía, Siria, Asia Menor, etc.) cuya máxima inmigración es, lógicamente, entre 1933 y 1944, llegan a 25 mil judíos a Cuba en 1945, aunque quedan manchas como extorsiones y chantajes, y el triste episodio del trasatlántico alemán St. Louis9.

Sus comunidades se expanden por toda La Habana y por toda Cuba, con sus sociedades de diversos fines (de ayuda mutua, femeninas, juveniles, escuelas, de salud, deportivas, de turismo, publicaciones, almanaques, etc.), sus sinagogas y desde 1906, su cementerio asquenazi en Guanabacoa (en 1942 se le agrega el sefardí), y en otros puntos del país, multiplicando con todo ello el patrimonio cubano. Con el esplendor de posguerra, logran el Patronato de la Casa de la Comunidad Hebrea de Cuba10, promueven importantísimas industrias y comercios cubanos11, en la construcción, aportan nombres y obras cimeras en las artes (el impacto del ucraniano Bernard Reder en su breve paso por Cuba; libros en yiddish, ensayos, prestigiosos economistas, el teatro universitario, la orquesta filarmónica, etc.), las ciencias, restaurantes, sus festividades y juegos, exhibiciones de cine.

En toda contienda política12 y social en general (incluso el humor, la sexualidad, se asume o se condena la circuncisión, etc.), y en toda la cultura cubana, llega a ser personaje del imaginario popular (sobre todo como “polaco”) y en nuestros medios de difusión, hasta la judía húngara Ilona Savó, artista circense que inspiró tan popular dicho cubano como el de Chacumbele, que “él mismito se mató”.

A pesar del enorme éxodo en el nuevo contexto social (entre 1959 y 1989 se calcula la emigración del 94 % de los hebreos cubanos), los que quedaron y sus descendientes han logrado mantener su organización e identidad propias como cubanos, ha continuado su representación en las más diversas formas de nuestra cultura, y ya en los años 90 resurgen e incrementan su vida religiosa y social y su diversidad de asociaciones, aumentan a 1,500 (el 80 % en la capital, aunque también proliferan en otras provincias), han mantenido conmemoraciones y la enseñanza del yiddish, se integran en el turismo y proyectan un museo del judaísmo en Cuba, el Parque Memorial del holocausto y el hotel Raquel; al mismo tiempo se genera toda una mitología, incluidas supersticiones y el sentido del humor propios de nuestra idiosincrasia, y se estimula a su mayor comprensión desde estudiosos como Maritza Corrales e instituciones como la fundación Fernando Ortiz, en un contexto donde no ha primado el conflicto étnico, sino la integración al resto de la sociedad sin perder sus valores, imprescindibles a la nacionalidad cubana en su evolución.



Notas:
1. Tras el genovés Cristóbal Colón por sus viajes geográficos en 1492, y el alemán Humboldt al descubrir nuestra identidad ambiental al iniciar el siglo XIX.
2. Lo que no era más que una continuidad de persecuciones anti-semitas en toda Europa con hitos como el siglo VII y la primera Cruzada desde el siglo XI. Como semita no ha de entenderse solo el pueblo hebreo: también árabes, arameos, siriacos, caldeos, asirios, etc.
3. Adán, Eva, Noé, Abel, Abraham, Isaac, Sara, Jacobo, Rebeca, Santiago, Diego, Jaime, Efraín, Rubén, Raquel, Benjamín, Moisés, María (Miriam), Israel, Noemí, Ruth, David, Abigaíl, Ester, Samuel, Salomé, Joel, Eliezer, Jeremías, Juan, Débora, Ariel, Isaías, Ana, Joaquín, José, Jesús, Belén, Marta, Lázaro, Magdalena, Salvador, Bernabé, Bartolomé, Simón, Manuel, Miguel, Rafael, Abelardo, Carmen, Carmelo y un infinito etcétera.
4. Ratificado en 1875 y desde la calle Obispo, al exponer el retrato de su filósofo medieval Maimónides al que consideran segundo Moisés y que mantendrían en otros focos cubanos.
5. Antes en sus propias casas, la libertad de culto en Cuba se aprueba en 1898.
6. Aunque no todo judío era polaco, y de Polonia no solo llegaban judíos; luego identificaron la calle Muralla.
7. Otro apellido cubano, con variantes como Esquenazi, Achkienasi, etc.
8. Idioma herencia del hebreo, el alemán medieval, lenguas eslavas y romances.
9. En 1939; de sus 937 judíos alemanes, el gobierno cubano solo admitió 22 refugiados y la gran mayoría (incluidos 33 niños) fueron apresados al tener que regresar a Europa y morirían en los campos de concentración.
10. 1953; un 70 % de los hebreos cubanos eran asquenazis, el resto sefardíes, quienes lograrán su Centro Hebreo entre 1957 y 1959 en 17 y E, Vedado.
11. Por ejemplo, en función de su peculiar cultura culinaria que prohíbe algunas carnes y solo sacrificados (y otros alimentos preparados) de determinada manera, horarios y rituales, y emplea mucho el trigo y el carnero.
12. Incluida la fundación del primer Partido comunista de Cuba, su cooperativa hebrea, luchas contra Machado, por la República española, contra el nazismo en la II Guerra Mundial, contra Batista, durante el Gobierno revolucionario, etc.

 

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