XXV Cruzada Teatral

A Baracoa me voy (II)

Carlos Melián Moreno • La Habana, Cuba

Me sonó el estómago y fui a desayunar. Corrí huyéndole a la llovizna. Los brasileros servían tapioca en la cocina del secadero de café de Puriales, tapioca es lo que nosotros llamamos casabe. Los dejé y fui a la cafetería, compré tres cigarros, prendí uno por la ansiedad y anoté el nombre del río casi seco que rodeaba el pueblo: Sabanalamar. Me quedé mirando la lluvia desde el portal. Repetí ese delicioso nombre: Sabanalamar. Esperaba que se me ocurriera algo, la primera crónica, llovía más fuerte, extrañaba mi laptop. Comenzamos a cargar el camión para la mudada. Horas después, luego de instalarnos en el nuevo campamento, y regresar con Armando Morales de presenciar mi primera función, hice unos apuntes.

El público de El Corojo era tan pequeño como diverso. Uno de los niños que insistía en participar era un flaquito muy despierto con cierto retraso mental. Usaba gafas, tenía los dientes montados y era bizco. Cuando Morales le asignó el títere, los niños y los adultos comenzaron a murmurarle "tú no Julito, eh, mira, tú no sabes". Seguidamente sucedió una de esas situaciones que el cine representa en cámara lenta: el chico se pone de pie, la mano de una mujer lo agarra por el pulóver, el chico abriendo los ojos, moviendo la espalda, estirando el cuello, adelantando una mano, logra zafarse y llegar al títere.

Otro de los que participó era un gordito de la misma edad, 11 o 12 años, tenía gestos y manos de niña y parecía emocionalmente más sensible que los demás, cuando llegamos, se había ofrecido a buscar al resto de la comunidad bajo la llovizna. Lo observé un rato intercambiar entre los demás niños: aunque su feminidad era evidente no vi que existiera un conflicto machista abierto entre ellos. Pura apariencia, sí lo había: el chico más vivo del grupo, de unos 12 años también, no se sentía cómodo con que le dieran el papel del pato en el juego de participación que al final hizo Armando. El chico se reía y a ratos aclaraba: "no soy ningún pato ¿eh?, no soy ningún pato".

En general Julito demostró que era lo suficientemente listo y despierto como para comprender las indicaciones de Morales, pero a cada gesto que hacía, los niños y adultos le susurraban algo, y él buscaba siempre la aprobación del foro. Julito era un autómata, con pequeñas iluminaciones y brotes de autonomía, pero tanto los otros niños como él, reproducían los miedos de los adultos. El gordito fue uno de los últimos en irse, le brillaban los ojos mirándonos, tenía una pulsa en una mano. En el camino de regreso pensé en él y en Julito.    

Tras los Yheppa. 

En cada campamento nuevo, el hígado le señalaba a Armando Morales un sitio donde sentarse y ahí plantaba con su vientre hacia delante, observando lo que estaba en frente o lo que pasaba por su cabeza: un aria, el salto de un bailarín, pasajes de Stravinski, o Rabel. Tenía un teatro con funciones tremendas dentro de la cabeza, y muchos queríamos asomarnos y ver. Otras veces conjuraba o fulminaba con la vista a ese operador de sonido monoreguetónico, que se repitió en cada campamento. Varios recalábamos de una forma u otra a sus pies, literalmente, pues había escasez de taburetes. Atraían su voz tranquila, su dicción nítida, sus recomendaciones, su acervo, y su disposición a conversar. 

Los más frecuentes eran los Yheppa: Carlos Díez y Yolanda Diana Marcos, la pareja madura de Asturias que polemizaba constantemente con su homólogo titiritero cubano. Eran cálidas sus voces, y cálido su trato con todos. Cuando la discusión con Armando parecía encenderse, cuando llegaba al punto rojo en que comúnmente la disputa se vuelve un perro que se muerde la cola, terminaban en bromas. La segunda jornada diurna de mi estancia en la Cruzada se las dediqué a ellos.

Seguí a los Yheppa hasta la función que dieron frente a unos 300 niños de la enseñanza convencional y especial en la escuela primaria Pedro Hernández, de San Antonio del Sur. Su espectáculo As, os, @s parecen dos ojos en la oscuridad que te miran de frente.

Basado en dos historias —Rosa Caramelo, y Oliver Button es una nena, de Adela Turín y Tomy D’paola respectivamente—, narradas con paciencia, llena de pequeños detalles y tranquilidad, esta pieza aborda el tema del género tanto hacia el niño como hacia la niña. Carlos y Yolanda odian el ruido y la aceleración contemporánea así que hablan con dulzura y se demoran tanto en una frase como en pasajes vivísimos y pequeños, como esa mezcla de regocijo y miedo que sentíamos cuando el vértigo nos sorprendía en lo alto del cachumbambé (balancín en España). Asimismo los muñecos no tienden a la espectacularidad ni al detalle realista, sino al arquetipo, al “pon tú el resto y concéntrate”. Cuando montan una obra lo hacen en clave de un ritmo. La clave de As, os, @s son los movimientos danzarios del taichí, el lento arte marcial chino.

En la primera de las historias, una niña de color gris, harta de las canciones sosas, de las actitudes serviles de sus dos hermanas rosadas, deja caer el delantalito a cuadros y salta la verja del jardín como metáfora de libertad. Previamente una serpiente le había dado a morder una manzana y la niña gris, siempre disconforme con este asunto ridículo de volverse rosada, termina cautivada por la fruta y ya libre, ya siendo ella misma, se aleja para siempre. Primeramente las dos hermanas se espantan, luego lo debaten, luego deciden probar y una segunda salta. Sin embargo, a la tercera que es la más conservadora, la más sosa, le cuesta primero decidirse a saltar, tiene razones puntuales para no hacerlo, cuando resuelve hacerlo de una vez también le cuesta dar el salto propiamente dicho, se ha vuelto torpe, sin fuerzas. El foco de la obra se acerca entonces hacia la habitación oscura del miedo y sus consecuencias.

Los Yheppa dedican un buen tiempo a recrear este terrible momento, quizá tan adulto como infantil, o más terrible en la adultez, en que estamos en lo alto del trampolín, en que estamos por superar los miedos y algo poderoso e invisible nos lo impide, y se mira hacia atrás —el camino de regreso— y hacia abajo, y se decide con pavor qué hacer. A veces no hace falta un testigo, alguien que te censure y te grite cobarde, a veces basta uno mismo, uno mismo es su propio testigo.

Carlos y Yolanda lo resuelven con su engañosa voz dulce, subrayando la torpe voz de la niña, el sofoco que le causa una actividad física pequeña pero simbólicamente grande. La lentitud, la manera casi didáctica en que recrean cada situación para que sea vista y analizada por el niño de espíritu más lento generan también atención, silencio e intimidad. Y todos conocemos acerca de esa habitación vacía y llena de polvo: el silencio y la soledad que acompañan a cada decisión.

¿Los niños presentes habrán notado la búsqueda de una verdad contenida en la forma en que Yheppa recreó As, os, @s? ¿Habrán sentido el goce estético agregado que se desprende de una representación cuidada? ¿Habrán captado todo el sentido que arroja sobre muchos adultos, a quienes el recuerdo de determinados temas universales, de determinados sueños a los que renunciaron alguna vez, les causan sonrojo o una súbita vergüenza? Cuando se lo comentaba a Armando me miró de arriba a abajo y leyendo en mí me dijo con un rictus siniestro: “No existe teatro para niños y teatro para adultos”.

El segundo cuento, de títeres de guantes, era sobre un niño que quería ser bailarín y tenía que enfrentarse a las chanzas de los demás que lo llamaban “nena”. No tenía la amplitud de la primera historia, pero la fuerza de aquella lo abarcaba haciendo de la libertad el tema central de la puesta en escena. Como mismo en los dramas de Ibsen la emancipación de la mujer se transfigura en la emancipación total del hombre en sociedad, la asunción de la cuestión de género como una autoconcepción del individuo como masculino o femenino, indistintamente del sexo biológico con que nació o el rol social que le asignan, es tanto una metáfora de la libertad sexual como de la libertad en general.

Cuando los Yheppa concluyeron la función, agotados, no se emplearon en desarmar el teatrino. Pidieron tiempo para sentarse a descansar como un campesino frente a su parcela sembrada. Los niños se retiraban a sus casas a almorzar. Carlos sacó un cigarro, él consumía la primera mitad y Yolanda la otra.

Salí a la calle polvorienta y miré a los niños alejarse. Hice un recuento de los dos últimos días. Tenía a Julito y al gordito de El Corojo, tenía al teatro de títeres como arte para adultos y niños, tenía finalmente la utilidad neta de una Cruzada Teatral desde Guantánamo hasta Baracoa. Tenía una crónica.

No llegaba el camión y me fui a pie anotando en mi bloc lo que sería la columna vertebral de la crónica, y creo que me salió una frase orweliana: “el arte provoca, siembra la semilla de la libertad y la emancipación, liberando al hombre o haciéndolo participe, incluso cómplice de fuerzas oscuras y construcciones sociales que el suscribe o intenta destruir, para beneficio propio o para beneficio de los demás”. Me llevé una espiga de hierba a la boca y completé la idea: “Pero en todo caso estas ideas lo hacen despertar de fuerzas que ni el mismo conoce”. De todo esto conversé ampliamente con Luciano y Natalia, dos brechtianos apasionados de Parlendas, el grupo cruzado de Sao Paulo, Brasil.

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